sábado, 11 de noviembre de 2017

Cien años de la Revolución Rusa

    El acontecimiento político más formidable del siglo XX, el que despertó la esperanza de millones de desheredados en un inmenso país sumido en la explotación, la desigualdad y la miseria tras más de trescientos años de la monarquía de los Romanov –la más longeva de Europa–, cumple su primer centenario, en medio de intensos debates sobre su legado y en la terrible comprobación de lo estrepitosa que fue su caída.
    Esta borrasca social y política que en menos de diez meses le cambió totalmente el rostro a la gran nación rusa, se inició en febrero de 1917 –según el calendario juliano, que vendría a ser en marzo en nuestro calendario gregoriano–, cuando la llamada revolución liberal encabezada por Aleksandr Kérenski y la fuerza indetenible del pueblo empujó a la abdicación del Zar Nicolás II, estableciéndose un gobierno provisional que duraría hasta octubre –noviembre para nosotros–, en que la segunda ola de la marea revolucionaria, esta vez más radical y de signo socialista, bajo el liderazgo de Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin, tomaría el Palacio de Invierno en San Petersburgo e instauraría el régimen de los sóviets, o consejos de obreros, soldados y campesinos.
    Hijo de una familia de la clase media acomodada de provincia, el joven Vladimir habría de vivir dos hechos dolorosos a sus cortos 13 años: la muerte de su padre, de sólo 42 años; y el asesinato de su hermano Aleksandr, acusado de conspiración terrorista por las autoridades del Zar. Es entonces que germina en él la idea de acabar definitivamente con el gobierno abusivo y despótico de la monarquía de los Romanov. Exiliado en Zúrich, emprende el viaje más controvertido de un dirigente comunista: dentro de un tren sellado, recorre en ocho días la distancia que lo separa de San Petersburgo, la capital del imperio, el cráter humeante del volcán revolucionario. Se dice que un político comunista alemán realizó las gestiones para que el líder bolchevique pueda atravesar territorio germano en plena guerra mundial. Por esta razón, muchos fueron los que lo acusaron de traición, incluso de ser un espía al servicio del gobierno del Káiser; pero lo cierto es que ambos aprovecharon las circunstancias que se les presentaron, valiéndose de ellas con gran sentido del oportunismo político.
    Ya al mando de la revolución, haría frente a la reacción de la aristocracia destronada del poder, enfrentándose al ejército de los blancos rusos contrarrevolucionarios en una guerra civil que duró cinco  años, para terminar imponiéndose gracias a la audacia y la sagacidad de León Trotski, el legendario jefe del Ejército Rojo. Mas por esos años Lenin empezaría a ver cómo su salud se iba resquebrajando peligrosamente, retirándose a lugares de descanso donde creía poder recuperar la energía deteriorada; pero todo fue en vano. Después de haber proclamado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1922, apenas un par de años estaría al mando del flamante país cuando en 1924 muere intempestivamente, quedando acéfala la conducción del gigantesco país. La disputa por la sucesión enfrentó a dos personalidades disímiles, a dos hombres que el destino puso frente a frente para dirimir su poder y llevarlos a la más feroz rivalidad: Trotski y Stalin.
    Triunfante Stalin de la lucha por el poder, al poco tiempo Trotski tiene que marchar al exilio, estableciéndose primero en Turquía, después en Francia y Noruega, para luego instalarse definitivamente en México. Hasta allí le alcanzaría el largo brazo homicida de su encarnizado enemigo. Luego de un primer intento de asesinato, donde estuvo involucrado, increíblemente, el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros, Trotski sale indemne, salvándose providencialmente en un rincón de su casa en Coyoacán. Pero la segunda arremetida sí fue letal. El stalinista español Ramón Mercader pasaría a la historia como el asesino que acabó con la vida del político, escritor y filósofo que fue protagonista de primer nivel de las jornadas de octubre. Se valió para ello de un piolet, instrumento con el que descerrajó certeros golpes en la cabeza del líder histórico, cerrando de esta manera un capítulo más de la Revolución Rusa.
    Lo curioso es que, al momento de recibir el ataque, Trotski trabajaba hacía un buen tiempo en la biografía de quien sería su verdugo, libro que acaba de ser editado por el nieto del revolucionario, con la colaboración de una universidad estadounidense adonde fueron confinados los archivos del autor en previsión de cualquier circunstancia que alterara sus fines. Según informan los cables, se trata de un enjundioso volumen de cerca de mil páginas, donde está el retrato más completo de quien es considerado, junto con Hitler, uno de los mayores genocidas del siglo XX, culpable de los tristemente célebres gulags, verdaderos campos de concentración donde eran exterminados millares de opositores y perseguidos del régimen totalitario en que Stalin convirtió la revolución socialista.
    Que el siglo transcurrido de este magno acontecimiento nos sirva para reflexionar sobre el destino, a veces atravesado, que el designio de los hombres le da a la historia, terminando muchas veces en grandes desencantos y decepciones lo que en su momento se erigió en brillante porvenir. La construcción del comunismo, como la de cualquier otra utopía, devino en un sangriento experimento que colapsó siete décadas después. Las luminosas ideas de Karl Marx, ideólogo de la revolución, que debieron plasmarse en una maravillosa realidad, acabaron deformadas y traicionadas por la indómita estulticia de un puñado de pequeños hombres poseídos por el insaciable demonio del poder.

Lima, 11 de noviembre de 2017.       

          

Sobremesa con Ribeyro

    Durante muchas noches de este último invierno limeño he tenido el inmenso privilegio de sentarme, después de la agotadora jornada diaria –y enseguida de una frugal cena–, para una charla singular con el queridísimo y entrañable escritor Julio Ramón Ribeyro, siendo partícipe de su voz y de su pensamiento a través de la lectura de La caza sutil (Revuelta Editores, 2016), el volumen que reúne el conjunto de sus artículos de prensa, publicados entre 1953 y 1994, con prólogo y notas de Jorge Coaguila, probablemente el más acucioso investigador de la obra del autor de La palabra del mudo.
    Ha sido una serie de encuentros provechosos y enriquecedores, que me han revelado un sinfín de asuntos, todos ellos interesantes, de sus múltiples búsquedas y hallazgos. Están, por ejemplo, sus visiones de la literatura peruana, latinoamericana y francesa, a las que dedica varios estudios, enfocándose en destacar los autores que ha conocido y leído, o que han influido notablemente en perfilar su vocación, como es el caso de Flaubert y, sobre todo, el de Maupassant, cuentista francés que sería el gran referente del creador peruano. Anécdotas y detalles curiosos de otros que yo insignemente ignoraba; como por ejemplo, el que don Ricardo Palma estuvo a punto de perecer en un naufragio, mucho antes de que escribiera esa vasta colección de sus tradiciones que constituye su máximo legado literario. Así como la descripción prolija de la espantosa muerte de Abraham Valdelomar en Ayacucho cuando apenas frisaba los 31 años. El detalle aquel de que murió sin socorro alguno en una letrina hedionda nos sobrecoge por su horror y repulsión a la vez.
    También desconocía la azarosa vida del pintor italiano Caravaggio, cuya reseña me dejó igualmente perturbado. Uno no se imagina la existencia de un artista en los límites mismos del delito, sobrellevando una existencia en constante conato con la justicia, perseguido por sus indómitos demonios y muerto de extenuación en una playa solitaria adonde había llegado a parar víctima de sus numerosas malandanzas. Un verdadero pacto con las tinieblas, como reza el título del ensayo de Ribeyro. Sorprende asimismo el manifiesto que firmaron en 1965 en París ocho peruanos, entre ellos Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y Hugo Neira, apoyando a las guerrillas que en ese año se alzaron en los Andes centrales del Perú. A juzgar por el tiempo transcurrido, los cambios experimentados por uno u otro, las mudanzas ideológicas y políticas de cada quien, no puede uno sino mirar con una sonrisa de inocente perplejidad los bandazos que da la vida en la evolución del pensamiento y las ideas de los hombres.
    Es sugestiva la tesis que plantea sobre las alternativas del novelista en un ensayo donde vuelca todo su conocimiento y sabiduría en la subyugante tarea de escribir ficciones. En la elección del tema, del estilo y del lenguaje, entre otras posibles vías que se le presentan para la creación, postula Ribeyro una serie de opciones para la aprehensión del mundo que cada vez es más inabarcable.
    El triste destino del poeta Ovidio, muerto en el exilio y enemistado con el poder; el asesinato de Javier Heraud, en las selvas de Madre de Dios; un magnífico autorretrato del autor, a la manera del siglo XVII; una breve incursión al tema de los diarios íntimos, asunto en el que también andaba comprometido el escritor; una reflexión en torno a la obra poliédrica de Jorge Eduardo Eielson, un artista de su generación; son algunos de los numerosos temas que aborda la pluma certera, luminosa y encantadora del querido Julio Ramón. Para mí serán inolvidables estos encuentros de sobremesa que sostuve en intensas jornadas de un diálogo singular, en una dimensión metafísica, con este maravilloso personaje.

Lima, 4 de noviembre de 2017.   

     

sábado, 28 de octubre de 2017

Memorias de un incesto

    Después de un tiempo relativamente prolongado, he leído con gran deleite y expectación El mundo sin Xóchitl (Lima, 2001), turbadora novela del escritor piurano Miguel Gutiérrez, que ha aguardado con silenciosa paciencia en los anaqueles de mi biblioteca, recordándome, sin embargo, con su muda presencia, la cada vez más impostergable hora de su lectura. La historia del amor incestuoso entre Wenceslao y Xóchitl, los hijos de la jovencísima dama Constanza y del viejo caballero don Elías, representante de la más rancia aristocracia provinciana del norte del país, es el motivo que recorre toda la obra.
    El narrador secundario ha recogido de manos de la viuda las memorias dejadas por Wenceslao a su muerte, que contienen el relato de la azarosa y prohibida relación que mantuvo durante su niñez con su hermana. Los niños han perdido a su madre muy pequeños y quedan al cuidado de la negra Artemisia, criada de don Elías. Cuando éste los sorprende un día durmiendo juntos, decide que es el momento de separarlos, pero simultáneamente surge en los hermanos el deseo homicida de acabar con el viejo.
    La visita que hacen Güencho y Xóchitl al cuarto de la zamba Pelagia los convence de que deben buscar su ayuda para el objeto que persiguen. Entretanto, son testigos de la rutina en la casona donde viven todos, cuyo ocaso vivirán con nostalgia y tristeza; la llegada de diversos invitados, amigos de su papá-abuelo, como ellos lo llaman, llenará en parte los días grises y anodinos de don Elías. También está la presencia de Papilio, el hermano menor nacido con retardo, que ellos adoptan simbólicamente como el hijo de su amor de niños en tránsito a la adolescencia.
    Ricardo y Albina son los hijos mayores de don Elías, fruto del primer matrimonio de éste con la rica heredera Mathilde, hija de una conocida familia de la ciudad, quien tuvo que disputar con otras candidatas no menos dotadas del medio por conquistar el amor del joven forastero recién llegado al pueblo. La pareja enfrentaría su fractura con la aparición de la misteriosa y desconocida Constanza; Mathilde se refugiaría primero en el segundo piso de la casona, llevándose consigo a su propia servidumbre, y luego en el hospital psiquiátrico Larco Herrera de la capital, donde terminaría sus días.
    Cuando luego de una larga agonía el viejo muere, los niños planean su fuga, pues su medio hermana Albina, monja que usa el nombre de Apolonia, ha dispuesto el destino de ambos por deseo expreso de su padre. El niño sería enviado con su padrino, y la niña a un internado; sor Apolonia se haría cargo de Papilio. En medio de los ajetreos del velorio y el entierro, los hermanos abandonan la casa siendo acogidos en la casa del señor Dunbar, viejo amigo de su padre, donde se esconden un tiempo para instalarse definitivamente en Monte de los Padres, la casa-hacienda que fue del viejo Elías a unas horas de la ciudad.
    Allí viven con un grupo de campesinos y el administrador de la casa-hacienda, tratando de pasar desapercibidos para evitar ser delatados ante sus familiares que los buscan en Piura. Sus salidas, esporádicas y furtivas, les sirven para comprobar la sorda hostilidad y animadversión de los habitantes de aquellas comarcas, quizás en posesión del secreto sobre la naturaleza de las relaciones entre los hermanos. Las miradas sesgadas, las actitudes de rechazo, los ojos acusadores de los hombres y las mujeres del entorno, les revelan un clima adverso que deben sortear.
    Entre escenas de celos, escapadas provocadoras de Xóchitl, ceremonias a la que buscan acceder los muchachos para ser aceptados por la comunidad, transcurren sus días en libertad hasta la repentina irrupción, en este paisaje de bucólica felicidad y ansias de infinito gozo, de la muerte, impensada pero siempre acechante. Xóchitl es víctima de una epidemia que ya había cobrado varias vidas en la zona. La penosa agonía de la niña sume a Wences en la mayor desolación, repensando su vida a partir de ese instante para ingresar al tantas veces temido mundo sin Xóchitl que da título a la novela.
    Magistral demostración de destreza narrativa, espléndido fresco de la existencia en una representativa urbe del norte del país a mediados del siglo pasado, cautivante y transgresora historia de un tema que sigue siendo un tabú ya bien entrado el siglo XXI. Todas estas cualidades hacen de El mundo sin Xóchitl una de las ficciones más logradas de la narrativa peruana de estos tiempos, obra de uno de los grandes novelistas peruanos de la segunda mitad del siglo XX, el escritor Miguel Gutiérrez, poseedor además de una valiosa producción que merece ser conocida y leída.


Lima, 22 de octubre de 2017. 

sábado, 14 de octubre de 2017

Szyszlo: una vida de ensueño

    La trágica muerte, en un accidente doméstico, del gran pintor Fernando de Szyszlo enluta a la cultura nacional, y específicamente al arte peruano y latinoamericano, pues la figura del notable artista plástico nacido en Lima en 1925 poseía una dimensión internacional merced a sus innatas condiciones para la pintura, la escultura y la creación artística en general, así como por sus agudas incursiones en la escritura a través de inflamados artículos periodísticos y bellísimos libros de ensayos y testimonio personal.
    Hijo de un hombre de ciencia polaco, afincado en el Perú por razones de la guerra del 14, y de una mujer singular por ser la hermana del gran cuentista y poeta iqueño Abraham Valdelomar –curiosamente muerto también en similares circunstancias–, su trayectoria posee ese halo de ensoñación y misterio que rodea a los auténticamente grandes. El impulso por la pintura lo sintió desde muy joven, cuando era un estudiante de arquitectura que recelaba de sus condiciones para el dibujo. Mas cuando tuvo la oportunidad de perfilar su destreza para los trazos, descubrió definitivamente la que sería su verdadera vocación a la que dedicaría el resto de su vida.
    Casado en primeras nupcias con Blanca Varela, la extraordinaria poeta peruana del siglo XX, y amigo de los más importantes hombres de la cultura de su tiempo, como José María Arguedas, Sebastián Salazar Bondy, Javier Sologuren, Jorge Eduardo Eielson, Octavio Paz, André Bretón y tantos otros, se instaló muy tempranamente en París, donde realizó el gran aprendizaje que lo formó como el artista cabal que fue. A ello, uniría su admiración y afecto por el arte precolombino, reconocible notoriamente en los colores y las formas que darían sustrato a su apuesta por el abstracto.
    Un recorrido impecable por el arte y la plástica contemporáneas ha hecho que sea reconocido por cualquier entendido como uno de sus eximios representantes, codeándose con los grandes de su tiempo, como Rufino Tamayo, Roberto Matta, Wilfredo Lam, Fernando Botero, por mencionar algunos, artistas todos ellos que estuvieron en la vanguardia de la pintura de nuestro tiempo. Sin embargo, el hecho de que Szyszlo decidiera establecerse en el Perú, cuando los demás adquirían reconocimiento y renombre –amén del éxito– en los ámbitos europeos y mundiales, no lo convierte en un exponente ancilar de ella, pues la fuerza y calidad de su obra están más allá de toda discusión.
    Otra faceta de su poliédrica personalidad lo conforma su compromiso político, entendido éste en su acepción más elevada, ese activismo que lo llevó a militar e involucrarse en todas las causas donde estuvieran en juego la defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos. No podemos olvidar sus firmes posturas en el combate de la dictadura en los últimos tiempos, su aguerrida vocación por los principios de la civilización y la ciudadanía en épocas oscuras, tomando partido en todo momento por los valores inalienables del ser humano y la vida.
    Fernando de Szyszlo nos deja, pues, una obra valiosa para querer y conocer mejor al Perú y su cultura; su muerte sólo constituye un tránsito al panteón de los inmortales, a ese Olimpo habitado por los creadores y hacedores de la belleza; la intensa poesía de sus colores y la magia misteriosa de sus trazos continuarán enriqueciendo las miradas y los espíritus de generaciones enteras de hombres y mujeres rendidos ante la maestría de su arte. Se va, en compañía del ser que más amó y lo amó, pero ya está instalado para siempre en la memoria y el cariño de quienes valoramos y admiramos al ser humano y al artista, en esa doble condición que trasciende cualquier otra jerarquía.


Lima, 14 de octubre de 2017.

jueves, 12 de octubre de 2017

El anexo secreto

    Los diarios íntimos constituyen un verdadero género literario, cuando quienes lo ejercen vuelcan en ellos, además de sus preocupaciones y obsesiones de cada día, su talento para la escritura y una vocación narradora que puede detectarse desde las primeras líneas. Es lo que sucede con uno de esos diarios que forman parte ya del canon literario de las letras contemporáneas, escritos por una niña judía que moriría con casi toda su familia en los campos de concentración nazis al finalizar la segunda guerra mundial. Los manuscritos, hallados por amigos de la familia, fueron rescatados por el padre que sobrevivió al genocidio, quien los publicó con el título inicial de Het achterhuis, o El anexo, popularizado en su versión al inglés como Diary of a Young girl, y conocido mundialmente como El Diario de Ana Frank.
    Se trata de una serie de cartas que Ana le escribe a Kitty, como ha bautizado al cuaderno que le fuera obsequiado en ocasión de su cumpleaños número 13. En él va detallando la evolución de sus sentimientos y el día a día de sus tribulaciones, desde su salida de Alemania para instalarse con su familia en Ámsterdam, perseguidos por el régimen nacional-socialista alemán en su condición de judíos, hasta su captura a comienzos de 1944 para terminar aniquilados por la barbarie totalitaria.
    Lo primero que sorprende al lector es que una niña de trece años sea capaz de expresar los pormenores de su vida con esa sutileza y sencillez, aunados a una gran perspicacia, fruto quizás de su enorme poder de observación y de sus abundantes lecturas de que dan fe muchos pasajes de sus diarios. La primera entrada es de junio de 1942, donde narra la celebración de un cumpleaños y otros detalles de un acontecimiento doméstico, con una prolijidad, mesura y sentido de las cosas que conmueven. Más adelante revelaría una idea que ya le rondaba desde entonces, la de escribir una novela policial con el título que rescato encabezando este artículo: “El anexo secreto”, la “historia de ocho judíos metidos en su escondite, su forma de vivir, de comer, de hablar.” Podemos imaginar lo que habría significado una obra así de haber tenido la joven escritora la posibilidad de llevarla a cabo.
    Dos familias, los Frank y los Van Daan, más el señor Dussel, ocho personas en total, se instalan en un anexo de la casa de la calle Prinsengracht, apenas protegidos por un tabique colocado en una de las puertas secretas que da acceso al refugio. Durante más de dos años de encierro tienen lugar los ajetreos y los trasiegos de toda convivencia humana. Uno no se imagina cuánto de infierno puede anidar, a veces, en la propia casa, sobre todo si se está obligado a convivir con seres que uno no conoce o que no quiere. Para Ana, sólo el estudio podía significar una vía de escape, como lo confiesa en su carta del 17 de octubre de 1943. En otra parte dice al respecto: “Las personas libres no podrían imaginar lo que los libros significan para quienes están escondidos. Libros y más libros, y la radio… Ese es todo nuestro entretenimiento.” Efectivamente, es por la radio que siguen todos los incidentes de la guerra que asola Europa, donde precisamente ellos serían parte  de sus millones de víctimas.
    Ana es objeto de toda clase de acusaciones, reprimendas y malos tratos por parte de los adultos, especialmente de su madre, con quien no guarda una relación armoniosa y a quien señala en muchos pasajes de sus diarios como una persona no precisamente afectuosa con ella y sí muy intransigente y de mal carácter. Es constante el tono de reproche cuando habla de su madre. La señora Van Daan tampoco es ajena a la crítica de la joven autora, pintándola como intrigante, ladina y frívola. Y no son pocos los encontronazos con el señor Dussel, pues deben compartir una mesa que a Ana le sirve  para sus estudios y para la escritura de sus diarios. De su padre y de su hermana no tiene mayores quejas. Pero está también la contraparte, la ilusión y los primeros escarceos amorosos que despierta en ella Peter, el hijo de los Van Daan, con quien vivirá intensos momentos de un dulce idilio adolescente.
    En la anotación del 8 de noviembre de 1943 deja traslucir toda su desesperanza. Es curioso el episodio en que pierde su estilográfica, obsequio de su padre, pues guarda una siniestra analogía con su propia desaparición física, como si fuera presagio y prefiguración del exterminio de su familia en los campos de concentración de Auschwitz y de Bergen-Belsen.
    El régimen alimenticio de los refugiados está descrito con cierta prolijidad en la carta del lunes 3 de abril de 1944; en la del día siguiente, Ana reflexiona sobre su vocación de escribir, manifestando su anhelo de convertirse en periodista y escritora. Sus aficiones y actividades favoritas están descritas en la entrada del jueves 6 de abril. El 27 detalla sus lecturas y su disciplina de estudios. Asombra la diversidad de inquietudes intelectuales que muestra la niña en sus inclinaciones y búsquedas.
    Interrogantes llenas de amargura y pequeños atisbos de esperanza se dejan sentir en su carta del 3 de mayo. A veces Ana cae en la más honda desesperanza, preguntándose si no hubiese sido mejor morir todos, o que una bomba los aplastara de una vez, pues no sería mayor a la inquietud que ahora los agobia. Serían los prolegómenos de la llegada final de la Gestapo en agosto, probablemente debido a una delación de algún almacenero ávido de la recompensa ofrecida por encontrar judíos. El resto era previsible: son llevados a los campos de concentración, unos mueren en las cámaras de gas, de otros se pierde el rastro, y Ana y su hermana Margot terminan en el infierno de Belsen, donde son víctimas de una epidemia de tifus que las llevará a la muerte.
    Vibrante alegato contra la barbarie de la guerra desatada por el odio xenófobo de los jerarcas nazis; espléndido testimonio de indesmayable humanidad a través de los ojos de una niña acuciosa e inteligente; preciso retrato de unas vidas situadas al filo de la cornisa;  hermoso relato de la peripecia excepcional del ser humano enfrentado a los límites de su condición existencial.

Lima, 10 de octubre de 2017.  

      

sábado, 7 de octubre de 2017

España invertebrada

    Resulta penoso para cualquier observador internacional el espectáculo actual de una España en trance separatista, en medio de una situación política de extrema gravedad, a punto de la fractura, como no se había visto desde los tortuosos sucesos del 23 de febrero de 1981, cuando la incipiente democracia estuvo en peligro, conjurado a tiempo por la intervención del rey Juan Carlos en alianza solidaria con una sociedad que despegaba a la vida en libertad después de más de cuatro décadas bajo el oprobio del franquismo.
    La crisis a la que se asoma el país ibérico ha sido propiciada tanto por los afanes nacionalistas y secesionistas de la clase dirigente catalana, encabezada esta vez por el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, con el apoyo de Carme Forcadell, presidenta del parlament; como por la ostentosa incapacidad y falta de liderazgo del gobierno de Mariano Rajoy, encastillado en la inacción y en la miopía política, que le impide vislumbrar una salida inteligente al desafío independentista.
    Aduciendo razones de índole económica, política y cultural, entre otras, Cataluña pretende, desde hace algunos años con mayor virulencia, convertirse en una república independiente de la España de la que forma parte desde 1714, cuando Felipe V de Borbón se impuso a Carlos de Austria en la llamada Guerra de Sucesión, pasando el actual territorio catalán al poder del reino español, y adquiriendo con el tiempo la condición de región autónoma de la que ahora disfruta para disgusto de su clase política y de un sector importante de su población. La amenaza de la declaración de independencia unilateral está a la vuelta de la esquina.
    La consulta sin carácter vinculante del 9 de noviembre de 2014 señaló un punto de inflexión en esta sorda lucha intestina de la España moderna, antecedente inmediato del referéndum celebrado, ilegalmente según el Tribunal Constitucional y las leyes españolas, el pasado 1 de octubre, en medio de una violenta y caótica votación intervenida por las fuerzas policiales enviadas desde Madrid. La jornada se vivió como una vergonzosa demostración de terquedad política por un lado, y de ausencia de tino por el otro, quedando ante el mundo las bochornosas escenas en los centros de votación –con los ciudadanos resguardando los centros de sufragio y los guardias civiles y policías arremetiendo a porrazos las colas–, como la misma imagen de la inmadurez de una clase política que nunca estuvo a la altura de las circunstancias.
    Varios factores entran en juego para un análisis de la problemática separatista en curso. Pero hay dos que entran en colisión absoluta. Lo primero que se debe considerar es el inalienable derecho del pueblo catalán, como cualquier otro, para expresarse políticamente en las urnas; y lo segundo, no menos importante en un Estado de derecho, es el cumplimiento irrestricto de la Constitución y las leyes; lo cual plantea un aparente callejón sin salida, que recuerda la famosa dicotomía que esbozaba Isaiah Berlin en su conocida tesis de las dos verdades. ¿Cuál de ellas debe prevalecer? ¿Cómo resolver esta verdadera cuadratura del círculo jurídico-político? He ahí la cuestión, como diría Shakespeare. Tal vez en un referéndum pactado, como el de Escocia o el Quebec, esté la respuesta.
    El problema es que la salida a este intríngulis político no se enfrentó a tiempo, y se dejó crecer peligrosamente hasta los niveles que todos hemos visto el domingo 1°, en un punto de aparente no retorno, cuando desde el inicio el diálogo, la capacidad para la concertación, la franca deposición de posturas radicales, el entendimiento inteligente y maduro, debió evitar llegar a los extremos a que se ha llegado, poniendo en riesgo ya no sólo el proyecto español, su sana convivencia entre las diferentes autonomías regionales que la integran, sino asimismo el futuro político de Cataluña, enfrentada a su potencial salida de la Unión Europea, al margen del euro y de las instituciones que forman parte de ese formidable proyecto integrador europeo, con todas las implicancias que eso conlleva, en un época donde predominan los afanes integracionistas, aboliendo por retrógrados y contrarios a la historia esas pretensiones nacionalistas en la que ciertas colectividades quieren encerrarse.  
    Es urgente hacer un llamado a la cordura, colmo el que impulsan los intelectuales, artistas y escritores españoles, desde Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías, hasta Fernando Savater y Joan Manuel Serrat, para que se imponga la sensatez en medio de esta locura, para que cesen los odios y las voces destempladas de todos lados, para que impere la razón y el sentido común antes que el desastre se lleve por la borda todo lo construido hasta ahora en cuarenta años de experiencia democrática.


Lima, 7 de octubre de 2017.     

sábado, 30 de septiembre de 2017

Memoria, justicia y verdad

    A raíz de la conmemoración de los 25 años de la captura del líder máximo de la organización subversiva PCP-SL, se han puesto en la mesa de discusión pública varios hechos de resonancia mediática. El primero de ellos se refiere al significado que tuvo esa época de violencia demencial que vivió nuestro país cuando un grupo de extremistas radicalizados en la ideología maoísta polpotiana decidieron llevar a la acción lo que en el vocabulario marxista se denomina lucha armada, desatando el terror en los poblados centro andinos para luego propagarse como un incendio de sangre por el resto del territorio nacional.
    El segundo, quiere detenerse en la reacción que tuvieron el gobierno y las fuerzas del orden ante tamaño desafío, que primero fue minimizado, para luego convertirse en una feroz carnicería de los dos bandos, situándose al medio la inocente población de hombres y mujeres, en su mayoría de origen humilde, que sufrieron el embate homicida por ambos frentes, dejando como saldo trágico cerca de 70 000 muertos, miles de desaparecidos y otros tantos heridos, desplazados, huérfanos y víctimas en general de la cruenta guerra interna, según cifras aportadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR).
    El tercero, sobre el paciente trabajo de seguimiento que realizó el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) de la Policía Nacional, que en dos años de ardua búsqueda logró su objetivo con los métodos más racionales y científicos de que dispone un trabajo de esta naturaleza, a contrapelo de los medios utilizados por el régimen, que tuvo en el grupo Colina su epítome más siniestra y asesina. La caída del líder senderista demostró, pues, las enormes ventajas de una labor ajustada a los principios profesionales de la investigación, trayéndose abajo además el mito aquel de que el gobierno de Fujimori acabó con el terrorismo, estando demostrado hasta el hartazgo de que aquel ni su socio Montesinos no sabían nada de lo que estaba sucediendo, pretendiendo a última hora aprovecharse del acontecimiento.   
    El cuarto, la lamentable pasada renuncia del director del Lugar de la Memoria (LUM), Guillermo Nugent, motivado por presiones desde el Ministerio de Cultura a propósito de la muestra Resistencia Visual, que recoge un conjunto de obras de arte, entre fotografías, esculturas e instalaciones, sobre el año de 1992, emblemático en muchos sentidos, periodo en que se produjeron una serie de hechos de triste pero necesaria recordación, memoria que un grupo político, que avasalla desde el Congreso con sus invencibles gestos y burdos ademanes, pretende ocultar y acallar.
    Y por último, la reciente excarcelación de la bailarina Maritza Garrido Lecca, presa por terrorismo durante 25 años y ahora libre al haber cumplido su condena. Esto ha servido de pretexto para una grosera exhibición de periodismo barato a través de la televisión, principalmente, y de algunos comentarios no precisamente afortunados en la prensa escrita en momentos en que todos debemos contribuir a la sanación de las heridas que como país nos dejó la violencia. Las reacciones de un puritanismo destemplado, la chillandería de una turbamulta presta al linchamiento, la ignorancia y el odio en sus versiones más crudas, el torvo espectáculo de los buitres acechando en las redes sociales, los miedos exacerbados convenientemente de un vecindario que se niega a tener entre los suyos a quien han convertido en la apestada, la estigmatizada –la terruca, la llaman–, no son precisamente actitudes maduras de una sociedad que busca superar el trauma vivido.
    Quien ha cometido un delito, ha sido hallado culpable en un juicio cumpliendo todos los requisitos del debido proceso, y luego ha purgado su pena por el tiempo que los jueces han estimado ajustado a la ley, no puede convertirse por ello en un condenado de por vida, en una persona que merezca el repudio irracional de quienes se imaginan posibles víctimas de probables delitos que la prensa y cierta opinión pública azuzan con sus prejuicios y lapidaciones a priori. Eso no quiere decir que se deba descuidar el seguimiento de quienes infringieron la ley, labor que compete a las autoridades correspondientes. Por lo demás, en el caso de Garrido Lecca, ella fue sentenciada por complicidad al encubrir al jefe de la agrupación senderista, pero no mató ni asesinó a nadie, ni tampoco perpetró algún ataque con explosivos u otra barbaridad parecida, ni pertenece a la cúpula de Sendero Luminoso, como lo saben los entendidos; es cierto que su pensamiento sigue adhiriendo a los postulados del partido, y es por ello que justamente ha purgado esta larga carcelería, pagando con su encierro el tremendo error cometido. No es mi afán defender lo que hizo, sino explicarme las circunstancias en que incurrió en ello, tratando de entender el contexto que la empujó a actuar como una militante más de la organización violentista.
    En fin, todos queremos que la verdad y la justicia se impongan en el Perú como en todo país civilizado donde impera el estado de derecho, pero ello no será posible sin el socorro curativo y profiláctico de la memoria, pues olvidar lo que sucedió, desfigurar los hechos que pasaron, o más aún, ningunearlos, sólo puede llevarnos al reino de la impunidad o a instalarnos en el círculo perverso del eterno retorno, repitiendo ad infinitum aquello que ya debiéramos haber superado hace mucho tiempo.


Lima, 24 de septiembre de 2017.