domingo, 23 de abril de 2023

Decir la verdad

 

Mitsusaburo asiste a los funerales de su amigo, quien se ha suicidado colgado desnudo en su habitación, la cara pintada de bermellón y con un pepino en el ano. Al regresar a su casa encuentra a su mujer ebria con una botella de whisky en la mano. Su hijo, que padece una severa afección mental, lo mira impertérrito con ojos inexpresivos. Al salir con el perro a la calle tropieza y cae en un pequeño pozo, desde donde se lanza en meditaciones y recuerdos sobre el amigo muerto y sobre su hermano Takashi que vive en los Estados Unidos. Este es el comienzo, como un cuadro naturalista de un paisaje existencial, de la afamada novela El grito silencioso, del escritor japonés Kenzaburo Oé, Premio Nobel de Literatura 1994, recientemente fallecido a los 88 años.
Al regresar Takashi del extranjero, lo esperan en el aeropuerto sus amigos Hoshio y Momoko, aparte de Mitsu y su mujer. El vuelo se ha retrasado y todos deciden alojarse en un hotel próximo al campo de aterrizaje, desde donde se contempla la atmósfera gris y fría de la ciudad. Takashi llega con nuevos planes que piensa compartir con su hermano, empezando por instalarse en Shikoku.
La prosa de Kenzaburo es descarnada y frontal, despojada de todo atributo retórico, sus descripciones realistas poseen atisbos naturalistas. Están presentes en sus escenarios los espacios típicos y tradicionales del Japón y retratos vivos y nada complacientes de los más variados tipos humanos.
Los dos hermanos se ponen a evocar la muerte de S, el hermano mayor que murió en el ataque a la colonia de coreanos. Sus recuerdos difieren, como si cada quien describiera las imágenes de un sueño, del propio sueño dentro de ese gran sueño general que es la existencia humana.
Hay otro episodio en la familia de los Nedokoro que constantemente es evocado en la narración: la revuelta de Man'en, protagonizado por el bisabuelo de Mitsu y Takashi y su hermano menor, quien al parecer logró escapar vivo de la ejecución que sufrieron los rebeldes, llegando luego a Osaka y Tokio, según se dice. Levantamiento que también trataría de imitar Takashi en contra del Emperador de los Supermercados, cuyo dueño es coreano, de acuerdo a los comentarios de la gente del pueblo.
Mitsu no se siente identificado con el valle, adonde ha sido llevado por Taka con la promesa y la esperanza de una nueva vida. Pero luego se entera de que su hermano ha dispuesto de las tierras y los bienes de la familia para el trato con el Emperador de los Supermercados. Está decidido a volver a la ciudad, a pesar de que su mujer le haya dicho que piensa quedarse con el grupo de Taka y sus amigos.
Takashi y su grupo promueven una revuelta contra el Emperador de los Supermercados, saqueando la tienda del pueblo, en un intento por evocar los sucesos de Man'en del pasado. Mitsu se mantiene al margen, a pesar de los intentos de su mujer y los hijos de Jin -la mujer que los crió siendo niños- de involucrarlo. La noticia que ha exacerbado los ánimos de la gente es saber que el dueño del gran establecimiento no sólo es coreano, sino que piensa visitar el pueblo con sus matones para escarmentarlos.
Como era lógico suponer, Mitsu se entera en algún momento, por boca de Hoshi, de que su mujer se ha enredado con su hermano, revelación que lo desconcierta evidentemente, pero ante la cual adopta una postura de resignada clemencia. Sin embargo, cuando una tarde Natsumichan llega apresurada a buscarlo al almacén, para informarle que Taka ha tratado de violar a una chica en el valle y que debe acompañarla, Mitsu comprende lo disparatado y absurdo que puede mostrarse a veces el destino.
A continuación vendrá el testimonio más desgarrador y violento de la novela, el relato que hace Takashi a Mitsu de cómo abusó de su hermana discapacitada, el aborto al que fue sometida y el suicidio con el que acabó su vida. Todo contado con una perturbadora frialdad, casi como alardeando de su crimen, por lo demás muy común en él, después de lo sucedido en otras ocasiones. La narración se precipita hacia un final trágico con la muerte de Taka, quien también se ha suicidado en el almacén donde vivía apartado Mitsu para realizar sus trabajos de traducción. Una característica del hermano menor era su propensión ineludible de decir la verdad, así ello signifique su propia condena. Todos los intentos del mayor por ayudarlo, se estrellaban contra esta invulnerable pared de su personalidad.

En paralelo a la llegada del coreano Pek Sun Gi, el dueño del negocio más importante del pueblo, conocido como el Emperador de los Supermercados, para dirigir los trabajos de demolición del almacén y su consiguiente reubicación, Mitsu recibe otra noticia de parte de su mujer. Le dice que está embarazada, y que el hijo será de Taka, instándolo a que acepte el trabajo de traductor en el África, mientras ella se va a vivir con sus padres con el hijo de ambos y el nuevo bebé. Con gran sutileza también le inquiere si los dos podrían tener una nueva posibilidad. Mitsu primero se niega, después de todo lo sucedido, pero luego cede y acepta el puesto de profesor que le ofrece una universidad.

Es el final de una narración donde el novelista japonés rastrea la historia de una revuelta protagonizada por el hermano menor del bisabuelo de Mitsu y Taka, movimiento que éste quiso resucitar en su intento de enfrentarse al todopoderoso magnate del comercio en el valle. El hallazgo de un sótano ignorado debajo del almacén, donde son encontrados papeles reveladores del abuelo relatando la insurgencia de sus antepasados, arrojan luces sobre el proceder de Taka y su luctuoso fin. Hay varios elementos claves que el personaje principal va descifrando para entender sus esperanzas frustradas y el nuevo mundo que insurge de tantos hechos aparentemente inconexos.

 

Lima, 22 de abril de 2023.

domingo, 9 de abril de 2023

¿Quién mató a Rosalino Flórez?

 Se han cumplido, hace poco, los cien días de este gobierno presidido por la señora Dina Boluarte, tiempo en que el país estuvo envuelto en una serie de marchas de protesta, manifestaciones callejeras, paralizaciones y bloqueos de carreteras que no eran sino expresiones de una crisis política y social que estalló cuando el expresidente Castillo decidió, en un acto desesperado, dar un golpe de Estado, para salvarse de una hipotética vacancia que el Congreso cocinaba para ese mismo día.


Durante estos más de tres meses, las poblaciones del Perú, preferentemente las del sur, han demostrado su profundo descontento por la forma cómo se han desarrollado los hechos a partir de ese día, pues si bien la sucesión presidencial se ha cumplido según manda la ley, por lo que se puede decir que la presidenta posee legalidad, en realidad lo que ha sucedido es que el poder ha vuelto a manos de las fuerzas de la oposición, de los sectores que desde el parlamento se dedicaron a sabotear sistemáticamente al gobierno elegido el 2021, independientemente de los errores y las falencias que éste pudiera exhibir. Es decir, los partidos de la derecha conservadora y reaccionaria, que detentaron el poder desde hace doscientos años, no podían soportar ser desbancados de un sitial que fue para ellos su coto de caza preferido durante toda la república.

Los rostros conocidos del fujimorismo ramplón y sus corifeos volvieron a ocupar los ministerios y los puestos claves de la administración pública, ante el silencio y la vista gorda de cierta prensa que también fue parte del cargamontón que arrinconó al gobierno de Castillo. No digo que éste mereciera quedarse, por todo lo que se fue descubriendo en el tiempo que ocupó palacio de Pizarro, sino que la salida estaba más en consonancia con lo que exigían los hombres y las mujeres del país todos los días en las calles y las plazas: la inmediata convocatoria a nuevas elecciones y la renovación total del Congreso, recinto que la gran mayoría de representantes convirtieron en su guarida para perpetrar todas las fechorías que conviniera a sus mezquinos intereses.

Pero lo realmente macabro vino enseguida, con la represión más brutal de que se tenga memoria en el Perú y aun en el mundo. Más de sesenta muertos, decenas de heridos, muchos ellos de gravedad y de por vida, es el saldo luctuoso de un gobierno que no tiene más argumentos que los gases lacrimógenos, los perdigones y las balas, arrojados a mansalva contra ciudadanos inocentes cuyo único delito es ejercitar su derecho a la protesta. Cuántos jóvenes, adultos y niños han sido víctimas de la insania homicida de las fuerzas del orden, que actuaron con absoluta impunidad disparando a matar con el aval y la anuencia de sus respectivos comandos policial y militar, así como de los ministros del ramo que hasta ahora se pasean campantes y orondos como si nada hubiera ocurrido.

A los numerosos nombres de hombres y mujeres que han caído en las jornadas de lucha de estos meses, se suma el de Rosalino Flórez, la última víctima del criminal régimen que ostenta el poder en el Perú. Este joven de 22 años, estudiante de gastronomía, fue herido gravemente el 11 de enero en el Cuzco, en una manifestación que era reprimida, como siempre, a balazos y perdigonazos por una policía desatada y sin control. El cuerpo de Rosalino recibió más de veinte perdigones cuando se encontraba escondido tras de un árbol en una avenida céntrica de la ciudad imperial y corrió al ver que un efectivo venía hacia él con el arma en ristre. Fue traído a Lima, donde estuvo internado en el Hospital Loayza hasta el pasado 21 de marzo, cuando falleció al tener comprometidos varios órganos vitales por la criminal arremetida policial.

El asesinato de Rosalino Flórez tiene obviamente un culpable. Hallarlo es el objetivo de sus familiares, de sus padres sumidos ahora en el dolor más inaudito, para que se pueda cumplir lo mínimo exigible en estas circunstancias: justicia, pues su vida le fue arrebatada de una manera artera, absurda e injusta. Que se identifique al hombre uniformado que disparó contra el joven estudiante, y que después puedan ir también a los tribunales los responsables mediatos, el ministro y la presidenta, a quienes les espera al final de su mandato juicios no sólo por este crimen, sino por todos los otros que igualmente claman justicia.

El Ejecutivo y el Legislativo poseen un alto nivel de rechazo ciudadano, lo demuestran las encuestas que a nivel nacional sondean las preferencias del pueblo peruano. La legitimidad de este régimen está por los suelos, lo cual exige una respuesta acorde a la realidad, una democracia no puede sostenerse en medio de un cuestionamiento permanente al gobierno de parte de la ciudadanía, con los funcionarios gubernamentales atrincherados en la Casa de Pizarro, pues a donde quiera que van reciben el repudio explícito de la gente, que los ve propiamente como usurpadores que han hipotecado el poder a personas que no fueron elegidas por el pueblo y como cómplices de todas las muertes habidas hasta ahora.

Lo que no se puede tolerar es la indiferencia de algunos sectores de la población, que creen que el pueblo se cansará de manifestarse y las aguas volverán a su nivel, para dar continuidad a un gobierno que no posee un ápice de comprensión, que vive en una realidad paralela con el convencimiento de que pueden quedarse hasta el 2026, lo que sería francamente inaceptable. Peor todavía, hay quienes justifican la actuación policial, con el razonamiento falaz de por qué tenían que salir a protestar los que murieron en la lucha, que tal vez fueron los que lanzaron piedras a la policía y ésta tenía que defenderse para imponer el orden. En fin, una imperdonable falta de empatía con las víctimas, con quienes están en inferioridad de condiciones físicas frente a aquellos que poseen armas de fuego.

 

Lima, 26 de marzo de 2023.