sábado, 20 de enero de 2018

El Papa, la Iglesia y la impunidad

I

    Al primer Papa de la Iglesia Católica que vi en persona fue a Juan Pablo II, cuando en 1985 realizó su primer viaje al Perú y creó, como es lógico suponer, un fervor inusitado en una colectividad que mayoritariamente, como hasta ahora, adscribía a la fe de Roma. Lo paradójico del hecho era que por esos años mi alejamiento del catolicismo había experimentado un franco proceso de no retorno, atravesando una etapa de fuerte cuestionamiento en los últimos años del colegio, acentuándose en los primeros años universitarios y recalando en un ateísmo militante y doctrinario bastante acusado cuando se abatió sobre mí la desgracia mayor de ver partir a la persona más importante de mi vida.
    Una compañera de estudios de la Facultad de Derecho de San Marcos, notando mi profunda desolación por la dolorosa pérdida de mi madre, acaecida a mediados de enero de ese año, tuvo el gesto solidario de conseguirme un par de pases para el encuentro de la juventud con el Sumo Pontífice que se realizaría en el Hipódromo de Monterrico. Ella pertenecía a una parroquia de Breña y le fue relativamente fácil encontrar los salvoconductos. Mis amigos, percatándose de la indiferencia con que recibí la invitación, me animaron al unísono para que asista al que sería el acto más multitudinario de la presencia del Primado de Roma por estas tierras.
    Luego de las sentidas exequias de mi madre en el cementerio de Jauja, emprendí al día siguiente el retorno a la capital, acompañado de mi hermano menor, con la idea de continuar mis estudios. Fue en vano, me fue imposible de toda imposibilidad concentrarme un segundo en algo que no fuera el trance que acababa de sufrir. Y así en ese estado, transido del dolor más agudo que he tenido jamás, donde lo único que hacía era pensar y llorar, pensar y llorar, acepté ir a dicho encuentro con la idea, equivocada por cierto, de que mi pena pudiera diluirse entre la muchedumbre. Pura ilusión. Estar ahí, en medio de miles de jóvenes, bajo el sol despiadado del verano, oyendo sin oír  la prédica, sin duda valiosa, del Vicario de Cristo, fue sólo un espejismo. El sufrimiento estaba como contenido, acumulándose como una nube que se cargara antes de precipitarse en furiosa borrasca. Los chorros de agua que nos soltaban para combatir el intenso calor tenían su correlato en las palabras de esperanza que predicaba el sacerdote intentando aplacar esa honda desesperanza que se había instalado en mi alma.

II

    Nos visita ahora el Papa Francisco, el primero de origen latinoamericano que tiene la Iglesia Católica y el primero también de la orden de los jesuitas. La primera parte de su viaje lo ha llevado a Chile, el país que registra la menor cantidad de católicos en el continente. El recibimiento que se le ha tributado a Jorge Mario Bergoglio ha sido el más frío y el menos masivo, según los reportes de la prensa; presencia, además, envuelta en el escándalo suscitado por las denuncias de abusos sexuales perpetradas por miembros de la Iglesia en ese país. Los colectivos que sostienen las denuncias, y las víctimas directamente, han hecho sentir su voz de protesta por lo que consideran una reacción bastante tibia y hasta cierto punto concesiva de parte de la jerarquía eclesial ante los actos cometidos por Fernando Karadima y sus secuaces contra cientos de niños y jóvenes durante las últimas dos o tres décadas.
    Lo mismo puede decirse en el caso del Perú, estando de por medio la investigación abierta por los abusos denunciados en el Sodalicio de Vida Cristiana, la congregación fundada por Luis Fernando Figari, que no han logrado hasta el momento tener la repercusión debida en las instancias judiciales ni menos en las alturas de la curia romana. La política del Vaticano en ese sentido ha sido la misma desde la época del papado de Karol Wojtila, es decir, silenciamiento, encubrimiento y complicidad. Pues así como no se hizo nada cuando se destaparon los crímenes de Marcial Maciel y sus Legionarios de Cristo en México, ocultándose bajo el manto de la más artera connivencia durante el periodo de Juan Pablo II, quien brindó su incomprensible protección al depravado, igualmente se procede hoy con los delitos de Karadima en Chile y de Figari en el Perú. Se llega al extremo de la felonía de que uno de los encubridores del religioso chileno, el obispo de Osorno Juan Barros, haya estado presente cuando Francisco habló de vergüenza y dolor ante el daño ocasionado a los niños por los curas, durante la misa celebrada en la plaza de Santiago. Soberana hipocresía.
    A pesar de las evidencias incontrastables que existen tanto en el vecino país del sur, con el testimonio lacerante de las víctimas, recogidos en parte en el libro Karadima, el Señor de los Infiernos de la periodista María Olivia Mönckeberg, como en el nuestro, con el documentado libro Mitad monjes, mitad soldados (Planeta, 2016), de los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz, poco o nada se ha logrado en cuanto a justicia y castigo para los culpables. Da que pensar la respuesta que ha dado el Papa ante las preguntas de los reporteros sobre los cargos que pesan sobre Barros, diciendo que se trata de calumnias, acusaciones sin pruebas, cuando ahí el testimonio del periodista y víctima de Karadima Juan Carlos Cruz, activista de la agrupación Ending Clerical Abuse (ECA), es de lo más elocuente.

III

    Si la Iglesia no quiere seguir llevando la oprobiosa cruz de la impunidad sobre sus hombros, debe emprender inmediatamente una labor de limpieza total, solidarizándose con las víctimas, escuchándolos de verdad y colaborando para que la justicia cumpla con su deber, pues de lo contrario tendremos sólo palabras vacías –como han dicho las víctimas en Chile–, y gestos para la tribuna. Purgar de elementos nocivos para la sociedad y para la misma Iglesia es lo más racional que cabe imaginar, separando a quienes, habiendo traicionado los principios y fundamentos del cristianismo, se volcaron a saciar sus ímpetus demoniacos escudados en su condición de sacerdotes y al amparo del hábito que los distingue como predicadores de la palabra de Cristo. O expulsándolos directamente para hacer que paguen sus delitos con la cárcel. De lo contrario, seguirá perdiendo adeptos a pasos agigantados, cautivados por el avance silencioso pero eficaz de las iglesias evangélicas, cada vez más fortalecidas en nuestros países. La religión no debe ser más la perfecta coartada para el accionar de pederastas y depredadores sexuales. Esa es la tarea concreta y urgente que les queda.
    Es el modesto consejo de un agnóstico.


Lima, 20 de enero de 2018.

domingo, 14 de enero de 2018

Conversación con Vargas Llosa

    Durante un semestre académico el escritor peruano Mario Vargas Llosa sostuvo un diálogo con el profesor de la Universidad de Princeton Rubén Gallo, con la participación de los estudiantes en un curso sobre literatura y política, abordando diversos temas que han sido las constantes de la obra literaria del Premio Nobel 2010. El libro que recoge esa maravillosa experiencia, Conversación en Princeton (Alfaguara, 2017), posee la virtud de hacer viajar al lector por algunos hitos de la producción bibliográfica de quien es considerado, sin duda alguna, el escritor en lengua hispana más influyente de la actualidad.
    En la primera parte, que trata sobre las teorías de la novela, se discute en relación a las formas de narrar que se pusieron en boga en las primeras décadas del siglo XX, destacando entre ellas el realismo socialista, el existencialismo de Sartre y la propuesta del nouveau roman de Robbe-Grillet. Confiesa el novelista peruano su primera fascinación por la figura del escritor comprometido que encarnaba el filósofo francés, decantándose en esa primera etapa por el compromiso político en la literatura, así como por seguir las huellas de los experimentadores del teórico francés que impuso una nueva manera de asumir el arte de narrar.
    La relación entre literatura y periodismo, dos actividades que el escritor ha sabido conjugar magníficamente, es materia de la segunda parte. Desde que a los 15 años hiciera sus primeras incursiones en las redacciones de los periódicos, publicando notas de variada índole, artículos donde ya ejercitaba su innegable talento para la escritura, hasta su consagración internacional como colaborador estrella de los principales diarios del mundo. A través de su columna Piedra de toque, cuya membresía posee el diario El País de España, sus puntos de vista y opiniones sobre libros, arte y política pueden leerse en todo el ámbito de la lengua.
    El cuarto capítulo está dedicado al análisis de Historia de Mayta (1984), novela que recrea el levantamiento guerrillero fugaz de Jauja en 1962. En ese verano, un puñado de ilusos y románticos estudiantes del Colegio San José, comandados por el joven oficial de la policía Francisco Vallejo, y bajo la guía ideológica del líder trotskista Mayta, con el ejemplo reciente de la revolución cubana, deciden crear un foco sedicioso en las alturas de la provincia, que es aplastado sin misericordia cuando un contingente del ejército proveniente de Huancayo los alcanza y se traba un desigual combate.
    El quinto capítulo aborda la novela ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), una historia de corte policial basada también en un hecho real. De la misma manera que en la anterior ficción la influencia de Faulkner se deja sentir en el uso de la voz narrativa, en ésta se nota la presencia de otro grande de las letras norteamericanas, Hemingway, a través del manejo sagaz de los silencios, de aquello que el narrador elude para que sea el propio lector quien termine el juego tácito de la construcción de las ficciones.
    El sexto capítulo está dedicado a El pez en el agua (1993), la crónica de los años de su inmersión en la campaña política para la presidencia de la República en 1990, alternada con el testimonio de los inicios de su vocación literaria. La cruda experiencia en una actividad que, como muchas lo ha dicho el propio novelista, recoge tanto lo mejor como lo peor del ser humano, marcaría para siempre su vieja estirpe sartreana del artista como oráculo y referente moral de la sociedad.
    La séptima parte desmenuza la otra gran novela de dictador que escribió Vargas Llosa: La fiesta del Chivo (2000). Una de las pocas narraciones ambientadas fuera del Perú, y a donde el autor se trasladó para documentarse, como hace siempre que va a escribir una ficción, transcurre esta vez en la República Dominicana, ese país del Caribe que comparte con Haití la isla que los conquistadores llamaron La Española. Cuenta, con una intensidad pocas veces lograda en la literatura de este género, las hazañas descomunales del horror y las miserias más escabrosas y sórdidas del régimen de Rafael Leónidas Trujillo, el tirano que asoló ese país por más de tres décadas, hasta acabar asesinado por una conspiración en las calles de Santo Domingo.
    El libro se cierra con un diálogo sobre la amenaza del terrorismo en el siglo XXI, contando para la ocasión con la participación de Philippe Lançon, el periodista que resultó herido en el ataque a la revista satírica francesa Charlie Hebdó en enero de 2015 por un par de fanáticos terroristas islámicos, y que dejó el trágico saldo de doce periodistas –entre dibujantes, caricaturistas y diseñadores–, asesinados en esa fatídica mañana. Unas palabras de reflexión sobre un tema delicado de nuestro tiempo que merece tomarse en cuenta para afrontar el incierto futuro que nos espera.


Lima, 11 de enero de 2018.      

sábado, 30 de diciembre de 2017

Infamia

    El indulto otorgado por el presidente Pedro Pablo Kuczynski al ex dictador Alberto Fujimori no pudo haber llegado en el peor momento. Cumpliendo su interesado trato bajo la mesa con un sector del fujimorismo, a apenas unos día de haberse salvado de la vacancia en el Congreso, por más que los voceros del gobierno se empeñen en negarlo, ha concedido en tiempo récord la gracia presidencial del perdón a quien estaba sentenciado a 25 años de prisión por diversos delitos, entre ellos uno que específicamente se refiere a los derechos humanos.
    La reacción de la ciudadanía no se ha hecho esperar; el repudio y la condena a esa decisión crecen a nivel nacional e internacional, mientras las calles se llenan de furia e indignación por esta sucesiva traición de un presidente que se burla una vez más de la credibilidad y la buena fe de un electorado que le dio el mandato expreso de gobernar contra la impunidad y la corrupción. Ha perpetrado una acción que va a marcar su paso por el gobierno, pero no para honrarlo como cree él o algunos de sus seguidores, sino para mancharlo; un acto que quedará para la historia universal de la infamia, como en uno de los libros del gran Jorge Luis Borges.
    Organismos mundiales que velan por los derechos humanos se han pronunciado de manera clarísima rechazando este indulto que es a todas luces –como dicen los lemas en las pancartas de los miles de manifestantes de estos días en distintas ciudades del Perú – un insulto. Un insulto a la esperanza de miles de familiares de las víctimas de los atropellos del régimen fujimorista durante la década del terror; un insulto al sentido de justicia de quienes lucharon muchísimos años para ver entre las rejas al culpable de la pérdida de sus seres queridos.
    El papel jugado por el hijo menor del ahora ex reo ha sido crucial. Cuando todo hacía presagiar la inminente vacancia presidencial el jueves 21 en el recinto legislativo, la votación al final de la jornada arrojó un resultado que sorprendió a tirios y troyanos. Los promotores de la remoción del mandatario no lograron alcanzar la cifra requerida para su propósito. Un puñado de parlamentarios de la bancada naranja, aleccionado o alineado a última hora por Kenji Fujimori, impidió que se consumara la orden de su lideresa. Es evidente que se trató de una transacción, un grosero trueque entre los corruptos de hoy y los corruptos de ayer.
    La marea de gente que se ha volcado a las calles el mismo día del anuncio y en los días siguientes nos enfrenta a un panorama de aguda crisis para la gobernabilidad en el país. En una fecha cargada de un simbolismo especial para la mayoría de la población, como es la Navidad, cuando todo el mundo se afanaba en los últimos preparativos para la Nochebuena, desplazándose por los centros comerciales y los puestos de venta callejeros ajenos a los avatares de la política, llega la mala noticia que contradice el significado religioso de la fiesta cristiana. Gran paradoja: nunca pudo ser tan mala esa Nochebuena para millones de peruanos que son conscientes de lo que entraña un hecho de esa magnitud. Es decir, nada justificaba el indulto para el mandamás de un régimen que emputeció el país.  
    El objetivo aparente de la medida con la que se pretende racionalizar el desatino lo han repetido, curiosamente, los dos personajes principales de este sainete con sabor a comedia bufa: la reconciliación. Pero para que exista tal, debe darse todo un proceso que pasa necesariamente por la memoria, el perdón y la reparación. Y nada de eso existe, más allá de una tímida declaración, genérica y ambigua, del dictador liberado desde su lecho de enfermo. Además, cómo se trastoca el sentido de esa palabra en boca de quienes jamás entendieron su real significado; cómo se pervierte la semántica del término cuando estos reyes Midas al revés posan sus manos en él. Porque esto es lo que ha llegado a significar ese llamado partido mayoritario hoy en el Congreso, que abusa de su poder pretendiendo  avasallar a cuanta institución encuentre en su camino. Ya no importa dónde nazca la iniciativa para tal o cual objetivo, ellos lo asumen como propio actuando como lo sugiere su nombre, con la fuerza bruta de lo popular entendido como manada.
    Ya el Instituto de Defensa Legal (IDL) está estudiando los mecanismos que se deben articular para revertir el indulto en las instancias supranacionales, como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Y aunque algunos defensores de la medida digan que la prerrogativa presidencial obedece simple y llanamente a la voluntad del jefe de Estado, y que lo hace porque le da la gana sin tener que consultarle a nadie, ni darle cuenta a nadie, lo cierto también es que tras esa decisión pesa un asunto donde está en juego, ya no sólo el sentido ético de una autoridad política, sino también el dolor de las víctimas y su aspiración de justicia que ha sido pisoteada. Y a pesar de que las encuestas digan que la mayoría de la población aprueba el beneficio concedido al autócrata, este no es un asunto de votación, como lo demostró históricamente el episodio bíblico de Barrabás en la crucifixión de Cristo. Paralelamente, más de doscientos escritores han publicado una carta abierta condenando la actitud ilegal e irresponsable del presidente con una medida espuria que obedece, no a la compasión o a la conducta humanitaria que la busca justificar, sino al puro cálculo político.
    La verdad es que el escenario político actual es desolador, todo y todos han sido infectados por esa podre letal de la corrupción, la gangrena está llegando al mismo cerebro del organismo nacional; este es un país que desde el punto de vista moral se acerca cada vez más al precipicio de su fase terminal. ¿Qué hacer?, la famosa pregunta leninista quizás tenga una sola respuesta: refundar la República. Así como una casa que ha sido invadida por una plaga de alimañas y sabandijas debe ser derruida para levantar otra desde sus cimientos, un país en el mismo trance necesita refundarse, reconstruirse desde su raíz con el concurso de la sociedad civil y de la clase política sana que aún, es nuestra última esperanza, debe quedar.
    Mientras tanto, a seguir luchando en las calles con esa juventud vigorosa y consciente que no se deja arredrar por los comentarios mezquinos y deslegitimadores de ciertos periodistas que fungen de líderes de opinión, cuando son en verdad sirvientes de turno de la cleptocracia reinante, furgones de cola de la caverna, mayordomos del statu quo, jornaleros adocenados de este sistema que se cae a pedazos corroído por la sífilis de la putrefacción.


Lima, 30 de diciembre de 2017.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Abimael: habitante de las tinieblas

    En todos los peruanos está marcado con fuego en la memoria los años del terror que vivimos cuando una banda de fanáticos extremistas decidió asaltar el poder a través de la revolución, pero utilizando los métodos más violentos y sanguinarios, como nunca antes se había visto en nuestra historia. El nombre que resume esa pretensión utópica, el sonido que evoca lo peor de aquella época está cifrado en el nombre de su líder: Abimael, patronímico de claras resonancias bíblicas, trufado de cierto misticismo heterodoxo y justicieras aspiraciones terrenas.
    La historia de ese hombre singular que se preparó desde muy joven para su propio designio épico está contada con lujo de detalles en el libro Abimael: el sendero del terror (Planeta, 2017), escrita por el periodista de investigación Umberto Jara, quien ha desplegado para la tarea sus mejores armas de cronista y reportero para entregarnos un texto que hurga en los meandros biográficos e ideológicos de una figura siniestra de las últimas décadas del siglo XX.
    Una trayectoria errática en su infancia y niñez marcaría el sentimiento de desamparo de Abimael. Esta experiencia del desarraigo, los continuos trasiegos de ciudad en ciudad y los cambios constantes de ambiente, le dejaron una tendencia a la preocupación por el mundo y sus problemas, y a no expurgar mucho en sus laberintos interiores. El libro de Jara desvela aspectos desconocidos de la vida de quien luego se convertiría en el cabecilla de la facción armada más violenta de este país. Como que fue abandonado por su madre a los 8 años en Chimbote, pues ella había contraído otro compromiso con un comerciante de origen árabe que no simpatizaba con el niño. Luego pasaría al Callao, donde al amparo de un tío materno vivió sometido, sin embargo, al servicio doméstico de éste. Enseguida, y a raíz de una apendicitis que casi le cuesta la vida, termina de vuelta en Arequipa, en la casa paterna donde es recibido por su madrastra, la chilena Laura Jorquera, quien le brinda el afecto y el cuidado del que había carecido durante todos esos años. Los siguientes serían sus años universitarios y de formación ideológica.
    En 1962 pasaría a instalarse en Huamanga, como docente de la Universidad Nacional de San Cristóbal, verdadero caldero de ideas comunistas que él ayudó a fomentar y organizar. Allí conoce a una estudiante procedente de Huanta, hija de un hacendado que llegaba a Huamanga para establecerse con su familia: Augusta La Torre Carrasco. Luego de un breve noviazgo se casaron en febrero de 1964. Como ella no podía tener hijos, se entregaron a la construcción del Partido, el proyecto político de toda su vida. Ese mismo año se produce la escisión del Partido Comunista, surgiendo el PCP-Bandera Roja de tendencia maoísta, de donde a su vez se desprende en 1970 el PCP-Sendero Luminoso de Abimael Guzmán Reinoso.
    Es fundamental señalar en su evolución doctrinaria su viaje a China a comienzos de 1965 para su preparación ideológica y táctica en la escuela política de Pekín y en la militar de Nankín. Su admiración por el líder de la Revolución China Mao Tse-Tung es incondicional, propia de un fanático, pues trata de emularlo como conductor de un proyecto político a todas luces demencial. Se dice que el jerarca chino es el mayor genocida del siglo XX, con un saldo de 70 millones de víctimas, dejando muy atrás a los tristemente célebres Adolph Hitler y Josep Stalin.
    El papel protagónico de Augusta La Torre, la camarada Norah, como impulsora de la agrupación senderista, sería vital, así como en la creación de “organizaciones generadas” –Movimiento Femenino Popular, Socorro Popular– fundamentales para los objetivos políticos de Guzmán, a quien igualmente llegó a endiosar, perpetuando en sus huestes ese culto a la personalidad característico de los movimientos mesiánicos.
    A contracorriente de los hechos mundiales, muerto Mao en 1976 e iniciándose en 1977 una serie de cambios que desmontaban la llamada Revolución Cultural llevada a cabo en China durante los diez años precedentes; en plena época de declive del comunismo soviético, que en la década siguiente llegaría a su fin, Abimael justificaba el inicio de la lucha armada como parte del avance estratégico de la revolución en el mundo. Absurdo y locura totales: los signos de su perdición.
    Sería Norah la que comandó en 1980 los ataques de Chuschi, de la hacienda Ayrabamba y del fundo de San Agustín de Ayzarca, dando inicio al baño de sangre que espantó al Perú y al mundo en los siguientes doce años. Lo que sigue ya es historia conocida, el terrorismo campeando a sus anchas desde el movimiento subversivo y la respuesta igualmente terrorífica de las Fuerzas Armadas en una estrategia equivocada que no hizo otra cosa que incrementar la espiral de violencia. Luego vendría la captura del denominado “Presidente Gonzalo”, a manos de un grupo especial de la policía, comandado por el General Antonio Ketín Vidal, quienes a través de un paciente trabajo de inteligencia lograron desbaratar a la cúpula de la organización rebelde dando con su cabecilla, luego de un juicio impecable, con sus huesos en prisión condenado a cadena perpetua.
    Es uno de los mejores libros de no ficción que he leído este año, constituyéndose en un valioso testimonio para entender una parte dolorosa de nuestra historia reciente, sobre todo el de su principal protagonista, artífice de un periodo que no debemos olvidar para no volver a repetirlo nunca más.

Lima, 20 de diciembre de 2017.  

viernes, 8 de diciembre de 2017

2666

    No soy precisamente un fanático del fútbol, lo que se llama un hincha, razón por la que he seguido la campaña eliminatoria de la selección de mi país al Campeonato del Mundo en Rusia en 2018 con mucho de escepticismo y algo de distancia, como viene sucediendo además desde hace buenos años, casi todos los que llevaba el Perú sin acudir a la cita mundialista.
    Solía bromear con mis hijos, en un cruel y descarnado ejercicio de humor negro, que un equipo peruano de fútbol recién podría acceder a un campeonato mundial de esa disciplina en el remoto y cabalístico año de 2666, cifra teñida de cierto prestigio literario desde que el escritor chileno Roberto Bolaño bautizó así a una de sus más celebradas novelas. Sin duda que lo hacía en un afán provocador, regodeándome con la ironía, anteponiendo el sentido lúdico ante la adversidad y exhibiendo sin pudor mi inveterado papel de viejo aguafiestas.
    Sin embargo, cuando el equipo empezó a escalar en la tabla de posiciones, tanto por méritos propios como por esos golpes de la fortuna que otros involuntariamente propician, mis apocalípticas y lapidaria previsiones empezaron a tambalear; las calles se poblaron de cientos de hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos ataviados con la camiseta nacional, como nunca antes había sucedido. Las ventas en el centro comercial Gamarra se dispararon de un modo inusual, convirtiendo el éxito de la selección en el motor de un suculento negocio.
    Sé perfectamente que el fenómeno no es nuevo; es evidente para todos que el fútbol ha pasado a constituir, en las sociedades occidentales principalmente y con poquísimas excepciones, en el deporte masivo por excelencia, tanto que los antropólogos y sociólogos hablaban desde hace unos lustros de la insurgencia de una nueva religión de nuestros tiempos, con sus propios rituales, ceremonias litúrgicas, sacerdotes y feligreses. Un reconocido etólogo inglés no titubeó en llamar así uno a de sus libros más emblemáticos: El deporte rey, y numerosos poetas y narradores incursionaron en sus fueros para cantar sus endechas a esta curiosa práctica de la pelota de origen inglés.
    Debo reconocer que razón no les falta, porque si no cómo explicar estas multitudinarias manifestaciones de un fervor que sólo la religión es capaz de convocar, ajustándose a lo que el eminente religiólogo rumano Mircea Eliade llamaba con precisión de cirujano “técnicas arcaicas del éxtasis”, expresiones de una devoción única que transportaba al creyente a una vivencia casi mística. Para los que no compartimos dicho fervor, su existencia no puede llenarnos sino de interrogantes sobre la misteriosa naturaleza del ser humano.
    Y ahora que finalmente ha clasificado el equipo peruano, paradójicamente de la mano de quien fue su verdugo en 1985, todo un país celebra el retorno de su seleccionado a la cita mundialista. Tal vez sea justo que se brinde esta alegría a un pueblo que ha vivido esperando durante más de tres décadas para vivir este momento. Pero he ahí también que se hace más patente la clamorosa inequidad frente a otros deportes que silenciosamente, alejados de todo foco mediático, nos otorgan lauros contundentes y concretos. Es así que mientras millones de fanáticos todavía festejaban el logro futbolístico –que no olvidemos es sólo el pase a la siguiente etapa de la competición–, la atleta Gladys Tejeda obtenía la medalla de oro en la media maratón de los Juegos Bolivarianos realizada en Colombia, y en Italia el Gran Maestro Internacional Julio Ernesto Granda se coronaba en el primer puesto del Campeonato Mundial de Ajedrez sénior.
    Ellos no tuvieron vítores ni muchedumbres clamando sus triunfos, ni probablemente reciben ni la milésima parte del apoyo del que sí gozan los futbolistas, pero sus victorias son tan meritorias, o más aun, que las de cualquiera, pues son redondas y realizadas en la modestia y el silencio que caracteriza a los grandes.

Lima, 8 de diciembre de 2017. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

La mujer rota

    Una verdadera ola de acusaciones y denuncias se ha desatado en las últimas semanas en contra de figuras conocidas del mundo del cine, el teatro, el deporte y la política. La razón es una: el acoso y maltrato sufridos por decenas de mujeres a manos de un número significativo de hombres. Son muchas las mujeres que han salido a la luz de la opinión pública para contar sus dolorosas experiencias en las que fueron víctimas de agresiones, insultos, tocamientos, violaciones y otras formas de comportamiento delictivo y bestial que un grupo de energúmenos, que deshonran a la especie, les han infligido.
    El afamado y reconocido productor de Hollywood Harvey Weinstein, los actores Bill Cosby y Kevin Spacey, el humorista Louis C.K., y en nuestro medio el director de teatro Guillermo Castrillón, y muchos más han sido señalados como culpables de haber perpetrado actos abusivos y nefandos en contra de una cantidad cada vez más alarmante de mujeres en nuestro país y en el mundo. Cómo no mencionar a este propósito también a esos numerosos agentes, representantes o promotores artísticos, especialmente en el terreno de la música, que para validar o gestionar las carreras de jóvenes cantantes o intérpretes, las someten a sucios chantajes, ejerciendo una posición de dominio con el fin de aprovecharse y abusar de ellas.
    Un machismo fuertemente enraizado en la mentalidad colectiva, especialmente varonil, se erige en el principal factor de una conducta que, como el racismo o la xenofobia, es una expresión más de la infinita estupidez humana. Estereotipos secularmente establecidos en las más menudas actitudes, de aquello que con cierto tufillo de superioridad se llama “virilidad”, se han normalizado hasta el grado de la banalización en todos los estratos sociales, producto de lo cual resultan comunes y corrientes frases, chistes y hasta caricaturas que en cualquier reunión se escuchan proferir a hombres y a mujeres también, por increíble que parezca.
    Un nuevo concepto de “hombría” debe imponerse a nivel de la educación y la cultura en la familia y en la sociedad, para sacarnos esa costra retrógrada que arrastramos como un lastre en nuestra conceptualización del fenómeno. Una valoración superior, más cabal y humanista del hecho de ser hombre, se impone como una necesidad perentoria en el consciente e inconsciente colectivos, para desterrar definitivamente –aunque suene a quimera y utopía– esa categorización primitiva y burda del “macho” como modelo y paradigma de la conducta del hombre. Cuán vigente sigue estando la frase lapidaria del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, cuando decía que el hombre es algo que tiene ser superado, y que así como ahora el hombre mira al mono, así el hombre superior mirará al hombre.  
    Ni las campañas masivas tipo “Ni una menos”, expresadas en multitudinarias marchas y manifestaciones en las principales ciudades del país, ni las virtuales como #MeToo en las redes sociales, podrán hacer mucho si no se asume ese profundo cambio como una tarea urgente. La evidencia está en que a pesar de lo exitosas que fueron en las calles y en el ciberespacio dichas expresiones de rechazo a la misoginia, los crímenes se han seguido sucediendo, incrementándose pavorosamente en este año hasta límites nunca vistos.
    Esto no quiere decir que no sean necesarias, pues está claro que lo son, para visibilizar y poner en el foco de la atención pública, así como en la agenda del gobierno, un asunto que incumbe a todos. La institucionalización, a través de Naciones Unidas, de un Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, ayuda mucho en este contexto de la concientización de un problema que cada vez adquiere ribetes de pandemia, y que es imperativo detener para evitar que nuestra civilización naufrague en un lodazal de barbarie y salvajismo en plena era de la informática, la cibernética y tantos otros avances científicos, pero que desgraciadamente no tienen su correlato en la evolución de este mal llamado homo sapiens.
    Es triste y penoso figurar como el país que figura entre los primeros lugares de los que ejercen violencia hacia la mujer; deplorable realidad que constituye un auténtico baldón para nuestra dignidad como nación. Pero más allá de ello, porque nuestras hermanas, esposas e hijas se convierten en potenciales víctimas de sujetos como los mencionados, pues nunca sabremos en qué momento van a ser o están siendo violentadas y sometidas a vejámenes sin nombre, como todas aquellas aspirantes a actrices, coreógrafas, cantantes o deportistas de competición, en manos de alevosos depredadores, callando todo este tiempo por temor, vergüenza o golpe psicológico.
    Al parecer la escena empieza a cambiar, por lo menos con la puesta en evidencia de algo que se mantuvo en silencio y en secreto durante tanto tiempo. Nunca será tarde para luchar por una vida más digna y decente para los hombres y las mujeres de este mundo, para que nunca más tengamos noticia de una “mujer rota”, como en el famoso libro de Simone de Beauvois.


Lima, 02 de diciembre de 2017.   

sábado, 11 de noviembre de 2017

Cien años de la Revolución Rusa

    El acontecimiento político más formidable del siglo XX, el que despertó la esperanza de millones de desheredados en un inmenso país sumido en la explotación, la desigualdad y la miseria tras más de trescientos años de la monarquía de los Romanov –la más longeva de Europa–, cumple su primer centenario, en medio de intensos debates sobre su legado y en la terrible comprobación de lo estrepitosa que fue su caída.
    Esta borrasca social y política que en menos de diez meses le cambió totalmente el rostro a la gran nación rusa, se inició en febrero de 1917 –según el calendario juliano, que vendría a ser en marzo en nuestro calendario gregoriano–, cuando la llamada revolución liberal encabezada por Aleksandr Kérenski y la fuerza indetenible del pueblo empujó a la abdicación del Zar Nicolás II, estableciéndose un gobierno provisional que duraría hasta octubre –noviembre para nosotros–, en que la segunda ola de la marea revolucionaria, esta vez más radical y de signo socialista, bajo el liderazgo de Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, tomaría el Palacio de Invierno en San Petersburgo e instauraría el régimen de los sóviets, o consejos de obreros, soldados y campesinos.
    Hijo de una familia de la clase media acomodada de provincia, el joven Vladimir habría de vivir dos hechos dolorosos a sus cortos 13 años: la muerte de su padre, de sólo 42 años; y el asesinato de su hermano Aleksandr, acusado de conspiración terrorista por las autoridades del Zar. Es entonces que germina en él la idea de acabar definitivamente con el gobierno abusivo y despótico de la monarquía de los Romanov. Exiliado en Zúrich, emprende el viaje más controvertido de un dirigente comunista: dentro de un tren sellado, recorre en ocho días la distancia que lo separa de San Petersburgo, la capital del imperio, el cráter humeante del volcán revolucionario. Se dice que un político comunista alemán realizó las gestiones para que el líder bolchevique pueda atravesar territorio germano en plena guerra mundial. Por esta razón, muchos fueron los que lo acusaron de traición, incluso de ser un espía al servicio del gobierno del Káiser; pero lo cierto es que ambos aprovecharon las circunstancias que se les presentaron, valiéndose de ellas con gran sentido del oportunismo político.
    Ya al mando de la revolución, haría frente a la reacción de la aristocracia destronada del poder, enfrentándose al ejército de los blancos rusos contrarrevolucionarios en una guerra civil que duró cinco  años, para terminar imponiéndose gracias a la audacia y la sagacidad de León Trotski, el legendario jefe del Ejército Rojo. Mas por esos años Lenin empezaría a ver cómo su salud se iba resquebrajando peligrosamente, retirándose a lugares de descanso donde creía poder recuperar la energía deteriorada; pero todo fue en vano. Después de haber proclamado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922, apenas un par de años estaría al mando del flamante país cuando en 1924 muere intempestivamente, quedando acéfala la conducción del gigantesco país. La disputa por la sucesión enfrentó a dos personalidades disímiles, a dos hombres que el destino puso frente a frente para dirimir su poder y llevarlos a la más feroz rivalidad: Trotski y Stalin.
    Triunfante Stalin de la lucha por el poder, al poco tiempo Trotski tiene que marchar al exilio, estableciéndose primero en Turquía, después en Francia y Noruega, para luego instalarse definitivamente en México. Hasta allí le alcanzaría el largo brazo homicida de su encarnizado enemigo. Luego de un primer intento de asesinato, donde estuvo involucrado, increíblemente, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, Trotski sale indemne, salvándose providencialmente en un rincón de su casa en Coyoacán. Pero la segunda arremetida sí fue letal. El stalinista español Ramón Mercader pasaría a la historia como el asesino que acabó con la vida del político, escritor y filósofo que fue protagonista de primer nivel de las jornadas de octubre. Se valió para ello de un piolet, instrumento con el que descerrajó certeros golpes en la cabeza del líder histórico, cerrando de esta manera un capítulo más de la Revolución Rusa.
    Lo curioso es que, al momento de recibir el ataque, Trotski trabajaba hacía un buen tiempo en la biografía de quien sería su verdugo, libro que acaba de ser editado por el nieto del revolucionario, con la colaboración de una universidad estadounidense adonde fueron confinados los archivos del autor en previsión de cualquier circunstancia que alterara sus fines. Según informan los cables, se trata de un enjundioso volumen de cerca de mil páginas, donde está el retrato más completo de quien es considerado, junto con Hitler, uno de los mayores genocidas del siglo XX, culpable de los tristemente célebres gulags, verdaderos campos de concentración donde eran exterminados millares de opositores y perseguidos del régimen totalitario en que Stalin convirtió la revolución socialista.
    Que el siglo transcurrido de este magno acontecimiento nos sirva para reflexionar sobre el destino, a veces atravesado, que el designio de los hombres le da a la historia, terminando muchas veces en grandes desencantos y decepciones lo que en su momento se erigió en brillante porvenir. La construcción del comunismo, como la de cualquier otra utopía, devino en un sangriento experimento que colapsó siete décadas después. Las luminosas ideas de Karl Marx, ideólogo de la revolución, que debieron plasmarse en una maravillosa realidad, acabaron deformadas y traicionadas por la indómita estulticia de un puñado de pequeños hombres poseídos por el insaciable demonio del poder.

Lima, 11 de noviembre de 2017.