sábado, 14 de octubre de 2017

Szyszlo: una vida de ensueño

    La trágica muerte, en un accidente doméstico, del gran pintor Fernando de Szyszlo enluta a la cultura nacional, y específicamente al arte peruano y latinoamericano, pues la figura del notable artista plástico nacido en Lima en 1925 poseía una dimensión internacional merced a sus innatas condiciones para la pintura, la escultura y la creación artística en general, así como por sus agudas incursiones en la escritura a través de inflamados artículos periodísticos y bellísimos libros de ensayos y testimonio personal.
    Hijo de un hombre de ciencia polaco, afincado en el Perú por razones de la guerra del 14, y de una mujer singular por ser la hermana del gran cuentista y poeta iqueño Abraham Valdelomar –curiosamente muerto también en similares circunstancias–, su trayectoria posee ese halo de ensoñación y misterio que rodea a los auténticamente grandes. El impulso por la pintura lo sintió desde muy joven, cuando era un estudiante de arquitectura que recelaba de sus condiciones para el dibujo. Mas cuando tuvo la oportunidad de perfilar su destreza para los trazos, descubrió definitivamente la que sería su verdadera vocación a la que dedicaría el resto de su vida.
    Casado en primeras nupcias con Blanca Varela, la extraordinaria poeta peruana del siglo XX, y amigo de los más importantes hombres de la cultura de su tiempo, como José María Arguedas, Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Octavio Paz, André Bretón y tantos otros, se instaló muy tempranamente en París, donde realizó el gran aprendizaje que lo formó como el artista cabal que fue. A ello, uniría su admiración y afecto por el arte precolombino, reconocible notoriamente en los colores y las formas que darían sustrato a su apuesta por el abstracto.
    Un recorrido impecable por el arte y la plástica contemporáneas ha hecho que sea reconocido por cualquier entendido como uno de sus eximios representantes, codeándose con los grandes de su tiempo, como Rufino Tamayo, Roberto Matta, Wilfredo Lam, Fernando Botero, por mencionar algunos, artistas todos ellos que estuvieron en la vanguardia de la pintura de nuestro tiempo. Sin embargo, el hecho de que Szyszlo decidiera establecerse en el Perú, cuando los demás adquirían reconocimiento y renombre –amén del éxito– en los ámbitos europeos y mundiales, no lo convierte en un exponente ancilar de ella, pues la fuerza y calidad de su obra están más allá de toda discusión.
    Otra faceta de su poliédrica personalidad lo conforma su compromiso político, entendido éste en su acepción más elevada, ese activismo que lo llevó a militar e involucrarse en todas las causas donde estuvieran en juego la defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos. No podemos olvidar sus firmes posturas en el combate de la dictadura en los últimos tiempos, su aguerrida vocación por los principios de la civilización y la ciudadanía en épocas oscuras, tomando partido en todo momento por los valores inalienables del ser humano y la vida.
    Fernando de Szyszlo nos deja, pues, una obra valiosa para querer y conocer mejor al Perú y su cultura; su muerte sólo constituye un tránsito al panteón de los inmortales, a ese Olimpo habitado por los creadores y hacedores de la belleza; la intensa poesía de sus colores y la magia misteriosa de sus trazos continuarán enriqueciendo las miradas y los espíritus de generaciones enteras de hombres y mujeres rendidos ante la maestría de su arte. Se va, en compañía del ser que más amó y lo amó, pero ya está instalado para siempre en la memoria y el cariño de quienes valoramos y admiramos al ser humano y al artista, en esa doble condición que trasciende cualquier otra jerarquía.


Lima, 14 de octubre de 2017.

jueves, 12 de octubre de 2017

El anexo secreto

    Los diarios íntimos constituyen un verdadero género literario, cuando quienes lo ejercen vuelcan en ellos, además de sus preocupaciones y obsesiones de cada día, su talento para la escritura y una vocación narradora que puede detectarse desde las primeras líneas. Es lo que sucede con uno de esos diarios que forman parte ya del canon literario de las letras contemporáneas, escritos por una niña judía que moriría con casi toda su familia en los campos de concentración nazis al finalizar la segunda guerra mundial. Los manuscritos, hallados por amigos de la familia, fueron rescatados por el padre que sobrevivió al genocidio, quien los publicó con el título inicial de Het achterhuis, o El anexo, popularizado en su versión al inglés como Diary of a Young girl, y conocido mundialmente como El Diario de Ana Frank.
    Se trata de una serie de cartas que Ana le escribe a Kitty, como ha bautizado al cuaderno que le fuera obsequiado en ocasión de su cumpleaños número 13. En él va detallando la evolución de sus sentimientos y el día a día de sus tribulaciones, desde su salida de Alemania para instalarse con su familia en Ámsterdam, perseguidos por el régimen nacional-socialista alemán en su condición de judíos, hasta su captura a comienzos de 1944 para terminar aniquilados por la barbarie totalitaria.
    Lo primero que sorprende al lector es que una niña de trece años sea capaz de expresar los pormenores de su vida con esa sutileza y sencillez, aunados a una gran perspicacia, fruto quizás de su enorme poder de observación y de sus abundantes lecturas de que dan fe muchos pasajes de sus diarios. La primera entrada es de junio de 1942, donde narra la celebración de un cumpleaños y otros detalles de un acontecimiento doméstico, con una prolijidad, mesura y sentido de las cosas que conmueven. Más adelante revelaría una idea que ya le rondaba desde entonces, la de escribir una novela policial con el título que rescato encabezando este artículo: “El anexo secreto”, la “historia de ocho judíos metidos en su escondite, su forma de vivir, de comer, de hablar.” Podemos imaginar lo que habría significado una obra así de haber tenido la joven escritora la posibilidad de llevarla a cabo.
    Dos familias, los Frank y los Van Daan, más el señor Dussel, ocho personas en total, se instalan en un anexo de la casa de la calle Prinsengracht, apenas protegidos por un tabique colocado en una de las puertas secretas que da acceso al refugio. Durante más de dos años de encierro tienen lugar los ajetreos y los trasiegos de toda convivencia humana. Uno no se imagina cuánto de infierno puede anidar, a veces, en la propia casa, sobre todo si se está obligado a convivir con seres que uno no conoce o que no quiere. Para Ana, sólo el estudio podía significar una vía de escape, como lo confiesa en su carta del 17 de octubre de 1943. En otra parte dice al respecto: “Las personas libres no podrían imaginar lo que los libros significan para quienes están escondidos. Libros y más libros, y la radio… Ese es todo nuestro entretenimiento.” Efectivamente, es por la radio que siguen todos los incidentes de la guerra que asola Europa, donde precisamente ellos serían parte  de sus millones de víctimas.
    Ana es objeto de toda clase de acusaciones, reprimendas y malos tratos por parte de los adultos, especialmente de su madre, con quien no guarda una relación armoniosa y a quien señala en muchos pasajes de sus diarios como una persona no precisamente afectuosa con ella y sí muy intransigente y de mal carácter. Es constante el tono de reproche cuando habla de su madre. La señora Van Daan tampoco es ajena a la crítica de la joven autora, pintándola como intrigante, ladina y frívola. Y no son pocos los encontronazos con el señor Dussel, pues deben compartir una mesa que a Ana le sirve  para sus estudios y para la escritura de sus diarios. De su padre y de su hermana no tiene mayores quejas. Pero está también la contraparte, la ilusión y los primeros escarceos amorosos que despierta en ella Peter, el hijo de los Van Daan, con quien vivirá intensos momentos de un dulce idilio adolescente.
    En la anotación del 8 de noviembre de 1943 deja traslucir toda su desesperanza. Es curioso el episodio en que pierde su estilográfica, obsequio de su padre, pues guarda una siniestra analogía con su propia desaparición física, como si fuera presagio y prefiguración del exterminio de su familia en los campos de concentración de Auschwitz y de Bergen-Belsen.
    El régimen alimenticio de los refugiados está descrito con cierta prolijidad en la carta del lunes 3 de abril de 1944; en la del día siguiente, Ana reflexiona sobre su vocación de escribir, manifestando su anhelo de convertirse en periodista y escritora. Sus aficiones y actividades favoritas están descritas en la entrada del jueves 6 de abril. El 27 detalla sus lecturas y su disciplina de estudios. Asombra la diversidad de inquietudes intelectuales que muestra la niña en sus inclinaciones y búsquedas.
    Interrogantes llenas de amargura y pequeños atisbos de esperanza se dejan sentir en su carta del 3 de mayo. A veces Ana cae en la más honda desesperanza, preguntándose si no hubiese sido mejor morir todos, o que una bomba los aplastara de una vez, pues no sería mayor a la inquietud que ahora los agobia. Serían los prolegómenos de la llegada final de la Gestapo en agosto, probablemente debido a una delación de algún almacenero ávido de la recompensa ofrecida por encontrar judíos. El resto era previsible: son llevados a los campos de concentración, unos mueren en las cámaras de gas, de otros se pierde el rastro, y Ana y su hermana Margot terminan en el infierno de Belsen, donde son víctimas de una epidemia de tifus que las llevará a la muerte.
    Vibrante alegato contra la barbarie de la guerra desatada por el odio xenófobo de los jerarcas nazis; espléndido testimonio de indesmayable humanidad a través de los ojos de una niña acuciosa e inteligente; preciso retrato de unas vidas situadas al filo de la cornisa;  hermoso relato de la peripecia excepcional del ser humano enfrentado a los límites de su condición existencial.

Lima, 10 de octubre de 2017.  

      

sábado, 7 de octubre de 2017

España invertebrada

    Resulta penoso para cualquier observador internacional el espectáculo actual de una España en trance separatista, en medio de una situación política de extrema gravedad, a punto de la fractura, como no se había visto desde los tortuosos sucesos del 23 de febrero de 1981, cuando la incipiente democracia estuvo en peligro, conjurado a tiempo por la intervención del rey Juan Carlos en alianza solidaria con una sociedad que despegaba a la vida en libertad después de más de cuatro décadas bajo el oprobio del franquismo.
    La crisis a la que se asoma el país ibérico ha sido propiciada tanto por los afanes nacionalistas y secesionistas de la clase dirigente catalana, encabezada esta vez por el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, con el apoyo de Carme Forcadell, presidenta del parlament; como por la ostentosa incapacidad y falta de liderazgo del gobierno de Mariano Rajoy, encastillado en la inacción y en la miopía política, que le impide vislumbrar una salida inteligente al desafío independentista.
    Aduciendo razones de índole económica, política y cultural, entre otras, Cataluña pretende, desde hace algunos años con mayor virulencia, convertirse en una república independiente de la España de la que forma parte desde 1714, cuando Felipe V de Borbón se impuso a Carlos de Austria en la llamada Guerra de Sucesión, pasando el actual territorio catalán al poder del reino español, y adquiriendo con el tiempo la condición de región autónoma de la que ahora disfruta para disgusto de su clase política y de un sector importante de su población. La amenaza de la declaración de independencia unilateral está a la vuelta de la esquina.
    La consulta sin carácter vinculante del 9 de noviembre de 2014 señaló un punto de inflexión en esta sorda lucha intestina de la España moderna, antecedente inmediato del referéndum celebrado, ilegalmente según el Tribunal Constitucional y las leyes españolas, el pasado 1 de octubre, en medio de una violenta y caótica votación intervenida por las fuerzas policiales enviadas desde Madrid. La jornada se vivió como una vergonzosa demostración de terquedad política por un lado, y de ausencia de tino por el otro, quedando ante el mundo las bochornosas escenas en los centros de votación –con los ciudadanos resguardando los centros de sufragio y los guardias civiles y policías arremetiendo a porrazos las colas–, como la misma imagen de la inmadurez de una clase política que nunca estuvo a la altura de las circunstancias.
    Varios factores entran en juego para un análisis de la problemática separatista en curso. Pero hay dos que entran en colisión absoluta. Lo primero que se debe considerar es el inalienable derecho del pueblo catalán, como cualquier otro, para expresarse políticamente en las urnas; y lo segundo, no menos importante en un Estado de derecho, es el cumplimiento irrestricto de la Constitución y las leyes; lo cual plantea un aparente callejón sin salida, que recuerda la famosa dicotomía que esbozaba Isaiah Berlin en su conocida tesis de las dos verdades. ¿Cuál de ellas debe prevalecer? ¿Cómo resolver esta verdadera cuadratura del círculo jurídico-político? He ahí la cuestión, como diría Shakespeare. Tal vez en un referéndum pactado, como el de Escocia o el Quebec, esté la respuesta.
    El problema es que la salida a este intríngulis político no se enfrentó a tiempo, y se dejó crecer peligrosamente hasta los niveles que todos hemos visto el domingo 1°, en un punto de aparente no retorno, cuando desde el inicio el diálogo, la capacidad para la concertación, la franca deposición de posturas radicales, el entendimiento inteligente y maduro, debió evitar llegar a los extremos a que se ha llegado, poniendo en riesgo ya no sólo el proyecto español, su sana convivencia entre las diferentes autonomías regionales que la integran, sino asimismo el futuro político de Cataluña, enfrentada a su potencial salida de la Unión Europea, al margen del euro y de las instituciones que forman parte de ese formidable proyecto integrador europeo, con todas las implicancias que eso conlleva, en un época donde predominan los afanes integracionistas, aboliendo por retrógrados y contrarios a la historia esas pretensiones nacionalistas en la que ciertas colectividades quieren encerrarse.  
    Es urgente hacer un llamado a la cordura, colmo el que impulsan los intelectuales, artistas y escritores españoles, desde Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías, hasta Fernando Savater y Joan Manuel Serrat, para que se imponga la sensatez en medio de esta locura, para que cesen los odios y las voces destempladas de todos lados, para que impere la razón y el sentido común antes que el desastre se lleve por la borda todo lo construido hasta ahora en cuarenta años de experiencia democrática.


Lima, 7 de octubre de 2017.     

sábado, 30 de septiembre de 2017

Memoria, justicia y verdad

    A raíz de la conmemoración de los 25 años de la captura del líder máximo de la organización subversiva PCP-SL, se han puesto en la mesa de discusión pública varios hechos de resonancia mediática. El primero de ellos se refiere al significado que tuvo esa época de violencia demencial que vivió nuestro país cuando un grupo de extremistas radicalizados en la ideología maoísta polpotiana decidieron llevar a la acción lo que en el vocabulario marxista se denomina lucha armada, desatando el terror en los poblados centro andinos para luego propagarse como un incendio de sangre por el resto del territorio nacional.
    El segundo, quiere detenerse en la reacción que tuvieron el gobierno y las fuerzas del orden ante tamaño desafío, que primero fue minimizado, para luego convertirse en una feroz carnicería de los dos bandos, situándose al medio la inocente población de hombres y mujeres, en su mayoría de origen humilde, que sufrieron el embate homicida por ambos frentes, dejando como saldo trágico cerca de 70 000 muertos, miles de desaparecidos y otros tantos heridos, desplazados, huérfanos y víctimas en general de la cruenta guerra interna, según cifras aportadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR).
    El tercero, sobre el paciente trabajo de seguimiento que realizó el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) de la Policía Nacional, que en dos años de ardua búsqueda logró su objetivo con los métodos más racionales y científicos de que dispone un trabajo de esta naturaleza, a contrapelo de los medios utilizados por el régimen, que tuvo en el grupo Colina su epítome más siniestra y asesina. La caída del líder senderista demostró, pues, las enormes ventajas de una labor ajustada a los principios profesionales de la investigación, trayéndose abajo además el mito aquel de que el gobierno de Fujimori acabó con el terrorismo, estando demostrado hasta el hartazgo de que aquel ni su socio Montesinos no sabían nada de lo que estaba sucediendo, pretendiendo a última hora aprovecharse del acontecimiento.   
    El cuarto, la lamentable pasada renuncia del director del Lugar de la Memoria (LUM), Guillermo Nugent, motivado por presiones desde el Ministerio de Cultura a propósito de la muestra Resistencia Visual, que recoge un conjunto de obras de arte, entre fotografías, esculturas e instalaciones, sobre el año de 1992, emblemático en muchos sentidos, periodo en que se produjeron una serie de hechos de triste pero necesaria recordación, memoria que un grupo político, que avasalla desde el Congreso con sus invencibles gestos y burdos ademanes, pretende ocultar y acallar.
    Y por último, la reciente excarcelación de la bailarina Maritza Garrido Lecca, presa por terrorismo durante 25 años y ahora libre al haber cumplido su condena. Esto ha servido de pretexto para una grosera exhibición de periodismo barato a través de la televisión, principalmente, y de algunos comentarios no precisamente afortunados en la prensa escrita en momentos en que todos debemos contribuir a la sanación de las heridas que como país nos dejó la violencia. Las reacciones de un puritanismo destemplado, la chillandería de una turbamulta presta al linchamiento, la ignorancia y el odio en sus versiones más crudas, el torvo espectáculo de los buitres acechando en las redes sociales, los miedos exacerbados convenientemente de un vecindario que se niega a tener entre los suyos a quien han convertido en la apestada, la estigmatizada –la terruca, la llaman–, no son precisamente actitudes maduras de una sociedad que busca superar el trauma vivido.
    Quien ha cometido un delito, ha sido hallado culpable en un juicio cumpliendo todos los requisitos del debido proceso, y luego ha purgado su pena por el tiempo que los jueces han estimado ajustado a la ley, no puede convertirse por ello en un condenado de por vida, en una persona que merezca el repudio irracional de quienes se imaginan posibles víctimas de probables delitos que la prensa y cierta opinión pública azuzan con sus prejuicios y lapidaciones a priori. Eso no quiere decir que se deba descuidar el seguimiento de quienes infringieron la ley, labor que compete a las autoridades correspondientes. Por lo demás, en el caso de Garrido Lecca, ella fue sentenciada por complicidad al encubrir al jefe de la agrupación senderista, pero no mató ni asesinó a nadie, ni tampoco perpetró algún ataque con explosivos u otra barbaridad parecida, ni pertenece a la cúpula de Sendero Luminoso, como lo saben los entendidos; es cierto que su pensamiento sigue adhiriendo a los postulados del partido, y es por ello que justamente ha purgado esta larga carcelería, pagando con su encierro el tremendo error cometido. No es mi afán defender lo que hizo, sino explicarme las circunstancias en que incurrió en ello, tratando de entender el contexto que la empujó a actuar como una militante más de la organización violentista.
    En fin, todos queremos que la verdad y la justicia se impongan en el Perú como en todo país civilizado donde impera el estado de derecho, pero ello no será posible sin el socorro curativo y profiláctico de la memoria, pues olvidar lo que sucedió, desfigurar los hechos que pasaron, o más aún, ningunearlos, sólo puede llevarnos al reino de la impunidad o a instalarnos en el círculo perverso del eterno retorno, repitiendo ad infinitum aquello que ya debiéramos haber superado hace mucho tiempo.


Lima, 24 de septiembre de 2017.      

domingo, 24 de septiembre de 2017

Jauja: una historia visual

    Ha resultado todo un acontecimiento la reciente exhibición en la Galería Pancho Fierro de la Municipalidad de Lima de la muestra “Fotografía Indeleble”, del fotógrafo jaujino Teodoro Bullón Salazar, que retrató entre fines del siglo XIX y comienzos del XX el alma y el cuerpo de la sociedad provinciana de ese rincón del valle del Mantaro. El cuidado y la selección se lo debemos a la artista visual Sonia Cunliffe, quien ha tenido el acierto de rescatar para la posteridad este conjunto de piezas de la colección de Jorge Bustamante.
    Muy poco es lo que se sabe de Teodoro Bullón Salazar, aparte de que era dueño de un taller de relojería que simultáneamente funcionaba como estudio fotográfico, situado en la calle Grau a pocas cuadras de la plaza principal de la ciudad, en cuyos archivos se halló la preciosa colección que fue a parar a manos de su actual dueño.
    La muestra constituye una expresión valiosísima tanto por su valor histórico como por su calidad estética, pues a la par que nos presenta imágenes sorprendentes de la ciudad de Jauja de hace aproximadamente cien años, rincones que se pueden rastrear en la memoria de lugares hoy modificados por el tiempo; rostros que perduran en las siguientes  generaciones; atuendos que se usaron en aquella época, y expresiones que corresponden a un momento, el de sus primeros pasos, del arte de fotografiar; también revela una clara intención del artista por mostrarnos su visión personal de los paisajes, las situaciones y las personas, una narración que está en consonancia con ese imaginario que menciona el subtítulo de la exposición.
    Los negativos de vidrio, perfectamente acondicionados en una pared de adobes, poseen ese aire espectral que los dota de cierta dimensión fantástica, como si los seres y enseres de otro tiempo cobraran vida gracias a la magia del artista, en una época donde tal vez el fotógrafo no disfrutaba aún de esa condición. El visitante que se acerca a la luz de sus espacios en negativo establece un diálogo de sombras con esas figuras inmortalizadas por el relámpago de magnesio.
    He visitado el recinto de la galería el último día de la muestra, al filo de su cierre, preparándose para enrumbar a sus orígenes, allá donde su visión significará una inmersión en el pasado y un reconocimiento en el presente. Y lo que me ha devuelto el observar este conjunto de medio centenar de imágenes en blanco y negro, de una colección de más de trescientas piezas, es esa sensación de consanguinidad con sus ámbitos domésticos, una inquietante afinidad con esas fotos que todos guardamos en el álbum familiar, donde nos volvemos a encontrar con los antepasados y los seres entrañables que en algún momento poblaron de ternura y nostalgia nuestra infancia. Presencias que ya no son de este mundo, pero que han ingresado a ese universo inefable y misterioso del trasmundo, encantados para siempre por el arte hechicero de la fotografía.
    Es imposible no pensar en Martín Chambi, el paradigmático fotógrafo cusqueño, al mirar con detenimiento la composición de muchas de las fotografías, sobre todo aquellas realizadas en estudio, pues ambas miradas poseen una misma agudeza para captar el espíritu de las situaciones, el alma de los decorados y el secreto de sus múltiples mensajes expresados a través de ese juego de luces y sombras que proyecta la cámara en manos de tan diestro artesano, que es la forma popular y modesta de llamar al artista.
    Hombres y mujeres que nos hablan desde el pasado, mostrándonos su idiosincrasia a través de esas placas a veces erosionadas por el óxido y el olvido, desvelando ante estos ojos contemporáneos, heridos de modernidad, la flagrante sencillez y candorosa mansedumbre de una vida con ciertos acentos bucólicos y ribetes de utopía. Miradas petrificadas que nos interpelan desde su lejanía para hacernos vislumbrar un porvenir más comprometido con sus raíces, reconocidos en una identidad que jamás debe anclarse en un desdén por la diversidad.

Lima, 16 de septiembre de 2017.   

viernes, 25 de agosto de 2017

Arturo Corcuera: fábula y sueño

    Uno de los poetas más notables del Perú acaba de abordar su bíblica nave hacia mares ignotos, allá donde lo esperan aquellos que se fueron antes para habitar la tierra áurea de los inmortales, esos territorios de quimera que los dioses han destinado para el disfrute y  el descanso de los magos de la palabra, los hechiceros del verbo, demiurgos inconmensurables del verso, hijos de carne y sangre de la poesía.
    Nacido en un puerto de la costa norte del país, Salaverry, adonde llegó su padre juez de primera instancia, Arturo Corcuera vivió sus primeros años entre la arena, la playa y la fauna marina, que dejarían su impronta en los ojos curiosos e inocentes de ese niño que ya poseía el aura imborrable de la poesía. Su imaginación seguiría alimentándose cuando la familia dejó la costa y se instaló en los feraces valles andinos, donde encontró otros elementos que enriquecieron su vasta colección de animales que luego irían a poblar sus versos.
    Ganador de innumerables premios de poesía, aquí y en el extranjero, adquirió renombre con un libro que ya es todo un clásico de nuestras letras, Noé delirante, publicado en 1963 por la editorial La Rama Florida, dirigida otro magnífico poeta, Javier Sologuren, y que ha tenido más de una decena de ediciones. A lo largo de más de cincuenta años el libro ha ido creciendo, ensanchando sus dominios en el ámbito poético y consolidándose como la creación más afortunada de Arturo Corcuera.
    Recorrió el mundo invitado a diversos encuentros y recitales de poesía, donde tuvo ocasión de conocer a grandes poetas de otras latitudes, entre ellos al chileno Pablo Neruda, al español Vicente Aleixandre y al caribeño Derek Walcott, todos ellos premios Nobel de Literatura. Recuerda el poeta que cuando conoció a Aleixandre, a quien dio a leer su famoso libro, éste le dijo que era muy difícil escribir poemas breves, porque era como dar en el blanco con poco tiempo, pero que él lo había conseguido.
    Es que es difícil resistirse al encanto y a la maravilla de los poemas que integran Noé delirante, un auténtico fabulario lleno de insólitas metáforas, juegos verbales, sentido lúdico de la naturaleza y un finísimo humor, no sin dejar regado por uno y otro rincón, esa crítica social que también caracterizó al poeta liberteño. Fábulas que están impregnadas de felices connotaciones simbólicas y hallazgos sorprendentes que se solazan con el significado de las palabras y las cosas.
    Fácilmente reconocible en medio de una multitud, por su nívea melena y su aguda mirada, Arturo Corcuera vivía en su casa de Chaclacayo en medio de sus colecciones de libros, cuadros, grabados, fotografías, esculturas, medallas y diplomas, obtenidos a lo largo de una vida consagrada a las musas, a quienes debía servir día y noche, pues sino se iban con otro, según lo aclaró en una de sus últimas entrevistas. Rodeado además de un paisaje natural que hacía propicio el trabajo para el que su espíritu estaba dotado con creces.
    Siempre fue consciente Arturo Corcuera de que el poeta nace y se hace, pues no es suficiente el haber llegado a este mundo en la posesión de un don que te distingue del resto de los mortales, sino que había que leer mucho, conocer, investigar, experimentar lo humano, vivir, en una palabra, para tener el temple necesario de expresar a través de las palabras esa peripecia fantástica de nuestro estar en la Tierra, y sobre todo hacerlo con el talento y la destreza que logren cuajar en ese algo tan inasible pero tan concreto como es la belleza, para asombro y deleite de los privilegiados lectores que tengan la dicha de ser tocados por sus versos.
    La muerte de un poeta nos empobrece como especie, pues entraña la pérdida de una particular manera de sentir el universo, una sensibilidad única que nos abandona. Mas tenemos en compensación un valioso consuelo: su obra, el testimonio espléndido de su paso por la vida ataviado con esa mirada alucinada y lúcida, reflexiva y delirante, la expresión cabal de nuestra condición transmutada en esa sucesión de signos y sonidos melódicos, paródicos y míticos que los griegos llamaron poiesis, es decir, creación, invención, el paso del no-ser al ser.


Lima, 24 de agosto de 2017.        

sábado, 19 de agosto de 2017

Terror en Barcelona

     Otra vez el terror se ha vuelto a cebar en Europa; esta vez le ha tocado el turno, en esta rueda nefanda de la fortuna, a la bella y exótica Barcelona, una de las ciudades más emblemáticas de España y del continente. Un puñado de jóvenes de origen marroquí, saturados por la prédica de la muerte que alientan los líderes del Estado Islámico, han embestido con una furgoneta el tradicional paseo de las Ramblas, dejando un reguero de muerte y destrucción, vidas tronchadas de una manera tan absurda como execrable.
    El método empleado para el ataque no es nuevo, pues antes lo han ensayado estos guerreros de los infiernos, en ciudades como Niza, Berlín, Londres y Estocolmo, en los últimos años. Al llamado de los jerarcas de la organización terrorista, de usar las armas más diversas para golpear a los países de los infieles, los militantes han optado por esta criminal forma de acabar con quienes representan para ellos a los opresores de sus pueblos, aunque simplemente fueran inocentes viandantes que el inextricable azar colocara en medio de sus designios.
    Arrinconados por los ejércitos de la coalición en sus pretendidos feudos medievales, los yihadistas reaccionan de esta manera demencial para paliar en algo su inevitable derrota. Casi expulsados de Mosul, su bastión por más de dos años en Irak; amenazados en Raqa, la capital de su fementido Califato en Siria, estos combatientes anacrónicos surgen de improviso en las urbes representativas del Viejo Mundo, para desatar el miedo por el miedo, la sangre derramada inútilmente con el fin de justificar sus ininteligibles propósitos político-religiosos.
    El rechazo y la condena en España y Europa en general han sido unánimes, pues estas tragedias están más allá de banderías políticas, aparcadas ahora que la nación ha sufrido un atentado mortal, como no se había visto desde el luctuoso 11 de marzo de 2004. Cuando uno ve sencillamente los datos fríos de la masacre, los números que son lanzados al mundo por los medios de comunicación, tantos muertos, tantos heridos, no se imagina los terribles dramas singulares que familias concretas están viviendo en estos momentos. Familias destruidas, seres repentinamente arrebatados por la locura de una lucha sin explicación racional, vidas segadas por la demencia de un proyecto tirado de los cabellos.
    No hay duda de que el terrorismo internacional es la amenaza principal de las naciones europeas desde que se entronizara a mediados del 2014 el llamado Estado Islámico, una organización política teocrática de tintes extremistas, seguidora de la versión más ortodoxa y retrógrada del islam, el salafismo, con su interpretación cruda y violenta de aquella religión. Nada de eso comparten los religiosos islámicos asentados en las capitales occidentales, pues muchas de esas organizaciones en España han salido a condenar los sucesos de este jueves.
    Nunca se puede saber exactamente el instante en que va a actuar una célula terrorista, a pesar de los serios esfuerzos de las fuerzas policiales orientados a políticas férreas de prevención y seguridad; a lo sumo, han retrasado este ataque que en algún momento tenía que llegar, nada menos que en el centro neurálgico de una de las urbes más turísticas y visitadas de Occidente, a donde llegan por estas épocas –cuando el verano y las vacaciones se conjugan perfectamente– miles de viajeros procedentes de diferentes países del mundo, especialmente del continente, donde los ha pillado la muerte, transitando alegres y despreocupados por el paseo más concurrido de Cataluña, una vía como otras  similares en Europa, objetivo privilegiado para los jóvenes radicalizados en una fe que los invita a la inmolación y al crimen.
    También es tiempo de repensar las políticas y actitudes de Occidente en los territorios candentes del Oriente Medio, origen y causa de estas reacciones insanas de grupos fanatizados que sólo saben responder con la bestialidad y la fuerza, matando indiscriminadamente en su afán de contrarrestar lo que ellos creen es la presencia sistemáticamente abusiva de las potencias interesadas en las ingentes riquezas de aquella zona. Mientras subsistan los actuales patrones de juego en dichas comarcas, es muy poco lo que se puede hacer para sofocar o acabar con esta amenaza terrorista.
    Las alarmas se han situado casi a su máximo nivel, pues no sería extraño que más temprano que tarde, otra ciudad sea la elegida en esta ruleta siniestra que tiene en vilo a todo el mundo civilizado, en jaque perpetuo por la barbarie asesina de quienes desconocen los valores humanos de la libertad, la democracia y la vida.


Lima, 19 de agosto de 2017.   

sábado, 17 de junio de 2017

Novela negra

     Con la intensidad de una verdadera novela negra ha ingresado a su fase más emocionante el caso que mantiene en expectativa a la sociedad estadounidense: la posibilidad del impeachment que pende sobre el presidente Donald Trump por la denominada trama rusa, un complot urdido quizás en los mismos salones del Kremlin, la probable injerencia del gobierno del presidente Vladímir Putin en la campaña presidencial del año pasado que llevó a la Casa Blanca al magnate inmobiliario.
     En las semanas previas a la votación de noviembre, corría un fuerte rumor en los medios de prensa y en los corrillos políticos norteamericanos sobre la forma como un equipo de hackers rusos habría tenido acceso al correo electrónico de la candidata demócrata Hilary Clinton, con el fin de hurgar en los documentos que la comprometían en asuntos delicados de política internacional. El objetivo evidente era desacreditarla para favorecer la candidatura del republicano, cosa que surtió efecto por los resultados conocidos.
    Ante ello, una vez instalada la nueva administración en enero, la justicia tomó en sus manos el caso, pues se trataba a todas luces de un acto ilegal el que habría posibilitado el triunfo del candidato conservador, con el agravante de la intervención de un estado extranjero en calidad de cómplice. No bien puesta en marcha la acción judicial, e inclusive antes de asumir la presidencia, Trump inició una serie de reuniones y encuentros con el fin de impedir el desvelamiento del entramado. El más notorio es el que sostuvo con el jefe del FBI, James Comey, a quien citó numerosas veces para tratar de presionar y detener las investigaciones con una clara intención obstruccionista.
     Ya antes había caído el consejero de Seguridad Michael Flynn, involucrado también en la supuesta trama, mientras el fiscal general Jeff Sessions se apartaba del caso por sus vínculos con el embajador ruso durante la campaña. James Comey, mientras tanto, resistía las embestidas del inquilino de la Casa Blanca, que pretendía a toda costa limpiar a sus ex colaboradores, o por lo menos alejarlos de las pesquisas judiciales.
     Hace casi 45 años, un acontecimiento de similares características remeció los mismos cimientos de la Casa Blanca, trayéndose abajo al presidente Richard Nixon, forzando su renuncia en medio del escándalo de las escuchas al Partido Demócrata en el llamado caso Watergate. Fueron dos jóvenes periodistas del diario The Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward, quienes desnudaron las maquinaciones del gobierno republicano para obstaculizar las investigaciones de un hecho que buscaba neutralizar la campaña del partido opositor.
     El 8 de junio último, Comey se presentó ante la comisión del Senado que investiga lo que los medios de prensa llaman el Rusiagate, ocasión en que ha narrado con lujo de detalles sus tres encuentros y las seis llamadas telefónicas sostenidas con el mandatario, en donde éste efectivamente trata de convencerlo para no proseguir las indagaciones que en ese momento se iniciaban sobre Michael Flynn, chantajeándolo sibilinamente con frases que aludían al mantenimiento en su puesto. El funcionario, conocido por su rectitud y sus sólidos principios religiosos, se mantuvo en sus trece, intercambiando miradas retadoras con el presidente. El resultado fue el esperado: Comey fue despedido.
     Al haberse recusado Sessions por los motivos ya mencionados, el vicesecretario Rod Rosenstein nombró como fiscal especial para el caso a Robert Mueller, exjefe del FBI y experimentado funcionario en la administración pública, reconocido también por su probidad y acendrada vocación de justicia. En manos de este severo juez está ahora el futuro del personaje más controvertido de la política norteamericana de los tiempos recientes, que puede correr la misma suerte de Nixon, aun cuando todavía hay mucho pan por rebanar.
     Deberá probarse fehacientemente la intención obstruccionista del jefe de Estado para iniciar al proceso de destitución, si antes no renuncia al cargo como su antecesor republicano y permite una salida constitucional al enredo. Empero, nada hace presagiar que el investigado vaya a dar ese paso así se demuestre jurídicamente que ha infringido la ley. Su proteica personalidad no permite adelantar alguna reacción previsible; lo que sí está garantizado es una trama novelesca que los ciudadanos vivirán como si se tratara de una auténtica ficción del género policial, con detectives y espías, actos fuera de la ley y metafóricos crímenes; como en una novela negra.

Lima, 17 de junio de 2017.       


sábado, 27 de mayo de 2017

Retrato de un anarquista

    El primer antepasado de don Manuel González Prada en pisar tierras americanas fue don Josef, hijo de don Francisco González de Prada y Calvo y de doña Antonia Falcón y Arroyo. Casó con la dama cochabambina doña Nicolasa de Marrón y Lombera, de cuya unión nació el 3 de enero de 1815 su hijo Francisco, quien se casaría con la arequipeña Josefa Álvarez de Ulloa, padres que serían de don Manuel. Con estos y otros interesantes datos se inicia el libro biográfico que le dedicara Luis Alberto Sánchez, titulado simplemente Don Manuel (Lima, 1930).
    Luego de algunos trasiegos personales la familia recala en Lima, la joven capital de la flamante república. El 6 de enero de 1848 tiene lugar el nacimiento de este personaje singular de la cultura peruana, bautizado católicamente bajo el aristocrático y sonoro nombre de Manuel González de Prada y Ulloa. Desde los primeros años ya se hacen visibles los rasgos que marcarían su carácter: callado, tímido, desdeñoso. El tercero de cuatro hermanos, Francisco y Cristina los mayores, e Isabel la última. Vivían en pleno centro de la ciudad, en la solariega casa de la familia frente a la puerta lateral del Teatro Municipal.
    Muy pequeño su padre lo sorprendió leyendo a Diderot en la biblioteca doméstica; se complacía con la lectura más que con los estudios. Al partir el padre para Chile exiliado por razones políticas, la familia se establece un tiempo en Valparaíso, donde el niño tiene ocasión de estudiar con un maestro inglés y uno alemán. Cuando cumplió trece años –de vuelta al Perú–, el niño es enviado por sus padres al Seminario de Santo Toribio, de donde fugaría al poco tiempo para recalar en el Colegio de San Carlos. Los incipientes rigores del monacato y de la vida conventual no se avenían con su natural rebeldía y espíritu cuestionador. Curiosamente detestaba la gramática, según el biógrafo, destacando más bien en química y matemáticas. Quiso ser ingeniero, pero su madre se opuso a que el hijo se alejara de ella, pues sólo podía estudiar la carrera en el extranjero. Se resignó a estudiar Derecho, a pesar de su invencible rechazo a los latines que tanto le recordaban al Seminario.
    Concluidos sus estudios universitarios, su vida da un giro radical al decidir establecerse en Mala, en la hacienda de la familia. Allí viviría ocho años, en el apartamiento campestre y bucólico de la comarca costeña, donde pasearía sus ensoñaciones y los versos irían saliendo de su fértil imaginación de fino poeta y eximio versificador. Hay un soneto dedicado al amor, escrito a sus juveniles 21 años, que dan muestra de su talento y destreza para la composición, los ritmos y las rimas. Hasta allí le llegaban también los periódicos y revistas en diversos idiomas, que lo mantenían en contacto con el mundo. Todo esto hacía de este solitario un campesino refinado, un poeta chacarero y hacendado. De tanto en tanto visitaba a su madre en la capital, llevándole los productos de sus campos.
    Al cumplir los 29, conoce entre las invitadas de sus hermanas, a una francesita de 14 años llamada Adriana de Verneuil, con quien al cabo de unos años llegaría a formalizar una relación que terminaría en el altar, pues don Manuel, ya conocido por entonces como  “hereje” y “agnóstico ermitaño”, era muy respetuoso de las creencias religiosas de los demás, aunque él mismo fuera siempre un pensador furiosamente anticlerical.
    Cuando los aciagos hechos de la guerra del 79, don Manuel se enroló al ejército patriota como oficial de reserva; sin embargo, luego de la derrota de la batalla de Miraflores, decidió refundirse en su indignada soledad y no salir hasta que la tropa invasora se haya retirado del suelo patrio. Aunque quizás no cumplió del todo su promesa íntima, el sólo saber que la soldadesca hacía de las suyas en la ciudad ocupada, ante la mirada atónita y cómplice de las autoridades y de los gobernantes de turno, lo llenaba de impotencia y santa ira; mas ello fue fermentando sus implacables catilinarias con que fustigó a la clase política que jamás estuvo a la altura de los funestos acontecimientos.
    En contraposición al Club Literario, una asociación de intelectuales y escritores de tendencia conservadora y elitista, el joven González Prada funda con un grupo de amigos el Círculo Literario, desde donde pretende insuflarle aires frescos y renovados a la anquilosada vida cultural limeña. Una serie de conferencias pronunciadas en distintos teatros de la época serían duramente comentadas en los corrillos políticos y literarios de una ciudad que aún desempolvaba su rostro de rancios vestigios coloniales. Resonaba con fuerza sobre todo la frase lapidaria con que buscaba enterrar el nefasto pasado: “Los jóvenes a la obra, los viejos a la tumba.” Así como otra, dicha al calor de una vieja rivalidad con un tótem de la literatura del novecientos, cuando llamó a la tradición “ese monstruo engendrado por las falsificaciones agridulces de la historia y la caricatura microscópica de la novela”, en velada alusión a Palma.
    En 1991 funda su partido radical denominado Unión Nacional, que nucleó a lo más granado de la intelectualidad de entonces –Abelardo Gamarra, Germán Leguía y Martínez, Carlos Germán Amézaga y otros–. Ese mismo año parte a Europa con Adriana esperando a su tercer hijo, pues los dos primeros murieron antes de cumplir el año. En París asiste a las lecciones que impartía Ernest Renán en el Colegio de Francia; asiduo concurrente que el filósofo, historiador y escritor reconocía con gestos elocuentes. Siete años permanece en el Viejo Mundo cuando decide regresar al Perú. Nuevamente a la agitación de la vida política menuda, entre elogios y denuestos, reconocimientos y envidias.
    Reemplaza a Palma en la dirección de la Biblioteca Nacional en 1912, lo cual crea otro escarceo de enfrentamiento entre los seguidores de estas dos figuras descollantes de nuestras letras. Es el último tramo de la fructífera existencia de don Manuel, habiendo publicado ya algunos libros de poesía y otros de ensayos y artículos. El 22 de julio de 1918 sufre un síncope cardiaco, relámpago fulminante que termina con la fecunda trayectoria del apóstol, del hereje, del anarquista indoblegable que alcanzaba así la cima de la gloria, el fuego eterno de la inmortalidad.
    Salgo gratamente refrescado de esta inmersión purificadora en la vida de uno de los hombres más preclaros y honestos que ha tenido el Perú, de un escritor imprescindible en las letras de cualquier país, de un luchador aristócrata e insobornable que consagró sus días a la noble tarea de edificar el templo espiritual y moral de la humanidad. ¡Cuánta falta nos hace don Manuel en estos tiempos tan parecidos a aquellos que provocaron su tempestuosa indignación! El látigo feroz de su pluma no se detendría, implacable, frente a los desmanes de los crápulas de siempre y a las trapacerías de los corruptos de toda la vida.


Lima, 27 de mayo de 2017.    

miércoles, 10 de mayo de 2017

Francia en marcha

    He aguardado con gran expectativa los resultados de la segunda vuelta electoral en Francia, donde finalmente ha obtenido la victoria el candidato social liberal Emmanuel Macrón, líder del movimiento En Marche!, fundado apenas hace un año y catapultado al palacio del Elíseo de la mano de este joven banquero de 39 años, ex ministro de economía y representante de la centro derecha francesa. No era, quizás, la mejor opción, pero era la única alternativa ante la amenaza retrógrada que significaba la agrupación neonazi rival.
    Los peores temores que abrigaba el mundo democrático, con los antecedentes del brexit en el Reino Unido y el ascenso a la Casa Blanca del inefable Donald Trump, se han disipado por ahora, pues no se puede decir que el Frente Nacional, el partido de la ultraderechista Marine Le Pen, haya sido totalmente derrotado, pues desde que su fundador y padre de la actual lideresa pasara a la segunda vuelta en las elecciones del 2002, obteniendo una votación cercana al 20%, el apoyo a sus propuestas no ha cesado de crecer, favorecido por una realidad social y económica que no ha hecho sino deteriorarse en los últimos años, cundiendo el descontento y la decepción con las políticas liberales en amplios sectores de la sociedad francesa.
    Aupada a una campaña basada en noticias falsas, apelando conscientemente al miedo y con posiciones claramente xenófobas, antiinmigracionistas y contrarias a la Unión Europea, Marine Le Pen ha conquistado un importante 33% del electorado, sin rozar, sin embargo, su gran objetivo político de alcanzar el 40% de votos. Mientras que Macrón, merced a un discurso europeísta, respetuoso de los valores republicanos y apelando constantemente al diálogo, ha obtenido un 66%, que lo sitúa como el flamante presidente de la V República.
    Es singular en varios sentidos el historial de quien será el sucesor del socialista Francois Hollande; pues aparte de que será el presidente más joven del país de Voltaire y Víctor Hugo, su vida parece el guion extraído de una novela. A los quince años, siendo todavía un estudiante secundario, se enamoró de su maestra de teatro y francés, 23 años mayor, de quien sus padres trataron de apartarla llevándolo desde su natal Amiens a estudiar a París, pero el joven ya había prometido algo que cumpliría con la puntual aquiescencia de un caballero: casarse con la mujer que había deslumbrado su corazón y sus sueños. Ella se divorció de su primer marido y se fue a vivir con este bisoño aprendiz de finanzas, una unión que ha perdurado a pesar de las diferencias de edad porque está hecha, sin duda, con la sólida materia del sincero afecto y la lealtad invulnerable.
    Por otra parte, encuentro un gran parecido con lo sucedido en el Perú el año pasado en las elecciones de la segunda vuelta, donde igualmente una candidata que concitaba profundo resquemor en los ámbitos democráticos fue impedida de llegar a la presidencia por un amplio abanico de fuerzas que haciendo un esfuerzo supremo evitaron que el Perú repitiera su historia a través de un régimen que hubiese encarnado las prácticas y los principios de la época más nefasta de su historia reciente. En Francia, el fascismo encubierto que representa Le Pen ha sido barrido por el electorado, poniéndose a salvo todo aquello que simboliza, mal que bien, el país de la bandera tricolor, y que después de superado este serio susto, debe encontrar su camino para convertirse en el otro gran pilar del proyecto comunitario, conjuntamente con Alemania.
    Es cierto, además, que en la insurgencia de estos movimientos de extrema derecha en muchos países del viejo continente tiene buena parte de culpa la propia clase política que ha estado al frente de la mayoría de gobiernos de corte liberal y socialdemócrata, que en la última década han enfrentado serios tropiezos para manejar una crisis que ha terminado reacomodando el tablero político preexistente. Ya sucedió en España, hace poco, y ahora en Francia los dos partidos que han usufructuado el poder desde la Segunda Guerra Mundial –los Republicanos y los Socialistas–, han sido desplazados a la condición de segundones en el escenario renovado que ha estrenado esta elección.
    Queda por verse, también, lo que sucederá de aquí a un mes cuando se celebren las elecciones legislativas, lo que significará la piedra de toque para la conformación del nuevo gobierno, estando en perspectiva diversas alternativas que en la tradición francesa se han ensayado en numerosas ocasiones. Pero lo mejor de todo es que, aunque sea por breve tiempo, el peligro fascista ha pasado, lo cual no debe significar que se deba bajar la guardia ante su arremetida en sociedades democráticas de gran solera como la que ostenta la patria de Jean Paul Sartre y Albert Camus, dos figuras representativas de la cultura gala del siglo XX.


Lima, 8 de mayo de 2017.  

La caída

     Al ser despedido de su empleo en la Aduana de Salem, su ciudad natal, Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804-1864) encuentra la coartada perfecta para volcarse a escribir la que, según el juicio de toda la crítica, es indudablemente su obra maestra: La letra escarlata, publicada en 1850. Esta novela, considerada entre las obras más representativas de la literatura estadounidense del siglo XIX, es la que ha labrado la fama de su autor, situándolo entre los mayores exponentes de la narrativa en lengua inglesa.
     En la introducción describe la aduana en el puerto de Salem, en Massachusetts. Presenta a sus subordinados, ancianos como cualquiera de su especie, adocenados por el tedio de una existencia en declive. ¿No pasa eso con la mayoría de los hombres, que pueden obtener de sus experiencias el “grano de oro de la sabiduría”, en vez de almacenar todo el “inservible bagazo”? Y luego de presentarnos a los principales personajes del lugar, el narrador encuentra lo que sería la piedra de toque de la novela: un pedazo de tela roja, muy gastada y raída por el tiempo, con los bordados de oro deshilachados y deslucidos, con la forma de una letra A mayúscula. Sujeto a ella, halla un manuscrito referido a una tal Hester Prynne, enfermera voluntaria y consejera sentimental. Memorable preludio imbuido de una sutileza y profundidad psicológicas que bastaría para labrar el genio y la grandeza literaria de Hawthorne.
     Hester Prynne, confinada en la cárcel de Boston, es esperada en la puerta por una muchedumbre de hombres y mujeres que la aguardan emitiendo juicios de diversa índole. Precedida por el alguacil y seguida por el gentío se encamina a la plaza del mercado, cargando un bebé en brazos, para recibir su castigo: ser expuesta en el cepo al escarnio público. Lleva la letra A cosida en el vestido a la altura del pecho, como símbolo y estigma de su falta. ¿Cuál ha sido su delito o su pecado? En esa atmósfera puritana de la Nueva Inglaterra, esta mujer ha concebido una niña estando su esposo ausente por más de dos años, habiendo prometido darle el encuentro en el nuevo mundo y no sabiéndose nada de él. Ese es el pecado del que se la acusa, mas ella ha preferido no revelar el nombre de su cómplice.
     No sabía, sin embargo, que mientras era sometida a la infamante prueba, un forastero la observaba entre la multitud, que no era otro que el esposo agraviado y cuyo nombre era Roger Chillingworth. En un instante cruzan las miradas y Hester tiene la certeza de saberse reconocida. Esos ojos la acompañarán en el camino de vuelta hacia la prisión, mientras va elucubrando su destino inmediato al saber lo que esa intempestiva llegada significará para su vida.
     Cuando finalmente es liberada, se dedicará a la costura. Confecciona ropa para los indigentes como una forma de expiar su culpa, su caída, en tanto Perla, la hija de Hester, va creciendo y revelando su naturaleza extraña ante su madre, quien descubre, no sin horror, signos inequívocos de un carácter indómito y perverso, una mirada poseída de inocente malignidad. Rasgos que ella atribuye a su funesta condición, a la consecuencia lógica de la perdición de su alma.
     Acude a la casa del gobernador Bellingham para entregarle un par de guantes bordados, pero también para sondear sobre un rumor que corría por el pueblo sobre la posibilidad de arrebatarle a su hija que había oído entre unos vecinos. Quitarle la custodia de la niña por la evidente incapacidad moral en que había incurrido según la perspectiva de la ortodoxia puritana.
     Por otro lado, Arthur Dimmesdale, un clérigo joven, mostraba signos de decaimiento físico que dieron pábulo para que el médico Chillingworth asumiera su cura. El sabio se ocuparía de desentrañar la naturaleza del mal que aquejaba al ministro, el tormento y la angustia de su corazón, abatido por la culpa y el remordimiento, a causa del pecado que abrasaba su alma. En este estado casi sonambúlico se dirige una noche al cadalso donde Hester Prynne sufrió la primera ignominia. Lentamente se va desvelando la verdad ante la aviesa mirada del médico.
     Luego de encuentro en el bosque entre Hester y el clérigo, una luz de esperanza surge para ambos cuando ella propone marcharse juntos lejos de la colonia para alcanzar una segunda oportunidad que tanto anhelan. Ella arroja la letra escarlata a la orilla del río y es como si un peso de vergüenza y culpa de siete años se desprendiera de su alma para aligerar sus pasos hacia un porvenir más radiante. Enseguida viene Perla y desconoce a su madre, negándose a obedecerla hasta no ver nuevamente la infamante letra en su sitio. Es su realidad y debe acatarla.
     Por último, el día que pronuncia el sermón en la ceremonia de la elección del gobernador, Dimmesdale estuvo más inspirado y elocuente que  nunca, sus palabras conmovieron a la muchedumbre que se había congregado para la ocasión. Sin embargo, terminada la alocución, se dirigió vacilante y débil hacia el pie del cepo donde se hallaban Hester y Perla. Subido en la plataforma del escarnio, reveló con voz clara y fuerte el secreto de su pecado, el estigma que corroía también su pecho, más doloroso que el de Hester; y enseguida expiró pronunciando sus últimas palabras de adiós.
     Insignes estudiosos de la literatura, como Benedetto Croce, le han reprochado a Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804) el haber incurrido en las alegorías. La vindicación de ellas vendría de la pluma, no menos legendaria, de Chesterton, induciéndonos a compartir el parecer de Borges de la licitud de este procedimiento en la creación de historias de ficción. Al concluir la lectura, embebido gozosamente en ella, sumergido en las palabras, arrancado de la realidad en esas mágicas horas dedicadas a leer, recorriendo impávido este laberinto del mal, compruebo cuánto de realidad puede entrañar aquella frase de Vargas Llosa sobre la verdad de las mentiras, la fuerza de una historia que con otros matices y otras aristas seguimos presenciando en nuestros tiempos.

Lima, 01 de abril de 2017.


jueves, 23 de marzo de 2017

El país del agua

    Los terribles acontecimientos de estos días, con lluvias torrenciales, huaicos y desbordes de muchos ríos de la costa norte y central, han colocado al Perú en el ojo de la atención internacional por los devastadores efectos que la furia de la naturaleza está ocasionando en numerosas ciudades y poblados de aquellas regiones del país. El saldo hasta el momento es desolador, con 79 muertos, cerca de cien mil damnificados, viviendas destruidas, puentes derribados, carreteras arrasadas y un clima de desesperanza e incertidumbre que las autoridades y el gobierno tratan de capear, con la valiosa ayuda de la sociedad civil que ha desplegado un desusado instinto de solidaridad hacia los hermanos en desgracia.
    Un fenómeno que los científicos peruanos han denominado “Niño Costero”, totalmente imprevisto y anómalo, es el causante de estos embates que padecemos, de alguna manera u otra, los habitantes de las regiones mencionadas. Sin embargo, sabíamos que otro fenómeno, El Niño, visitaría nuestras costas. Todo esto enmarcado, a su vez, dentro del cambio climático como signo dramático de nuestros tiempos, cuyos responsables somos lastimosamente los propios seres humanos.  
    Una malhadada circunstancia de orden meteorológico ha hecho posible, pues, esta situación de emergencia nacional, de cuasi desastre humanitario que vivimos los peruanos, potenciado dolorosamente por la negligencia y la imprevisión que caracteriza generalmente a quienes poseen las riendas de la administración del Estado. Todos los años, por estas mismas fechas, volvemos a presenciar los mismos hechos, con mayor o menor violencia, pero no somos capaces de hacer frente a una realidad que definitivamente no desconocemos ni es nueva. Se echa de menos una seria política de planificación, palabra que quizás asuste a más de un demagogo neoliberal, pero cuya carencia es precisamente lo que propicia estas destrucciones cíclicas de partes de nuestro territorio.
    La gran paradoja de todo esto es que mientras trombas de agua se abatían sobre las ciudades, las quebradas y las casas, causando inundaciones y sepultando en lodo a sectores importantes de los poblados costeros, los pobladores carecían de ella para sus necesidades mínimas, como son el aseo y la bebida. Durante varios días, por ejemplo, los habitantes de la capital padecimos el corte del servicio de agua, situación que creó más de un malestar a los millones de personas que pueblan esta inmensa urbe. Colas interminables para conseguir un poco de agua se podía observar en determinados sectores de la ciudad, gente premunida de baldes, ollas y bidones volcada a las zonas de acopio que la empresa Sedapal determinó para la ocasión. Otro grupo en los parques, a través de acueductos subterráneos, esperando obtener el vital elemento, y había quienes sencillamente se morían de sed.
    Es lo mínimo que podíamos esperar en una situación de esta naturaleza, pues mientras miles sufrían la destrucción total de sus bienes y aun de sus vidas, cómo quejarse por estas, relativamente, pequeñas molestias, cuando una tragedia mayor nos rodeaba. Una vergonzosa demostración de insensibilidad sería exigir un trato privilegiado en medio de la calamidad que podíamos observar por los medios de comunicación, y cuyas víctimas eran gente de nuestra propia provincia, y por supuesto de otras de regiones vecinas.
    La ayuda de los países hermanos ha llegado para aliviar la penuria de miles de compatriotas que viven un auténtico drama. Esa demostración de solidaridad y fraternidad latinoamericana nos da la fuerza suficiente para no desmayar en la ingente tarea que nos queda de socorrer y acudir al necesitado. Lo curioso es que, así como se recibían las toneladas de víveres, medicinas y ropa de países como Colombia, Ecuador y Chile, el cargamento enviado por Venezuela tenga que esperar el visto bueno de las autoridades. ¿Vamos a seguir haciendo politiquería en medio de la tragedia? ¿Puede estar la rivalidad política por encima de la urgencia nacional que implica vidas humanas? Tampoco dejemos que otros líderes nacionales aprovechen el momento para llevar agua a sus molinos; estamos hartos de tanta mezquindad, de tanta necedad que exhiben sin pudor ciertos personajillos de nuestra alicaída clase política.  
    Como símbolo de estos luctuosos sucesos, está allí lo acontecido con Evangelina Chamorro, una modesta mujer que fue arrastrada por la torrentera por espacio de varios kilómetros, que resistió valientemente, casi inconsciente, la embestida del lodo, los palos y demás objetos que traía consigo el deslave, aferrada a su poderoso instinto de vida, al pensamiento constante en sus hijas, a sus ganas indoblegables de luchar por ellas, de vencer a la muerte. Emergió del barro en una secuencia icónica que dio la vuelta al mundo, y que un artista colombiano ha inmortalizado en una bellísima escultura en plastilina. Su imagen, grabada en las retinas de todos quienes observamos estupefactos su triunfo frente a la muerte, su insuperable capacidad de resiliencia, es la que debe servir para que un país asuma su momento más doloroso como la oportunidad para levantarse de sus cenizas, de salir airoso de esta horrible prueba, y reconstruirse desde la unidad, desde la solidaridad, desde el sentimiento genuino de que todos los peruanos dejamos de lado pasajeras divisiones políticas e ideológicas para abocarnos al desafío mayor que nos planta el destino, cada quien desde el terreno que le corresponde.


Lima, 23 de marzo de 2017.      

jueves, 16 de marzo de 2017

A Chabuca

    Coincidiendo con el lanzamiento al mercado de un precioso álbum conmemorativo, producido y dirigido por la conocida melómana y conductora de radio y televisión Mabela Martínez –con la valiosa colaboración de Susana Roca Rey, Manuel Garrido Lecca y Edu Olivé–, titulado como el encabezado de este artículo, el Ministerio de Cultura ha tenido la feliz iniciativa de declarar patrimonio cultural de la nación a la obra musical de la notable compositora Isabel Granda Larco, llamada popular y sencillamente Chabuca Granda.
    Se trata, en verdad, de dos acontecimientos en paralelo que destacan y valoran el legado y la trayectoria de una artista que durante más de medio siglo se ha ido instalando en el alma y el corazón de los peruanos –y también de los latinoamericanos– gracias a una obra musical que ha enriquecido grandemente el acervo del cancionero patrio. Su singular maestría para la creación de logradas piezas musicales en los más variados ritmos y géneros del Perú y Latinoamérica, más el fructífero aprovechamiento de influencias foráneas –como el bossa nova y el jazz– han producido más de un centenar de composiciones, dotadas de una música de gran calidad y unas letras insufladas de un intenso aliento poético.
    Chabuca es como una cronista social del Perú, que va describiendo en su ingente producción discográfica todos esos repliegues espirituales y tradicionales de lo criollo, esencialmente, con algunos atisbos de sonoridades andinas, región en la que nació, accidentalmente, hace ya casi un siglo. Sus letras reflejan, o mejor retratan, esos cuadros variopintos del ser peruano, del ser limeño, las cadencias sentimentales y emocionales de personajes representativos de la idiosincrasia costeña, principalmente, así como una visión bucólica de ciertos paisajes con fuertes acentos de crítica social. Nunca aceptó recalar en el facilismo de los tópicos consabidos del amor romántico, una veta explorada hasta la saciedad y de la cual sólo puede extraerse apenas un puñado de piezas rescatables. Deliberadamente ella esquivó esa tentación, consagrándose a una poesía de lo cotidiano, descriptivo de los seres y de los lugares, que resaltan a través de sus matices de lírica ternura y encanto.
    Connotados intérpretes del ámbito internacional han sido partícipes de este peculiar homenaje. Convocados por aquellos reconocidos estudiosos y productores, las voces de Ana Belén, Rubén Blades, Joaquín Sabina, Pedro Guerra, Dulce Pontes, Jorge Drexler, Kevin Johansen, Pasión Vega, Lidia Barroso, Iván Lins, Juan Carlos Baglietto y Javier Lazo, le dan brillo, en interpretaciones únicas, a las más emblemáticas canciones de la creadora peruana, dando como resultado un producto heterodoxo pleno de belleza y virtuosismo, pues además cuenta con la participación de una gama de instrumentistas, entre españoles y latinoamericanos, de primer nivel.
    Tanto en la ceremonia llevada a cabo en el Gran Teatro Nacional, donde expositores de gran solvencia académica y artística esbozaron y explicaron el significado trascendente de la obra de Chabuca, como en el disco que ya está circulando y escuchándose en selectos espacios de la radio y los medios virtuales, la figura de la compositora emerge impecable e inmortal como la artista más representativa de la música peruana de la segunda mitad del siglo XX,  cuya herencia estética se prolongará en el tiempo como una de las joyas de mayor valor en el horizonte de la cultura nacional.


Lima, 6 de marzo de 2017. 

sábado, 25 de febrero de 2017

El crimen de Independencia

    Un joven provinciano de 32 años ha perpetrado una masacre inédita en nuestro país, algo que sólo veíamos en países lejanos, especialmente en Estados Unidos, donde es frecuente toparse con noticias de esta índole, cometidas por imprevistos pistoleros que irrumpen de cuando en cuando en colegios, institutos, universidades, discotecas, salas de cine, centros comerciales o cualquier otro lugar donde haya gran concentración de gente.
    El joven de nuestra historia se ganaba la vida como vendedor ambulante, expendiendo hamburguesas y salchipapas en las inmediaciones de un conocido centro comercial del distrito de Independencia. Sin embargo, su trabajo era importunado por las constantes visitas y requerimientos de los inspectores municipales encargados de erradicar el comercio ambulatorio de la zona.
    El día fatídico, viernes por la noche, se produjo el explosivo desenlace. Llegaron los inspectores, conminándolo a retirarse del lugar, y de pronto la reacción de Eduardo Romero Naupay fue brutal, disparó contra el funcionario edil, dejándolo malherido, y desapareció de la escena. Se encaminó a su casa para apertrecharse mejor y regresó al centro comercial, que a esas horas hervía de gente. Ni bien hizo su ingreso comenzó a disparar a diestra y siniestra, dejando un reguero de muertos y heridos a su paso. Un policía, que casualmente estaba cerca y de civil, actuó de inmediato y abatió en el acto al criminal.
    ¿Por qué reaccionó de esa manera desproporcionada y feroz el joven vendedor? ¿Explica su proceder el hecho de haber sido expulsado de su centro de trabajo, la furia con la que respondió en su afán de venganza? ¿Qué límites emocionales tuvo que sobrepasar para actuar con esa bestialidad y salvajismo? Lo curioso es que apenas unas horas antes había publicado en su página de Facebook la amenaza que terminaría cumpliendo después. Además, se pueden ver también en ese medio las fotografías que colgaba, donde se hacía retratar con armas de diverso calibre y en poses que claramente delataban su violenta predilección. En el allanamiento posterior que practicó la policía del lugar donde vivía, se encontró un surtido arsenal, entre cajas de municiones, cacerinas, pistolas y un fusil de largo alcance.
    También se pueden rastrear sus preferencias en materia de productos de consumo cultural, llámese música por ejemplo, su afición a los videojuegos, su desembozada admiración por personajes del mundo del hampa local, y una serie de señales que configuran nítidamente una personalidad proclive a los actos violentos, claros indicios que debían haber alertado a cualquier acucioso investigador de un poseedor de armas con la licencia vencida.
    Un sistema muy laxo en la evaluación y el control del otorgamiento de licencias para portar armas es otra de las aristas del problema, pues no permite realizar un seguimiento eficaz al usuario cuando su permiso ha caducado. Y en cuanto a la evaluación psicológica, ésta es demasiado superficial y expeditiva que prácticamente no permite detectar nada, cuando no es realizada por estudiantes de la carrera sin la experiencia ni el rigor necesarios en asunto tan delicado. Otra es la total desatención del Estado con respecto a la salud mental de la población, según reflejan los preocupantes resultados de una investigación reciente.
    La ira está considerada una de las más fatales emociones destructivas del ser humano, aquella que ocasiona daño tanto a los demás como a uno mismo. El psicoterapeuta Paul Ekman afirma que el objetivo de la ira sería la eliminación de lo que nos frustra, razón que podría explicar parcialmente el proceder de Romero Naupay. Para el budismo tibetano, las emociones destructivas, entre ellas la ira –voz  que engloba una familia de emociones como la irritación, la rabia y la furia–, son aquellas que perturban el equilibrio de la mente. Es decir, que el ser humano, poseído por una emoción de esta naturaleza, puede desencadenar en un instante una situación trágica como la que comentamos, sobre todo cuando uno no es capaz de saber manejar sus emociones con la inteligencia que nos provee la ecuanimidad y la meditación. El cerebro más arcaico, en estos casos,  arrastra al hombre por los senderos más pedregosos del puro instinto ciego.
    En fin, lo cierto es que una conducta como esta es difícil de prever, pues el ser humano es una totalidad compleja y arisca que se resiste a encasillamiento esquemáticos, pero también es verdad que algo podemos hacer, con las herramientas que nos faculta la ciencia, para evitar que un hecho parecido vuelva a producirse en el futuro. El drama que viven los familiares de las víctimas, cinco en total, es otra cosa que nos llena de consternación y lástima.

Lima, 25 de febrero de 2017.   

      

jueves, 16 de febrero de 2017

El amor líquido

    Sin duda que la pregunta por el amor ha sido una constante en la historia del pensamiento. El hombre, sobrecogido por la curiosidad y el asombro, ha pretendido indagar, a lo largo de su largo tránsito por este mundo, por la naturaleza de ese enigmático y complejo sentimiento que siempre le ha resultado arduo definir y entender, quizá porque de lo que simplemente se trataba era de vivirlo, aceptando sin más sus laberintos y meandros, sus acertijos y desafíos.
    Zygmunt Bauman, el filósofo y ensayista polaco recientemente fallecido, acuñó un término que le ha servido de santo y seña para desentrañar los misterios de las diversas expresiones culturales de la sociedad contemporánea: la liquidez. Pues así como existe una modernidad líquida o un tiempo líquido, también habría un amor líquido. Es decir, el concepto de lo líquido aplicado a todo aquello sujeto a la mudanza, a lo cambiante, proteico y transitorio. Por lo tanto, alude a la falta de solidez, de consistencia y perennidad de los variados elementos de la vida humana. El amor entre ellos.
    Es así como en estos tiempos experimentamos la vivencia amorosa con una sensación cada vez más desesperanzada, precaria, desvalida, amenazada por tantos peligros que acechan en una era que todo lo cuestiona, disuelve, pulveriza. Las uniones que fragua el amor, ya sea a través del matrimonio u otro tipo de relación, se hallan indemnes ante la embestida de una modernidad que de la mano de la tecnología y el ritmo avasallante de la civilización terminan haciendo trizas ese ideal romántico con que nació el desventurado amor.
    Y a pesar de que el amor es lo sagrado para el hombre moderno, como lo sostenía Tzvetan Tódorov, filósofo y lingüista franco-búlgaro que también nos ha abandonado recientemente, lo que está en entredicho es su consistencia, su durabilidad, su falta de perspectiva para situarse en el horizonte existencial de nuestra era. Hay excepciones, desde luego, pero la regla invisible que determina este insólito tiempo está signada por esa erosión indetenible –perverso gusano que lo carcome todo–, de una forma de relación humana que ya se tambalea peligrosamente.
    A la pregunta de qué es el amor, no se me ocurre otra salida que la de San Agustín, pues si no me lo preguntan, lo sé; y si me lo preguntan, no lo sé. Con esta sutileza expreso mi desconcierto ante lo inefable, la auténtica hazaña de épica conceptual que implica acometer tan ardua tarea. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, algunas mentes luminosas trataron de alumbrarnos en el difícil camino de su comprensión. He aquí un pequeño recuento de esa labor.
    “Basta amar para dejar de ser libre”, decía Propercio, advirtiéndonos de las dulces cadenas, trocadas en amargas, que nosotros mismos terminamos colocándonos. Un aforismo demoledor de Georg Christoph Lichtenberg asevera que si el amor es ciego, el matrimonio nos devuelve la vista. Lapidario. En la misma línea corrosiva de la secular institución de occidente, Guillermo Cabrera Infante aseguraba que el matrimonio era la tumba del amor.
    Marguerite Yourcenar, la formidable autora de Memorias de Adriano, pensaba que el amor era un castigo, por no haber aprendido a quedarnos solos. En parecido tono, el gran poeta lusitano Fernando Pessoa afirmaba lo siguiente: “Amar es cansarse de estar solo: es una cobardía por lo tanto, y una traición a nosotros mismos.” Probablemente lo decían dos contumaces solitarios. Y Susan Sontag llevaba al extremo esta visión cruda y desencantada del amor: “Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose tu piel.” Pavoroso.
    Una conocida cita bíblica, perteneciente a una de las epístolas de San Juan, afirma que el amor todo lo puede, que el amor lo vence todo; mas, Cabrera Infante, con su cáustica y filuda ironía, arriba a la comprobación contraria, a la certeza inquebrantable de que todo vence al amor. Irrebatible.
    Pero de todas mis pesquisas literarias y librescas, me quedo con una cita memorable, imbatible definición del amor que la dio el queridísimo Gabriel García Márquez, cuando en su prosa exquisita e inconfundible sentenció: “El amor es un sentimiento contra natura, que condena a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa.” Perfecta.
    El tema es inagotable, razón por la que continuaré mis búsquedas, y en una próxima entrega tal vez tengamos aproximaciones más certeras y vislumbres más nítidos del poliédrico objeto que nos interpela.
                     

Lima, 16 de febrero de 2017.