domingo, 20 de mayo de 2012

La muerte de Carlos Fuentes


     La partida final de Carlos Fuentes, el más importante de los novelistas mexicanos del siglo XX junto con Juan Rulfo, ha consternado al mundo de la cultura latinoamericana, especialmente a la literatura. Artífice y protagonista del boom de la novela de los años sesenta, su obra estuvo marcada por un interés permanente por el riquísimo pasado de su país, un pasado que el escritor ha hurgado con apasionamiento para encontrar las claves de su presente y de su futuro.
     Acababa de llegar de vuelta al terruño luego de su reciente visita a la Feria del Libro de Buenos Aires, donde había presentado su último libro La nueva novela latinoamericana, y tenía entre sus proyectos publicar una novela ya terminada y ponerse a escribir otra, cuando la muerte lo ha sorprendido esa mañana inesperada, a este viajero impenitente, en pleno poder de sus facultades intelectuales, siempre agudo y perspicaz para el comentario inteligente y la crítica certera.
     Solía leer sus artículos periodísticos sobre temas internacionales que publicaba regularmente en diversos medios del continente y España, textos donde exhibía ese profundo conocimiento que poseía de los entresijos y la dinámica de la realidad mundial. Sus puntos de vista, siempre polémicos y llenos de ideas novedosas, ponían la pauta de la discusión pública de aquellos asuntos que concernían a una realidad acuciante.
     Pero sobre todo, Carlos Fuentes fue un incansable autor de obras de ficción, repartidas entre cuentos y novelas, género este último donde ha legado a la humanidad títulos imprescindibles para acercarse a la realidad mexicana y latinoamericana, como es el caso de La región más transparente, su primera novela, y de Aura y La muerte de Artemio Cruz, que este año cumplen cincuenta años de publicadas. Pero también podemos mencionar Cambio de piel y Terra Nostra entre las innumerables historias que luego han seguido.
     Títulos que integran lo que el novelista ha denominado La Edad del Tiempo, una saga novelesca al estilo de la Comedia Humana de Balzac, razón por la que muchos críticos y estudiosos de su obra se han referido a él como el Balzac mexicano, por ese afán totalizador de abarcar todos los planos y las facetas de la realidad, una ambición similar a la que impulsó al novelista francés a fraguar su portentosa publicación novelística.
     Fuentes fue, hace algunos años, el autor y presentador de una serie de programas televisivos referidos a la historia mexicana, promovidos y patrocinados por CONACULTA, el organismo que vela por la cultura en el país azteca. Ocasión en la que el escritor lució su elegante dicción y su apostura de dandy intelectual, cualidades que corrían parejas a sus brillantes reflexiones y atinados juicios.
     Como su padre, también ejerció la diplomacia, representando a México en diversos países del mundo, especialmente en Francia, donde caería víctima del hechizo de París, como tantos artistas y escritores del continente, la ciudad más hermosa y fascinante que haya conocido. Vivió intensamente sus años parisinos en la compañía de amigos que con el tiempo se harían notables figuras de las letras y las artes de Hispanoamérica. Allí forjaría su amistad sin límites con nombres como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, sus compinches del llamado boom.
     Hace unos meses, Fuentes fue protagonista involuntario del anecdotario político mexicano, cuando un candidato presidencial confundió una de sus obras adjudicándole a otro autor, en una entrevista pública durante la Feria del Libro de Guadalajara, motivo de múltiples comentarios descalificatorios y burlescos en la prensa y en los corrillos políticos de América Latina. Por lo demás, nuestro novelista también fue un hombre muy preocupado e interesado en la conducción política de nuestros pueblos, donde su voz era escuchada y valorada cada vez que emitía juicios sobre gobiernos y presidentes, y su opinión tenida en cuenta, pues siempre su pluma servía para la comprensión de los mecanismos del poder. Es por eso y por la anécdota referida que se había involucrado indirectamente en la actual campaña política para las elecciones presidenciales.
     Con su muerte, se va el último de los mandarines intelectuales de México, posición que ocupó a la muerte de Octavio Paz en 1998. Referente indiscutible del panorama literario de su país y Latinoamérica, protagonista insustituible de la cultura y el pensamiento, nombre irreemplazable en el paisaje espiritual de nuestro subcontinente, Fuentes deja verdaderamente un vacío sin fondo, difícil de olvidar. Sólo la compañía de su obra, la lectura de esos libros magníficos que escribió, puede consolarnos algo de su partida, pues como ha dicho la presidenta de CONACULTA en su discurso de despedida en el Palacio de Bellas Artes, Carlos Fuentes no se ha ido, nosotros nos hemos quedado sin él.
                                                   
Lima, 19 de mayo de 2012.

sábado, 12 de mayo de 2012

Ernesto Cardenal: el sacerdocio de la poesía


     El Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012, otorgado al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, bien vale como magnífico pretexto para rescatar del casi olvido la figura de este singular representante de la literatura latinoamericana. Poeta, sacerdote, revolucionario; Cardenal ha sabido conjugar admirablemente estas distintas facetas de su ser a través de una misma pasión y una misma fe.
     Nacido en Granada, Nicaragua, en 1925, el poeta ha sido testigo ejemplar de las vicisitudes de su pueblo durante el siglo XX, protagonista central en las jornadas cruciales que su patria enfrentó cuando las luchas contra la dictadura de los Somoza.  Este y su hijo, pretendieron entronizarse en el poder durante largos años, hasta que el viento revolucionario de 1979 los arrojó del mismo.
     Como los grandes poetas del misticismo español -San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús-, Ernesto Cardenal ha logrado fundir armoniosamente esas dos vertientes de la vida espiritual, aquella que lo une a las fuentes primarias de la fe religiosa, y esta otra que entronca con la mejor tradición de la poesía universal. No contento con ello, le ha sumado a ambas una tercera actividad, que lo sumerge de lleno en la azarosa gesta de los hombres y las mujeres por conseguir la libertad y la justicia.
     Muy pronto fue tocado por la vocación poética, a la que ha servido como un auténtico sacerdote, oficiando todas las liturgias de la palabra y alcanzando esos arrebatos místicos de los versos más inspirados y originales del idioma. Pero con una única diferencia; pues en tanto sus mentores mayores de la lírica castellana lo hacían exclusivamente en relación al objeto de su fe, nuestro poeta nunca se desligó de los asuntos terrenos y concretos, entregándonos unos versos que exudan una límpida pasión humana, demasiado humana.
     Ya maduro, toma los hábitos sacerdotales, cuando descubre que su pasión por la palabra no puede estar reñida con  la vocación religiosa y el servicio y el amor a Dios. Pero la suya sería más bien una militancia excepcional, pues su apuesta por el compromiso con los pobres dentro de la Iglesia Católica lo convierte en casi un hereje, al vincularse muy tempranamente con los movimientos revolucionarios de su país y optando por esa corriente polémica al interior de la misma: la Teología de la Liberación.
     Como muchos sacerdotes del continente, que ven y sienten una realidad clamorosa de desigualdad, pobreza y explotación, se identifica inmediatamente con ese prójimo concreto y real, que vive y padece una situación que los teólogos del movimiento califican de violencia estructural. Ante ello, no cabe otro camino que el de la lucha política, que varios de ellos emprenden en diversos países de América Latina. Allí está el caso de Camilo Torres en Colombia, por ejemplo.
     Pero sus cercanías a esta corriente réproba dentro del catolicismo, lo condenan a un ostracismo que él ha sabido asumir con la entereza y el estoicismo de un viejo luchador, para el que las batallas se ganan o se pierden, cuando son auténticas, de la mano del pueblo, el único soberano de su conciencia.
     El autor de esos libros memorables como Epigramas, Salmos y Oración por Marilyn Monroe y otros poemas, ha volcado también su inspiración para cantarle al amor humano, al desamor terrestre y sus laberintos, como en estos poemas que me gustan: “La persona más próxima a mí / eres tú, a la que sin embargo / no veo desde hace tanto tiempo / más que en sueños”; o “Viniste a visitarme / en sueños / pero el vacío / que dejaste cuando / te fuiste / fue realidad”. O este que se titula “Imitación de Propercio”: “Yo no canto la defensa de Stalingrado / ni la campaña de Egipto / ni el desembarco de Sicilia / ni la cruzada del Rhin del general Eisenhower: / Yo sólo canto la conquista de una muchacha.”   
     El consagrado pastor de las almas puede ser también un fino y tierno enamorado, así como un hombre entregado a la lucha política cuando las circunstancias lo colocan en ese escenario. No debe extrañarnos que quien fraguara ese archiconocido poema que los adolescentes de todo el continente memorizan –“Al perderte yo a ti, / tú y yo hemos perdido…”-, haya sido a la vez el Ministro de Cultura de su país cuando la revolución sandinista terminó con la dictadura.
     Justo reconocimiento para un hombre que en su ya largo peregrinar, se yergue como uno de los últimos grandes creadores de la lengua, un baluarte moral de las sociedades latinoamericanas y una conciencia crítica en estas horas sombrías para la humanidad.

Lima, 12 de mayo de 2012.

San Marcos y yo

Como un homenaje a mi Alma Mater, la longeva Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que hoy cumple 461 años de fundación, publico un artículo que escribí hace cinco años, evocando todo lo que ella significa para mí.

SAN MARCOS Y YO

     Ingresé a la Universidad de San Marcos en 1982, después de un riguroso examen para el que me preparé sumido en el ostracismo intelectual más férreo que adolescente alguno haya tenido. Después de mi estrepitoso fracaso para tentar suerte en la Universidad Católica, la segunda opción me enfrentó al titánico desafío que el mismo nombre implicaba: aprobar el examen de ingreso a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, título teñido de longo prestigio, de gloria centenaria y de inmarcesible cultura.          
     Esos dos meses de enclaustramiento académico, sumergido entre libros de historia, literatura, filosofía, psicología, etcétera, más separatas de exámenes, tomados en distintas universidades del país en los años previos, así como innumerables copias, cuadernos y textos diversos, tuvieron su recompensa beatífica cuando una noche de abril me comunicaron desde la capital –yo vivía a la sazón en mi tierra natal, Jauja- la noticia que esperaba con la máxima tensión y atención.
     El siguiente paso significaba mi mudanza a Lima, ciudad que me hacía el efecto de un monstruo gigantesco y desconocido, pero al que luego, recorriéndole las entrañas, aprendí a domeñar. Y ya instalado en una casa familiar, iniciar formalmente mis estudios universitarios, convertido de la noche a la mañana en un estudiante del nivel superior.
     Así comienza también mi relación con San Marcos, la querida y vieja universidad que acaba de cumplir sus 456 años de fundación. Y así también la memoria me trae a la mente la imagen de la inmensa Ciudad Universitaria, de los autobuses grises que transportaban a los alumnos, y que ellos mismos bautizaron con el gracioso nombre de “burros”, de las húmedas bibliotecas repartidas en varios sitios de la ciudad, donde los libros exhalaban un aroma de tinta antigua y vetusto papel, de los queridos amigos que hice en sus aulas, en sus patios y en sus salas de lectura, y del comedor universitario, donde muchas veces aplaqué el hambre de provinciano urgido.  
     Es también recordar a los venerados maestros, insignes hombres premunidos del saber y la cultura universales, y de quienes bebimos las frescas aguas del conocimiento y la sabiduría. Asimismo, es recordar el encrespado clima de agitación social que se vivía tras sus muros, trasunto y espejo de una realidad que laceró a la patria en esa década.
     La Casona, Letras, Derecho, la Biblioteca Central… son nombres llenos de nostalgia para quien paseó y vivió sus mejores años de juventud en esos reductos, plenos de sentido vital y de, como diría Borges, cóncava amistad. Sonidos que evocan aventuras, literarias y de las otras, y que perfilaron  en nosotros una auténtica educación sentimental y espiritual. 

 En San Marcos conocí a un espléndido grupo de muchachos que, salvo lo de muchachos, siguen, o deben seguir, siendo espléndidos. Lo digo en el sentido de su generosa amistad, de esa especie de secreta complicidad que nos arrastraba a las empresas más descabelladas y a las tareas más idealistas e insensatas. Provenían, como muchos de los habitantes de esta babilónica urbe, de los diversos rincones de nuestra patria: Puno, Huaraz, Pucallpa, Marcona, Cajatambo, Huancayo, Cajamarca, Huánuco… Porque San Marcos es como el resumen del Perú, su síntesis y su esencia.
     Sus aulas y pasillos, sus explanadas y callecitas, bullían de ideas y discusiones sobre los problemas que aquejaban al país; entre bromas y risas, todas nuestras conversaciones anclaban siempre en temas políticos de importancia nacional o mundial. Y cuando discutíamos de literatura o filosofía, la pasión que imprimíamos a nuestras palabras y gestos era el síntoma de una vocación que tenía sus raíces en las mismas entrañas de nuestro ser.
     Era la época del inicio de la lucha política más encarnizada que vivió el Perú en el siglo XX, del reestreno incierto de la democracia y los pasos vacilantes de sus primeros regímenes. Y para nosotros, era también el tiempo del gran descubrimiento de la cultura universal, de la mano de esos inseparables compañeros y guías que eran los grandes maestros de la literatura, la historia y el arte. Pero sobre todo la confirmación de una amistad, que con los años se haría insustituible: el libro.
     Los préstamos e intercambios de libros, las constantes visitas a las bibliotecas, y los paseos fruitivos por las ferias de libros, se hicieron una placentera rutina en nuestras curiosas e inquietas existencias de estudiantes universitarios. Vivíamos intensamente algo que puede sonar cursi o huachafo: una vida intelectual que, sin embargo, no estaba jamás divorciada de los problemas más concretos del hombre contemporáneo, de sus tribulaciones y esperanzas.  
     Por todo ello, el día central del aniversario que  estuve en  La Casona  -ahora Centro Cultural- no pude evitar que una sombra de nostalgia me cubriera y, añorando esos fecundos y preciosos años, bebiera el vino del brindis como quien apura, sediento, el agua milagrosa del tiempo ido, y que ahora volvía para quedarse por siempre en el alma agradecida de quien entendió, en sus ágoras, que la auténtica vida del hombre debiera ser una feliz y armónica mezcla de lucha por los inalienables derechos del ser humano a una vida digna, y  una apuesta indesmayable por los fueros ínclitos del espíritu.
     En ese ideal, creo, debe situarse el destino superior de la humanidad, y San Marcos me enseñó el camino para recorrerlo.

Lima, 12 de mayo de 2007.

sábado, 5 de mayo de 2012

Decisiones soberanas


     Se ha aprobado por una abrumadora mayoría de votos, en el Congreso de los diputados argentino, el proyecto de ley enviado por el Ejecutivo sobre la expropiación de las acciones que poseía en YPF  la petrolera española Repsol. Días antes, cuando se hizo el anuncio ante la opinión pública, la reacción de los diversos agentes concernidos en el asunto, a ambos lados del Atlántico, fue igualmente dispar.
     La decisión tomada por el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner en la nación platense ha suscitado, en primer lugar,  una respuesta airada por parte de los empresarios de la península, así como del mismo gobierno de Mariano Rajoy, a pesar de tratarse de una empresa privada que, por más que sus propietarios posean esa nacionalidad, no debe inmiscuir en sus negocios intereses de Estado.
     Pero en los sectores mayoritarios del país, la noticia ha sido recibida con aprobación y algarabía, al tratarse de un tema crucial de soberanía, en estos tiempos en que los argentinos son más sensibles que nunca a raíz de los treinta años del malhadado conflicto que los enfrentó a la Gran Bretaña por las islas Malvinas.
     Dentro y fuera del país, la discusión ha seguido en los medios de comunicación, derramándose ríos de tinta para expresar las distintas posiciones que la prensa adopta ante tan peliagudo problema. Son puntos de vista que obedecen, desde luego, a los propios intereses de los bandos en pugna, tanto los que defienden los derechos de las grandes corporaciones, que son los más, pues tienen a su favor el capital y la aquiescencia de la gran prensa, como los que osan enfrentar esos poderes fácticos desde sus humildes trincheras periodísticas.
     Entre los primeros se sitúa el flamante Nobel latinoamericano, abanderado del pensamiento liberal en el continente y defensor de lujo del orden de cosas reinante. Es curioso, quien antaño celebraba alborozado el triunfo meteórico de los movimientos revolucionarios en América Latina, ahora denoste vibrantemente de esta medida autónoma del gobierno argentino. Ha llegado a tildar de acto demagogo y populista la decisión de la Casa Rosada, achacándole al peronismo -sector político al que pertenece la Presidenta- ser el causante de todos los males que padece la gran patria de Sarmiento y Gardel, de Borges y Piazzola.
     No deja de ser interesante la posición que asume el novelista en su último artículo del diario El País de España, titulado La guerra perdida. Allí, embiste con todo su furor argumental a lo que él piensa que es una decisión equivocada,  que le acarreará al país más perjuicios que beneficios y el agravamiento de una crisis que lo dejará al borde del abismo. Traza la analogía con lo ocurrido en Venezuela, a partir de los métodos adoptados por el presidente Chávez al nacionalizar empresas agrícolas e industriales, pintándonos un cuadro verdaderamente apocalíptico de lo que es hoy en día esa nación sudamericana.
     Olvida, empero, como muchos de los comentaristas del continente, la realidad de un país sobre el que existen, paradójicamente, visiones encontradas: la que nos describen los voceros del sistema, inquietos por los tintes autónomos y rebeldes que manifiesta la mandataria argentina; como la que nos dan a conocer quienes conocen en profundidad lo que realmente sucede en ese país a través de la prensa independiente u otros medios alternativos.
     Para poner un solo argumento, no existe ningún país sudamericano cuyas empresas estratégicas, ya sean de petróleo, gas o minería, estén mayoritariamente en manos de capitales extranjeros, tanto por razones estrictamente constitucionales, como por motivos evidentemente comprensibles de estrategia en materia de política económica y ejercicio real de una cualidad que aún poseen los gobiernos de cualquier país del mundo: soberanía. Ahora, si ello significa a veces desconocer los acuerdos pactados, en virtud a simétricos desconocimientos por las empresas –sobre todo en materia de reinversiones y volúmenes de explotación- que se consideran perjudicadas, el camino de los tribunales está perfectamente allanado para resolver esas querellas.
     Es posible que la presión de los países europeos se deje sentir en las siguientes semanas y meses en el país argentino, así como la amenaza de recurrir a los fueros internacionales que ya han manifestado los representantes de la empresa española; pero nada de ello debe hacer retroceder una decisión soberana de un gobierno que simplemente ha obedecido a su sentido patriótico y que tiene el apoyo multitudinario de su pueblo. Por lo demás, los mismos vientos han soplado en la vecina Bolivia, donde el gobierno del presidente Evo Morales ha anunciado también la nacionalización de una empresa eléctrica en manos de accionistas españoles.
     Veremos qué sucede en el porvenir inmediato para saber de parte de quién está la razón: de los agoreros pesimistas que nos describen el juicio final, o de quienes piensan y creen que los pueblos tienen derecho de proteger sus intereses para su propio bien, así se equivoquen.

Lima, 5 de mayo de 2012.
      
     

sábado, 28 de abril de 2012

La cultura del espectáculo


La problemática asociada con los asuntos de la cultura y sus ecos en el mundo de hoy es el tema del reciente libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), un conjunto de ensayos vertebrados alrededor de artículos periodísticos que el escritor y Premio Nobel fue produciendo en las últimas décadas y publicando en el diario El País de España, y que abordan aspectos disímiles de la vida social, política y cultural de diversas regiones del planeta.
     Tiene razón Alonso Cueto cuando sostiene que la tesis central del libro es la propensión de la cultura de nuestra época –o de lo que llamamos cultura- al entretenimiento y la frivolidad. Esa trivialización o banalización se manifiesta en todos los terrenos de la actividad humana: el arte, la literatura, el periodismo, la música, la religión, etc. Son testimonio de ello los embelecos del arte moderno, la literatura en su versión más ligera, el periodismo amarillo y sensacionalista, la música boba de moda y la religión en sus enredos materiales.
     Siguiendo el razonamiento profético que hiciera en 1948 el poeta norteamericano T. S. Eliot, Vargas Llosa concluye que esa época sombría carente de cultura que avizorara el autor de The Waste Land, es la nuestra. Nunca como ahora, efectivamente, se habría visto en tal magnitud esa consagración casi religiosa, de las personas y los individuos, a las manifestaciones más simplonas, chabacanas y baratas de lo que en términos generales podemos denominar cultura.
     Repasa para ello una serie de nociones ligadas al término cultura que no deja de ser interesante, comenzando por las que asumiera el mismo Eliot, siguiendo por los aportes de Guy Debord, Frédéric Martel, Gilíes Lipovetsky y Jean Serroy.
     La idea de que para el mantenimiento o preservación de la “alta cultura” se requiere de una elite que garantice su vigencia, subyace en el hecho de creer que la ingenua pretensión de democratizar la cultura va a terminar empobreciéndola. Tristemente hemos comprobado en los tiempos que corren que ello ha sido así; pues a la masiva difusión de los medios de comunicación, a la expansión inaudita de sus mecanismos e instrumentos de dominio, se ha debido en buena parte esta entronización del disparate y la bufonada, el imperio del mal gusto y la astracanada.
     Parafraseando a Zygmunt Bauman, se podría hablar de una cultura “líquida”, para referirse a esa noción de cultura que se ha disuelto en un mar de expresiones equívocas. Si todo es cultura, según la perspectiva que introdujeron los estudios antropológicos, ya nada es cultura; o en todo caso su espectro es tan amplio que resulta difícil discriminar qué es cultura, al modo clásico, de aquello que observamos, y qué no lo es, si muchas veces se presentan confundidos y abrazados.
     En un libro de los años sesenta, La societé du Spectacle, de Guy Debord, ya se postulaba la idea de “la ‘cosificación’ del individuo, entregado al consumo sistemático de objetos, muchas veces inútiles y superfluos…”. Realidad que evidentemente se ha agravado en nuestros tiempos, donde la dictadura de lo banal, la cultura del mercado, es lo que impera cada vez más arrolladoramente. El consumismo como distintivo de la civilización se ha impuesto de tal manera, que “la distinción entre precio y valor se ha eclipsado y ambas cosas son ahora una sola, en la que el primero ha absorbido y anulado al segundo.”
     Hay una cita de Debord que es elocuente al respecto: “El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño” (Proposición 21). Cuando pensamos en millones de seres hipnotizados por las pantallas de televisión, cautivos hasta no más de sus programas anodinos e insulsos, comprobamos esta luminosa visión de un pensador que hace casi medio siglo ya podía prever lo que se venía.
     Una sociedad que ha instalado a los ídolos del fútbol y del espectáculo en el pináculo de la fama y la gloria, merece indudablemente más de una suspicacia. Asistimos impávidos, los pocos que andamos despiertos en esta cueva de Platón en que se ha tornado nuevamente el mundo, al reino de la nadería y la estupidez más absolutas. Se ha pasado de Jacob Burckhardt a Lionel Messi, de Gabriel Marcel a Cristiano Ronaldo; de María Callas a Madonna, de Ana María Matute a Lady Gaga.
     La explicación es clarísima, el autor la sitúa en “esa necesidad de distracción, el motor de la civilización en que vivimos”, debido fundamentalmente a “la ínfima vigencia que tiene el pensamiento en la civilización del espectáculo.”
     Con una clarividencia inusual, fui consciente desde mi adolescencia de este problema que Vargas Llosa explicita con su lucidez habitual. Yo sabía perfectamente, a mis 14 o 15 años de edad, cómo no tenía que ser mi vida, pues tenía a la frivolidad tan cerca que con sólo verle la cara supe que mi existencia jamás estaría consagrada a rendirle pleitesía, como lo hacían tantos y tantas jóvenes en la provincia donde nací, con un fervor y una pasión incomprensibles, entonces, para mí. Ahora puedo entender en su real dimensión de qué se trataba todo eso.
     Finaliza el ensayista asumiendo la crítica de los especialistas, que obnubilados en su coto de caza privado, son incapaces de contemplar el amplio horizonte de la cultura. Es el otro extremo de la realidad descrita en el libro, la de aquellos que poseyendo las cualidades y el talento para disfrutar y crear la cultura, se vuelven increíblemente contra sí mismos desbarrando en teorías delirantes y carentes de todo asidero en la razón.  
     Un libro recomendable, con mucha miga y escrito en la mejor prosa del idioma.

Lima, 28 de abril de 2012.

sábado, 21 de abril de 2012

Las semillas de la leyenda


        El cumpleaños número 85 del mítico escritor colombiano Gabriel García Márquez, celebrado el pasado 6 de marzo en todo el ámbito del mundo hispanoamericano, ha servido para alimentar y nutrir la admiración, el cariño y la devoción que concita este hombre tímido y dicharachero –pues en su caso estas características no se contradicen- que ha sido capaz de alcanzar la inaudita proeza de escribir la obra más importante del siglo XX de la literatura latinoamericana.
     Una biografía publicada en el año 1997 por el escritor y periodista Dasso Saldívar, reeditada hace algunos años bajo el título de García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía, he tenido ocasión de leer febrilmente en estas semanas coincidiendo casi con el aniversario onomástico del entrañable hijo de Aracataca. La investigación se remonta a indagar el árbol genealógico del novelista, rastreando los orígenes de sus antepasados y el momento en que terminaron afincados en el caribe colombiano.
     Los instantes claves de la vida del autor de Cien años de soledad, desde el día en que vino a este mundo, un 6 de marzo de 1927, hasta el año en que publicó su más famosa e increíble novela, están contados con detalles apasionantes y datos desconocidos que enriquecen el conocimiento del derrotero existencial de un autor imprescindible de las letras americanas del siglo XX, y abonan el interés y la curiosidad que despierta una obra portentosa que lo ha catapultado a los primeros planos de la creación literaria, haciendo de él todo un clásico de los tiempos modernos.
     Cuando a la edad de 9 años descubre embelesado, en los baúles de los abuelos, un ejemplar deshojado de Las mil y una noches, comienza propiamente su edad de lector enfebrecido, esa peste bienhechora que lo acompañaría toda su vida para hacer de él la figura insuperable en el concierto de los grandes demiurgos de las letras mundiales. Luego vendrían las lecturas esenciales de Sófocles –“el más grande y constante de sus maestros”-, de Kafka y de Rulfo; de Faulkner y Virginia Woolf.
     Su vida trashumante y peregrina, errando por los distintos parajes de la guajira colombiana, residiendo en ciudades tan distintas y distantes como Sucre, Barranquilla y Bogotá. La presencia cálida y paternal del abuelo Nicolás Márquez Mejía, figura inmortal en el imaginario creativo del futuro novelista, tanto como los relatos fantásticos de su abuela Tranquilina Iguarán Cotes, que luego le servirían para fraguar esos inverosímiles episodios de sus obras de ficción.
     El periodismo y los amigos, esas dos fontanas inagotables que irían modelando su vocación más profunda, a partir de esa actividad alimenticia que serviría además para foguear sus dotes narrativas, a través de sus magníficos reportajes y sus originales crónicas, así como el incentivo constante de un grupo de jóvenes letraheridos, inquietos por los libros y la literatura tanto como por las cuestiones sociales, en una época de gran efervescencia política en el continente.
     Sus estudios como becado en el Liceo Nacional de Zipaquirá, una ciudad a 50 kilómetros de Bogotá, donde tendría la oportunidad de alternar con los “cachacos”, como llaman los colombianos a los bogotanos y en general a todos quienes habitan en la zona andina de ese país. Posteriormente su ingreso a la Universidad Central de Bogotá para estudiar Derecho, carrera que abandona en el tercer curso por una razón más bien anecdótica.
     El mundo de la violencia, que permearía la vida política colombiana por más de medio siglo, es vivida también por el escritor de una manera cruda y brutal cuando el “bogotazo” del 9 de abril de 1948 se sella con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. Ya su nacimiento había estado marcado por otro hecho aciago de la historia de Colombia, la masacre de las bananeras de la United Fruit Company en 1928, uno de sus “demonios históricos”, al decir de Mario Vargas Llosa.
     La lectura de El viejo y el mar cuando viajaba por la guajira convertido en vendedor de libros a plazos. La relectura de Mrs. Dalloway que le da el sentido y la conciencia del tiempo histórico y legendario. El contacto con el neorrealismo italiano, el periodismo norteamericano y autores como Albert Camus, Ernest Hemingway y Truman Capote: influencias decisivas y modelos de inspiración.
     Su estancia en París, llena de penurias y vicisitudes, pero de gran aprendizaje. Su viaje por los países socialistas, la Unión Soviética, Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia; producto del cual escribe un extenso reportaje en 10 entregas titulado “90 días en la Cortina de Hierro”. En Francia entra en contacto con la intelectualidad latinoamericana que bullía en todo su apogeo, así como conoce a notables figuras de la intelligentzia europea.
     Su incursión en el cine en 1961, que le haría demorar cuatro años la empresa mayor de su vida: la escritura de Cien años de soledad. Obra que incubó diecisiete años y la escribió en dieciocho meses, recluido como un anacoreta en un edificio de alquiler en una zona residencial de México D.F. Allí permanecería “El habitante de la Cueva de la Mafia” –así lo llama su biógrafo por su lugar de refugio-, sumido en la aventura delirante de contar la desaforada vida de los Buendía y el destino apocalíptico de Macondo.
     Todo esto está recogido con paciente y meticulosa diligencia por el biógrafo. También está por supuesto su matrimonio con Mercedes Barcha, su novia de siempre; el nacimiento de sus primeras obras y el de sus hijos Rodrigo y Gonzalo; la aparición providencial de Carmen Balcells, “la Mamá Grande de la novela latinoamericana” según el preciso juicio de Vargas Llosa, y por último la aventura homérica para la publicación de su legendaria novela en 1967.
     Un libro memorable que nos acerca al espacio interior más recóndito de un auténtico creador, el deicida mayor de las letras hispanas.

Lima, 21 de abril de 2012.

sábado, 7 de abril de 2012

Irán, Israel y el poema de Grass

Ha aparecido en uno de los medios alemanes más importantes un curioso y singular poema escrito por el Premio Nobel Günter Grass, que lleva por título Lo que hay que decir y que trata sobre el contencioso bélico latente entre los Estados de Irán e Israel, los peligros que entraña para la paz mundial el cada vez más agresivo expansionismo hebreo y la protección cómplice que le brindan las potencias occidentales.
Nada más publicado el susodicho poema, la crítica ha arreciado contra el autor de El tambor de hojalata desde todos los sectores políticos alemanes, tanto de parte de los que ocupan el poder, como es la coalición conservadora que sostiene a Angela Merkel, como desde los que ejercen la oposición, especialmente el partido socialdemócrata, uno de los más modernos de Europa, pero que en esta ocasión ha terminado alineándose y cerrando filas con toda la clase política teutona.
Quienes acusan a Günter Grass de no haber aprendido nada de la historia alemana son los que precisamente pecan de lo mismo; pues qué demuestra ignorancia de aquella si no es el pretender convertir al Estado de Israel en un régimen de indudables tintes nazi-fascistas, sabiendo perfectamente que fue justamente el pueblo al que los alemanes victimizaron en el pasado.
Que el presidente iraní Ahmadineyad niegue el Holocausto, o que el régimen de los ayatolas tenga como objetivo central de su política exterior la desaparición de Israel, no justifica de ninguna manera trocar al Estado judío en un Tercer Reich del siglo XXI, máxime en circunstancias tan dramáticas para el pueblo palestino, que lucha desde hace más de sesenta años por el reconocimiento de su existencia como Estado, según lo acordado por una resolución de las propias Naciones Unidas.
Si bien el poema del escritor alemán no constituye el mejor de sus textos, la voluntad política que trasuntan sus versos no deja lugar a dudas; por cuanto se trata de una severa recusación contra la política nuclear del gobierno hebreo, aupado por el sentimiento de culpa de las naciones de occidente, como Estados Unidos y Alemania especialmente, que alientan tácitamente una respuesta bélica de Tel Aviv.
Alerta el autor de Pelando la cebolla -aun a riesgo de ser acusado de antisemita- sobre la amenaza que se cierne sobre el Medio Oriente y sobre la humanidad en general por la presencia de un país que posee el arma nuclear. Un país que, en las circunstancias actuales, se comporta de la forma más díscola y atrevida en la región, desconociendo las prevenciones que le alcanzan sus propios poderosos aliados y haciendo tabla rasa de los acuerdos suscritos en los foros internacionales que le impiden, por ejemplo, seguir construyendo en territorios ocupados, que es lo mismo que decir territorios palestinos.
Un ataque preventivo contra Irán sería demencial, según se desprende del poema de Grass y del sentido común, tanto por las repercusiones políticas que podrían desencadenar una Tercera Guerra, como por el mismo hecho de ser visto con simpatía por buena parte de los gobiernos de países occidentales que dicen llamarse democráticos y civilizados.
Por otro lado, a través de las redes sociales han circulado en días previos mensajes de ida y vuelta entre ciudadanos israelíes e iranios, expresándose mutuamente sus deseos de no intentar jamás atacarse. Los hombres y mujeres de a pie de ambos pueblos, jóvenes en su mayoría, son conscientes de lo suicida que significaría la decisión de sus gobernantes de emprender un ataque nuclear contra el otro, conociendo como todo el mundo el poderío militar de uno de ellos y recelando de lo que probablemente esconde el otro.
Harto de la hipocresía de occidente, Günter Grass llama a un control permanente por parte de una instancia internacional, tanto del potencial nuclear israelí como de las instalaciones nucleares iraníes, pues de esa manera se habrá roto el velo de silencio cómplice que sostienen hasta ahora las naciones abanderadas de la civilización en un gesto que las honraría verdaderamente.
Me aúno a las palabras del magnífico novelista alemán, para exigir a quienes detentan el poder mundial, se comporten a la altura de los tiempos, aun cuando sea por primera y única vez, pues el peligro al que nos enfrentamos es realmente colosal.

Lima, 7 de abril de 2012.