sábado, 11 de noviembre de 2017

Cien años de la Revolución Rusa

    El acontecimiento político más formidable del siglo XX, el que despertó la esperanza de millones de desheredados en un inmenso país sumido en la explotación, la desigualdad y la miseria tras más de trescientos años de la monarquía de los Romanov –la más longeva de Europa–, cumple su primer centenario, en medio de intensos debates sobre su legado y en la terrible comprobación de lo estrepitosa que fue su caída.
    Esta borrasca social y política que en menos de diez meses le cambió totalmente el rostro a la gran nación rusa, se inició en febrero de 1917 –según el calendario juliano, que vendría a ser en marzo en nuestro calendario gregoriano–, cuando la llamada revolución liberal encabezada por Aleksandr Kérenski y la fuerza indetenible del pueblo empujó a la abdicación del Zar Nicolás II, estableciéndose un gobierno provisional que duraría hasta octubre –noviembre para nosotros–, en que la segunda ola de la marea revolucionaria, esta vez más radical y de signo socialista, bajo el liderazgo de Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, tomaría el Palacio de Invierno en San Petersburgo e instauraría el régimen de los sóviets, o consejos de obreros, soldados y campesinos.
    Hijo de una familia de la clase media acomodada de provincia, el joven Vladimir habría de vivir dos hechos dolorosos a sus cortos 13 años: la muerte de su padre, de sólo 42 años; y el asesinato de su hermano Aleksandr, acusado de conspiración terrorista por las autoridades del Zar. Es entonces que germina en él la idea de acabar definitivamente con el gobierno abusivo y despótico de la monarquía de los Romanov. Exiliado en Zúrich, emprende el viaje más controvertido de un dirigente comunista: dentro de un tren sellado, recorre en ocho días la distancia que lo separa de San Petersburgo, la capital del imperio, el cráter humeante del volcán revolucionario. Se dice que un político comunista alemán realizó las gestiones para que el líder bolchevique pueda atravesar territorio germano en plena guerra mundial. Por esta razón, muchos fueron los que lo acusaron de traición, incluso de ser un espía al servicio del gobierno del Káiser; pero lo cierto es que ambos aprovecharon las circunstancias que se les presentaron, valiéndose de ellas con gran sentido del oportunismo político.
    Ya al mando de la revolución, haría frente a la reacción de la aristocracia destronada del poder, enfrentándose al ejército de los blancos rusos contrarrevolucionarios en una guerra civil que duró cinco  años, para terminar imponiéndose gracias a la audacia y la sagacidad de León Trotski, el legendario jefe del Ejército Rojo. Mas por esos años Lenin empezaría a ver cómo su salud se iba resquebrajando peligrosamente, retirándose a lugares de descanso donde creía poder recuperar la energía deteriorada; pero todo fue en vano. Después de haber proclamado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922, apenas un par de años estaría al mando del flamante país cuando en 1924 muere intempestivamente, quedando acéfala la conducción del gigantesco país. La disputa por la sucesión enfrentó a dos personalidades disímiles, a dos hombres que el destino puso frente a frente para dirimir su poder y llevarlos a la más feroz rivalidad: Trotski y Stalin.
    Triunfante Stalin de la lucha por el poder, al poco tiempo Trotski tiene que marchar al exilio, estableciéndose primero en Turquía, después en Francia y Noruega, para luego instalarse definitivamente en México. Hasta allí le alcanzaría el largo brazo homicida de su encarnizado enemigo. Luego de un primer intento de asesinato, donde estuvo involucrado, increíblemente, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, Trotski sale indemne, salvándose providencialmente en un rincón de su casa en Coyoacán. Pero la segunda arremetida sí fue letal. El stalinista español Ramón Mercader pasaría a la historia como el asesino que acabó con la vida del político, escritor y filósofo que fue protagonista de primer nivel de las jornadas de octubre. Se valió para ello de un piolet, instrumento con el que descerrajó certeros golpes en la cabeza del líder histórico, cerrando de esta manera un capítulo más de la Revolución Rusa.
    Lo curioso es que, al momento de recibir el ataque, Trotski trabajaba hacía un buen tiempo en la biografía de quien sería su verdugo, libro que acaba de ser editado por el nieto del revolucionario, con la colaboración de una universidad estadounidense adonde fueron confinados los archivos del autor en previsión de cualquier circunstancia que alterara sus fines. Según informan los cables, se trata de un enjundioso volumen de cerca de mil páginas, donde está el retrato más completo de quien es considerado, junto con Hitler, uno de los mayores genocidas del siglo XX, culpable de los tristemente célebres gulags, verdaderos campos de concentración donde eran exterminados millares de opositores y perseguidos del régimen totalitario en que Stalin convirtió la revolución socialista.
    Que el siglo transcurrido de este magno acontecimiento nos sirva para reflexionar sobre el destino, a veces atravesado, que el designio de los hombres le da a la historia, terminando muchas veces en grandes desencantos y decepciones lo que en su momento se erigió en brillante porvenir. La construcción del comunismo, como la de cualquier otra utopía, devino en un sangriento experimento que colapsó siete décadas después. Las luminosas ideas de Karl Marx, ideólogo de la revolución, que debieron plasmarse en una maravillosa realidad, acabaron deformadas y traicionadas por la indómita estulticia de un puñado de pequeños hombres poseídos por el insaciable demonio del poder.

Lima, 11 de noviembre de 2017.       

          

Sobremesa con Ribeyro

    Durante muchas noches de este último invierno limeño he tenido el inmenso privilegio de sentarme, después de la agotadora jornada diaria –y enseguida de una frugal cena–, para una charla singular con el queridísimo y entrañable escritor Julio Ramón Ribeyro, siendo partícipe de su voz y de su pensamiento a través de la lectura de La caza sutil (Revuelta Editores, 2016), el volumen que reúne el conjunto de sus artículos de prensa, publicados entre 1953 y 1994, con prólogo y notas de Jorge Coaguila, probablemente el más acucioso investigador de la obra del autor de La palabra del mudo.
    Ha sido una serie de encuentros provechosos y enriquecedores, que me han revelado un sinfín de asuntos, todos ellos interesantes, de sus múltiples búsquedas y hallazgos. Están, por ejemplo, sus visiones de la literatura peruana, latinoamericana y francesa, a las que dedica varios estudios, enfocándose en destacar los autores que ha conocido y leído, o que han influido notablemente en perfilar su vocación, como es el caso de Flaubert y, sobre todo, el de Maupassant, cuentista francés que sería el gran referente del creador peruano. Anécdotas y detalles curiosos de otros que yo insignemente ignoraba; como por ejemplo, el que don Ricardo Palma estuvo a punto de perecer en un naufragio, mucho antes de que escribiera esa vasta colección de sus tradiciones que constituye su máximo legado literario. Así como la descripción prolija de la espantosa muerte de Abraham Valdelomar en Ayacucho cuando apenas frisaba los 31 años. El detalle aquel de que murió sin socorro alguno en una letrina hedionda nos sobrecoge por su horror y repulsión a la vez.
    También desconocía la azarosa vida del pintor italiano Caravaggio, cuya reseña me dejó igualmente perturbado. Uno no se imagina la existencia de un artista en los límites mismos del delito, sobrellevando una existencia en constante conato con la justicia, perseguido por sus indómitos demonios y muerto de extenuación en una playa solitaria adonde había llegado a parar víctima de sus numerosas malandanzas. Un verdadero pacto con las tinieblas, como reza el título del ensayo de Ribeyro. Sorprende asimismo el manifiesto que firmaron en 1965 en París ocho peruanos, entre ellos Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y Hugo Neira, apoyando a las guerrillas que en ese año se alzaron en los Andes centrales del Perú. A juzgar por el tiempo transcurrido, los cambios experimentados por uno u otro, las mudanzas ideológicas y políticas de cada quien, no puede uno sino mirar con una sonrisa de inocente perplejidad los bandazos que da la vida en la evolución del pensamiento y las ideas de los hombres.
    Es sugestiva la tesis que plantea sobre las alternativas del novelista en un ensayo donde vuelca todo su conocimiento y sabiduría en la subyugante tarea de escribir ficciones. En la elección del tema, del estilo y del lenguaje, entre otras posibles vías que se le presentan para la creación, postula Ribeyro una serie de opciones para la aprehensión del mundo que cada vez es más inabarcable.
    El triste destino del poeta Ovidio, muerto en el exilio y enemistado con el poder; el asesinato de Javier Heraud, en las selvas de Madre de Dios; un magnífico autorretrato del autor, a la manera del siglo XVII; una breve incursión al tema de los diarios íntimos, asunto en el que también andaba comprometido el escritor; una reflexión en torno a la obra poliédrica de Jorge Eduardo Eielson, un artista de su generación; son algunos de los numerosos temas que aborda la pluma certera, luminosa y encantadora del querido Julio Ramón. Para mí serán inolvidables estos encuentros de sobremesa que sostuve en intensas jornadas de un diálogo singular, en una dimensión metafísica, con este maravilloso personaje.

Lima, 4 de noviembre de 2017.