jueves, 23 de febrero de 2023

Edgardo

 He recibido el hermoso volumen Edgardo, siempre Edgardo (2022), dedicado a mantener fresca la memoria del escritor Edgardo Rivera Martínez, donde Betty Martínez, su leal esposa, ha tenido el amoroso cuidado de reunir los recuerdos, estampas, evocaciones, homenajes, palabras de amigos y lectores que Edgardo cosechó en una dilatada existencia dedicada a cincelar en oro los vaivenes y vicisitudes, las venturas y desventuras del ser humano a través de la magia de su escritura.

Recuerdo la vez en que, con mucho temor y temblor, le envié los textos que conformarían mi primer libro. Pasó un tiempo y no obtenía respuesta, pero cuando volví a escribirle, muy avergonzado, para decirle qué le habían parecido, su réplica fue inmediata. Me confirmó que los estaba leyendo muy complacido, por ello la demora, comentando luego a quien estaba con él en ese momento, que no se explicaba cómo había aparecido ese joven jaujino que escribía de tal manera y, sin embargo, no era conocido.

Tuvo la generosa deferencia de escribir unas palabras para la contraportada de mi libro. Cuando éste se publicó, finalmente, hacía unas semanas que Edgardo había partido. Ya no pudo estar en la presentación del mismo, como me hubiera encantado. Su muerte me dolió de una manera especial, era como si uno de esos tíos queridos y respetados de la familia dejaran un vacío insondable en la casa del alma.


Me imagino a Edgardo sentado en su silla de mimbre en el centro del patio de su casa de Jauja, contemplando la luz diamantina de la mañana, o en su espaciosa habitación observando por la ventana en actitud meditativa, sumido en hondos pensamientos que luego él revestiría de sutiles imágenes poéticas. El sol espléndido del mediodía andino reverbera en los cristales de los grandes ventanales de la fachada principal. El tiempo discurre con una parsimonia singular, única, casi metafísica.

Me gusta pensar que Edgardo habría tenido la misma perspectiva de la ciudad desde el balcón de la segunda planta de su casa que la que yo tengo ahora desde otro balcón a apenas cien metros del suyo. Las mismas cúpulas plateadas de la Iglesia Matriz, los mismos furtivos tejados y el mismo cielo en lontananza; este crepúsculo inverosímil que contemplo con arrobo, el sol jugando a las escondidas con las nubes, el incendio melancólico del poniente, lo habrían encandilado.

Ahora que lo pienso mejor, esa famosa dicotomía entre lo andino y lo universal, del que tanto ha hablado la crítica, en Jauja no se vivía como tal, pues en su talante cultural, en su idiosincrasia de ciudad cosmopolita, lo andino era lo universal, así como lo universal era lo andino, sin oposiciones ni conflictos. Ese abrazo cultural se vivía como algo natural, era el mismo oxígeno que se respiraba en el aire benéfico de la ciudad.

De él se puede decir sin temor a equivocarse, como tal vez de pocos del mundo literario o artístico en general, que, a la par que un gran escritor, era una gran persona. Su bonhomía, su trato de caballero, su decencia y cordialidad, así como su carencia absoluta de petulancia o soberbia, lo pintaban de cuerpo entero como un hombre a carta cabal. Siempre tuve esa impresión de las pocas veces que lo vi y lo traté. Toda su figura despedía un aura de serenidad y mesura. Se podría decir que en su talante convivían armoniosamente la apostura flemática de un caballero inglés y la serenidad apolínea de un héroe griego. Su legado es interminable.

 

Lima, 14 de febrero de 2023.

sábado, 11 de febrero de 2023

Una revolución frustrada


La historia de los movimientos revolucionarios en América Latina es un fenómeno fascinante, de donde se extraen enseñanzas valiosas para entender los proyectos que se han ideado y puesto en práctica con el fin de imponer los cambios que nuestras sociedades necesitan para alcanzar los niveles de vida que los pueblos se merecen desde hace siglos. Uno de esos levantamientos guerrilleros, el primero llevado a cabo en el Perú, que tuvo como escenario la ciudad de Jauja en el año 1962, es recreado por el novelista Mario Vargas Llosa en Historia de Mayta (Seix Barral, 1984), obra que he releído después de casi cuarenta años, en mi afán por comprender y abarcar ese hecho singular, materia también de otras publicaciones que he consultado con gran interés.

El autor se permite, como en toda obra de ficción, algunas licencias con respecto al hecho histórico, como por ejemplo situarla en un tiempo anterior al real. Los sucesos narrados transcurren en 1958, es decir, antes del acontecimiento que fue capital para todos los intentos revolucionarios del continente: la Revolución Cubana. Asimismo, construye su personaje protagónico, Alejandro Mayta, a partir de un personaje secundario en los hechos reales de Jauja. Así, el narrador es condiscípulo de Mayta del Colegio Salesianos. Sabemos también que está recopilando toda la información posible sobre éste, pues, aunque es un novelista que está escribiendo una ficción, quiere conocer la verdad, “para mentir con conocimiento de causa”. No es su pretensión escribir “la verdadera historia de Mayta”, sino una inventada.

La narración inicia cuando el escritor-personaje corre una mañana por el malecón de Barranco y recuerda a Mayta. El relato va alternando los recuerdos del amigo y la visita que hace a Josefa Arrisueño, la tía madrina que crió al revolucionario. Allí, en la casa de esta mujer de setenta años, se conocieron Mayta y Vallejos -el líder de la asonada-, durante la fiesta de cumpleaños de la dueña de casa. La decisión del narrador de reconstruir la historia de Mayta lo lleva también a entrevistarse con el Dr. Moisés Barba Leyva, quien integrara junto con Mayta el comité de una de las facciones en que se escindió el Partido Obrero Revolucionario (POR), de tendencia trotskista.

Luego visita a Juanita, la hermana de Vallejos. Es una monja y vive en una modesta casa en lo que ahora es San Juan de Lurigancho, por la Av. Los chasquis, a la entrada de Zárate. Ella conoció a Mayta muy escasamente. En cambio, en su diálogo con el senador Campos, éste le revela que Mayta era agente de la CIA, es decir, un soplón, y que por eso fue expulsado del POR(T), antes de la revuelta de Jauja. Anatolio Campos fue uno de los camaradas más cercanos de Mayta, con quien incluso vivió un delicado y tenso momento, alguna vez que lo visitó en su cuartucho del Jirón Zepita, en el centro de Lima, debido a la homosexualidad de éste. Más adelante el narrador revela que le asignó esta característica para acentuar la marginalidad del protagonista.

El narrador viaja a Jauja con el fin de entrevistarse con el profesor Ubilluz, un hombre fornido y bajito que se había jubilado después de enseñar treinta años en el Colegio San José de la provincia. De la estación de ferrocarril, donde lo espera éste, se dirigen al Jirón Alfonso Ugarte, casi al frente de la cárcel, donde vive el profesor. Se dice que es la persona que más sabe de marxismo en la ciudad, con una biblioteca completa de libros de autores comunistas.

En su encuentro con el estalinista Blacquer, el narrador va sacando en limpio los pormenores de la expulsión de Mayta del POR(T), una expulsión disfrazada de renuncia. La razón verdadera habría sido la traición cometida por Mayta al reunirse con Blacquer, un conspicuo miembro del comunismo en su vertiente moscovita. Van saliendo también a la luz otros detalles de la conspiración, como que el rebelde solicitó la ayuda de los otros partidos de izquierda para desatar la revolución, una vez iniciada con la toma de la cárcel de Jauja, cuyo jefe era nada menos que el alférez Vallejos.

Adelaida, la mujer con la que se casó Mayta y con la que tuvo un hijo, Julián, le revela algunos otros aspectos de su vida conyugal con el revolucionario. Por ejemplo, que ese matrimonio fue sólo una máscara que utilizó Mayta para ocultar su verdadera orientación sexual. De la misma manera, don Ezequiel, el dueño de una tienda de artefactos eléctricos en plena plaza principal de Jauja, brinda su testimonio a regañadientes, pues guarda un mal sabor de ese recuerdo. Es un hombre irascible, enojado todavía con todo y con todos, descrito por el narrador como un personaje arcimboldiano.

El español Pedro Bautista Lozada; el comerciante japonés, y ocasional taxista, Onaka; los josefinos Felicio Tapia, Gualberto Bravo, Perico Temoche, Cordero Espinoza y los comuneros Condori y Zenón Gonzáles, componen la galería de personajes que, de alguna manera, fueron testigos y protagonistas de aquella asonada que remeció los Andes centrales a mediados del siglo pasado. En la novela se explica el fracaso de la revuelta, entre otros factores, debido a la traición de Ubilluz, quien el mismo día en que los guerrilleros tomaban las armas y se disponían a desatar el polvorín de la revolución, viajaba sin remilgos a Lima llevando un cargamento de habas para venderlo en los mercados de la capital. Otra perspectiva de los hechos nos informa que Vallejos habría decidido adelantar el levantamiento por un incidente desagradable con militantes apristas, lo cual podría acarrearle un castigo de parte de la superioridad y un posible cambio de puesto.

Don Eugenio Fernández Cristóbal, Juez de Paz de Quero al momento de la insurgencia, rinde gustoso su versión de los hechos. La persecución de los rebeldes se inició en Huancayo, pues el teniente Dongo había logrado salir del calabozo donde fue confinado por Vallejos, y se comunicó con sus superiores de la capital del departamento a través de la línea telefónica de la estación del ferrocarril, la única que olvidaron cortar los guerrilleros en su precipitada huida a la montaña.

Al final, Vallejos y Condori fueron abatidos por el contingente de guardias civiles comandados por un oficial, todos llegados desde Huancayo. Vallejos cayó en la quebrada de “Huayjaco”, grafía que emplea el autor para designar el lugar que en Jauja se conoce simplemente como Huajaco. Los demás fueron tomados prisioneros, quienes pasaron a la cárcel de Jauja y después a la de Huancayo. Los josefinos fueron liberados por ser menores de edad. Zenón Gonzáles y Mayta fueron llevados al Sexto de Lima, enseguida al Frontón y nuevamente al Sexto.

La obra es también, de modo subterráneo, la descripción de la gesta de una novela, de una obra de ficción, consciente el autor de cuáles fueron los sucesos que conoce, cuáles son los que inventa y cuáles son lo que no podrá conocer jamás. Es curioso comprobar cómo el propio Vargas Llosa estuvo una temporada en Jauja indagando por aquellos acontecimientos y entrevistándose con todos quienes podían brindarle información sobre los pormenores de un hecho que muchos ya han olvidado, pero que sigue removiendo la memoria de quienes buscan encontrar las claves de un fenómeno que se repetiría, en otras regiones del Perú, en esa década crucial para la historia de nuestro país.

En el último capítulo, el autor-narrador se encara con el “verdadero Mayta”, quien después de varios años de prisión, se dedica a vender en una heladería en Miraflores. Es interesante contrastar a los dos Maytas, el ficticio que protagoniza las vicisitudes de la novela, y el real -para la novela- que recuerda, en una entrevista con aquél, los episodios donde participó hace tantos años. Es bueno decir que en la vida real Mayta fue uno de los fallecidos en la refriega, cuyo nombre verdadero es Humberto y era un dirigente comunal de Quero que estaba recluido en la cárcel de Jauja en el instante en que estalla el levantamiento, siendo liberado por Vallejos para sumarse a la lucha. Esta es otra licencia que se toma el escritor, pues quien figura en la novela con estas características es Condori.

Como siempre, estamos ante una obra de gran factura, narrada con soltura, fluidez y versatilidad. El empleo de modernos recursos de la narrativa contemporánea, como el simultaneísmo y el salto de puntos de vista, le dan esa dimensión extraordinaria y excepcional que hacen de la lectura de las novelas de este escritor una experiencia única y enriquecedora.   

 

Jauja, 28 de enero de 2023.

sábado, 4 de febrero de 2023

Piedras preciosas

 

Era el año 1978 y acababa de salir "Azurita" (Lasontay, 1978), el primer libro de cuentos de Edgardo Rivera Martínez que leí. Yo estaba en segundo de secundaria y la profesora de Literatura nos mandó a leer el reciente libro del escritor jaujino. Inmediatamente lo adquirí y comencé a conocer a un autor que era novísimo para mí. Cuando tuve que abandonar la ciudad, cuatro años después, por razones de estudio, el volumen quedó en el pequeño estante que mi madre compró para guardar los pocos libros que ya empezaba a coleccionar. Cada vez que regresaba de la capital a visitar a mi familia, allí seguía el libro esperándome para una segunda lectura. Pasaron los años y se produjeron algunos cambios en la casa grande donde vivíamos con los abuelos, tíos y primos. La casona tuvo que ser traspasada a sus nuevos dueños y, entre muchos otros objetos, mis libros corrieron una suerte desconocida. Antes había sucedido algo parecido con mis colecciones de diarios y revistas. Entre esos libros que perdí estaba, justamente, éste que ahora comento. En mis frecuentes visitas a Jauja, especialmente en los meses de vacaciones, suelo acercarme a los lugares de ventas de libros para indagar por aquellos que me interesan. En una incursión de éstas, divisé, elocuente entre otros, el texto que acompañó mi época escolar y por quien guardaba un cariñoso recuerdo. No me resistí a dejarlo solo en el anaquel.
En el primer cuento, que da título al volumen, un buscador y negociante de piedras raras llamado Tadeo Pomasunco, descubre una cueva al pie de una laguna y, al internarse por sus galerías, encuentra una piedra con iridiscencias minerales: es la azurita. Pero más que la anécdota, lo que asombra del relato es la prosa concisa, labrada con suma delicadeza y gran sentido del ritmo. La postura introspectiva que asume el personaje, imaginando los diversos caminos en que se bifurca el futuro, le dan a la narración una dimensión psicológica que caracteriza la escritura de Rivera Martínez. Al final, Tadeo decide reintegrar la piedra preciosa a su medio natural, después de haber barajado todo lo que podría haber hecho con la venta de dicho objeto.


En el segundo relato, "Marayrasu", Alfonso es un jovencito de alrededor de trece años que llega desde Pariahuanca hasta las minas de Jiullacocha buscando trabajo. Como no consigue emplearse se inicia, con la ayuda de Magdalena, como vendedor de panes, chicha y café en la placita del pueblo. El imponente nevado, el Marayrasu, presidía las actividades de la Compañía en el centro minero. Su presencia era serena y omnívora. Recorría por las noches el campamento, así como buscaba a su amiga para charlar con ella. Un día se presentó una niña con sus animalitos y lo invitó a irse con ellos. Enigmática aparición que dejó intrigado a Alfonso. Hay una íntima comunión de sentimientos, una solidaridad entrañable del narrador con los mineros, con esos hombres que se sumergen en las profundidades de la tierra para extraerle las riquezas, sufriendo con ella los rigores del trabajo duro y lacerante. Algo de crítica social se aprecia también en el relato, cuando es testigo de la búsqueda que dos policías realizan del dirigente sindical Alejandro Catari, en la casa de su amante, Magdalena. La huelga se ha decretado en la mina y los guardias detienen a los líderes, así como a Alfonso, por haber servido de correo. Pasa tres semanas en la cárcel, y observa cómo traen a los detenidos, muchos de ellos heridos o enfermos. Un día traen el cuerpo de Catari. Alfonso experimenta el dolor, la compasión, la pena y la rabia mezcladas. Días después Magdalena se marcha del pueblo. Como en un sueño, regresa otra vez la imilla, la presunta hija del Wamani. Lo invita nuevamente a irse con ellos, pero Alfonso rehúsa por segunda vez. Se queda en Jiullacocha para tentar un puesto en la mina.
En el cuento "El Unicornio" percibo un aire de Juan Ramón Jiménez, específicamente de sus prosas poéticas; la impronta de "Platero y yo" planea en el relato, con la presencia de Azor, el perro de negra silueta que acompaña al narrador. Miguel es un niño que revela al maestro que ha visto un unicornio, y ambos deciden ir a conocerlo. Van a ir con Azor. También hay un aura de égloga y evocación virgiliana, asoma por allí Garcilaso insuflando su talante lírico a la descripción del paisaje. El animal es llevado a casa del maestro, pero cuando un lunes regresa de su trabajo descubre, con pesar, que el unicornio había desaparecido. Al parecer se fue con Luscinda, la hermana mayor de Miguel y quien ha despertado los efluvios amorosos de carácter platónico en el maestro. El unicornio es un mito de procedencia europea atiborrado de simbolismos, que ha sido, sin duda, recreado por el autor. Según la tradición, para cazar al unicornio se utiliza una doncella, quien a través de su olor atrae al animal fabuloso, también llamado monocironte. Otro rasgo que distingue a este ser es su capacidad de purificar las aguas con su cuerno, que ha sido interpretado por algunos teólogos como la figura de Cristo, pues si la serpiente es la culpable de haber envenenado el mundo trayendo el pecado, el unicornio puede limpiarlo de él. En el siglo XIII, para algunos poetas del amor cortés, el unicornio es el amante, que cae rendido y preso de los encantos perfumados de la amada. En otras interpretaciones el unicornio simboliza la muerte.
"Ave Fénix" es un relato espeluznante. El loco Isaías, poeta y taumaturgo, ha decidido que sea el Viernes Santo el día escogido para llevar el Ave Fénix que ha elaborado con paciencia a la iglesia del pueblo. Mientras el cura, el subprefecto, el comisario y demás autoridades son parte de la liturgia ante una feligresía contrita, el lunático, el astroso, espera el momento, subido a una banca, para acercarse al atrio y prender el ala de su ofrenda en los cirios encendidos y ver cómo el fuego consume hasta las cenizas todo rastro de vida para que el renacer del mítico personaje se cumpla.
"Vilcas" es un cuento conmovedor, describe la marcha de un muchacho desde Atusbamba, la hacienda donde trabajaba como pastor, hasta Vilcas, con la promesa de hallar mejores posibilidades ante la llegada de la sequía y la hambruna en las tierras que lo habían cobijado. Su larga caminata está poblada de incidentes y anécdotas diversas, y cuando al fin está a punto de llegar a su destino las fuerzas se le van agotando, observando cómo el cóndor, que lo había acompañado casi todo el camino, sobrevuela cada vez más cerca de su cuerpo, exangüe y presa de una orfandad absoluta.
El enigma, la extrañeza y el suspenso presiden los hechos que se narran en "Adrián", que es el nombre del protagonista, quien llega un buen día a la casa del narrador, donde vive con su abuelo déspota, su abuela parsimoniosa y sus tíos y primos, más los sirvientes y pongos. La afanosa búsqueda de un "tapado" lleva al viejo avaro a destruir el horno de la casa y quedar él mismo sin habla e inerte, más el desconocido fin de Adrián, de quien no logra saberse qué ha pasado, siendo el principal artífice del descubrimiento de aquel tesoro maldito.
"Las candelas" describe con una parsimonia distante y llena de misterio, la transformación de Felicia, una muchacha que vive con su padre y su tío abuelo en un pueblo en decadencia en medio de las punas andinas. Un día, en medio de la fiesta del pueblo, llega un extraño forastero portando unas lamparillas de fuegos de colores. La niña obtiene una de ellas, y repentinamente experimenta un cambio que es percibido por sus parientes. De pronto, una lucidez y belleza inusuales la engalanan.
El último cuento, "Amaru", es propiamente un poema en prosa, el extenso soliloquio de la mítica sierpe, una auténtica exhibición del virtuosismo del que hace gala el autor para obsequiarnos una pieza de depurada poesía.
En todos los cuentos, por lo demás, permea un delicado lirismo; deslumbra la paciente orfebrería con que Rivera Martínez ha labrado una prosa con intensos ribetes poéticos, donde lo que seduce de los relatos, lo reitero otra vez -amén de las sugestivas tramas-, es el amoroso trato que le ha brindado al lenguaje. Piedras preciosas del idioma que me aguardaban bajo ese discreto manojo de hojas que he disfrutado como un demonio feliz.

Jauja, 3 de febrero de 2023. 

El hermano Miguel

 

La impredecible confabulación del azar me llevó a conocer a una persona que yo no imaginaba poder acceder, a pesar de mis intereses ligados a aspectos de la historia, tanto del Perú como del mundo. Sucede que hace como cuarenta años tuve la oportunidad de leer una novela que recrea un acontecimiento muy poco conocido a nivel nacional y que surgió en la ciudad donde nací: Jauja. La obra pertenece al afamado escritor peruano Mario Vargas Llosa y lleva por título Historia de Mayta (1984), donde narra la insurgencia de un movimiento guerrillero en la década del sesenta del siglo pasado, el primero que aparece en el país, en una época signada por la efervescencia creada por la reciente y triunfante revolución cubana. Unos años antes, estando aún en el colegio, el profesor nos sugirió leer Huajaco, un relato novelado de los mismos hechos, escrito por el autor jaujino César Núñez Arroyo.

Bueno pues, dicha persona es nada menos que el hermano del líder de aquella jornada revolucionaria, quien también fue partícipe de las acciones que se sucedieron y testigo por ello de primera mano de un acontecimiento clave para entender el proceso político de la segunda mitad del siglo XX en el Perú y en América Latina. Llegué a él por intermedio de mi cuñado Jorge, presidente de la Promoción 82 del Colegio San José de Jauja, que un día me comentó que había localizado a tan interesante personaje y me invitó para visitarlo y poder charlar sobre aquellos y otros sucesos. Su nombre es Miguel Vallejo Vidal, hermano del jefe de la cárcel de Jauja al momento de los hechos, el subteniente Francisco Vallejo Vidal.

La charla fue muy amena, enfocada principalmente en los hechos de hace sesenta años. El amigo Miguel nos comentó que tenía preparado un libro sobre el tema, que nos pasó a obsequiar, con la dedicatoria correspondiente. Su título, «La verdadera historia de Mayta», parafrasea la conocida novela del Nobel, y permanece inédita. No es una novela, sino un testimonio de parte, el relato de alguien que ha sido también protagonista de aquella revuelta estudiantil que sobresaltó la apacible ciudad andina ese 29 de mayo de 1962. Según el relato, fueron 16 los integrantes del grupo conformado para la ocasión, de los cuales 5 eran alumnos del Colegio San José de Jauja, más el sindicalista Jacinto Rentería, el comunero Vicente Mayta y otros jóvenes convocados por Vallejo en sus viajes entre Lima y Jauja.

Lo sorprendente fue enterarnos de la edad de Miguel al momento del levantamiento, pues sólo frisaba los 16 años cuando decidió secundar la aventura guerrillera de su hermano, quien con sus 21 años ya demostraba una clara decisión en sus acciones. El hermano Miguel era estudiante del quinto año de secundaria del colegio Andrés Rázuri de Chorrillos, y se embarcó desde la capital sin el conocimiento de sus padres, pues era alumno interno del centro escolar y estaba convencido de la prédica revolucionaria de Francisco.

La narración es envolvente y se lee de un tirón. Cada detalle está descrito con mucha precisión, propio de alguien que sabe lo que dice, pues todo lo que cuenta lo ha visto con sus propios ojos, lo ha vivido en carne propia. Eso lo hace un testimonio de un valor inestimable. Después de algunos prolegómenos de índole familiar, comienza el relato del acontecimiento desde la fase de su preparación hasta el luctuoso final, pasando por las acciones centrales y los episodios puntuales que desencadenaron la toma de la comisaría y el puesto de línea, el asalto a los bancos Regional e Internacional, el corte de las líneas de telefonía y telégrafos y la fuga hacia las alturas de Quero. Enseguida vendría la persecución de un contingente importante de efectivos policiales llegados de Huancayo, el cerco en las estribaciones andinas, la muerte de Francisco, alcanzado en la cabeza por los tiros de los uniformados, y la de Mayta, desangrado por una herida que le ocasionó una bala en la pierna.

Fue, como lo reconoce Miguel, una aventura juvenil, una locura adolescente que fue acicateada por el entusiasmo virginal e inocente de un subteniente de policía poseído por fuertes ideales de igualdad y de justicia social. Confiado en que los campesinos y comuneros de los pueblos de las zonas rurales de Jauja se sumarían a su proyecto revolucionario, se embarcó en una empresa totalmente demencial que acabó como tenía que acabar, algo que no tenía pies ni cabeza. Dejando de lado los sentimientos y aspiraciones de este oficial, cuya generosidad y voluntad de cambio eran indiscutibles, el movimiento estaba condenado al fracaso por su falta de preparación ideológica y logística, por sus carencias notables en cuanto a conexión con las bases de apoyo y a una red de estrategias y métodos para desencadenar un proceso de transformación de las condiciones de poder establecidas.

Con este serían tres los libros -como ya queda mencionado- que se dedican a narrar, desde diversas perspectivas y con distintas intenciones, el levantamiento guerrillero de Jauja. El primero fue Huajaco, de César Núñez Arroyo, aparecido en 1978; el segundo, Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa, de 1984; y, ahora, el tercero, La verdadera historia de Mayta, de Miguel Ángel Vallejo, escrita hace algunos años y todavía sin publicar. El lector puede tener una idea cabal de los acontecimientos leyendo cada uno de ellos, pues aparte de que son, respectivamente, un relato novelado, una novela y un testimonio, y marcan sus diferencias en cuanto a ciertos detalles muy puntuales, sirven todos para comprender un fenómeno político social de notable envergadura dentro del panorama de los movimientos revolucionarios del Perú y de América Latina.

 

Lima, 16 de enero de 2023.