lunes, 31 de diciembre de 2012

Urgencia de la ética


     Veinte años después de Ética para Amador, Fernando Savater vuelve sobre uno de los temas constantes de su reflexión filosófica con Ética de urgencia (Ariel, 2012), un libro que reúne un conjunto de encuentros y ponencias que el escritor vasco tuvo con jóvenes estudiantes de España, pero que muestran las mismas inquietudes que cualquier joven de cualquier rincón del mundo.
     Son numerosos los tópicos que aborda a partir de una preocupación indesligable por el mundo que viene, los desafíos que implica para la ética las nuevas realidades del mundo virtual y sus elementos más connotados, como el caso de internet y las redes sociales, materia de interesantes disquisiciones en que el filósofo español nos da las pautas sobre cómo enfrentar su presencia en nuestros tiempos.
     Están también las cuestiones imperecederas de la filosofía, aquellas que han interrogado las mentes y las almas de los seres humanos desde siempre, como la felicidad, la libertad, la belleza, la religión, la muerte y el espinoso problema de Dios. Debemos pensar la ética, dice Savater, porque somos mortales y vulnerables, pues los dioses que son inmortales hacen, o pueden hacer, lo que les da la gana.
     El ámbito de lo público es igualmente materia de las agudas meditaciones del filósofo, temas cruciales de nuestra época como la democracia, la justicia, la igualdad, el terrorismo y la violencia, la crisis del capitalismo y el Tercer Mundo, merecen incisivas reflexiones de cara a un público juvenil siempre ávido de contrastar sus experiencias con una voz inteligente que les sirva de guía y referente.
     Me parece importante que subraye la diferencia entre la moral y la religión, nociones que andan un poco confundidas en el imaginario popular, razón por la que las iglesias pretenden erigirse a veces en autoridades irrebatibles en materia tan delicada. Savater alude al cielo como el gran soborno de las religiones, situación que complica el entendimiento y la vivencia de una ética auténtica, al margen de consideraciones y chantajes religiosos.
     Nos recuerda al respecto el gran aporte de Kant a la ética: “Una de las grandes aportaciones de Kant a la ética fue enseñarnos que para reconocer una norma moral hay que preguntarse: ¿quiero yo que todo el mundo haga esto?” Precisa acotación para entender y asumir asuntos cruciales en nuestras vidas, pues en esa interrogante se deposita toda esa capacidad de empatía y reciprocidad que son los signos de una verdadera existencia civilizada.
     Discrepo frontalmente, en cambio, con las razones con que pretende defender las corridas de toros. No me parece un buen argumento aquel de que los toros de lidia existen sólo para ir a morir en la arena, con la consiguiente racionalización sobre el toreo y el arte y todas esas ideas que los taurófilos -aunque yo preferiría llamarlos tauricidas, por ser más exacto- arguyen. Lo que nos subleva de ese tipo de espectáculos, es lo sangriento y salvaje que es, la pura bestialidad humana disfrazada convenientemente de supuestos motivos estéticos.
     Lo que sí me parece destacable es una maravillosa referencia al filósofo de la Academia: “En La República, Platón dice, no tan irónicamente como parece a primera vista, que lo mejor para querer ser un buen político es no querer serlo.” Creo que ahí está el santo y seña de una actividad cada vez más menospreciada por la opinión pública, algo que debería estar reservado sólo a los mejores ciudadanos de un país, mejores precisamente porque no es su ambición lo que determina su ingreso a las lides de la batalla política, sino un compromiso que rebasa lo meramente personal y se convierte en un servicio de docencia y decencia.

Lima, 30 de diciembre de 2012.
    
     

domingo, 23 de diciembre de 2012

Cría cuervos


     Todavía están frescos en la memoria de todos los espeluznantes acontecimientos de Newtown, una hasta ahora apacible localidad del Estado de Connecticut en los Estados Unidos, que de pronto se ha convertido en el escenario de un macabro hecho de sangre. El pasado 14 de diciembre, un joven de 20 años ha empuñado tres armas que su madre coleccionaba, y luego de acabar con la vida de ésta, se ha dirigido al centro educativo primario a 8 kilómetros de su casa para consumar la masacre que ha espantado al mundo entero.
     Las investigaciones aún no han esclarecido los motivos del múltiple asesinato, violenta deriva que ha terminado con la vida de 20 niños y 6 adultos en el centro de enseñanza, además de la del propio criminal y la de su madre. Se trata de la enésima matanza de ese tipo en el país que ha hecho del culto de las armas toda una característica de su ser nacional.
     Muchas veces los norteamericanos se han visto confrontados por una situación de este tipo, y en todas las ocasiones postraumáticas siempre se han repetido las mismas reflexiones sobre la posesión de armas y su necesaria regulación a través de una legislación más restrictiva, para terminar a las pocas semanas en el silencio y el olvido que incubaría a su vez una próxima tragedia.
     Eso, cuando no se han perdido en elucubraciones entre ingenuas y disparatadas sobre las causales profundas de esta conducta, que ya se puede calificar de sistemática dentro de los márgenes que la clasificación permite. Se ha dicho, por ejemplo, y nada menos que de la boca de un congresista, que estas actitudes se deberían a la educación laica que impera en las escuelas. O que las armas no son las culpables de los crímenes, sino los hombres que las usan. Y otras más descabelladas aún, como sugerir que se permitan armas en dichos centros de enseñanza.
     Lo que estas visiones quieren eludir es la realidad apabullante de un reguero de muertos debido a la proliferación de armas que son vendidas con suma facilidad y sin mayor control. El poderoso lobby de los fabricantes de armas -conglomerado siniestro de los negociantes de la muerte-, tiene evidentemente mucho de responsabilidad en este asunto que concierne a la nación en su conjunto.
     Si a esto le añadimos una cultura orientada al más despiadado materialismo, con la vorágine del consumo, el individualismo rampante y la industrialización de la violencia como tendencias dominantes, tendremos las consecuencias letales que ahora ya no tienen que ser solamente lamentadas ni lloradas, sino asumidas drásticamente desde el poder para restringir al máximo al menos uno de estos explosivos ingredientes.
     Las propuestas a este respecto del presidente Obama deben ir hasta conseguir la aprobación por el Congreso de una norma que limite severamente la posesión de armas entre los ciudadanos de la unión. Los congresistas que se opongan a una nueva legislación para un control más estricto de las armas serán cómplices de futuros crímenes de esta magnitud.
     Una sociedad que ha inculcado a sus miembros la cultura del más fuerte, que le prodiga a cada paso ejemplos nada edificantes de una actitud como gobierno frente al resto del mundo, que vive inmersa en la alocada carrera por el crecimiento económico, pero donde los valores del auténtico humanismo estás ausentes, no puede realmente esperar otra cosa.
     No sólo es esta madre la que no sabía a quién estaba criando bajo su techo, sino un país entero el que quizás ignora qué seres se forman bajo estos influjos nefastos que terminan produciendo estos cuervos que cada tanto arrancan los ojos de una nación ya en franca ceguera que se encamina a su definitiva decadencia moral.  

Lima, 22 de diciembre de 2012.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

A escribir en París


A propósito del asunto éste de las acusaciones de plagio que penden contra el escritor Alfredo Bryce Echenique, me propuse casi como jugando leer una de sus numerosas novelas, como una forma secreta quizás de solidaridad hacia el compatriota que vive una situación tan singular, o tal vez como una manera de entender aquel hecho tan feo y bochornoso del que lo sindican.
     Hasta ahora me es difícil creer todo lo que se ha dicho de Bryce, a pesar de que la prensa se ha encargado de mostrar las evidencias del delito. Sigo estupefacto ante una realidad que desborda los márgenes de mi comprensión. ¿Qué pasó o qué pudo pasar por la cabeza del novelista para apropiarse de textos ajenos y publicarlos como propios, sabiendo, como sabe todo hijo de vecino en esta era digital, que un hecho así no podía pasar desapercibido por mucho tiempo? Es algo ante lo que hasta ahora no tengo respuesta.
     La novela elegida casi al azar fue La vida exagerada de Martín Romaña, publicada en 1981 y probablemente una de las mejores narraciones del escritor limeño. Literalmente, me he matado de risa en muchos pasajes de la novela, siguiendo las tribulaciones y peripecias de un peruano, en su buhardilla de un techo del Barrio Latino en París, forjándose una identidad como escritor, ese lento y arduo aprendizaje del artista en un medio siempre difícil.
     No dejaba de pensar en lo increíble que resulta que el autor de Un mundo para Julius, su novela más emblemática, que acaba de cumplir cuarenta años, haya tenido que descender a la copia fácil y al plagio delator, aunque sólo de artículos periodísticos se tratara, que no es poca cosa. Lo cierto es que el asunto ha generado toda una polémica, con ribetes casi de lío de callejón, a raíz de la concesión a Bryce del Premio de Literatura y Lenguas Romances de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
     Escritores de todo el continente se enfrascaron en una discusión que por momentos rozó la diatriba y la injuria. Es muy desagradable, indudablemente, esto de los plagios, pero debo decir que el libro es verdaderamente cojonudo, una celebración sucesiva de la palabra, un río interminable de gozo asegurado. Encontré divertidísimo leer a Bryce después de algún tiempo, admirable el manejo versátil que hace del lenguaje coloquial para contarnos las correrías y tribulaciones de Martín Romaña en pleno mayo del 68.
     Se pueden hallar en la novela guiños a letras de canciones, sobre todo de valses criollos, un recurso que luego ha sido replicado por otros autores peruanos -Beto Ortíz, Eloy Jáuregui, por ejemplo-, mientras el personaje nos va desgranando, entre Inés, Sandra y Octavia, sus recuerdos nostálgicos desde su sillón Voltaire, las aventuras inverosímiles de su vida exagerada y la deriva tristísima de sus amores contrariados.
     Martín Romaña es un hombre con muchas fobias y manías, sufriendo lo indecible debido a su noble propensión de no molestar a nadie. El diagnóstico médico, según el doctor Llobera, habla de depresión neurótica y falta de agresividad, tendencias que llevan al protagonista a vivir escenas de dramática comicidad.
     En fin, más allá del feroz intercambio de puyazos de grueso calibre entre el escritor y sus críticos, esta obra se yergue como un espléndido ejercicio de oralidad, para dar vida a hilarantes sucesos del más puro humor bizarro, navegando, a través de este cuaderno azul, en el sillón Voltaire por los vericuetos de la nostalgia de un tal Martín Romaña.

Lima, 16 de diciembre de 2012.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Elegía por Ravi Shankar


     La desaparición física de uno de los músicos más emblemáticos del siglo XX deja huérfana de sonidos a una selecta muchedumbre de seguidores de este auténtico gurú del arte contemporáneo. Nacido en la ciudad sagrada de Benarés, allá por el año de 1920, su vida recorrió de manera fecunda y brillante el siglo XX, dejando a su paso una estela maravillosa de melodías y composiciones que constituyen sin duda lo mejor de su legado.
     A la increíble edad de 92 años ha dejado este mundo en San Diego (California), donde vivía con su esposa y su hija. Ravi Shankar, el genial ejecutante del sitar, el venerado maestro de tantísimos músicos de Occidente que tuvieron el privilegio -como el beatle George Harrison- de compartir a su lado fantásticos momentos de aprendizaje y deleite musical, se ha ido para quedar encantado en la memoria agradecida de todos quienes apreciamos y valoramos su enorme talento artístico.
     Hace algunos años, en mi época de búsqueda espiritual más intensa, explorando los saberes y sabidurías antiquísimas de la humanidad, me fue dado conocer, de la mano del gran poeta mexicano Octavio Paz, todo el estupendo bagaje cultural de la India, una de las civilizaciones más portentosas de la historia, poseedora de una riqueza inagotable en todos los órdenes del saber y del sentir humanos.
     Fue así que, a la par que me era revelado el misterio del profundo misticismo hindú, su milenaria literatura, su sistema de castas, sus dioses y hombres representativos, tuve ocasión de escuchar el nombre de este músico singular. Una viva curiosidad me llevó a apreciar sus creaciones más importantes, degustando sus impresionantes interpretaciones de ese instrumento único y mágico: el sitar, objeto que él convertía en un precioso vehículo para transportarnos a experiencias de la más elevada espiritualidad.
     Compartió escenarios y grabaciones con lo más graneado del arte occidental: el insólito violinista Yehudi Menuhin; el insuperable flautista Jean Pierre Rampal; el minimalista estadounidense Philip Glass y el inigualable saxofonista John Coltrane, fueron algunos de los músicos de este lado del mundo que gozaron de la excelsa compañía de Ravi Shankar en magníficos conciertos, presentaciones y discos que son una auténtica joya.
     Difusor mundial del raga, una intraducible forma de componer de la India, que en sánscrito quiere decir color, modo, estado de ánimo, y que musicalmente puede entenderse como una escala de sonidos, donde, al igual que el jazz, la improvisación juega un primerísimo papel, Ravi Shankar es el mejor representante de la música clásica indostaní.
     Padre de dos bellas y talentosísimas artistas de la música actual, la cantante norteamericana de soul y jazz Norah Jones, y la joven y virtuosa sitarista Anoushka Shankar, el legendario creador indio se sitúa entre los más grandes músicos de nuestra época.
     Cuando ejecuta el sitar, arranca de sus cuerdas unos sonidos plagados de un hondo misticismo oriental, haciendo evocar en el oyente visiones exóticas de esa vasta cultura, brotando de cada arpegio y pulseo una gama de imágenes extraordinarias que solazan los recodos más hondos de la sensibilidad y del espíritu en general.
     La presencia de Ravi Shankar será imperecedera en el panorama de la historia de la música, pues su espléndido legado quedará como una inagotable fuente de vivencias estéticas, cuya cercanía podrá hacernos vivir instantes insuperables de plenitud y regocijo. Su figura y su obra ya pertenecen al cielo eterno del arte mundial.

Lima, 15 de diciembre de 2012

lunes, 10 de diciembre de 2012

El litigio de La Haya


    El inicio de la fase de los alegatos orales en el diferendo que sostienen los Estados de Perú y Chile ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, ha dado motivo para un amplio debate sobre los pormenores del caso y a una difusión inusitada de los considerandos y argumentos de ambas partes. La prensa viene cumpliendo al respecto un importantísimo papel al informar sobre los entretelones del suceso y al disponer en sus páginas amplios espacios para el conocimiento y el análisis del mismo.
     Le ha correspondido al Perú abrir los fuegos con la presentación de sus agentes y abogados ante el tribunal internacional, mientras que en días sucesivos le ha tocado a Chile responder con los argumentos que más o menos ya son del dominio público. Pues en el turno correspondiente al Perú se han presentado verdaderas sorpresas que podrían dar el giro definitivo a favor de la posición que defiende el gobierno de Lima.
     En tanto que Santiago mantiene su idea central de que existe un tratado de límites reconocido por ambos países, el Perú no reconoce al acuerdo pesquero de 1952 la calidad de tal. Pues la postura chilena pretende que la Declaración de Santiago, acuerdo tripartito firmado en 1952, y el Convenio sobre Zona Especial Marítima suscrito en 1954, constituyen sendos tratados limítrofes.
     Pero la verdad es que ambos documentos son más bien proclamas jurídicas de los gobiernos costeros que veían con preocupación la amenazante presencia de los grandes balleneros que venían a depredar nuestro mar. Surgió, pues, como un intento de defender la soberanía marítima de nuestros países -su potencial riqueza-, proclamada a su vez al mundo en 1947 por los gobiernos de Chile y Perú. Además, y lo que resulta altamente curioso, los dos instrumentos legales no han ratificados por los congresos de sus respectivos países.
     La sólida defensa esgrimida por el jurista Alain Pellet de la causa peruana ha llenado de nervios a los representantes chilenos en La Haya, a pesar de ciertas declaraciones altisonantes de su clase política y de la reacción triunfalista de sus voceros mediáticos. Esencialmente, aquella se ha basado en que los tratados no se presumen, pues deben ser explícitos e indubitables. Además, siempre un tratado de este tipo es bilateral, requisito que no reúnen los acuerdos mencionados.
     Los expresidentes del país del sur Eduardo Frei y Ricardo Lagos, han dicho que los fallos de La Haya son salomónicos y no sujetos a derecho, con lo cual han abierto un resquicio por donde podría colarse una eventual negativa de su país a acatar una sentencia adversa a su posición. Felizmente, estas declaraciones han sido desautorizadas tácitamente por los representantes oficiales chilenos ante el tribunal holandés.
     Por otro lado, el reclamo peruano es perfectamente legítimo, más allá del tiempo transcurrido y de los supuestos acuerdos reconociendo la inequitativa línea paralela como límite marítimo. Un elemental sentido de la lógica permite entender que cuando existen fronteras que forman una curva, existiendo por consiguiente mares superpuestos en las proyecciones costeras de ambos países, se impone la línea equidistante como separación justa en los dominios marítimos respectivos. Y ese es el sentido en que ha fallado en los numerosos litigios que ha resuelto la Corte, resolviendo casos similares en diferentes regiones del globo.
     Por su parte, Chile arguye un largo historial de actos administrativos que darían validez a su tesis del tratado de límites que no existe, pues la práctica y la costumbre no constituyen necesariamente fuentes del derecho. El que durante 60 años se haya mantenido una situación de hecho de flagrante injusticia, no quiere decir que se deba mantenerla ni mucho menos consagrarla. Es tiempo de sanear definitivamente una controversia de límites para que estos vecinos, que en muchos aspectos cooperan y traban relaciones de mutuo beneficio comercial y económico, puedan ingresar al futuro en las mejores condiciones de legitimidad histórica y de recíproco reconocimiento y respeto. Esa legendaria enemistad  patriótica, o patriotera más bien, debe dar paso a una coexistencia pacífica de valioso intercambio en todos los órdenes, como corresponde a dos verdaderos países civilizados.

Lima, 9 de diciembre de 2012.

martes, 4 de diciembre de 2012

La cuestión palestina


     En el 65 aniversario de la fecha en que se acordara la creación del Estado de Israel por las Naciones Unidas, la Asamblea General de ese organismo internacional ha votado una decisión histórica: el reconocimiento de Palestina como Estado observador no miembro, por una aplastante mayoría de 138 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones.
     Es un paso importante más que da el gobierno de la Autoridad Palestina en pos de su reconocimiento como miembro de pleno derecho en el máximo foro internacional. La decisión, sin embargo, posee también aristas que eventualmente podrían significar el entorpecimiento del proceso, pues para nadie es un secreto que existen poderosos intereses de por medio, respaldados por los Estados Unidos, el valedor principal que tiene el gobierno de Israel en el mundo.
     En medio de una agresión más hacia la Franja de Gaza, perpetrada por el gobierno de Benjamín Netanyahu, se produce este triunfo parcial de la causa de un pueblo que sufre las embestidas de su vecino ante la mirada atónita e impávida de la comunidad internacional. Mientras más de un centenar de vidas eran cegadas por la incursión armada del ejército judío, en el estrecho territorio que ya padece el cerco inicuo que le fue impuesto en el 2008, la propuesta de Mahmoud Abbas recibía un espaldarazo internacional en el seno de la instancia suprema de la ONU.
     Los sectores más ortodoxos del gobierno de Tel Aviv han reaccionado de manera desproporcionada a este revés de su diplomacia, amenazando con derribar inclusive al gobierno de Mahmoud Abbas si este acude a la Corte Penal Internacional (CPI) para denunciar los crímenes cometidos por el estado judío. Esto es como si un ladrón nos amenazara si lo denunciamos a la policía, pues no debe olvidarse la ocupación ilegal que ha cometido el estado hebreo en los territorios palestinos, concretamente las construcciones de los colonos en la región de Cisjordania, así como en la zona este de la ciudad de Jerusalén.
     Israel no ha reconocido, al igual que su socio mayor, la jurisdicción de la CPI. ¿Cómo puede hacerlo, pues, un gobierno criminal y genocida como el del actual Primer Ministro, un gobierno que cree tener patente de corso para actuar impunemente en el Medio Oriente?
     ¿Puede aceptar el mundo civilizado que un gobierno como el de Netanyahu amenace con derrocar al gobierno de la Autoridad Palestina y no mueva ni una pestaña? ¿No pueden actuar la ONU, la UE o los EE.UU. para detener tanto descaro, insolencia e impunidad? No quieren hacer nada, la verdad. Tal vez creen que los horrores sufridos por el pueblo judío durante el Holocausto, los inmuniza contra todo reproche o sanción que pudiera merecer algún despropósito suyo, razón por la que el gobierno de turno, en manos ahora de los halcones del Likud, se pueden zurrar tan abiertamente en el derecho internacional.
     La respuesta inmediata de Israel a la histórica votación en Nueva York ha sido la acelerada construcción de colonias judías en Cisjordania y de asentamientos en Jerusalén oriental, estrategia que sigue sistemáticamente con el deliberado propósito de hacer mucho más compleja la solución a la partición acordada hace más de seis décadas y pendiente de concretarse en el terreno de los hechos.
     Todos quienes han apoyado al pueblo palestino en su justa causa, son conscientes de que la única salida a este impase secular radica en el establecimiento de un Estado palestino con las fronteras que poseía en 1967, antes de la violenta guerra de rapiña del estado hebreo. Es lo que avalan España y Francia en Europa, muchos países latinoamericanos -incluido el Perú-, otros tantos de Asia y África. Quizá no debe sorprender el voto en contra de Panamá, un gobierno afecto a los intereses de Washington; apena lo de Colombia y su abstencionismo; pero entusiasma que México haya dado su respaldo a pesar de no haber reconocido todavía al gobierno de Ramallah.

Lima, 3 de diciembre de 2012.
      

domingo, 25 de noviembre de 2012

Alberto Quintanilla: Qutinapaq


     Al filo del cierre de la sala de exposiciones del Centro Cultural Garcilaso de la Cancillería, y del fin de la temporada también, he llegado raudo para echar un vistazo a la exposición Qutinapaq -que en lengua vernácula quiere decir “Para volver”- del artista cusqueño Alberto Quintanilla, pintor, escultor, grabador y, en ocasiones intensas, esforzado cantor. Precisamente es lo que pude observar en la primera sala, donde se halla la presentación respectiva, cuando ni bien ingresé ya escuchaba los sones de un huayno cusqueño entonado por la telúrica voz de este peruano cosmopolita.
     En el recorrido pude apreciar una muestra, una pequeña muestra en realidad, de ese mundo onírico poblado por seres mitológicos, monstruos fantásticos, animales fabulosos y criaturas pesadillescas que constituyen el universo pictórico y el tema constante de la inspiración y la obra plástica de Quintanilla. 
     Me impresionó vivamente un Gólgota taurino, magnífico cuadro en el que un robusto ejemplar, acribillado de banderillas y estoques, yace exangüe en la arena, en una especie de mudo clamor ante la barbarie humana. En medio de una fauna diversa donde el perro de doble faz es el protagonista indiscutible, este toro sacrificado era una pieza singular en la exposición, ahora que vuelven a rebrotar esas viejas discusiones sobre las corridas de toros que en estas épocas se ponen de moda en el Perú a raíz de una tradicional feria.
     Pero ese es otro tema, pues el asunto central de la muestra era exhibir lo más representativo de la obra pictórica y escultórica de Quintanilla, así como algunos grabados que podían observarse en las urnas centrales de la sala. Los colores fuertes y dominantes delineaban esas figuras recurrentes del imaginario del artista, un arte que se puede situar entre lo abstracto y lo figurativo, o como ha dicho el mismo pintor: ni abstracto ni figurativo, sino una suerte de realismo fantástico nutrido por las imágenes y los seres que permearon su infancia.
     Los relatos de leyendas y mitos del mundo andino, así como los cuentos populares oídos de la boca de sus mayores, fueron alimentando la imaginación y la memoria de quien alguna vez fue elogiado por el mismísimo Picasso, cuando dijo que la obra del cusqueño era el primer aporte peruano a la pintura universal. Toda una consagración de un trabajo que se ha paseado por los más importantes museos y galerías del mundo. Ahora mismo, se acaba de inaugurar en la Unesco, en su sede de París, nada menos que en la Sala Miró, una exposición de Quintanilla.
     Primogénito de 14 hermanos, Alberto frecuentó, durante su niñez y juventud en la ciudad sagrada, a los artistas populares, sobre todo mujeres, de cuyo arte y sabiduría bebió en abundancia, participando de paso en las festividades de su pueblo, como en la de San Sebastián, en cuyo jolgorio se mezcló con bailarines, diablillos y duendes, que lo acunaron en ese sentido dionisíaco de la vida que posteriormente volcaría en sus telas y sus óleos.    
     En sus primeros años por la Ciudad Luz, su afición al canto lo llevó a presentaciones callejeras y a recorridos bohemios de la mano de dos memorables artistas de ambos lados del Atlántico: la chilena Violeta Parra y el español Paco Ibáñez. Sin embargo, su vocación por los colores y las formas se iría decantando para hacer de él uno de los exponentes más representativos de la plástica contemporánea.
     Casado con una francesa y padre de tres hijos, el “cholo” Quintanilla, como cariñosamente le dicen, no se ha desligado de sus raíces, prueba de ello son sus maravillosos cuadros y esculturas, sino que a la vez ha nutrido su formación con la impronta del arte occidental, frecuentando la obra y el legado de notables artistas del Viejo Mundo, como Giacometti, y de movimientos fundamentales como el expresionismo y el surrealismo; pero lo que definitivamente ha perfilado su obra ha sido la tierra, su tierra del Cusco,  que vive en todo su cuerpo como una presencia fecunda, cuyo humus brota por todos los poros creativos de este cusqueño universal.
                                                       
Lima, 24 de noviembre de 2012.   

domingo, 18 de noviembre de 2012

El pulgar de Obama


     Cuando por un momento parecía peligrar la reelección del presidente Barack Obama, el mundo ha vuelto a respirar relativamente tranquilo ante los resultados del martes 6, sobre todo si tenemos en cuenta lo que habría significado el triunfo del candidato republicano, portavoz del pensamiento más trasnochado y representante de aquellas posiciones más tenazmente conservadoras y pudibundamente puritanas de la sociedad estadounidense.
     No es que fuera precisamente optimista ante un nuevo mandato del líder demócrata, quien en la campaña del 2008 prometió varias cosas que todavía no las ha podido cumplir -es cierto que más por el enrevesado engranaje de las grandes decisiones del poder político norteamericano que, tal vez, por propia voluntad-. Pero encarnaba, y quizá algo de arrestos le quede, la esperanza de millones de ciudadanos por el cambio.
     La campaña ha sido dura, muy reñida en buena parte del camino, pero al final ha triunfado la sensatez y la cordura de un electorado que no podía apostar sin más por una vuelta al pasado. Pues Mitt Romney simbolizaba exactamente el retroceso en muchos aspectos, como efigie y emblema de un partido político que en los últimos años ha escorado hacia el ala más extrema de la derecha política.
     Para muestra una perla: llevaba como candidato a la vicepresidencia al congresista Paul Ryan, amante de las armas y firme defensor del rescate de los bancos en la última crisis financiera. Apoyó las guerras de Irak y Afganistán; unido al Tea Party votó contra la reforma sanitaria; abogaba por privatizar la seguridad social y es un preclaro integrista de la economía de mercado. En una palabra, un auténtico neocon, un inverosímil sostenedor de ideas antediluvianas en materia política, económica y social.
     Además, Romney, como buen mormón que es, asumía posiciones francamente pueriles en muchos aspectos vitales de la decisión política, amén de haber declarado, aun cuando fuera en un evento de carácter privado, no tener ninguna simpatía por un sector importante del país que las políticas y los proyectos de Obama buscan precisamente favorecer. Fueron expresiones con un fuerte color fascista que prefiguraban las actitudes y decisiones que habría adoptado de llegar a la Casa Blanca.  
     Ha sido decisivo para este resultado el aporte del voto hispano, una comunidad que ha crecido considerablemente en las últimas décadas, y que tiene pendiente del presidente Obama la ley sobre inmigración que fue su gran promesa en la campaña pasada. Sólo un candidato como el demócrata puede abocarse a un problema de este tipo con un criterio de justicia y equidad, pues ya se sabían las posturas del republicano con respecto al destino de miles de latinoamericanos que viven ilegalmente en territorio de la unión y que esperan regularizar su situación con una legislación razonable y adecuada.
     No me gusta la política internacional que ejerce la administración Obama, siguiendo la impuesta por los regímenes más duros y conservadores de los últimos lustros, defendiendo a Israel y sus desafueros, ocupando colonialmente países como Irak y Afganistán so pretexto del terrorismo internacional y sus amenazas. Tras el verbo frondoso y encendido del primer presidente de color de la nación más poderosa del planeta, no puede esconderse ya la mirada de ave de rapiña y las garras de fiera del gran imperio del siglo XX.
     Y mientras esto sucedía en América, en el opuesto extremo del mundo el otro coloso planetario también se aprestaba a renovar su vieja jerarquía en el poder. El XVIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh), que se reúne cada diez años para una ocasión de esta naturaleza, elegía a su nuevo Secretario General, que a partir de marzo del próximo año también asumirá el mando supremo del país. El hijo de uno de los iconos de la vieja guardia, Xi Xinping, llamado “El Príncipe”, sucederá a Hu Jintao, en un cambio de guardia que probablemente no implique una variación profunda en el rumbo de China a convertirse en la nueva primera potencia mundial, según los fundados vaticinios de los expertos.
     En este panorama es que se inscribe la reelección de Obama para otro periodo de cuatro años al frente de la Casa Blanca, tiempo que deberá ocuparse en resolver los agudos problemas que enfrenta Washington en el mundo entero, especialmente los que conciernen a la presencia militar en algunas regiones del Asia y a su cada vez más peliaguda problemática económico financiera.

Lima, 17 de noviembre de 2012.  
     

sábado, 10 de noviembre de 2012

Ocupación y antisemitismo


     Quizás la novela que mejor haya retratado y descrito el momento histórico de la ocupación alemana de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, sea Suite francesa, de la escritora ucraniana de origen judío Irene Némirovsky (1903-1942), exterminada ella misma en los campos de concentración nazis y convertida con el tiempo en una de las grandes creadoras de las letras francesas del siglo XX.
     Mucho antes de lo que realmente esperaba, el azar me ha deparado el placentero privilegio de leer esta maravillosa novela, cuya concepción, travesía y revelación constituyen por sí mismas una de las aventuras novelescas más subyugantes de la historia de la literatura. Escrita en medio del fragor de la persecución nacional-socialista a los judíos, en los aciagos años de la conflagración bélica de mitad de siglo, el increíble recorrido que realiza hasta su publicación, puede perfectamente ser el tema de una inquietante obra de ficción.
     Tanto como los avatares de la escritura y publicación de la novela, la misma vida de Irene Némirovsky ha estado jaloneada por una cadena insólita de acontecimientos que bien vale el ser igualmente considerada una auténtica proeza vital teñida con los colores subidos de una inaudita hazaña épica. Odiada y abandonada por su madre, siguió la suerte de su padre, un prominente banquero en la Rusia zarista, perseguidos por el poder bolchevique primero, y luego por la infernal maquinaria nazi que asolaría los campos de Europa en aquella singular contienda.
     Ese sería el vino de la soledad que Irene bebería desde su más tierna infancia. Casada posteriormente con Michel Epstein, hijo también de un hombre de la banca rusa, con quien tuvieron dos hijas, su destino estaría marcado por ese halo trágico que era al parecer el signo de los tiempos. Huyendo de las zarpas totalitarias, en medio del caos instalado en la capital francesa por la presencia de las tropas de ocupación, finalmente sería capturada por los sabuesos del régimen colaboracionista y confinada en el campo de concentración de Pithiviers, escala previa a su deportación a Auschwitz, sinónimo del infierno en la Tierra, donde sería ejecutada por la barbarie fascista.
     Suite francesa está concebida como una sinfonía, inspirada en la Quinta sinfonía de Beethoven, con cinco partes o capítulos, de los cuales la autora sólo llegó a escribir los dos primeros, que son los que integran la novela, pues los tres restantes quedaron en proyecto al ser detenida y posteriormente asesinada por la demencia nazi. Myriam Anissimov sostiene en el prólogo que la obra es el “retrato implacable de la Francia abúlica, vencida y ocupada.”
     En “Tempestad en junio”, la primera parte, nos topamos con cuatro historias paralelas: la de los Péricand, la del escritor Gabriel Corte, la de los Michaud y la de Charles Langelet. Adrien Péricand y su mujer Charlotte tienen cinco hijos: Philippe, el mayor, que es sacerdote; Hubert, de 18 años; Jacqueline, de 9; Bernard, de 8 y Emmanuel, el benjamín. Hubert, joven vehemente e inconformista, huye para enrolarse a las tropas de la resistencia. Su familia recibe la noticia de su muerte en la batalla de Moulins; pero él se aparece el día que todos iban a la catedral para la misa por el descanso de su alma. Philippe, el padre, muere apedreado bestialmente por sus propios pupilos.
     Gabriel Corte es un escritor de 50 años, tiene una amante llamada Florence. Una llamada de la presidencia del Consejo les advierte de la presencia de los alemanes en París, pues ya han cruzado el Sena. Todos trataban de huir de la capital, una muchedumbre nerviosa, poseída por un temor casi animal, abandonaba su ciudad buscando un refugio ante la inminencia del ataque enemigo.
     Los Corte llegan al Grand Hotel, donde una multitud de conocidos pululan por sus pasadizos y salones, estableciendo algo parecido a una camaradería en el infortunio que no está exenta, sin embargo, de resquemores y distancias. Un pasaje sumamente ilustrativo de las condiciones en que se desenvuelve la existencia tras el éxodo de París, es el que describe el incidente que vive Gabriel cuando sale a buscar comida y, en medio del tumulto que se forma en las calles dominadas por la desesperación, alguien le arrebata la cesta y el escritor debe regresar al alojamiento con las manos vacías.
     Simultáneamente los Michaud, empleados de banco, tienen que salir de París por sus propios medios, pues a último momento Corbin -su jefe-, decide llevar en su coche a Arlett, una de sus amantes. Como no pueden llegar a tiempo al destino acordado con Corbin, deciden regresar a París, razón por la que son echados del banco por éste, quien apenas les reconoce dos meses de indemnización. Mientras tanto, Jean-Marie, el hijo de los Michaud, estaba herido y vivía en el campo, donde vive una singular historia con una campesina.
     Por otro lado, Charles Langelet, después de haberles jugado una trastada a una pareja de jóvenes, robándoles la gasolina que su auto necesitaba para continuar la huida de París, muere arrollado cuando se dirigía a reunirse con sus amigos a cenar en un restaurante que él les había recomendado. El coche que le ocasiona la muerte lo conducía Arlett Corail, de quien ya teníamos noticias por lo de Corbin.
     Los estandartes rojos con la cruz gamada ondeaban sobre los edificios públicos de París. Era una ciudad sitiada y comenzaba la lenta y gradual ocupación del país tras los prodigiosos avances de la maquinaria bélica de los seguidores de Hitler.
     En la segunda parte, “Dolce”, se repiten los mismos dramas pero con distintos actores. Los primeros que aparecen son los Langellier, dos señoras, la madre una y la esposa la otra de Gaston Langellier, prisionero de los alemanes, de quien evitaban en lo posible hablar las dos mujeres que lo esperaban y vivían pendientes de él. Ponen a buen recaudo sus cosas ante la presencia de las tropas de ocupación. Lucile, la esposa, es constantemente resondrada por su suegra por el hecho de sonreírle y hablar con un oficial alemán que llega a alojarse en su casa, mientras que ella no olvida que Gaston tiene una modista en Dijon, única respuesta que ensaya ante la anciana. Pero las aproximaciones del teniente Bruno von Falk hacia Lucile son más que evidentes y previsiblemente peligrosas. Una prosa exuberante, de una elegante plasticidad, es el vehículo perfecto para relatarnos el idilio culpable que viven Lucile Langellier y el teniente alemán.
     Irrumpen también en escena los Labarie, una familia de campesinos, cuya hija adoptiva Madeleine se había casado con Benoit, que era el hijo biológico, y tenían un hijo. Ella igualmente vive una situación comprometedora cuando un joven oficial alemán se presenta en la casa con una tarjeta de alojamiento. El militar, Kurt Bonnet, se acerca a Madeleine, desatando los celos y las quejas del marido de ésta, quien era seguido por los alemanes. Cuando ya lo van a detener, en un incidente increíble, Benoit mata a Bonnet y a su perro, con la escopeta que era el motivo de su detención. El rudo labrador huye, mientras su mujer acude a Lucile para que lo esconda en su casa. Esto ocasiona una serie de situaciones muy riesgosas para la familia Langellier.
     Así discurren esos tensos días de expectación e incertidumbre. Una noche de junio, Bruno pretende tomar a Lucile en el jardín, pero ella se niega. En el momento supremo, un instinto superior a la pasión, la inhibe y rechaza los asedios del boche. Llega el momento de marcharse, pero antes los alemanes celebran con una fiesta un aniversario de su entrada en París. Enseguida reciben las órdenes de alistarse para la retirada; serán enviados al frente ruso, pues Rusia les ha declarado la guerra.
     Hasta allí llega la novela, dejándonos con las ansias de saber lo que habría continuado según el plan que tenía esbozado Irene Némirovsky. En el apéndice hay unas notas manuscritas de la autora sobre el proyecto total del libro, así como las cartas que Irene y Michel Epstein intercambian desde 1936. Este epistolario incluye también el de otros personajes ligados a la pareja, haciendo las gestiones para la liberación de Irene, cuando es detenida, y el fracaso rotundo de todos sus intentos.
     Un libro memorable, doblemente admirable por las circunstancias que rodeó su escritura y la inverosímil odisea que hizo posible su publicación.

Lima, 8 de noviembre de 2012.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Vandalismo y revocatoria


     Los truculentos y bochornosos sucesos de la semana pasada en relación al intento de desalojo del mercado mayorista de La Parada en Lima, coincidiendo sospechosamente con la aceptación, por parte del JNE, del proceso de revocatoria de la alcaldesa de la ciudad, que impulsa un oscuro sujeto, motiva algunas reflexiones pertinentes.
     Lo primero que llama la atención es la inusitada violencia en la reacción de quienes se han sentido víctimas del intento de la autoridad municipal de ejecutar una medida que hace años debió tomarse, pero que debido a la desidia, a la falta de decisión, o simplemente por cobardía, se fue postergando y postergando hasta derivar en una situación altamente insostenible y potencialmente explosiva.
     Una reacción, por lo demás, que ha sido protagonizada por una horda de sicarios de la peor calaña, al parecer pagados por los negociantes de dicha zona para enfrentar la acción policial, espectáculo que de golpe nos ha retrotraído a un estadio del paleolítico inferior en pleno siglo XXI, en el que algunos cientos de ejemplares de esta especie autodenominada homo sapiens nos han demostrado que pueden descender, en medio de los prodigiosos avances de la ciencia y la tecnología, a los estratos más ínfimos de la bestialidad.
     El operativo, que fracasó y desnudó serias descoordinaciones en su primer intento, luego fue sagazmente corregido y ejecutado eficientemente, recuperando para la ciudad uno de los espacios más peligrosos y hacinados de la misma. En acción ejemplar, laborando al unísono la Municipalidad de Lima  y la Policía Nacional del Perú, se logró controlar la zona, tomada por el hampa y el lumpen durante décadas.
     El día de los hechos, la alcaldesa se encontraba fuera del país por razones personales, circunstancia que ha motivado que ciertos sectores políticos y de la prensa, la acusen de evadir su responsabilidad; sin embargo, apenas de vuelta en el país, Susana Villarán ha asumido plenamente la misma, en una actitud de decencia y corrección política.
     Paralelamente, el grupo de ciudadanos -de alguna manera hay que llamarlos- que busca decretar su vacancia, alcanzaba los requisitos legales de forma dudosa y con trampa para exigir la revocatoria del cargo. Se trata, como salta a la vista claramente, de una retorcida movida política encabezada por un individuo que no posee ciertamente las mejores credenciales de ética y civismo, apoyado por los sectores de la derecha troglodita y por la prensa carca que se presta a su juego.
     Abusando del derecho legítimo que posee el electorado para quitarle su respaldo a una autoridad elegida, se percibe en este caso una evidente intención de revancha y antipatía, pues la alcaldesa no ha cometido ninguna falta grave ni delito que motive su revocatoria, aun cuando existe una falsa percepción en la ciudadanía de que la alcaldesa “no hace nada”, alimentada desde luego por esa prensa que le es desafecta, desconociendo su labor al frente del municipio, como por ejemplo haber emprendido un radical reordenamiento del caótico transporte urbano, continuar la ampliación de los servicios del Metropolitano y del Tren Eléctrico, así como la construcción de vías subterráneas para agilizar el desplazamiento automotor por la ciudad, y mucho más.
     Aparte de ello, la promoción de la cultura a través de la presentación y exhibición de espectáculos artísticos de diversa índole en múltiples rincones de la ciudad. Pero sobre todo, la honestidad y limpieza de una gestión que con todos los inconvenientes y obstáculos que se le oponen, avanza segura en pos de conseguir, para todos quienes habitamos esta urbe descomunal, un lugar propicio para el buen vivir.
    Siendo la revocatoria un derecho reconocido constitucionalmente, aun cuando adolece de serias deficiencias de definición, me parece que en esta ocasión va a significar un inútil derroche de las arcas fiscales, solo por acatar los dictados del capricho de un grupúsculo de detractores que, valiéndose de mil y un artimañas, lograron reunir las firmas necesarias, amén de la aquiescencia y beneplácito de una autoridad electoral muy contemplativa.
     Sin embargo, estando ya las cosas hechas, habrá que esperar el día señalado para saber cuál es la opinión del ciudadano, más allá de la campaña inmunda que se viene de parte de los promotores de la consulta, y teniendo en cuenta otros factores que racionalmente abonan por el mantenimiento de una gestión edilicia que merece todo nuestro apoyo y respeto.

Lima, 2 de noviembre de 2012.
     

miércoles, 31 de octubre de 2012

El camino hacia sí mismo


     Después de más de dos décadas, he releído una de las novelas más queridas de ese entrañable gurú de Occidente que se llamó Hermann Hesse, experiencia que ha despertado en mi memoria sentimientos y circunstancias vividas en esa primera juventud que, como la de todos, esta llena de momentos decisivos, de encrucijadas que el tiempo irá despejando, y de una voluntad que se afirmará, a veces de modo ciego e inconsciente, para determinar lo que finalmente seremos.
     Se trata de Demian (1919), o la historia de la juventud de Emil Sinclair, como reza el subtítulo, obra que se sitúa en lo que comúnmente se llama novela de aprendizaje, y que muy bien puede constituir un auténtico derrotero del drama existencial del hombre contemporáneo.
     Lo primero que salta a la vista y es motivo de honda y detenida reflexión, son las palabras de inicio, donde meditando sobre la vida del ser humano se concluye que ésta es “el punto único y especial, en todo caso importante y curioso, donde, una vez y nunca más, se cruzan los caminos del mundo de una manera singular.”
     Si bien “la vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo”, como afirma el narrador en otra parte de esas palabras liminares, “unos no llegan nunca a ser hombres; se quedan en rana, lagartija u hormiga”, graficando de esta manera la titánica y compleja lucha de este extraño ser por conquistar su condición elevada. Una verdad que la antropología filosófica ha  sondeado a través del tiempo y razón  también de arduas disquisiciones de pensadores y filósofos.
     En el primer capítulo se nos plantea ya la presencia de los dos mundos, lo diurno y lo nocturno de la existencia. Cuando Emil Sinclair conoce a Franz Kromer, intuye perfectamente que este pertenece a ese otro mundo, distinto y distante del suyo. Los silbidos del muchacho eran el santo y seña de ese lado oscuro al que resbalaba peligrosamente Sinclair. Mientras que sus padres y hermanas representaban la claridad y el orden, Franz simbolizaba el caos y las tinieblas.
     Luego conoce a un nuevo alumno, Max Demian, quien le predica la teoría de Caín, pero dándole una interpretación diferente, lejos de la convencional. Gracias a Demian, a quien por cierto admira y teme simultáneamente, logra liberarse de la sujeción a Kromer, quien lo mantenía bajo su órbita en base al chantaje y la amenaza.
     El rostro de Demian le parece extraño, “inexplicablemente distinto a todos nosotros”, subraya Sinclair, a la vez que lentamente se va a producir el despertar de la sexualidad y el conocimiento del otro lado de su amigo, a quien un día lo ve petrificado en su pupitre, como un ídolo de piedra, volcado hacia un mundo interior desconocido, imagen que conmociona a Sinclair.
       Posteriormente Sinclair ingresa a un internado, allí conoce a Alfons Beck. Ambos van a una taberna donde, bajo los efectos del vino, logra desahogarse y se muestra locuaz. Regresa ebrio al internado y siente que algo en su vida se ha quebrado. En el mismo parque en que había conocido a Beck ve a una muchacha alta y delgada, de la que se enamora; su vida cambia desde ese momento. Era el sacerdote de un nuevo santuario, donde se rendía culto al amor profundo a Beatrice. Se dedica a pintar, quiere hacer un retrato de su musa, pero termina pintando a Demian; mientras tanto lee a Novalis, poeta que lo impresiona, y envía el dibujo a Demian.
     Recibe la respuesta de Demian interpretando el dibujo del pájaro saliendo de un cascarón que le había enviado. En la clase, el joven profesor que guiaba la lectura de Herodoto, pronuncia en nombre de Abraxas, que Sinclair leyó por primera vez en el papelito que anteriormente le había hecho llegar Demian. El sueño definitivamente lo inclina hacia Abraxas, esa deidad mitad dios y mitad demonio, símbolo de la nueva perspectiva que asume Sinclair.
     Un día, caminando por la ciudad, se detiene ante una iglesia para escuchar la música que un organista ejecutaba dentro. Pero será otro día en que se anime a seguir al músico a su salida del recinto, abordándolo en una taberna; habla con él de Abraxas, a quien el organista conocía. En el siguiente encuentro van a la casa del artista, allí Pistorius le cuenta que vive con sus padres y que ha estudiado teología, pero que se ha descarriado.
     Sinclair posee el gusto de contemplar las extrañas formas que adopta la naturaleza. Pistorius le explica que todos llevamos el mundo entero en nosotros mismos, pero que pocos tienen conciencia de ello. Así fue rompiendo Sinclair el cascarón y a sacar la cabeza del pájaro amarillo del sueño. Su nuevo amigo interpreta el sueño del vuelo que había tenido.
     El sueño recurrente consistía en que entraba a su casa, quería abrazar a su madre y en su lugar era una mujer grande, con rasgos masculinos, que le inspiraban miedo y atraían a la vez. Pistorius aconseja a Sinclair seguir sus sueños y no tenerles miedo. Se le acerca Knauer, un compañero de clase que le habla de la castidad y la pureza. Le pide ayuda, y como Sinclair no le dice nada, prorrumpe en improperios contra él. Una fuerza oscura impulsa a Sinclair a ir en busca de Knauer, hallándolo en una casa abandonada pretendiendo suicidarse. Luego de aparta de él y conversando con Pistorius llega a herir su ideal “arqueológico.” Acaba el colegio, se va de vacaciones y su padre decide que estudie un semestre de filosofía.
     De visita en la casa en que había vivido Demian, la dueña le muestra fotografías donde reconoce el gran parecido de la madre de su amigo con la imagen del sueño. Luego se matricula en la universidad y queda muy ilusionado. Encuentra a Demian y hablan del espíritu gregario, del miedo y la solidaridad; llegan a la casa de éste y conoce a su madre, por quien se sentirá irresistiblemente atraído, naciendo en su alma un extraña afecto por ella, la que se hace llamar Frau Eva, como sólo la llamaban los amigos íntimos.
     Al final, temiendo nuestro héroe la separación de Frau Eva, se concentra para que ella llegue hasta él; pero quien llega es Demian, enviado por su madre. Éste le comunica el inicio de la guerra, situación que hará que ambos marchen al frente, desencadenándose una serie de visiones de carácter místico apocalíptico que prefiguran el destino trágico de la humanidad. Son los prolegómenos de la hecatombe bélica, el principio del fin de una era y el anuncio del comienzo de otra, todavía desconocida, que surgirá de las cenizas de la conflagración.

Lima, 29 de octubre de 2012.

viernes, 26 de octubre de 2012

Independentismo


     Una nueva oleada de movimientos separatistas recorre Europa, alentada quizá por el tambaleo de los pilares y parámetros del llamado estado de bienestar, sacudidos por el fuerte ventarrón de la crisis económica que azota el Viejo Continente desde hace algunos años, o tal vez por el lento resurgir de los nacionalismos de todo tipo que, ante una coyuntura difícil como ésta, tienen la perfecta coartada para remover viejas ideas políticas en busca de un camino totalmente a contrapelo de la cacareada globalización.
     Tres casos recientes ejemplifican esa insurgencia en la escena política europea: la aspiración de Escocia de alcanzar la independencia del Reino Unido; el sueño de Flandes de constituir una región autónoma desligada de Bélgica; y la renovada lucha de Cataluña por conseguir su tan ansiada soberanía separada de España.
     El pasado lunes 15 suscribieron un acuerdo el Primer Ministro del Reino Unido, David Cameron, y su par escocés Alex Salmond, por el cual se prevé la realización de un referéndum en 2014, con una pregunta simple e inequívoca, consultando a la población si deseaban la independencia o no, objetivo que ha despertado el Partido Nacionalista Escocés en el poder.
     Después de más de tres siglos de haberse suscrito el Acta de Unión entre Inglaterra y Escocia, la región más septentrional de la Gran Bretaña, y una de las cuatro que conforman el Reino Unido, emprende el camino oficial de la escisión, a pesar de que actualmente sólo un 35 a 40% de la población está a favor de la medida, situación que los nacionalistas esperan remontar en los dos años que restan para la realización de la consulta.
     Cameron se ha allanado estratégicamente al pedido escocés, pues una negativa hubiera significado incitar el independentismo, confiando a su vez en su poder de convencimiento para evitar una indeseada segregación para la corona inglesa. Sibilinamente, ha deslizado el comentario de que una Escocia fuera del Reino Unido tendría múltiples problemas -amén de los económicos- para adecuarse a las exigencias de los diversos organismos que existen en Europa; inmediatamente ha replicado el líder nacionalista escocés recordando las importantes industrias del petróleo y el gas en territorio nacional, así como las ventajas de caminar sin los compromisos ni las ataduras a una entidad supranacional.
     En el caso de Flandes, que convive con los valones en esa precaria unidad llamada Bélgica, la situación no es tan diferente, pues se trata también de una marcada división tanto lingüística como étnica, elementos culturales que evidencian una nítida voluntad de marchar por rumbos distintos. Aunque los términos del objetivo político de los flamencos no tienen fecha específica, se percibe una tendencia muy fuerte hacia la autonomía desde el triunfo el 2010 de los independentistas en las elecciones nacionales.
     La Flandes neerlandófona y la Valonia francófona deberán tamizar  sus diferencias si quieren mantener la unidad dentro de Bélgica, país sede además de la Unión Europea, mas será arduo convencer al poderoso movimiento separatista de la región flamenca que deponga su meta central de conformar una región independiente, objetivo que han visto hacerse realidad a partir del triunfo reciente del partido independentista flamenco.
     Pero sin duda que el caso más picante en la actualidad es el de Cataluña, donde ha renacido con bríos el anhelo de independencia que tiene vieja data. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, ha planteado la convocatoria de un referéndum donde los catalanes, al igual que los escoceses, se pronunciarán por la independencia o no. En las próximas elecciones del 25 de noviembre se pondrán en juego los afanes soberanistas del líder de Convergencia i Unió (CiU).
     Las principales autoridades de la península, encabezados por el actual presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, han enfilado sus baterías contra la pretensión catalana, arguyendo razones de diversa índole; mas la vorágine de los hechos parece tener la fuerza suficiente para arrasar toda oposición a la consulta.
     Los rasgos identitarios son tan sólidos e inconfundibles para los catalanes, que un porcentaje considerable de la población ve con gran expectativa la posibilidad de materializar el antiguo anhelo soberanista. Parece que ha llegado el momento, y España toda, y Europa también, deberán estar preparados para este vuelco político que puede cambiar la faz del Viejo Mundo en el porvenir inmediato.

Lima, 22 de octubre de 2012.
       

sábado, 13 de octubre de 2012

Canto ceremonial para un oso hormiguero


     Han pasado ya algunos días de la muerte de Antonio Cisneros, y aún sigo aturdido por este hecho que me imaginaba remoto para alguien como él. El sábado pasado oí por la radio un comentario fúnebre en el que era aludido el poeta y de pronto se agolparon en mis recuerdos una serie de imágenes en los que fui testigo de la vertiginosa y fructífera existencia de uno de los creadores más formidables que ha dado la poesía peruana en el último medio siglo.
     Premiado en diversos países de nuestra vasta Latinoamérica, menos en el suyo, multifacético espíritu que descolló nítidamente en cada cosa que hizo, Toño Cisneros, como le decían sus amigos, ha tenido que someterse también al inexorable ritual que impone nuestra condición humana. Cuando aún podía acompañarnos algunos años más, puesto que apenas frisaba los 69 -cabalística cifra-, la horrible parca lo ha cercado alevosamente, metamorfoseada en el temible cangrejo de la muerte.
     El nombre de Cisneros no fue absolutamente desconocido para esa gavilla de jóvenes letraheridos, apandillados en una de las numerosas capillas literarias que pululaban en los salones y patios de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de los años 80 -atrabiliaria década de las rebeldías, las revueltas y las revoluciones frustradas-, que transitaban por la urbe tironeando su trashumancia y sus inagotables búsquedas estéticas cual una pequeña tribu de insensatos y dementes cultores de la poesía.
     Fue así que en una ocasión supimos que habría un recital de poesía en el local del Centro cultural peruano-soviético de la Avenida Salaverry (que me imagino ya no existirá), y esa fue la primera vez que vi y escuché al ya mentado “oso hormiguero” leyendo su disímil y controversial poesía ante una muchedumbre de ávidos oyentes, en su gran mayoría jóvenes universitarios que provenían de esos grupos dispersos que se solían formar por esa época para tener presencia en el flamante mundo de las letras.
     A pesar de que ya conocía algo de la poesía de Antonio Cisneros, por mis lecturas de revistas y libros prestados, no dejó de sorprenderme su desenfado, su frescura, su límpido discurso poético exento de retórica, despojado de toda ampulosidad, desprovisto de todo ese andamiaje lírico modernista o posmodernista, liberado para siempre del molde decimonónico, desnudo de cualquier lirismo vacuo, que a pesar de las vanguardias seguía tratando de sobrevivir en nuestro medio; en suma, un estilo suelto, coloquial, libre y sin mayores pretensiones ni afectaciones.
      Pero al primer Antonio Cisneros que conocí fue al periodista, al sagaz y agudo cronista que dirigió ese legendario y emblemático suplemento dominical del Diario de Marka, llamado El Caballo Rojo, que en los años finales de la década del 70 y comienzos del 80 hizo las delicias de lectores que como yo podíamos disfrutarlo desde nuestras lejanas provincias. En sus páginas se me harían conocidos nombres como los de Sinesio López, Carlos Iván Degregori, Santiago Pedraglio, José María Salcedo y otros, referentes todos ellos luego en las ciencias sociales y el periodismo nacionales.
     Tampoco puede olvidarse su paso por la radio, a través de una breve secuencia diaria en una emisora de la capital, donde comentaba con singularísima chispa, estilo zumbón y donaire criolla, conjugados con un lenguaje sembrado de iridiscencias poéticas, los asuntos más variados del quehacer nacional.
     Por último, en la Feria del Libro del 2011, el año pasado nomás, cuando nada presagiaba este desenlace fatal, el “oso hormiguero” estuvo en el stand correspondiente a Chile firmando ejemplares de un libro editado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de ese país, en razón del reciente Premio Iberoamericano de Poesía “Pablo Neruda” otorgado a nuestro compatriota. El volumen, titulado Diarios de naufragio, es una antología de toda la obra poética de Antonio Cisneros; libro que obsequiaron los hermanos del sur y que me fue autografiado por el poeta y del cual me solacé grandemente leyéndolo en los días siguientes.
     La voz y la huella de Antonio Cisneros quedarán en sus delirantes y curtidos versos, como una sombra benéfica que aletea con su espíritu desafiante. Su retador desplante a la convención y el lugar común, su humor corrosivo y sarcástico, dicho en el tono más irreverente, su fáustica celebración de la vida en todas sus formas, se instalarán para siempre en la memoria y en el alma de quienes admiraron su talento y amaron su poesía.

Lima, 13 de octubre de 2012.         

lunes, 8 de octubre de 2012

Ética y verdad


     El desenlace trágico de la desaparición de una concursante de un polémico programa de televisión, suscita diversas reflexiones en torno a uno de los valores éticos concernidos en el hecho: la verdad.
     Lo primero es que la verdad no debería surgir bajo la presión de un chantaje pecuniario, sino como un proceso natural de evolución de las cosas, pues de lo contrario se termina pervirtiendo su esencia, convirtiéndola en una simple mercancía, signo de una sociedad que ha asumido el consumo como el supremo bien.
     El precio de la verdad nunca puede ser la muerte, pues su valor trasciende tanto los groseros cálculos crematísticos como su metafísica negación. Sobre todo una muerte como la Ruth Thalía Sayas Sánchez, la joven cuyo cadáver fue encontrado enterrado en un silo en la zona de Jicamarca, en las afueras de la ciudad.
     Se envilece el valor de la verdad cuando se la vuelve mero y puro exhibicionismo de escenario, una impudicia tosca y banal, una función pornográfica para saciar el morbo y la malsana avidez colectiva.
     Sin necesidad de caer en el extremo de hacer un elogio y defensa de la mentira, debemos aceptar que no siempre la verdad, en términos absolutos, es un valor que  debe mostrarse en toda su desnudez.
     Queremos comprar valores éticos, principios, dignidades, como si fueran bienes de intercambio comercial, objetos de consumo, cosas desprovistas de cualidades humanas y pasibles de ser traficadas como cualquier abarrote de tendero.
     Se trata, a todas luces, de un episodio más, en este caso siniestro y macabro, de lo que Vargas Llosa ha llamado la civilización del espectáculo, una era signada por los perversos dictados del mercado, donde la sociedad de consumo impone sus fríos y mezquinos intereses por sobre todo vestigio de humanidad y sentimiento. Importa vender y lucrar –el bendito rating-, sin importar si con ello arrasamos lo más precioso de nuestra existencia, o hasta a ella misma.
     Lo segundo es la responsabilidad que le cabe al conductor del citado programa y al periodismo en general. Que el primero haya salido a decir que en los cruentos sucesos está exento de toda culpa no es la mejor manera de asumir su cuota de participación, por mínima que sea; y que una parte de la prensa y sus principales voceros también manifestaran su solidaridad y comprensión con el susodicho, tampoco abona para el propósito de saneamiento y adecentamiento del llamado cuarto poder.
     Es sintomático que ahora salgan a defender a Ortiz los personajes más cuestionables y con rabo de paja de la prensa nacional, citados con redomada alegría en su reciente columna donde sale, lanza en ristre, a acometer a los que llama no sin ironía “opinadores, opinantes y opinólogos”.
     Basta hacer el inventario de estos solidarios y ahora muy comprensivos colegas, extrañamente conciliadores y tolerantes, aviesamente contemporizadores,  para saber de qué se trata todo este show de las vanidades heridas. Saber que en esa afamada lista figuran nombres encumbrados como los de Laura Bozzo, Mónica Delta, Nicolás Lúcar, Aldo Mariátegui, Rosa María Palacios, Federico Salazar, Ricardo Vásquez Kunge, y hasta un siempre oportuno PPK, nos confirma en la sospecha esbozada líneas arriba.
     La filosofía del todo vale, de la libertad sin límites, del hacer y deshacer según nuestra regalada gana, es la que al parecer avala sin pudor este selecto grupo de opinadores.
     Nadie acusa al mencionado conductor de ser el asesino, ni siquiera el cómplice o apologeta del crimen, pero el tipo de programa que conduce, el formato peligroso que alardea  jugando con fuego al filo de los abismos de la condición humana, tendría que hacerlo meditar sobre la conveniencia de seguir sacando a la luz las miserias de cualquiera a cambio de un puñado de suculentos y emputecidos cobres.

Lima, 7 de octubre de 2012.      

sábado, 29 de septiembre de 2012

Goethe: el helenista


El poderoso influjo que ha tenido Grecia en la vida y la obra del gran escritor alemán Johann Wolfgang Goethe, ha sido rastreado del modo más prolijo y documentado por Humphry Trevelyan en su libro Goethe & the greeks (Goethe y los griegos), publicado en 1942. La obra constituye un valioso estudio para comprender el talante espiritual y el temple estético de una figura capital de la cultura alemana.
     En seis capítulos traza el derrotero vital e intelectual del formidable autor del Fausto, desde su nacimiento en 1749 en la ciudad de Fráncfort, su fructífero periplo por Leipzig y luego Italia -en una maravillosa experiencia por el mediterráneo, recorriendo ciudades como Roma, Nápoles y Sicilia-, hasta su regreso a Weimar y muerte en 1832.
     La infancia de Goethe transcurrió en un ambiente dominado por el pietismo y el racionalismo, que actuaron al unísono para eliminar la influencia griega en la educación alemana de la primera mitad del siglo XVIII. Se vivía bajo las ideas del pedagogo Comenio, quien pretendía desterrar de la enseñanza a los “maestros paganos” griegos y latinos, a pesar de que en 1699 se iniciaría lentamente la revalorización de lo griego en la cultura alemana con la publicación del Telémaque de Fenelón.
     “El único camino para que seamos grandes, ah, si fuera posible, inimitables, es la imitación de los antiguos”, decía Winckelmann, describiendo la atmósfera cultural que empezaría a vivirse por esos años en el país germánico, aires que respiraría el joven Goethe, pues sus “primeras oraciones en griego datan de agosto de 1758”.
     A los 12 años ya había leído a Racine y Corneille; admiraba a Sócrates y a los estoicos, sobre todo sus reglas de vida. Es por esa época que su padre lo envía a Leipzig a estudiar leyes, pero a él le interesaban las lenguas, los clásicos y la historia, y su ferviente deseo era ir a Gotinga. En 1769 tiene ocasión de visitar la magnífica colección de escultura griega de Mannheim, quedando deslumbrado ante el Laocoonte. Gracias a los griegos se dio cuenta del “profundo significado de la forma humana”. En septiembre de 1770 se produce su encuentro con Herder, que marcaría hondamente su vida.
     Amén del influjo de Herder y su Verdad, sentimiento y naturaleza, Goethe realiza lecturas importantes de Winckelmann y Lessing; demuestra gran interés por Píndaro y por los himnos órficos. Lo seduce especialmente la intimidad de los griegos con la naturaleza y la realidad. Emularía, no imitando, a los poetas helénicos, principalmente al famoso autor de las odas.
     El primer drama de inspiración griega que Goethe escribe es Ifigenie, luego vendría Elpenor. Huye a Roma, como dice en sus diarios, en 1786: “Yo mismo luchaba con la muerte y la vida, y no hay lengua que exprese lo que en mí ocurría”. Allí se dedicó al estudio de Rafael, Miguel Ángel y otros maestros modernos. El contacto con la obra de Palladio le revela la presencia del genio. Paralelamente sentiría los efectos de la tragedia griega, por un lado frialdad y fuerza, por el otro pasión y furia: el pedernal y el fuego.
     Dueño de una curiosidad omnívora, Goethe llegó a Roma el 29 de octubre de 1786. Luego visita Nápoles y Sicilia; en ésta cree encontrar la visión de un “tesoro indestructible” que lo va a acompañar por el resto de sus días. Estando aquí, el poeta alemán asume la creencia de que Homero había escrito La Odisea en la isla italiana.
     Se dedica al estudio de la anatomía comparada, como una manera de entender la concepción de la forma que los griegos tuvieron de la figura humana. Obtuvo ese conocimiento “en la forma más completa en su estudio de la escultura griega por la cual logró la visión de la forma humana, en unidad y variedad, un microcosmo del universo, llave para el conocimiento de Dios.”
     La filosofía de vida griega, en perfecta comunión con la naturaleza, es llevada a la práctica por Goethe cuando se une a Christiane, “así como Marte se apodera de Rea Silvia cuando ella iba a sacar agua del Tíber”. Una existencia basada en la satisfacción de los instintos primarios se le ofrece en la forma acabada de una concepción estética elaborada en consonancia con los latidos más naturales del hombre. Solo aquí se entiende en toda su dimensión el estar “más allá de bien y del mal” nietzcheano, que expresa, según el ideal griego, la forma más elevada y armónica de la moral: la moralidad estética, la moralidad de la belleza. En una palabra, el ideal de la moralidad natural que sigue a los instintos, mandato de los dioses.
     Goethe busca no un regreso a la naturaleza, sino un avanzar a una segunda naturaleza. Casi lo mismo que Nietzsche, un siglo más tarde, formularía en términos de un ascenso a la naturaleza. Existe una afinidad filosófica y estética entre estos dos grandes creadores alemanes que fueron seducidos, cada uno a su manera, por la impronta helénica.
     Un hecho trascendental en la vida de Goethe constituye sin duda su amistad con Schiller, a quien conoce en el verano de 1794. Así como su encuentro con Herder le significó una experiencia altamente fructífera, pues en muchos sentidos aquél fue su verdadero maestro, la fecunda amistad con el otro genio de la poesía alemana, le provee las mejores herramientas para el desarrollo de su obra y la plena expansión de su espíritu. Esta relación se cortaría abruptamente en 1805 con la súbita muerte del poeta amigo.
     Entre tanto Goethe seguiría dando muestras de sus mejores frutos, pues cuando publica Hermann und Dorothea, los críticos exclamarían que se trata de “la corona de helenismo de Goethe”. Señalan que “la tendencia a la ‘descripción detallada’ es una imitación directa del estilo homérico”. Por cierto, los poemas homéricos tienden a agruparse en torno a dos temas principales: la ira de Aquiles y el regreso de Odiseo. Con Achilleis y Helena, intenta recrear el mundo griego, concretamente, la tragedia griega.
     Trató en todo momento de reconciliar los dos mundos de la cultura europea: el mediterráneo y el nórdico. Su aspiración llegaría a la apoteosis cuando quiso fundir en un solo drama a las dos figuras míticas de ambas vertientes: Fausto y Helena. Aunque los resultados no fueron los esperados, para siempre quedó en Goethe el modelo de la Hélade como el paradigma y la quintaesencia de la humanidad, pues como él mismo afirmaría a modo de conclusión: “Los griegos alcanzaron la perfección por una coordinación balanceada de todas las facultades humanas y por la alegría de vivir y trabajar y sufrir dentro del mundo.”

Lima, 29 de septiembre de 2012.