sábado, 24 de septiembre de 2022

La ronda de la muerte

 

Hay ocasiones en que la partida de este mundo de personas que uno conoce se acota apretada en corto tiempo, segadas por la muerte una tras otra con apenas unos días de diferencia. Se trata generalmente de personajes públicos, pues aquellos del ámbito familiar merecen más bien reservarse al fuero privado. En el caso que comento, el disparador fue la mundial noticia del fallecimiento de la reina Isabel II de Inglaterra, hecho de gran repercusión en la prensa de todo el mundo por la relevancia política de una figura que por siete décadas estuvo al frente de una de las monarquías más tradicionales de Europa. Tenía 96 años, vividos intensamente como parte protagónica de las relaciones internacionales de buena parte del siglo XX y de las primeras décadas de éste. Digamos que su muerte era hasta cierto punto previsible, sobre todo por la extensa trayectoria de una existencia que siempre estuvo en el foco de la atención pública global.

El mismo día que se conocía el fallecimiento de la soberana inglesa, nos llega la dolorosa noticia de la muerte de Marciano Cantero, legendario músico argentino, líder emblemático de la banda de rock en castellano Los enanitos verdes, fundada allá por los inicios de los años 80 por un grupo de muchachos mendocinos y de la cual era vocalista, baterista y tecladista. Autor de numerosas composiciones del grupo y figura visible de la misma, lo ha sorprendido la parca en medio de una gira que realizaba por diversos países del continente. Aunque estaba afincado en México desde hace algunos años, había regresado a Mendoza para someterse a un tratamiento de una afección renal que ha terminado acabando con su vida. He sentido mucho esta muerte, la de un artista de una voz inconfundible y mejor persona, querida y admirada por tantísima gente por su natural bonhomía y don de gentes. Una muchedumbre ha acompañado su féretro en su natal Mendoza, como muestra de ese reconocimiento público hacia uno de los exponentes más sobresalientes de la música argentina y latinoamericana.

El tercer bandazo de la odiosa guadaña llegó el domingo 11, cuando revisaba por la noche la edición digital del diario El País de España. Sinceramente no podía creerlo, me sorprendió el anuncio de la muerte de Javier Marías, tal vez el escritor más importante en español de los últimos tiempos. Autor de un buen manojo de brillantes novelas, colaborador desde hace cerca de 20 años del suplemento del mismo diario, La Revista Semanal, articulista de fuste y polémico crítico de cuanto zafarrancho se armara en su país o en cualquier parte del planeta, por obra y gracia de la bendita clase política que no nos deja descansar un minuto. Detector privilegiado de la estupidez humana, se granjeó la enemistad de tanto mastuerzo que no le perdonaba su agudeza argumental, su punzante prosa siempre incisiva contra todos los entuertos y malandanzas de este mundo. En fin, un hombre singular que hará mucha falta en una realidad cada vez más signada por la necedad y la insidiosa mediocridad.

La cuarta estocada provino de Suiza, el martes 13, fecha por lo demás muy sospechosa. Lo cierto es que el cine está de luto, ha muerto Jean-Luc Godard, el abanderado de la Nouvelle Vague francesa, el hombre que revolucionó las pantallas del séptimo arte en los años 50 y 60 del siglo pasado. El suicidio asistido al que ha apelado significa que el gran maestro del cine no ha permitido que le corten la película, sino que, como todo un artista de la filmografía, ha decidido poner él mismo el punto final del guion del largometraje de su vida. Como ya no le veía posibilidades al personaje de la obra, lo ha retirado de la escena en el momento exacto y en el instante justo de una trayectoria de más de medio siglo dedicado a contar y reflexionar con la cámara la propia gesta y sentido de un arte joven del cual fue un indiscutido maestro.

Y para cerrar esta mala racha con que la pelona suele cebarse cada tanto, este sábado 17 ha despertado con el anuncio fatal de la partida de Carmina Cannavino, una extraordinaria intérprete y compositora de música peruana y latinoamericana. Hija de argentino y peruana, vivía en México desde hacía varios años, con un discreta pero importante carrera en el mundo del arte, donde exhibió todo el talento y la virtuosidad de que estaba dotaba, dueña de una voz exquisita que se prodigó sobre todo en la magistral ejecución del repertorio de nuestra queridísima Chabuca Granda, aparte de ser por supuesto pieza obligada en cuanto proyecto musical se embarcaran los músicos que formaban y forman esta pequeña legión de difusores del arte melódico de lo que con sentimiento abarcador llamamos la patria grande.

Todos ellos nos dejan un valioso legado, especialmente los artistas, pues la huella que dejan de su paso por este mundo será imperecedera, recordada por las generaciones sucesivas que tengan el privilegio de acercarse a una obra donde siga viviendo el alma y el genio de tan maravillosos seres que honran a la humanidad.

 

Lima, 17 de septiembre de 2022.

martes, 13 de septiembre de 2022

Werther o el amor romántico

 

Recuerdo la primera vez que leí Las desventuras del joven Werther, allá por los años mozos de la etapa universitaria, cuando la vivencia de lo que solemos llamar amor está a flor de piel, y las preguntas y dudas sobre aquella vivencia nos sumen en una perplejidad que ahonda los tantos misterios que atesora la existencia. Volver a recorrer la historia que narra esta exquisita novela de Goethe, me retrotrae a esos instantes en que, encerrado en mi habitáculo de estudiante, vivía de forma vicaria un drama común a tantos jóvenes de todos los tiempos. Narrada en forma epistolar, el protagonista le va contando a su amigo Guillermo el proceso de su pasión por Carlota, la joven que él conoce en Waldheim, una aldea a la que llega huyendo de la ciudad.


Werther es un muchacho amante del arte, sensible a los encantos y maravillas de la naturaleza, que se ha alejado de la ciudad para vivir en contacto con el campo, dedicado a pintar y a gozar de las delicias del medio natural. Pero al ser súbitamente herido por los dardos envenenados de Cupido, su vida sufre un trastorno que lo va a precipitar, gradualmente, en un fin prematuro. Lo que sucede es que Carlota está comprometida con Alberto, quien está de viaje para resolver algunos asuntos familiares. Lentamente Werther va cayendo bajo el hechizo de los encantos de Carlota, quien acaba de perder a su madre y ha quedado a cargo de seis hermanitos. Su padre es un funcionario que trabaja fuera y ella debe asumir el cuidado de los niños como si fuera su madre. Los dos jóvenes empiezan una amistad que los lleva a pasar muchas horas juntos, unas veces de paseo por los parajes del pueblo, otras por las calles bordeadas de árboles o, simplemente, en la humilde casa de Carlota jugando con los chiquillos que le han tomado cariño a Werther.

De pronto regresa Alberto y es presentado a Werther, ambos se hacen amigos y comparten los tres gratos momentos de alegría y camaradería a la luz vertiginosa de una pasión que va creciendo en el alma enamorada de Werther. Sabe desde el comienzo que su amor por Carlota es imposible, pero nada puede contra esa fuerza turbadora que lo arrastra todo. Lucha por controlar sus sentimientos, mas es evidente que la batalla para él está perdida, pues lo que siente es demasiado impetuoso como para ser sujetado con las frágiles cuerdas de la razón. A veces pierde la calma y se trasluce con nitidez su delirio. Esto ocasiona el distanciamiento gradual con Alberto y las inevitables reconvenciones de Carlota. Nuestro héroe está atrapado en una red de la que ya no podrá salir airoso. Es allí donde comienzan sus penurias, sus intensas tribulaciones que le hacen pensar en una única salida. Las confesiones a Guillermo dan muestras de ello. En la carta del 30 de agosto anuncia su propósito: “No veo para esta miserable vida más fin que la muerte”.

Una vez, Werther y Alberto sostuvieron una pequeña discusión sobre el suicidio. Werther va a salir a pasear por las montañas y pide prestadas sus pistolas a Alberto y, en un momento, casi como jugando, se lleva el cañón encima de los ojos. Alberto se sorprende y amonesta a Werther para que no vuelva a hacerlo. Se sucede un escarceo polémico donde uno sostiene el legítimo desenlace del fin de la vida, mientras el otro replica que eso sería un acto de cobardía, argumento que el joven enamorado rechaza con convicción.

Luego lo encontramos desempeñándose en un cargo con un embajador al que detesta, pero donde encuentra al conde C., quien compensa las odiosas nimiedades del primero. Pero sobre todo conoce a la señorita B., a quien ve un parecido con Carlota y puede contarle ciertos detalles de ella. Pero no son sino simples paliativos, nuestro amigo tiene su corazón y su mente fijos en un objetivo inalcanzable. Nada es capaz de sofocar la pasión que devora sus entrañas. Es conmovedora al respecto la carta del 3 de septiembre: “Muchas veces no alcanzo a comprender cómo puede amarla otro, cómo se atreve a hacerlo, ¡siendo mi amor por ella tan inmenso, profundo y único! ¡No conozco, no siento, no veo más que a ella!”. Y otro día: “Me es suficiente ver sus ojos negros para ser feliz”, exclama embelesado el 10 de octubre.

Quién no se ha estremecido con el roce de unas manos, con el fuego de una mirada o con el aliento aromado de una voz. Quién no ha sido gloriosa víctima de esa hoguera placentera en que arden nuestros sueños y deseos, en que desfallece nuestra voluntad consumida por ese volcán desatado, cuya lava nos sepulta en un vórtice de celestes ensoñaciones y de purpurinas emociones. A eso es a lo que nos convoca la lectura del Werther, la obra más representativa del romanticismo alemán, novela que según dicen fue prohibida al poco tiempo de ser publicada, pues cundió en Alemania una ola de suicidios. Decenas de cuerpos jóvenes aparecían en las riberas de los arroyos o en los lejanos bosques, imitando el trágico final del personaje literario.

La última vez que la ve leen a Ossián, un autor del siglo III según su divulgador, el poeta escocés James Macpherson, la mayor impostura de la historia de la literatura según los datos que se manejan hoy. Luego vendrá el adiós definitivo a Carlota, la solicitud que envía con su criado para que Alberto le preste su pistola, la cena frugal a la luz de un candil en su cuarto, el disparo cerca de la medianoche, el alboroto entre los vecinos y el hallazgo del cuerpo moribundo que a los pocos minutos expirará sacrificado en el altar de Afrodita, la diosa que bendice a algunos con los parabienes del amor y condena a otros con los sufrimientos del mal amor.

Una espléndida historia que se lee con agrado y con empático sufrimiento, compadecidos del arrobo inexorable del protagonista que muere consagrado al ideal supremo que los dioses le han negado, víctima inocente de sus propios delirios que lo consumen hasta la extenuación.

 

Lima, 11 de septiembre de 2022.