sábado, 22 de septiembre de 2018

La langosta se ha posado

    He terminado de leer El hombre en el castillo (Minotauro, 2018), de Philip K. Dick, una estupenda novela de 1962 que puede ser catalogada como una auténtica ucronía, una historia alternativa o, como dicen algunos críticos, una historia contrafáctica, tendencia que se ha puesto en boga últimamente en la literatura de la llamada ciencia ficción. Los países del Eje han vencido en la Segunda Guerra Mundial y se han repartido áreas de influencia del territorio de los Estados Unidos. Los nazis ocupan la costa atlántica y los japoneses la pacífica.
    Ambientado en la ciudad de San Francisco, donde prevalecen autoridades y empresas niponas, Robert Childan es un comerciante de objetos antiguos de colección que administra Artesanías Americanas S.A. Los esclavos pululan por el puerto, mientras los alemanes habían convertido el mar Mediterráneo en campos agrícolas, a la par que en África ponían en práctica el exterminio de toda la población aborigen. Asimismo, los viajes interplanetarios eran impulsados como parte de su política de conquista y colonización  de los planetas.
    El señor Baynes es un sueco de origen judío que llega a San Francisco para una transacción comercial con el señor Tagomi, jefe de las Misiones Comerciales del Gobierno Imperial. Se trata en realidad de un espía, pues en realidad es alemán y usa pseudónimo, que trata de informar a los japoneses de los planes germánicos para dominar a su ex aliado. Un grupo de la SD nazi le sigue los pasos con el fin de capturarlo y enviarlo de vuelta a Europa.
    Los alemanes tienen un campo de concentración, con hornos crematorios, en Nueva York; el presidente Roosevelt había sido asesinado por Joe Zangara; los japoneses no destruyen la flota norteamericana en Pearl Harbor; son algunos de los hechos contrafácticos que pueblan la novela. Este último dato figura a su vez en la novela “La langosta se ha posado” de Hawthorne Abendsen, que varios de los personajes de la historia leen a pesar de estar prohibida en el país. El escritor vive en las montañas Cheyenne -eso es lo que hace creer, al menos- cercado por alambre de espino electrizado, resguardado en su castillo por la amenaza que pende sobre su cabeza al haber escrito un libro que se aproxima a la historia real, pero que es toda una provocación al entramado por el que discurre la ficción.
    Un elemento insólito en una realidad ya de por sí fantástica es la presencia del I Ching, el viejo oráculo chino, el libro de los cambios, guía a la que se acogen diversos personajes de la historia, que ven en sus designios claros derroteros de aquello que les va a suceder, o advertencias precisas para que ejerciten variaciones eficaces de hechos que casi son inminentes.
    A la muerte de Hitler asume el mando del Reich Bormann. Y cuando este último fallece, los viejos Goering y Goebbels compiten por la sucesión, en una sorda lucha que termina con el triunfo del segundo. Entre tanto, el señor Childan realiza una visita a la casa de los Kasoura, Paul y Betty, unos clientes que alguna vez se interesaron por ciertos objetos de su tienda de antigüedades. En cuanto ha traspuesto el umbral de su departamento, siente el wabi, ese sentido minimalista del arte japonés de la armonía, de la proporción en el espacio en la mejor expresión del Tao. Descubre a la vez que ellos también están leyendo el libro prohibido, al cual Paul considera no tanto de ciencia ficción -género al que es aficionado- sino de aquellas que hablan de otro presente posible.
    Quien también está leyendo el libro es Freiherr Hugo Reiss, el cónsul del Reich en San Francisco, cruzándosele por la mente en algún momento la posibilidad de eliminar a su autor, cosa que finalmente descarta. Mas este proyecto criminal está en marcha a través de Joe Cinnadella, un hombre de la SD, la policía secreta alemana, encargado de acabar con Abendsen. Para ello busca involucrar a Juliana Frink, ex esposa del judío Frank, con quien ha entablado una relación. Ésta se da cuenta de la misión secreta y lo deja malherido en un hotel de Denver, camino hacia la casa del escritor.
    Mientras consulta el oráculo, hace una llamada a Cheyenne anunciando su visita próxima. Pero cuando llega y conoce a la mujer del escritor, y enseguida a él, se produce una situación inesperada. Una discusión sobre un asunto trivial deja tensa la atmósfera del encuentro, en un final que rompe todo ese encanto esperanzado que el lector se había hecho sobre un momento axial de la novela. Sin embargo, más allá de este revés, la novela es una magnífica demostración del talento narrativo de este autor que ha entregado al género obras imprescindibles.

Lima, 16 de septiembre de 2018.   

Sentimiento del tiempo


    Acabo de leer Elegía, una estupenda novela del recientemente fallecido escritor estadounidense Philip Roth (1933-2018), candidato en todos los últimos años al Premio Nobel y autor de una compacta obra de ficción y de ensayos que lo sitúan entre los más importantes autores contemporáneos de los Estados Unidos, conjuntamente con Cormac McCarthy, Don DeLillo, Paul Auster, Thomas Pynchon y otros de la hornada posbélica de la segunda mitad del siglo XX.
    Elegía es una preciosa novela sobre el acabamiento vital, sobre las enfermedades que lentamente nos van preparando para el momento final, ese instante que a todos los mortales nos tiene reservada esta vida que, como dice el protagonista, nos has sido dada por alguien al azar y fortuitamente, por una sola vez y sin razón conocida o conocible. Un verdadero enigma para el ser humano, una apuesta en la que nos jugamos el todo o la nada, o como lo diría poéticamente el gran Giuseppe Ungaretti, un relámpago de luz entre dos eternidades de tinieblas.
    Un hombre ha muerto y están en el cementerio para despedirlo una de sus tres exesposas, sus hijos, su hermano y su cuñada y algunos colegas. También su enfermera particular, Maureen. Su hija Nancy toma la palabra para contarles a los presentes la historia de cómo su bisabuelo fue el fundador de ese camposanto judío en donde ahora se aprestan a enterrar a su padre. Luego interviene el hermano mayor del difunto, Howie, quien traza la semblanza del fallecido, hijos ambos del joyero del condado Elizabeth, en Newark.
    Se evocan sus varias operaciones de niño, especialmente uno de hernia que termina en un pensamiento pavoroso. En la noche anterior a la intervención, es testigo de la muerte del niño que comparte su habitación en el hospital, inaugurando de manera brutal su primera conciencia de la muerte. Ya mayor, divorciado de su primera esposa, Cecilia, se somete a una operación del apéndice, devenida en peritonitis; otra clarinada de alerta de los avisos que va dando el destino sobre la marcha inexorable hacia la muerte.
    Se quedó un mes en el hospital, tenía 34 años y estuvo a un pelo de perder la vida. Veintidós años después, volvería al quirófano en un hospital de Manhattan para una cirugía cardíaca. Nuevamente, en 1998 vuelve a ser ingresado para someterse a una angioplastia de la arteria renal. Es decir, estos sucesivos hitos que van marcando las señales indubitables de su deterioro físico, le hacen contemplar el mismo fenómeno en las personas que lo rodean, un sentimiento del tiempo concreto y tangible.
    Al jubilarse a los 65 años, abandonó Manhattan para instalarse en el complejo residencial para ancianos Starfish Beach y dedicarse a la pintura. Allí conoce a Millicent Kramer, una viuda de su edad que después de quebrarse en medio de una sesión del taller de pintura, que el hombre había abierto en las instalaciones del complejo, termina suicidándose días después. Reflexiona hondamente si ese es el camino que él debe tomar también ante la embestida de la decrepitud que es inminente. Es la clásica disyuntiva en que se sitúa el ser humano cada vez que tiene que plantearse el problema del sentido de la existencia, sobre todo en un momento en que ya se presiente el desmoronamiento y la cuesta abajo de nuestro paso por este mundo, pues como alguien le recuerda al  protagonista, hay una verdad atroz que debe llevar en su memoria, una sentencia lapidaria que martillará su pensamiento a partir de ese instante: “La vejez no es una batalla; la vejez es una masacre.”
    La conversación del hombre con el sepulturero, en una de sus visitas al cementerio en donde descansan sus padres, es toda una lección sobre la vida y la muerte, un aprendizaje práctico en medio de la tierra escavada y de la fosa que se va abriendo paletada tras paletada para recibir ese cuerpo que ha sido abandonado para siempre por ese otro misterio que solemos llamar alma, y que no es sino ese fuego invisible que nos insufla esta maravilla que, a pesar de todo, denominamos vida.
    Con este libro, Philip Roth ha ingresado triunfalmente al grupo selecto del rincón privilegiado de mi biblioteca personal.

Lima, 1 de septiembre de 2018.

domingo, 26 de agosto de 2018

El espíritu de la tribu

    A raíz del drama que vive un país hermano nuestro y del consiguiente éxodo que ha comenzado a experimentar una parte importante de su población, que huye de la espantosa crisis económica, del insoportable clima de vulnerabilidad en todos los sentidos vitales, espoleados en última instancia por el innato sentido de supervivencia, se empieza a agitar entre nosotros, de un modo peligroso e irresponsable, el fantasma grotesco de la xenofobia.
    Es el mismo sentimiento que ha permitido en Europa, por ejemplo, el encumbramiento de partidos y movimientos populistas de derecha que recuerdan de manera estremecedora los tiempos previos a la ascensión de Hitler al poder en Alemania en los años 30 del siglo pasado. O la misma llegada del actual presidente Donald Trump a la Casa Blanca, en medio de un discurso racista que le hablaba directamente a los instintos supremacistas de una población evidentemente desinformada. Alimentando prejuicios hacia el extranjero, atizando la gratuita hoguera del miedo o el odio hacia el inmigrante, se pretende inclusive construir interesadas plataformas políticas, ahora que nos acercamos a las elecciones municipales.
    Y lo asombroso es que estos demagogos tengan una audiencia cautiva que fácilmente cae rendida ante argumentos absolutamente deleznables y falaces. Será que estamos observando en carne propia, o escuchando más bien, la llamada de la tribu, eso que Vargas Llosa describe magistralmente en su reciente libro de ensayos: el apelar a los estratos más primarios o primitivos de la naturaleza humana, de donde han surgido los populismos y los nacionalismos de toda laya.
    Las infelices declaraciones de un candidato a la alcaldía de Lima, de cuyo nombre no quiero acordarme, retratan cabalmente ese espíritu de la caverna que vive agazapado en nuestros fondos abisales, instalado en la ignorancia y la insensatez que caracteriza las reacciones de muchos seres humanos. Es decir, responden desde la endogamia, desde la falta de empatía, desde la carencia de mínimos rasgos humanitarios, de aquello que Karl Popper ha calificado como la esencia misma de una sociedad cerrada, un mundo devorado por un ego que se mira eternamente al ombligo.
    Acaso no es suficiente contemplar lo que actualmente se vive en el Viejo Mundo, con la llegada de miles de inmigrantes sirios, iraquíes, marroquíes, nigerianos, etcétera; que igualmente escapan de las guerras, la hambruna y la violencia desatada en sus países de origen, y que la Europa civilizada paradójicamente hasta ahora no ha podido canalizar de la forma más adecuada. Los debates sobre las cuotas tienen entrampados a los socios comunitarios, a pesar de los esfuerzos de la canciller alemana Ángela Merkel y del presidente francés Emmanuel Macrón. Lo cierto es que personajes como Víktor Orbán en Hungría, de Jaroslaw Kaczynski en Polonia y de Matteo Salvini en Italia no permiten abrigar muchas esperanzas al respecto.
    Tampoco el haber sido testigos globales de las inhumanas políticas antiinmigracionistas implementadas por el inefable mandatario estadounidense, con los hijos menores separados de sus padres e instalados en verdaderas jaulas humanas, y estos últimos devueltos a sus países de manera brutal. Imágenes de horror que tardarán mucho tiempo en borrársenos de la memoria. Ni qué decir de aquellos que llegan de los países árabes, sometidos a vejámenes sin par y tratados poco menos que como delincuentes en potencia. Políticas, qué duda cabe, dictadas por la estupidez y la indigencia moral de un individuo que increíblemente ejerce el liderazgo político de la mayor potencia del planeta.
    Está demostrado además, por los estudios más serios que existen sobre la materia, que las inmigraciones han sido un factor fundamental en el desarrollo económico de los pueblos, más allá de los primeros inconvenientes y molestias que se puedan sentir en el corto plazo, situación que el gobierno debería manejar con la mayor sagacidad posible para impedir que la población nativa más vulnerable se resienta de sus efectos. Una de las primeras medidas que se deben adoptar, por ejemplo, sería la reubicación de los recién llegados en las diferentes regiones del territorio, según las capacidades y las disponibilidades correspondientes.
    No debemos olvidar, por último, que el Perú, salvando las distancias, vivió un hecho semejante en la década del 80 del siglo pasado, cuando una realidad parecida empujó a miles de compatriotas a emigrar al extranjero, siendo Venezuela uno de los principales países que acogieron fraternalmente a ese contingente de peruanos que buscaban mejores perspectivas de vida. Los sentimientos de solidaridad y hermandad latinoamericanas en su más pleno vigor, patentizado en una actitud que, ahora, nos corresponde ejercer por un mínimo sentido de reciprocidad.
    Cada vez que un integrante de la tribu profiera sus iracundas voces, convocando todos esos miedos y recelos atávicos de la especie, ya sabremos quiénes son sus referentes, los de antes y los de ahora, para negarnos a oírle ni darle siquiera espacio en esta sociedad democrática y solidaria que todos debemos ayudar a construir, pues esa llamada proviene desde lo más profundo de la cueva en la que siguen viviendo algunos especímenes en esta era de los grandes avances científicos y tecnológicos, pero también, queremos creer, de los grandes progresos en materia de estrictos valores humanos.

Lima, 25 de agosto de 2018.

Pañuelos verdes


    La campaña emprendida por las mujeres en la Argentina a favor de la aprobación de la ley que despenaliza el aborto, es un capítulo más de esa larga lucha que libran los seres humanos en pos de la realización de sus plenos derechos. Tras quedar aparcada, transitoriamente, luego de sufrir el rechazo en el Senado de ese país el pasado 11 de agosto, el destino de la norma es irremisiblemente positivo, pues tarde o temprano tendrá que ser aprobada en consonancia con la marcha indetenible de los derechos humanos en el mundo.
    Desde antes de que fuera aprobada la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en la Cámara de Diputados el 14 de junio, los diversos colectivos civiles que agrupan a las mujeres han venido realizando marchas, plantones, manifestaciones que exigían el reconocimiento legal de una práctica que nadie aprueba per se, pero que en el marco de una realidad punitiva, que empuja a muchas mujeres a someterse a operaciones  clandestinas con los consiguientes riesgos para su salud, se torna perentoria para detener las cifras escalofriantes que todos los años ensangrientan las estadísticas de mortalidad en el país sudamericano.
    Porque la verdadera discusión debemos situarla en el dilema entre aborto legal, seguro y gratuito por parte del Estado, o aborto ilegal, clandestino, altamente inseguro y en condiciones insalubres en manos de parteras o comadronas que terminan en la mayoría de los casos en muerte. Y no como lo plantean los sectores conservadores, encabezados por la Iglesia Católica y otras iglesias evangélicas, entre estar a favor del aborto o en contra de él, en campañas que denominan pro vida, pero que paradójicamente favorecen políticas que la niegan en la práctica. Porque lo cierto también es que, con ley o sin ella, las mujeres seguirán practicándose el aborto, en detrimento de las de menos recursos, que jamás podrán acceder a clínicas costosas, mientras que las pudientes gozarán de mejores condiciones.  
    Por 38 votos contra 31, la derrota provisional de esta batalla ha devuelto al país hasta 1921, en un verdadero salto hacia el pasado, una medida a todas luces retrógrada, a la ley que penaliza todos los casos de aborto, con excepciones de los casos de violación y de peligro para la vida de la madre. Miles de pañuelos verdes, símbolo de esta gesta, agitaban las activistas a las puertas del Senado, ese día crucial que se discutía en el recinto legislativo  por largas horas hasta mucho después de la medianoche. El resultado no pudo ser más desolador, pero ellas saben, así como muchos de los que apoyamos su causa, que vendrán otras batallas que terminarán consagrando sus legítimos derechos.
    Pues lo mismo sucedió con la ley del divorcio de 1987, aprobada finalmente en contra de las posiciones sectarias y reaccionarias de siempre. Otro tanto fue con la ley del matrimonio igualitario de 2010, que significó un serio revés para la Iglesia Católica y otros sectores conservadores y homofóbicos de la sociedad argentina. En ambas campañas, la polarización dividió al país, como ahora, y luego de una ardua lucha se consiguió aprobarlas reconociendo legalmente derechos inalienables del ser humano.
    En América Latina sólo Uruguay, Guyana, Cuba y Ciudad de México han aprobado leyes de plazos que minimizan las muertes por abortos clandestinos. Es emblemático al respecto el caso de Uruguay, donde entre 2001 y 2012 se produjeron 38 muertes por prácticas ilegales. Desde este último año, cuando se aprobó la ley, la mortalidad es casi cero, lo cual demuestra su efectividad y contradice los argumentos de quienes creyendo apostar a favor de la vida, no hacen sino negarla criminalizando a la madre y negando a las mujeres su derecho a una libre maternidad, a decidir de una manera libérrima cuándo y cómo ser madres.
    Otro caso ejemplar es el de Irlanda, probablemente el país más católico de Europa, donde el 66% de los irlandeses votó a favor de permitir la interrupción del embarazo en el referéndum de mayo de este año. Un resultado histórico para la causa feminista internacional, que acabó también con la injerencia de la iglesia en asuntos que competen al ámbito público de una nación que es una república, donde rige el laicismo y se legisla en favor de mayores derechos para los ciudadanos.
    La lucha continúa, pues como dice el Rig Veda, uno de los textos sagrados de la milenaria sabiduría de la India, citado por el filósofo Nietzsche como epígrafe de uno de sus libros capitales: “¡Hay tantas auroras que aún no han despuntado!” 

Lima, 25 de agosto de 2018.

sábado, 18 de agosto de 2018

Siete ensayos filosóficos


    En la mejor tradición ensayística, género del cual es uno de sus mejores exponentes, se ha publicado La llamada de la tribu (Alfaguara, 2018), libro en el que Mario Vargas Llosa traza magistralmente la cartografía ideológica de su derrotero intelectual, a través del análisis y la crítica de siete pensadores que han influido notablemente en su gradual acercamiento y abrazo a la fe liberal.
    To the Finland Station, de Edmund Wilson, sería el origen y la semilla instigadora de esta inusual obra que pasa a engrosar la ya vasta producción del escritor peruano. Especie de autobiografía intelectual, al decir de los críticos, repasa las vidas, anécdotas, vicisitudes, libros e ideas de un puñado de autores -representantes conspicuos del liberalismo- que han ido configurando a lo largo de los últimos cincuenta años el viraje ideológico del Premio Nobel desde sus iniciales simpatías comunistas hacia el credo que hoy tiene en él a su mejor valedor en el mundo contemporáneo.
    Desfilan por sus páginas, y en orden cronológico, el filósofo y moralista escocés Adam Smith, curiosamente encumbrado para la posteridad como el padre de la Economía Política, autor de un libro capital en la historia del pensamiento: Investigación sobre la causa de la riqueza de las naciones (1776); el filósofo español José Ortega y Gasset, figura descollante de la primera mitad del siglo XX y autor de ese libro pionero que fue  La rebelión de las masas (1930); el economista austriaco Friedrich August von Hayek, crítico implacable de la planificación y pope indiscutible de la economía liberal; el filósofo de origen judío Karl Popper, nacido en Viena y autor de esa monumental obra maestra que es La sociedad abierta y sus enemigos (1945).   
    Le siguen Raymond Aron, pensador francés de origen judío, firme defensor de la independencia de Argelia y desmitificador del marxismo; Isaiah Berlin, filósofo letón educado en Inglaterra, autor de sugestivas teorías sobre la verdad y la libertad; y Jean-Francois Revel, periodista y ensayista político francés, defensor de la socialdemocracia como sistema que garantiza el desarrollo simultáneo de la justicia social y económica y la democracia política.
    Entre los aportes más significativos de cada personaje, que el autor destaca en su recorrido, podemos mencionar los siguientes: el descubrimiento del mercado libre como motor del progreso hecho por Adam Smith, influido por sus lecturas de Francis Hutcheson y David Hume, este último nombrado como su albacea. Dicha teoría, qué duda cabe, es una de las más polémicas entre aquellas que tratan de explicar el funcionamiento de las sociedades capitalistas, y que en los tiempos que corren han mostrado sus costuras en diversos países en los que se ha implantado como artículo de fe, apuntalando muchas veces las injustificables desigualdades que prevalecen en su seno.
    De Ortega y Gasset subraya su idea de nación “como un proyecto de vida en común”, complementaria de aquella de Renán: “Una nación es un plebiscito cotidiano”. Envuelto entre los dos fuegos de los bandos contrarios durante la Guerra Civil, su distancia tanto del franquismo como de los republicanos en un momento dramático para España, le valió ser confinado, por algunos sectores intelectuales de la península, tal vez injustamente, en el bando cómplice con los excesos y las tropelías de la dictadura.
    La tesis central del pensamiento de Hayek, la de que la planificación en la economía socava la democracia, instalando el totalitarismo, ya sea fascista o comunista, es también ciertamente discutible, a juzgar por los hechos históricos del último medio siglo. El autor señala, con muy buenas razones, algunos reparos a su pensamiento, como aquel donde afirma que es preferible una dictadura que practica una economía liberal a una democracia que no lo hace, o cuando dijo que con Pinochet había más libertad que con Allende. Sin duda, dos despropósitos enormes y temerarios. Otro reproche que habría que hacerle es cuando afirma que la ambición es el motor del progreso, mas si tenemos en cuenta que el apetito de lucro nace de la ambición -como dice más adelante- y relaja la moral pública, permitiendo entre otras cosas el surgimiento de la corrupción, he ahí una evidente contradicción en el pensamiento de Hayek, a ratos desprolijo y falto de claridad.
    El siguiente autor en someterse a la criba conceptual del ensayista es Karl Popper, tal vez el más importante de todos, tanto por el calado de su original pensamiento, como por el peso que sus convicciones adquiridas le deben al autor de La sociedad abierta y sus enemigos. Exiliado en Nueva Zelanda cuando se produce el ascenso del nazismo al poder en Alemania, vivió hasta entonces en su natal Viena, la ciudad más culta y cosmopolita de su tiempo. Execró del nacionalismo, la bestia negra enemiga de la cultura de la libertad que él profesó con genuina pasión. Señaló al sionismo como un peligro, por encarnar una forma de racismo, pues hablar de “el pueblo elegido” -como después se haría con “la clase elegida” o “la raza elegida”- le parece una terrible expresión que presagia el advenimiento del totalitarismo y la entronización de la sociedad cerrada, a la combatió con denuedo en  su libro capital.
    Refutó el historicismo de Marx, especialmente; pero es a Hegel a quien califica con dureza, remontándose hasta Platón y Aristóteles para rastrear los orígenes de esa nefasta teoría que creía ver leyes que gobernaban la sociedad de los hombres, líneas implacables que sometían la evolución de la historia a una especie de corsé inevitable. Popper niega que haya leyes históricas; a lo sumo, decía, lo que habría son tendencias en la evolución humana, pues finalmente la historia no tiene sentido. Vargas Llosa reprocha a su maestro el menospreciar o subestimar la naturaleza de las palabras, cuyas consecuencias están en las poco felices denominaciones y fórmulas que utiliza a lo largo de su obra, situándose en las antípodas de otro pensador contemporáneo, como Roland Barthes, que llevó al extremo la idolatría de las mismas.
    Otro pensador francés de origen judío es Raymond Aron, dedicado a la sociología y la filosofía; abogó ardientemente, como decía antes, por la independencia de Argelia, en contra de la opinión dominante en Francia, tanto en la derecha -que lo consideraba su vocero- como en la izquierda. Llamó al marxismo “religión secular”, calificándola además como opio de los intelectuales. Se abocó a desmitificar lo que él llamaba los dogmas ideológicos del marxismo: el proletariado, la revolución, el Partido Comunista y su Comité Central, el Secretario General, creados estos últimos por Lenin y usados por Stalin.
    Crítico feroz de la revuelta estudiantil de mayo del 68, a la que no adjudicó ningún viso de trascendencia histórica, sus posiciones muchas veces se situaron a contracorriente de lo políticamente correcto. Vargas Llosa le achaca, sin embargo -lo mismo que a Camus-, su desinterés por América Latina, África y Asia. Coteja en este ensayo la vigencia del pensamiento de Sartre y Aron, inclinándose por este último.
    Pero es Isaiah Berlin quizá el más original y polémico de todos. Nacido en Letonia y formado en Inglaterra, su obra se encontraba enterrada en publicaciones académicas, hasta que su discípulo Henry Hardy la puso al alcance del público. Para Berlin, son las ideas las que deben someterse si entran en contradicción con la realidad humana, y no al revés. Judío, sionista, ateo y practicante no creyente, fue un buen ejemplo de su famosa teoría de las verdades contradictorias. La primera de las cuales consistía, por ejemplo, en que los mecanismos del poder entraban en colisión con los valores de la vida cristiana, lo que podría dar para una larga discusión en los terrenos de la filosofía política y de la ética.
    Otra de sus teorías, sugerentes y sugestivas, es aquella de las dos verdades. Las clasifica en libertad “negativa”, que nace de las limitaciones del medio y es más individual que social; y libertad “positiva”, la de quien busca adueñarse de ella para el despliegue de todas sus capacidades y es más social que individual. Todas las utopías sociales se fundan en esta última, mientras que las teorías democráticas se basan en la primera. Vienen a ser la misma, en verdad, según decía el filósofo, como las dos caras de una misma moneda, separadas apenas por sutiles marcos de observación conceptual.
    Su vida sentimental da -al decir del autor- “para una deliciosa comedia de enredos”. Ejemplo de esto es, y no el menos relevante, su encuentro en Leningrado, en 1945, con las gran poeta rusa Anna Ajmátova, del cual diría Berlin que había sido el más importante de su vida, pues a pesar de que luego se casó y tuvo una familia más bien convencional, el impacto que le causó este episodio quedaría marcado para él hasta el final de sus días.
    Su fábula del zorro y el erizo, que le permite clasificar a los seres humanos, proviene de un texto del poeta griego Arquíloco: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa”. El zorro es centrífugo; el erizo, centrípeta. En el zorro predomina lo particular; en el erizo, lo general. Hay excepciones en que se puede ser ambas cosas simultáneamente, como el caso único de Tolstói, zorro y erizo a la vez.
    Sus héroes poseían dos virtudes: una intelectual y otra moral. Sabio, modesto y escritor profundo, dominaba una docena de lenguas y se movía con gran versatilidad por disciplinas y ciencias disímiles. El autor destaca su calidad de gran prosista, junto con Ortega y Gasset; sin embargo, hay una dimensión de lo humano que no aparece en su obra: el del inconsciente, explorada denodadamente tanto por Sigmund Freud como por Georges Bataille con resultados altamente lúcidos como discutibles.
    Por último, está el periodista y ensayista político francés Jean-Francois Revel, defensor, como ya lo decía líneas arriba, de la socialdemocracia, la corriente de pensamiento que mejor podía conjugar esos dos aspectos sociales, como son la justicia y la democracia, a través del armonioso equilibrio entre la economía y la política en un régimen determinado. Sostenía que la mentira es la fuerza que mueve a la sociedad de estos tiempos. Observador agudo de los acontecimientos contemporáneos, sus escritos incendiaron las discusiones políticas de la época colocándolo en un sitial singular del combate de las ideas del siglo XX. Fogoso polemista, infatigable luchador por sus ideales, el autor reconoce en él a uno de los últimos combatientes y aguerridos intelectuales, en la estela de los grandes inconformistas franceses, tras cuya muerte ha dejado un vacío difícil de llenar en el panorama de la cultura liberal.
    Notable libro, escrito con la fruición y el talento de un consumado crítico, del agradecido lector que reconoce a quienes infundieron a su alma esa pasión por la cultura de la libertad, a quienes dotaron a su espíritu de esa magia inmarcesible de las ideas.

Lima, 18 de agosto de 2018.

Días de infancia

    Conozco a Chalo Rodríguez desde hace más de veinte años, cuando ingresé a enseñar en el colegio en donde él ya lo venía haciendo hacía unos años atrás, razón que lo convirtió en un compañero de trabajo, que no colega -palabra por la que no guardo simpatía precisamente y que espero explicar en otra ocasión-, y un amigo a quien he visto desempeñarse siempre como un eficiente y abnegado profesor, colaborador puntual  y bromista inteligente. Hace unos años atravesó un momento delicado de su existencia, cuando tuvo que someterse a una intervención quirúrgica para tratar de insuflarle nueva vida a su generoso corazón. Todos estuvimos en vilo cuando esa circunstancia, y nos alegró grandemente el que pudiera regresar, ya recuperado, a los ámbitos que hemos compartido por cerca de cinco lustros.   
    Leer El silbido de las sombras, relato novelado de Chalo Rodríguez, su tercera obra publicada, constituye una cálida inmersión en las aguas profundas de un pasado que está presente en las vidas de todos los seres humanos, aun en las de aquellos que, voluntariamente o no, desean abandonar ese territorio que muchas veces se ha descrito como el paraíso perdido de todo ser humano, pero que también puede poseer los perturbadores elementos de un pequeño infierno florido. No es éste el caso de la historia de Chalín, en verdad, pues sus aventuras y desventuras están narradas en un tono de blanca y aséptica nostalgia, incluso cuando incursiona en episodios que son ciertamente desagradables para el protagonista.
    El relato se inicia con la llegada de Chalín y su familia a Cocachacra, distrito de la provincia de Islay, en Arequipa, para establecerse por un tiempo indeterminado. Nuestro pequeño héroe frisa los diez años, tiene a sus padres y a sus cuatro hermanos para acompañarlo en esa nueva vida que va a iniciarse para él con todos los atractivos y sinsabores que para cualquier mortal ella nos tiene reservados. Su nuevo barrio, los amigos, los juegos, las lecturas, la escuela, los profesores, los primeros escarceos sentimentales, van a constituir experiencias novedosas que vive con la intensidad y la curiosidad de esa etapa de la infancia.
    Hay un elemento que va a erigirse en el hilo conductor de la historia, reflejado ya en el título, que es el silbido, ese singular medio de comunicación que establecen los amigos cercanos como un código tribal de reconocimiento, un santo y seña de la íntima amistad que traban los personajes en el relato, una señal de inocente complicidad en esos años en que sólo podemos hacer travesuras, inquietantes excursiones a la realidad para tratar de arrancarle sus mejores frutos y, de paso, sus imborrables enseñanzas. Una auténtica educación sentimental, como dirían los críticos, para referirse a aquellas novelas que describen los primeros pasos de una persona por este mundo inescrutable. Un silbido que se queda en la memoria, como símbolo de la persistencia de algo que ya no nos abandonará por el resto de la existencia, una voz que las sombras nos alcanzan cuando el tiempo y la distancia nos han llevado por otros caminos.
    Es el silbido de los amigos cuando desde la calle lo llaman para la hora de los juegos o para alguna incursión aventurera por los espacios libérrimos del pueblo, como aquella en que van a recoger higos en una chacra cercana; o esa otra en que acuerdan trepar a los carros en movimiento para desafiar sus posibilidades de resistencia. Es el silbido de Juan Carlos, su mejor amigo, que escucha Chalín en una esquina cuando la familia sale rumbo a otra ciudad al final de la historia; el sonido que mágicamente revive todos aquellos momentos y anécdotas que compartieron durante esos instantes que los unió para marcar sus vidas y darle un significado que los años y las vicisitudes trocarán en memoria, en dulce recuerdo, en nostálgica remembranza.
    La ingenua y esperanzada ilusión de un niño como Chalín por una niña de cabellos castaños llamada Drisel, es una tierna y hermosa demostración del platónico idilio con que la vida nos regala para encantar nuestras emociones con ese bello sentimiento que denominamos amor, primera manifestación de una vivencia que con los años nos traerá, a la par, instantes de pleno gozo así como largas horas de hondo sufrimiento.
    En un lenguaje coloquial, con una prosa sencilla y transparente, a ratos iluminada con reverberaciones poéticas -amén de algunos descuidos de forma y estilo, que el autor deberá corregir para una próxima edición-, discurre esta singular historia que nos cautiva desde las primeras líneas, haciendo gozar al lector de placenteros instantes de ameno entretenimiento.

Lima, 4 de agosto de 2018.  

viernes, 27 de julio de 2018

Marco Aurelio Denegri

    Se ha apagado la vida, en la madrugada de este viernes 27, a los 80 años de su edad, del polígrafo Marco Aurelio Denegri,  una de las más señeras figuras de la cultura nacional, cuya presencia en la última mitad del siglo XX, y en los años que corren del XXI, estuvo signada por su incansable brega al servicio de la difusión del arte y las humanidades en el país, a través de su recordado programa La función de la palabra en TV-Perú y de su columna semanal El ojo de Lima en el diario El Comercio, además de otros espacios y páginas de diferentes medios de comunicación nacional, pues colaboró también en la prensa escrita con artículos y columnas que eran todo un modelo de uso impecable del idioma.
    Recuerdo haber visto temporadas enteras su programa televisivo con un fervor casi religioso, como un feligrés que asiste a misa, cada miércoles a las diez de la noche durante varios años. Últimamente, gracias a Internet y su plataforma YouTube, frecuentaba regularmente diversas emisiones subidas a la famosa red digital, y en Radio Nacional lo seguía cada sábado a las ocho de la noche, en versiones evidentemente grabadas. Presente, pues, en la televisión nacional desde la década del 70, su labor como periodista y difusor cultural le granjeó un lugar privilegiado en los medios, inundados ahora por algo que él siempre combatió con tenacidad: la chabacanería, el mal gusto y la indigencia intelectual.
    Podía entrevistar a un invitado, disertar sobre un tema determinado o comentar un libro, y siempre lo hacía con propiedad, solvencia y conocimiento, abonando la plática con una profusión pertinente de datos, citas y anécdotas que enriquecían notablemente cualquiera de estos encuentros. Experto en materias tan disímiles como la sexología, la lingüística, la cajonística y la gallística -estos últimos perfectos neologismos de su creación-, sus aportes como acucioso investigador son igualmente valiosos, recogidos en los numerosos libros que alguna editorial tuvo a bien publicar.
    Era asimismo un consumado y exquisito audiófilo, llegando a coleccionar equipos de reproducción musical para poder comparar sus bondades y entregarse al placentero y balsámico poder de la música. Amaba especialmente la música criolla, entrevistó a muchos de sus exponentes, comentó álbumes y discos con una fruición inigualable. Prefería los discos de vinilo, sin dejar de admirar los grandes avances de la tecnología que permiten ahora una audición inmaculada.
    Feroz crítico literario, solía desmenuzar con una paciencia de relojero las publicaciones más diversas, hallando los errores y gazapos, ya sean de tipo formal -como el diseño y la ortografía-, o de contenido -como la coherencia y la consistencia argumental-, para que en una siguiente edición el autor, pero sobre todo el editor, se cuiden de incurrir en los mismos yerros.
    Militante destacado de la contracultura, sacó a la luz los temas vedados por lo políticamente correcto; iconoclasta de vocación, rompió todos los mitos y tabúes que la pacata sociedad limeña mantenía encerrados en la censura, en el silencio o en la cómoda grisura del statu quo.
    Crítico implacable de la llamada televisión basura, hegemónica en estos tiempos de baja cultura, fue el exponente más elevado de ese medio, demostrando que también se podía alcanzar cotas insuperables de la alta cultura de una manera entretenida y lúdica. Su lucidez y agudeza para abordar asuntos concernientes al ser humano, desde los aparentemente más triviales hasta los más profundos, convertía la visión y audición de sus presentaciones en una experiencia altamente gratificante, una auténtica inmersión en los mares insondables del saber y una ascensión a los picos más escarpados de la sabiduría.
    Lector insaciable y voraz, acostumbraba llevar al set de televisión los libros que leía, que había leído y que luego comentaba o citaba. Era una verdadera delicia  escucharlo en esa faceta. Recomendaba leer como mínimo cuatro horas diarias, consejo que he tratado de seguir, tanto como un homenaje a su figura como atendiendo a una íntima necesidad vital. Las pocas veces que, por alguna circunstancia, no he podido cumplir esa meta cotidiana, una indescriptible sensación de desasosiego y empobrecimiento se ha apoderado de mí, dejándome en una especie de páramo lunar.  
    En vísperas de celebrar un aniversario más de la Independencia del Perú,  la noticia de la partida de Marco Aurelio nos llena de pesar y desolación, pues su muerte significa, sin duda alguna, un descenso en los niveles de la inteligencia y la cultura nacionales; su condición de polígrafo es sencillamente irreemplazable, una pérdida de la que el país difícilmente podrá repararse. Un abrazo eterno para el maestro.

Lima, 27 de julio de 2018.