sábado, 31 de diciembre de 2022

El infierno de Maruja

 

Corrían los despreocupados e irresponsables años 80 del siglo pasado, cuando llegó a la cartelera del desaparecido cine Colonial de Jauja la película Maruja en el infierno (1983), del cineasta peruano Francisco Lombardi. La efervescente publicidad en la marquesina de la sala atrajo inmediatamente mi atención, sobre todo por la imagen de su protagonista principal, una joven y desconocida actriz cuyo nombre luego daría que hablar en los medios del espectáculo nacional: Elena Romero. Han pasado sus buenas casi cuatro décadas y siempre estuve tentado de saber algo más de aquella cinta que exploraba los vericuetos de la marginalidad en la caótica Lima de la segunda mitad del siglo XX.

La visión del film tuvo un efecto catártico para el joven adolescente que yo era por ese entonces. La cruda realidad de una gran ciudad, con sus zonas de miseria, sordidez y codicia burda y superficial palpitaba en cada escena de la historia. Con la magnífica actuación de Elvira Travesí, toda una leyenda en el teatro peruano, la trama se deslizaba tortuosa entre los desvencijados canchones sucios y grises de una casucha abandonada de la zona industrial de la capital. La doña administraba un antro de reciclamiento de vidrios, para lo cual había reclutado un puñado de orates a quienes hacía trabajar bajo el látigo de un zambo de carácter volcánico. Los locos seleccionaban, de entre toda la chatarra que acumulaban, las botellas por colores, que luego eran negociados en las farmacias del centro.

Lo que en ese momento no sabía era que la película se basaba en una novela publicada en 1958 por el escritor peruano Enrique Congrains Martin, titulada No una sino muchas muertes. Perteneciente a la generación del 50, este autor siempre apostó por el perfil bajo, dedicándose a publicar y promocionar él mismo su obra, para lo cual hizo recurrentes viajes por diversos países del continente. Dueño de una prosa exquisita y original, publicó otros libros, pero fue esta su única novela la que le valió el reconocimiento de la crítica. He tenido la ventura de leer ahora esta ficción y luego ver nuevamente la película, para entender los puntos de contacto y hacer el cotejo correspondiente, dejando sentado por supuesto que se trata de dos obras de arte muy diferentes. Se trata, como primera impresión, de la misma historia, aunque contada con ciertos detalles que difieren una de otra. El guion de adaptación para la cinta corrió a cargo del estupendo poeta nacional José Watanabe, lastimosamente ausente de este mundo ya van a ser quince años.

La novela discurre a través de la historia de Maruja, una joven humilde que trabaja en la fábrica abandonada al servicio de su madrina, la vieja que es la dueña del negocio. La inocencia inicial de la protagonista se va tiñendo de sucesos anodinos y truculentos que gradualmente la van despojando de su aire de niña impávida y soñadora. Conoce a Alejandro, un muchacho que provee de locos a la vieja, pero que es parte de una pandilla de zamarros que han visto en este trabajito una oportunidad para obtener ganancias extras. La extraña conducta del joven, oscilando entre la duda y la cobardía, se convierte en desafío para una Maruja que ve despertar en ella los primeros escarceos del amor y del deseo.

El comportamiento de una típica patota de los barrios periféricos, el descubrimiento de la ambición y del crimen, la conciencia de la propia entidad corporal y moral, jalonan el desarrollo vertiginoso de Maruja, ante la soberbia y avaricia de una mujer que ha hecho de la explotación de seres disminuidos mental y socialmente una forma de vida. Mientras tanto, el grupo de mozalbetes va diseñando su propia estrategia para hacerse del negocio, con el concurso diligente y sagaz de una muchacha que no tiene nada que perder. Cuando el plan trazado avanza hacia su consecución, algunos integrantes del clan defeccionan momentáneamente, con el fin de obtener resultados más inmediatos. Pero las cosas les salen muy distintas a como la habían imaginado. El zambo ha asesinado a la vieja y ha fugado con el botín.

En la película los pormenores son ligeramente diferentes, aunque el resultado es el mismo. Es decir, por tratarse de dos lenguajes distintos, el guionista se ha permitido una licencia al variar el detalle de las circunstancias en que se produce el crimen. Sin embargo, lo que le da mayor consistencia a la novela es también la serie de reflexiones vitales en que se sumerge Maruja, tratando de esclarecer su propia existencia, así como en busca de un sentido a todo ese embrollo de episodios que le ha tocado presenciar y vivir. Sabe que no tiene alternativa, a menos que apueste por una salida radical y violenta.

En conclusión, diré que la novela es incisiva en el plano introspectivo sobre la trayectoria del personaje principal: una mujer joven y oprimida, mientras que en la película el acento recae en la peripecia truculenta del asesinato que pone fin a ese pequeño infierno que había rodeado a Maruja, para entregarla tal vez a otro, el de la gran urbe que la espera con sus dientes ansiosos, como el monstruo que saborea ante la vista de su próxima presa. Es justamente este hecho el que ha destacado la crítica de la obra: un personaje femenino enfrentado al destino con las agallas de una persona en el pleno sentido de sus potencialidades. En fin, dos experiencias rotundas y fundamentales que se complementan en la visión de una sociedad con múltiples grietas y roturas, retos permanentes para el individuo y la colectividad, puntos de inflexión en nuestra cabal comprensión del infinito camino que nos espera como país a construir.

 

Lima, 29 de diciembre de 2022.    

Tantas veces Pedro

El extraño golpe de Estado propinado por el expresidente Pedro Castillo, el pasado miércoles 7, debe estar catalogado entre los más tontos del mundo. Sin tener el apoyo de nadie, excepto tal vez del minúsculo círculo que lo indujo a medida tan desatinada, su propósito estaba destinado al fracaso más absoluto. El Congreso de la República, que amenazaba decretar su vacancia esa tarde, y que no estaba seguro de reunir los votos suficientes para su objetivo, apresuró los trámites y votó inmediatamente, destituyendo del cargo a alguien que prácticamente se había infligido un suicidio político, dándose el caso paradojal de ver cómo mataban a un muerto.

El presidente estaba acorralado desde hace tiempo, con acusaciones abiertas por diversos casos de corrupción y, no está demás decirlo, por el capricho de una clase política que representa a las élites económicas y sociales de este país, que jamás aceptó, desde antes incluso de jurar el cargo, que un hombre que era ajeno a sus círculos de poder, que provenía del mundo andino y había llegado al poder sin los planes y el programa que ellos preveían, se quedara en un cargo que siempre habían detentado en doscientos años de vida republicana.

Es cierto que la administración adolecía de muchos defectos, era un gobierno errático que caminaba a la deriva, con cambios repentinos de ministros y cuestionamientos constantes de muchos de sus integrantes, pero esa no era la razón verdadera de una oposición, en coro perfecto con la prensa concentrada, que exigía un día y otro también la salida de palacio de gobierno del señor Castillo. La causa de fondo tenía que ver con un asunto de racismo y clasismo que todavía, después de siglos de coloniaje, es fuerte y resistente, sobre todo en la capital, en esta Lima que arrastra el dudoso prestigio de aquella Ciudad de los Reyes que fundara Pizarro. Para comprobarlo, basta revisar los comentarios en las redes sociales del mismo día del fallido intento de golpe. Al saberse que Castillo ya había sido destituido, un cargamontón de vómito inmundo salpicó las principales plataformas de la internet, una pestilente exhibición de la más abyecta indigencia moral de gente con muchas pesetas en el bolsillo, pero una miseria clamorosa en el alma.

Inmediatamente se preparó la juramentación de la vicepresidenta, quien en un mensaje por twitter se había desmarcado de la actitud de Castillo, a quien acusó de haber asumido posiciones antidemocráticas, con las cuales evidentemente no estaba de acuerdo. En unos días tuvo su flamante gabinete, de perfil aparentemente más técnico y competente de los que nombraba su predecesor, pero que también lastraba algunas sombras sobre varios de ellos, situación que al parecer no tuvo en cuenta la nueva presidenta, pues en su invocación para jurar al cargo a cada ministro incorporó una fórmula anticorrupción. El propio presidente del Consejo de ministros arrastra una acusación antigua de acoso y maltrato, así como un nexo con un exmagistrado en proceso de extradición por haber conformado una red de corruptelas al interior del Poder Judicial.

Pero el asunto no terminó allí, sino que el malestar empezó a crecer entre la población, que veía cómo los congresistas celebraban un triunfo pírrico ante las cámaras, totalmente ajenos a la demanda mayoritaria para que también ellos dejaran el poder. El descontento se hizo furor, y en los días que siguieron marchas multitudinarias salieron por diversas ciudades del interior del país, especialmente del sur, como Arequipa, Ica, Cuzco y Ayacucho, donde el grito era unánime exigiendo el cierre del Congreso, la convocatoria a nuevas elecciones y a una Asamblea Constituyente. La represión no se hizo esperar, cobrándose hasta el momento cerca de una veintena de muertos, en una secuela dolorosa de sangre y desolación que afecta principalmente a los sectores más humildes de la sociedad, cuyos hijos han perecido en estas jornadas de lucha bajo las balas de una policía que termina otra vez convertida en verdugo de un pueblo al que debe más bien protección y seguridad.

Vidas jóvenes segadas por la necedad y la desidia de una clase política totalmente divorciada de las aspiraciones y necesidades de un pueblo al que ya no representa. Tal vez nunca lo hizo, por lo demás, pues el método de elección de los candidatos al parlamento que realizan los partidos políticos está viciado en sus orígenes y vaciado de legitimidad. Los que resultan elegidos de esta manera no representan en verdad a la ciudadanía, sino a los intereses del jefe del partido y, por último, a sus propios intereses. Desde la crisis de los partidos políticos de los años 90 del siglo XX, lo que existe en la actualidad son entidades que usufructúan ese nombre, porque en realidad son apenas clubes de amigos u organizaciones de dudosa naturaleza, conducidas por un caudillo que, por lo que se ha visto en todos estos años, más tiene de cabecilla que de otra cosa. No en vano muchos de estos personajillos tienen procesos abiertos ante la justicia por encabezar una organización criminal.

La crisis en el Perú es tan profunda que la salida debe ser radical. El nuevo pacto social pasa por una Carta constitucional que recoja las demandas más perentorias de las grandes mayorías, un diseño inteligente acorde con los tiempos, una estructura jurídica que integre los avances significativos en derechos sociales, políticos y económicos de las sociedades igualitarias y auténticamente democráticas. Necesitamos no sólo juristas, sino también sociólogos, filósofos, economistas, pedagogos, antropólogos y representantes legítimos de los gremios, sindicatos, colegios profesionales y demás organizaciones de la sociedad civil para esta labor de refundación de una república que en dos centurias de existencia no ha logrado cuajar una entidad madura, eficaz y eficiente que responda a los intereses de todos sus miembros.

 

Lima, 16 de diciembre de 2022.