miércoles, 10 de mayo de 2017

Francia en marcha

    He aguardado con gran expectativa los resultados de la segunda vuelta electoral en Francia, donde finalmente ha obtenido la victoria el candidato social liberal Emmanuel Macrón, líder del movimiento En Marche!, fundado apenas hace un año y catapultado al palacio del Elíseo de la mano de este joven banquero de 39 años, ex ministro de economía y representante de la centro derecha francesa. No era, quizás, la mejor opción, pero era la única alternativa ante la amenaza retrógrada que significaba la agrupación neonazi rival.
    Los peores temores que abrigaba el mundo democrático, con los antecedentes del brexit en el Reino Unido y el ascenso a la Casa Blanca del inefable Donald Trump, se han disipado por ahora, pues no se puede decir que el Frente Nacional, el partido de la ultraderechista Marine Le Pen, haya sido totalmente derrotado, pues desde que su fundador y padre de la actual lideresa pasara a la segunda vuelta en las elecciones del 2002, obteniendo una votación cercana al 20%, el apoyo a sus propuestas no ha cesado de crecer, favorecido por una realidad social y económica que no ha hecho sino deteriorarse en los últimos años, cundiendo el descontento y la decepción con las políticas liberales en amplios sectores de la sociedad francesa.
    Aupada a una campaña basada en noticias falsas, apelando conscientemente al miedo y con posiciones claramente xenófobas, antiinmigracionistas y contrarias a la Unión Europea, Marine Le Pen ha conquistado un importante 33% del electorado, sin rozar, sin embargo, su gran objetivo político de alcanzar el 40% de votos. Mientras que Macrón, merced a un discurso europeísta, respetuoso de los valores republicanos y apelando constantemente al diálogo, ha obtenido un 66%, que lo sitúa como el flamante presidente de la V República.
    Es singular en varios sentidos el historial de quien será el sucesor del socialista Francois Hollande; pues aparte de que será el presidente más joven del país de Voltaire y Víctor Hugo, su vida parece el guion extraído de una novela. A los quince años, siendo todavía un estudiante secundario, se enamoró de su maestra de teatro y francés, 23 años mayor, de quien sus padres trataron de apartarla llevándolo desde su natal Amiens a estudiar a París, pero el joven ya había prometido algo que cumpliría con la puntual aquiescencia de un caballero: casarse con la mujer que había deslumbrado su corazón y sus sueños. Ella se divorció de su primer marido y se fue a vivir con este bisoño aprendiz de finanzas, una unión que ha perdurado a pesar de las diferencias de edad porque está hecha, sin duda, con la sólida materia del sincero afecto y la lealtad invulnerable.
    Por otra parte, encuentro un gran parecido con lo sucedido en el Perú el año pasado en las elecciones de la segunda vuelta, donde igualmente una candidata que concitaba profundo resquemor en los ámbitos democráticos fue impedida de llegar a la presidencia por un amplio abanico de fuerzas que haciendo un esfuerzo supremo evitaron que el Perú repitiera su historia a través de un régimen que hubiese encarnado las prácticas y los principios de la época más nefasta de su historia reciente. En Francia, el fascismo encubierto que representa Le Pen ha sido barrido por el electorado, poniéndose a salvo todo aquello que simboliza, mal que bien, el país de la bandera tricolor, y que después de superado este serio susto, debe encontrar su camino para convertirse en el otro gran pilar del proyecto comunitario, conjuntamente con Alemania.
    Es cierto, además, que en la insurgencia de estos movimientos de extrema derecha en muchos países del viejo continente tiene buena parte de culpa la propia clase política que ha estado al frente de la mayoría de gobiernos de corte liberal y socialdemócrata, que en la última década han enfrentado serios tropiezos para manejar una crisis que ha terminado reacomodando el tablero político preexistente. Ya sucedió en España, hace poco, y ahora en Francia los dos partidos que han usufructuado el poder desde la Segunda Guerra Mundial –los Republicanos y los Socialistas–, han sido desplazados a la condición de segundones en el escenario renovado que ha estrenado esta elección.
    Queda por verse, también, lo que sucederá de aquí a un mes cuando se celebren las elecciones legislativas, lo que significará la piedra de toque para la conformación del nuevo gobierno, estando en perspectiva diversas alternativas que en la tradición francesa se han ensayado en numerosas ocasiones. Pero lo mejor de todo es que, aunque sea por breve tiempo, el peligro fascista ha pasado, lo cual no debe significar que se deba bajar la guardia ante su arremetida en sociedades democráticas de gran solera como la que ostenta la patria de Jean Paul Sartre y Albert Camus, dos figuras representativas de la cultura gala del siglo XX.


Lima, 8 de mayo de 2017.  

La caída

     Al ser despedido de su empleo en la Aduana de Salem, su ciudad natal, Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804-1864) encuentra la coartada perfecta para volcarse a escribir la que, según el juicio de toda la crítica, es indudablemente su obra maestra: La letra escarlata, publicada en 1850. Esta novela, considerada entre las obras más representativas de la literatura estadounidense del siglo XIX, es la que ha labrado la fama de su autor, situándolo entre los mayores exponentes de la narrativa en lengua inglesa.
     En la introducción describe la aduana en el puerto de Salem, en Massachusetts. Presenta a sus subordinados, ancianos como cualquiera de su especie, adocenados por el tedio de una existencia en declive. ¿No pasa eso con la mayoría de los hombres, que pueden obtener de sus experiencias el “grano de oro de la sabiduría”, en vez de almacenar todo el “inservible bagazo”? Y luego de presentarnos a los principales personajes del lugar, el narrador encuentra lo que sería la piedra de toque de la novela: un pedazo de tela roja, muy gastada y raída por el tiempo, con los bordados de oro deshilachados y deslucidos, con la forma de una letra A mayúscula. Sujeto a ella, halla un manuscrito referido a una tal Hester Prynne, enfermera voluntaria y consejera sentimental. Memorable preludio imbuido de una sutileza y profundidad psicológicas que bastaría para labrar el genio y la grandeza literaria de Hawthorne.
     Hester Prynne, confinada en la cárcel de Boston, es esperada en la puerta por una muchedumbre de hombres y mujeres que la aguardan emitiendo juicios de diversa índole. Precedida por el alguacil y seguida por el gentío se encamina a la plaza del mercado, cargando un bebé en brazos, para recibir su castigo: ser expuesta en el cepo al escarnio público. Lleva la letra A cosida en el vestido a la altura del pecho, como símbolo y estigma de su falta. ¿Cuál ha sido su delito o su pecado? En esa atmósfera puritana de la Nueva Inglaterra, esta mujer ha concebido una niña estando su esposo ausente por más de dos años, habiendo prometido darle el encuentro en el nuevo mundo y no sabiéndose nada de él. Ese es el pecado del que se la acusa, mas ella ha preferido no revelar el nombre de su cómplice.
     No sabía, sin embargo, que mientras era sometida a la infamante prueba, un forastero la observaba entre la multitud, que no era otro que el esposo agraviado y cuyo nombre era Roger Chillingworth. En un instante cruzan las miradas y Hester tiene la certeza de saberse reconocida. Esos ojos la acompañarán en el camino de vuelta hacia la prisión, mientras va elucubrando su destino inmediato al saber lo que esa intempestiva llegada significará para su vida.
     Cuando finalmente es liberada, se dedicará a la costura. Confecciona ropa para los indigentes como una forma de expiar su culpa, su caída, en tanto Perla, la hija de Hester, va creciendo y revelando su naturaleza extraña ante su madre, quien descubre, no sin horror, signos inequívocos de un carácter indómito y perverso, una mirada poseída de inocente malignidad. Rasgos que ella atribuye a su funesta condición, a la consecuencia lógica de la perdición de su alma.
     Acude a la casa del gobernador Bellingham para entregarle un par de guantes bordados, pero también para sondear sobre un rumor que corría por el pueblo sobre la posibilidad de arrebatarle a su hija que había oído entre unos vecinos. Quitarle la custodia de la niña por la evidente incapacidad moral en que había incurrido según la perspectiva de la ortodoxia puritana.
     Por otro lado, Arthur Dimmesdale, un clérigo joven, mostraba signos de decaimiento físico que dieron pábulo para que el médico Chillingworth asumiera su cura. El sabio se ocuparía de desentrañar la naturaleza del mal que aquejaba al ministro, el tormento y la angustia de su corazón, abatido por la culpa y el remordimiento, a causa del pecado que abrasaba su alma. En este estado casi sonambúlico se dirige una noche al cadalso donde Hester Prynne sufrió la primera ignominia. Lentamente se va desvelando la verdad ante la aviesa mirada del médico.
     Luego de encuentro en el bosque entre Hester y el clérigo, una luz de esperanza surge para ambos cuando ella propone marcharse juntos lejos de la colonia para alcanzar una segunda oportunidad que tanto anhelan. Ella arroja la letra escarlata a la orilla del río y es como si un peso de vergüenza y culpa de siete años se desprendiera de su alma para aligerar sus pasos hacia un porvenir más radiante. Enseguida viene Perla y desconoce a su madre, negándose a obedecerla hasta no ver nuevamente la infamante letra en su sitio. Es su realidad y debe acatarla.
     Por último, el día que pronuncia el sermón en la ceremonia de la elección del gobernador, Dimmesdale estuvo más inspirado y elocuente que  nunca, sus palabras conmovieron a la muchedumbre que se había congregado para la ocasión. Sin embargo, terminada la alocución, se dirigió vacilante y débil hacia el pie del cepo donde se hallaban Hester y Perla. Subido en la plataforma del escarnio, reveló con voz clara y fuerte el secreto de su pecado, el estigma que corroía también su pecho, más doloroso que el de Hester; y enseguida expiró pronunciando sus últimas palabras de adiós.
     Insignes estudiosos de la literatura, como Benedetto Croce, le han reprochado a Nathaniel Hawthorne (Salem, 1804) el haber incurrido en las alegorías. La vindicación de ellas vendría de la pluma, no menos legendaria, de Chesterton, induciéndonos a compartir el parecer de Borges de la licitud de este procedimiento en la creación de historias de ficción. Al concluir la lectura, embebido gozosamente en ella, sumergido en las palabras, arrancado de la realidad en esas mágicas horas dedicadas a leer, recorriendo impávido este laberinto del mal, compruebo cuánto de realidad puede entrañar aquella frase de Vargas Llosa sobre la verdad de las mentiras, la fuerza de una historia que con otros matices y otras aristas seguimos presenciando en nuestros tiempos.

Lima, 01 de abril de 2017.


jueves, 23 de marzo de 2017

El país del agua

    Los terribles acontecimientos de estos días, con lluvias torrenciales, huaicos y desbordes de muchos ríos de la costa norte y central, han colocado al Perú en el ojo de la atención internacional por los devastadores efectos que la furia de la naturaleza está ocasionando en numerosas ciudades y poblados de aquellas regiones del país. El saldo hasta el momento es desolador, con 79 muertos, cerca de cien mil damnificados, viviendas destruidas, puentes derribados, carreteras arrasadas y un clima de desesperanza e incertidumbre que las autoridades y el gobierno tratan de capear, con la valiosa ayuda de la sociedad civil que ha desplegado un desusado instinto de solidaridad hacia los hermanos en desgracia.
    Un fenómeno que los científicos peruanos han denominado “Niño Costero”, totalmente imprevisto y anómalo, es el causante de estos embates que padecemos, de alguna manera u otra, los habitantes de las regiones mencionadas. Sin embargo, sabíamos que otro fenómeno, El Niño, visitaría nuestras costas. Todo esto enmarcado, a su vez, dentro del cambio climático como signo dramático de nuestros tiempos, cuyos responsables somos lastimosamente los propios seres humanos.  
    Una malhadada circunstancia de orden meteorológico ha hecho posible, pues, esta situación de emergencia nacional, de cuasi desastre humanitario que vivimos los peruanos, potenciado dolorosamente por la negligencia y la imprevisión que caracteriza generalmente a quienes poseen las riendas de la administración del Estado. Todos los años, por estas mismas fechas, volvemos a presenciar los mismos hechos, con mayor o menor violencia, pero no somos capaces de hacer frente a una realidad que definitivamente no desconocemos ni es nueva. Se echa de menos una seria política de planificación, palabra que quizás asuste a más de un demagogo neoliberal, pero cuya carencia es precisamente lo que propicia estas destrucciones cíclicas de partes de nuestro territorio.
    La gran paradoja de todo esto es que mientras trombas de agua se abatían sobre las ciudades, las quebradas y las casas, causando inundaciones y sepultando en lodo a sectores importantes de los poblados costeros, los pobladores carecían de ella para sus necesidades mínimas, como son el aseo y la bebida. Durante varios días, por ejemplo, los habitantes de la capital padecimos el corte del servicio de agua, situación que creó más de un malestar a los millones de personas que pueblan esta inmensa urbe. Colas interminables para conseguir un poco de agua se podía observar en determinados sectores de la ciudad, gente premunida de baldes, ollas y bidones volcada a las zonas de acopio que la empresa Sedapal determinó para la ocasión. Otro grupo en los parques, a través de acueductos subterráneos, esperando obtener el vital elemento, y había quienes sencillamente se morían de sed.
    Es lo mínimo que podíamos esperar en una situación de esta naturaleza, pues mientras miles sufrían la destrucción total de sus bienes y aun de sus vidas, cómo quejarse por estas, relativamente, pequeñas molestias, cuando una tragedia mayor nos rodeaba. Una vergonzosa demostración de insensibilidad sería exigir un trato privilegiado en medio de la calamidad que podíamos observar por los medios de comunicación, y cuyas víctimas eran gente de nuestra propia provincia, y por supuesto de otras de regiones vecinas.
    La ayuda de los países hermanos ha llegado para aliviar la penuria de miles de compatriotas que viven un auténtico drama. Esa demostración de solidaridad y fraternidad latinoamericana nos da la fuerza suficiente para no desmayar en la ingente tarea que nos queda de socorrer y acudir al necesitado. Lo curioso es que, así como se recibían las toneladas de víveres, medicinas y ropa de países como Colombia, Ecuador y Chile, el cargamento enviado por Venezuela tenga que esperar el visto bueno de las autoridades. ¿Vamos a seguir haciendo politiquería en medio de la tragedia? ¿Puede estar la rivalidad política por encima de la urgencia nacional que implica vidas humanas? Tampoco dejemos que otros líderes nacionales aprovechen el momento para llevar agua a sus molinos; estamos hartos de tanta mezquindad, de tanta necedad que exhiben sin pudor ciertos personajillos de nuestra alicaída clase política.  
    Como símbolo de estos luctuosos sucesos, está allí lo acontecido con Evangelina Chamorro, una modesta mujer que fue arrastrada por la torrentera por espacio de varios kilómetros, que resistió valientemente, casi inconsciente, la embestida del lodo, los palos y demás objetos que traía consigo el deslave, aferrada a su poderoso instinto de vida, al pensamiento constante en sus hijas, a sus ganas indoblegables de luchar por ellas, de vencer a la muerte. Emergió del barro en una secuencia icónica que dio la vuelta al mundo, y que un artista colombiano ha inmortalizado en una bellísima escultura en plastilina. Su imagen, grabada en las retinas de todos quienes observamos estupefactos su triunfo frente a la muerte, su insuperable capacidad de resiliencia, es la que debe servir para que un país asuma su momento más doloroso como la oportunidad para levantarse de sus cenizas, de salir airoso de esta horrible prueba, y reconstruirse desde la unidad, desde la solidaridad, desde el sentimiento genuino de que todos los peruanos dejamos de lado pasajeras divisiones políticas e ideológicas para abocarnos al desafío mayor que nos planta el destino, cada quien desde el terreno que le corresponde.


Lima, 23 de marzo de 2017.      

jueves, 16 de marzo de 2017

A Chabuca

    Coincidiendo con el lanzamiento al mercado de un precioso álbum conmemorativo, producido y dirigido por la conocida melómana y conductora de radio y televisión Mabela Martínez –con la valiosa colaboración de Susana Roca Rey, Manuel Garrido Lecca y Edu Olivé–, titulado como el encabezado de este artículo, el Ministerio de Cultura ha tenido la feliz iniciativa de declarar patrimonio cultural de la nación a la obra musical de la notable compositora Isabel Granda Larco, llamada popular y sencillamente Chabuca Granda.
    Se trata, en verdad, de dos acontecimientos en paralelo que destacan y valoran el legado y la trayectoria de una artista que durante más de medio siglo se ha ido instalando en el alma y el corazón de los peruanos –y también de los latinoamericanos– gracias a una obra musical que ha enriquecido grandemente el acervo del cancionero patrio. Su singular maestría para la creación de logradas piezas musicales en los más variados ritmos y géneros del Perú y Latinoamérica, más el fructífero aprovechamiento de influencias foráneas –como el bossa nova y el jazz– han producido más de un centenar de composiciones, dotadas de una música de gran calidad y unas letras insufladas de un intenso aliento poético.
    Chabuca es como una cronista social del Perú, que va describiendo en su ingente producción discográfica todos esos repliegues espirituales y tradicionales de lo criollo, esencialmente, con algunos atisbos de sonoridades andinas, región en la que nació, accidentalmente, hace ya casi un siglo. Sus letras reflejan, o mejor retratan, esos cuadros variopintos del ser peruano, del ser limeño, las cadencias sentimentales y emocionales de personajes representativos de la idiosincrasia costeña, principalmente, así como una visión bucólica de ciertos paisajes con fuertes acentos de crítica social. Nunca aceptó recalar en el facilismo de los tópicos consabidos del amor romántico, una veta explorada hasta la saciedad y de la cual sólo puede extraerse apenas un puñado de piezas rescatables. Deliberadamente ella esquivó esa tentación, consagrándose a una poesía de lo cotidiano, descriptivo de los seres y de los lugares, que resaltan a través de sus matices de lírica ternura y encanto.
    Connotados intérpretes del ámbito internacional han sido partícipes de este peculiar homenaje. Convocados por aquellos reconocidos estudiosos y productores, las voces de Ana Belén, Rubén Blades, Joaquín Sabina, Pedro Guerra, Dulce Pontes, Jorge Drexler, Kevin Johansen, Pasión Vega, Lidia Barroso, Iván Lins, Juan Carlos Baglietto y Javier Lazo, le dan brillo, en interpretaciones únicas, a las más emblemáticas canciones de la creadora peruana, dando como resultado un producto heterodoxo pleno de belleza y virtuosismo, pues además cuenta con la participación de una gama de instrumentistas, entre españoles y latinoamericanos, de primer nivel.
    Tanto en la ceremonia llevada a cabo en el Gran Teatro Nacional, donde expositores de gran solvencia académica y artística esbozaron y explicaron el significado trascendente de la obra de Chabuca, como en el disco que ya está circulando y escuchándose en selectos espacios de la radio y los medios virtuales, la figura de la compositora emerge impecable e inmortal como la artista más representativa de la música peruana de la segunda mitad del siglo XX,  cuya herencia estética se prolongará en el tiempo como una de las joyas de mayor valor en el horizonte de la cultura nacional.


Lima, 6 de marzo de 2017. 

sábado, 25 de febrero de 2017

El crimen de Independencia

    Un joven provinciano de 32 años ha perpetrado una masacre inédita en nuestro país, algo que sólo veíamos en países lejanos, especialmente en Estados Unidos, donde es frecuente toparse con noticias de esta índole, cometidas por imprevistos pistoleros que irrumpen de cuando en cuando en colegios, institutos, universidades, discotecas, salas de cine, centros comerciales o cualquier otro lugar donde haya gran concentración de gente.
    El joven de nuestra historia se ganaba la vida como vendedor ambulante, expendiendo hamburguesas y salchipapas en las inmediaciones de un conocido centro comercial del distrito de Independencia. Sin embargo, su trabajo era importunado por las constantes visitas y requerimientos de los inspectores municipales encargados de erradicar el comercio ambulatorio de la zona.
    El día fatídico, viernes por la noche, se produjo el explosivo desenlace. Llegaron los inspectores, conminándolo a retirarse del lugar, y de pronto la reacción de Eduardo Romero Naupay fue brutal, disparó contra el funcionario edil, dejándolo malherido, y desapareció de la escena. Se encaminó a su casa para apertrecharse mejor y regresó al centro comercial, que a esas horas hervía de gente. Ni bien hizo su ingreso comenzó a disparar a diestra y siniestra, dejando un reguero de muertos y heridos a su paso. Un policía, que casualmente estaba cerca y de civil, actuó de inmediato y abatió en el acto al criminal.
    ¿Por qué reaccionó de esa manera desproporcionada y feroz el joven vendedor? ¿Explica su proceder el hecho de haber sido expulsado de su centro de trabajo, la furia con la que respondió en su afán de venganza? ¿Qué límites emocionales tuvo que sobrepasar para actuar con esa bestialidad y salvajismo? Lo curioso es que apenas unas horas antes había publicado en su página de Facebook la amenaza que terminaría cumpliendo después. Además, se pueden ver también en ese medio las fotografías que colgaba, donde se hacía retratar con armas de diverso calibre y en poses que claramente delataban su violenta predilección. En el allanamiento posterior que practicó la policía del lugar donde vivía, se encontró un surtido arsenal, entre cajas de municiones, cacerinas, pistolas y un fusil de largo alcance.
    También se pueden rastrear sus preferencias en materia de productos de consumo cultural, llámese música por ejemplo, su afición a los videojuegos, su desembozada admiración por personajes del mundo del hampa local, y una serie de señales que configuran nítidamente una personalidad proclive a los actos violentos, claros indicios que debían haber alertado a cualquier acucioso investigador de un poseedor de armas con la licencia vencida.
    Un sistema muy laxo en la evaluación y el control del otorgamiento de licencias para portar armas es otra de las aristas del problema, pues no permite realizar un seguimiento eficaz al usuario cuando su permiso ha caducado. Y en cuanto a la evaluación psicológica, ésta es demasiado superficial y expeditiva que prácticamente no permite detectar nada, cuando no es realizada por estudiantes de la carrera sin la experiencia ni el rigor necesarios en asunto tan delicado. Otra es la total desatención del Estado con respecto a la salud mental de la población, según reflejan los preocupantes resultados de una investigación reciente.
    La ira está considerada una de las más fatales emociones destructivas del ser humano, aquella que ocasiona daño tanto a los demás como a uno mismo. El psicoterapeuta Paul Ekman afirma que el objetivo de la ira sería la eliminación de lo que nos frustra, razón que podría explicar parcialmente el proceder de Romero Naupay. Para el budismo tibetano, las emociones destructivas, entre ellas la ira –voz  que engloba una familia de emociones como la irritación, la rabia y la furia–, son aquellas que perturban el equilibrio de la mente. Es decir, que el ser humano, poseído por una emoción de esta naturaleza, puede desencadenar en un instante una situación trágica como la que comentamos, sobre todo cuando uno no es capaz de saber manejar sus emociones con la inteligencia que nos provee la ecuanimidad y la meditación. El cerebro más arcaico, en estos casos,  arrastra al hombre por los senderos más pedregosos del puro instinto ciego.
    En fin, lo cierto es que una conducta como esta es difícil de prever, pues el ser humano es una totalidad compleja y arisca que se resiste a encasillamiento esquemáticos, pero también es verdad que algo podemos hacer, con las herramientas que nos faculta la ciencia, para evitar que un hecho parecido vuelva a producirse en el futuro. El drama que viven los familiares de las víctimas, cinco en total, es otra cosa que nos llena de consternación y lástima.

Lima, 25 de febrero de 2017.   

      

jueves, 16 de febrero de 2017

El amor líquido

    Sin duda que la pregunta por el amor ha sido una constante en la historia del pensamiento. El hombre, sobrecogido por la curiosidad y el asombro, ha pretendido indagar, a lo largo de su largo tránsito por este mundo, por la naturaleza de ese enigmático y complejo sentimiento que siempre le ha resultado arduo definir y entender, quizá porque de lo que simplemente se trataba era de vivirlo, aceptando sin más sus laberintos y meandros, sus acertijos y desafíos.
    Zygmunt Bauman, el filósofo y ensayista polaco recientemente fallecido, acuñó un término que le ha servido de santo y seña para desentrañar los misterios de las diversas expresiones culturales de la sociedad contemporánea: la liquidez. Pues así como existe una modernidad líquida o un tiempo líquido, también habría un amor líquido. Es decir, el concepto de lo líquido aplicado a todo aquello sujeto a la mudanza, a lo cambiante, proteico y transitorio. Por lo tanto, alude a la falta de solidez, de consistencia y perennidad de los variados elementos de la vida humana. El amor entre ellos.
    Es así como en estos tiempos experimentamos la vivencia amorosa con una sensación cada vez más desesperanzada, precaria, desvalida, amenazada por tantos peligros que acechan en una era que todo lo cuestiona, disuelve, pulveriza. Las uniones que fragua el amor, ya sea a través del matrimonio u otro tipo de relación, se hallan indemnes ante la embestida de una modernidad que de la mano de la tecnología y el ritmo avasallante de la civilización terminan haciendo trizas ese ideal romántico con que nació el desventurado amor.
    Y a pesar de que el amor es lo sagrado para el hombre moderno, como lo sostenía Tzvetan Tódorov, filósofo y lingüista franco-búlgaro que también nos ha abandonado recientemente, lo que está en entredicho es su consistencia, su durabilidad, su falta de perspectiva para situarse en el horizonte existencial de nuestra era. Hay excepciones, desde luego, pero la regla invisible que determina este insólito tiempo está signada por esa erosión indetenible –perverso gusano que lo carcome todo–, de una forma de relación humana que ya se tambalea peligrosamente.
    A la pregunta de qué es el amor, no se me ocurre otra salida que la de San Agustín, pues si no me lo preguntan, lo sé; y si me lo preguntan, no lo sé. Con esta sutileza expreso mi desconcierto ante lo inefable, la auténtica hazaña de épica conceptual que implica acometer tan ardua tarea. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, algunas mentes luminosas trataron de alumbrarnos en el difícil camino de su comprensión. He aquí un pequeño recuento de esa labor.
    “Basta amar para dejar de ser libre”, decía Propercio, advirtiéndonos de las dulces cadenas, trocadas en amargas, que nosotros mismos terminamos colocándonos. Un aforismo demoledor de Georg Christoph Lichtenberg asevera que si el amor es ciego, el matrimonio nos devuelve la vista. Lapidario. En la misma línea corrosiva de la secular institución de occidente, Guillermo Cabrera Infante aseguraba que el matrimonio era la tumba del amor.
    Marguerite Yourcenar, la formidable autora de Memorias de Adriano, pensaba que el amor era un castigo, por no haber aprendido a quedarnos solos. En parecido tono, el gran poeta lusitano Fernando Pessoa afirmaba lo siguiente: “Amar es cansarse de estar solo: es una cobardía por lo tanto, y una traición a nosotros mismos.” Probablemente lo decían dos contumaces solitarios. Y Susan Sontag llevaba al extremo esta visión cruda y desencantada del amor: “Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose tu piel.” Pavoroso.
    Una conocida cita bíblica, perteneciente a una de las epístolas de San Juan, afirma que el amor todo lo puede, que el amor lo vence todo; mas, Cabrera Infante, con su cáustica y filuda ironía, arriba a la comprobación contraria, a la certeza inquebrantable de que todo vence al amor. Irrebatible.
    Pero de todas mis pesquisas literarias y librescas, me quedo con una cita memorable, imbatible definición del amor que la dio el queridísimo Gabriel García Márquez, cuando en su prosa exquisita e inconfundible sentenció: “El amor es un sentimiento contra natura, que condena a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa.” Perfecta.
    El tema es inagotable, razón por la que continuaré mis búsquedas, y en una próxima entrega tal vez tengamos aproximaciones más certeras y vislumbres más nítidos del poliédrico objeto que nos interpela.
                     

Lima, 16 de febrero de 2017.       

Desventuras de un escritor en el exilio

    Las peripecias en el exilio de Julio Méndez, un escritor sudamericano afincado en Sitges –una pequeña ciudad en la costa catalana–, con su mujer, Gloria, y su díscolo hijo Patricio, están narradas con ciertas dosis de autoironía y una pizca de cinismo en la novela El jardín de al lado (Seix Barral, 1980) del autor chileno José Donoso. En los turbulentos años de la dictadura de Augusto Pinochet, el escritor ha tenido que abandonar su país, como muchos artistas que tuvieron que irse en medio del clima de terror que sembró la tiranía fascista latinoamericana más sangrienta del siglo XX.
    Julio Méndez lucha por conquistarse un lugar en el mundo editorial de los años postreros del boom, pero debe enfrentar el juicio severísimo de Núria Monclús, en quien no es difícil reconocer a la editora española Carmen Balcells, ama todopoderosa del mercado del libro en español. Con una mezcla de rencor y admiración, el aspirante a novelista debe transitar todos los vericuetos de la amargura, la decepción y el fracaso para conquistar el ansiado estatus de que disfrutaban los miembros más conspicuos de ese fenómeno literario y comercial que encumbró en los años sesenta a un puñado de autores cuyos nombres aún brillan en el firmamento de las letras en castellano.
    Estando en su modesto piso de Sitges, Julio recibe la llamada de su amigo el pintor Pancho Salvatierra, invitándolo a pasar el verano en su lujoso departamento de Madrid, que quedará vacío, pues éste va a disfrutar sus vacaciones en alguna playa del Mediterráneo. Él acepta y se apresta a dejar momentáneamente Sitges. Ya instalados con Gloria en la capital española, tiene por primera vez la visión del jardín de al lado, el paraíso verde que el duque de Andía posee al costado del piso de Pancho Salvatierra, por donde discurre la condesita de cabellos dorados y ojos amarillos por quien Julio irá obsesionándose desde su privilegiado rincón de flamante voyeur
    Luego vendrá el episodio de Bijou, el hijo de una familia amiga, los Lagos, que les hace pasar un susto mayúsculo cuando desaparece una noche en la playa. Todos lo buscan por cada recoveco entre la arena y las rocas, hasta que están a punto de llamar a la policía, cuando uno de ellos abre la portezuela de su auto y he allí que dormía plácidamente el jovenzuelo acurrucado en posición fetal. Las reacciones son previsibles, pasando de la tranquilidad recobrada a la encrespada indignación.
    El encuentro en una tienda de artesanías con Marcelo Chiriboga y Núria Monclús resulta bastante reveladora, pues es cuando irrumpe la figura del afamado autor ecuatoriano del boom, fraguado sintomáticamente por José Donoso y por Carlos Fuentes, y que paseará su presencia por la obra de ambos novelistas como un guiño de lúdico reconocimiento a un país que curiosamente se quedó sin representante real en la fiesta editorial y literaria de los años en que nuestras letras conquistaban un sitial en el horizonte de la literatura contemporánea.
    En medio de la parálisis creativa que lo acogota en Madrid, Julio vive de lejos la agonía de su madre en Santiago, negándose a acudir a los llamados de su hermano Sebastián. La memoria le trae la imagen de la casa de la calle Roma, donde en el auténtico jardín de al lado pasa sus últimos días el ser que lo trajo a este mundo. Al producirse el desenlace, por un instante Julio decide regresar, mas existen desafíos enormes incumplidos que lo atormentan y le impiden todo movimiento. Escribe, además, su novela en medio de la convalecencia de la depresión de Gloria, en ausencia de los vecinos del jardín de al lado, y cuando ya está terminada la envía a Núria Monclús, quien después de varios días le anuncia que ha sido rechazada por tres editoriales españolas. Su hermano Sebastián, días antes le había enviado las fotocopias de las cuentas de todo lo relacionado con la enfermedad y la muerte de la madre de ambos.
    En el hecho de vender a un marchante argelino el cuadro robado a Pancho Salvatierra –otro lo había robado Bijou, produciéndose una desesperada búsqueda dantesca–, con el fin de fabricar una burbuja de felicidad o bienestar pasajeros con Gloria en Marruecos, adonde acuden por una invitación de su hijo para su exposición de fotografía, se cifra todo un simbolismo del fracaso existencial del escritor que ve cerrársele cada una de las puertas del éxito o, siquiera, del reconocimiento.
    En el último capítulo, es Gloria Echeverria de Méndez la que narra el final de la historia de una relación donde el fracaso ronda constantemente, los asedia como un animal pertinaz que no se atreve a dar el zarpazo final. Dialogando con Núria Monclús, Gloria pone en claro el significado –o trata de hacerlo– de un escritor chileno exiliado en Europa y que persigue, buscando afanosamente, la oportunidad de convertirse en el nuevo integrante del denostado boom.
    Interesante novela que se lee con gusto y avidez, dejándose llevar por la pluma diestra y avezada del magnífico José Donoso, que ha perpetrado con esta obra un melancólico canto a la sublime derrota.
                            

Lima, 02 de febrero de 2017.