sábado, 21 de abril de 2012

Las semillas de la leyenda


        El cumpleaños número 85 del mítico escritor colombiano Gabriel García Márquez, celebrado el pasado 6 de marzo en todo el ámbito del mundo hispanoamericano, ha servido para alimentar y nutrir la admiración, el cariño y la devoción que concita este hombre tímido y dicharachero –pues en su caso estas características no se contradicen- que ha sido capaz de alcanzar la inaudita proeza de escribir la obra más importante del siglo XX de la literatura latinoamericana.
     Una biografía publicada en el año 1997 por el escritor y periodista Dasso Saldívar, reeditada hace algunos años bajo el título de García Márquez. El viaje a la semilla. La biografía, he tenido ocasión de leer febrilmente en estas semanas coincidiendo casi con el aniversario onomástico del entrañable hijo de Aracataca. La investigación se remonta a indagar el árbol genealógico del novelista, rastreando los orígenes de sus antepasados y el momento en que terminaron afincados en el caribe colombiano.
     Los instantes claves de la vida del autor de Cien años de soledad, desde el día en que vino a este mundo, un 6 de marzo de 1927, hasta el año en que publicó su más famosa e increíble novela, están contados con detalles apasionantes y datos desconocidos que enriquecen el conocimiento del derrotero existencial de un autor imprescindible de las letras americanas del siglo XX, y abonan el interés y la curiosidad que despierta una obra portentosa que lo ha catapultado a los primeros planos de la creación literaria, haciendo de él todo un clásico de los tiempos modernos.
     Cuando a la edad de 9 años descubre embelesado, en los baúles de los abuelos, un ejemplar deshojado de Las mil y una noches, comienza propiamente su edad de lector enfebrecido, esa peste bienhechora que lo acompañaría toda su vida para hacer de él la figura insuperable en el concierto de los grandes demiurgos de las letras mundiales. Luego vendrían las lecturas esenciales de Sófocles –“el más grande y constante de sus maestros”-, de Kafka y de Rulfo; de Faulkner y Virginia Woolf.
     Su vida trashumante y peregrina, errando por los distintos parajes de la guajira colombiana, residiendo en ciudades tan distintas y distantes como Sucre, Barranquilla y Bogotá. La presencia cálida y paternal del abuelo Nicolás Márquez Mejía, figura inmortal en el imaginario creativo del futuro novelista, tanto como los relatos fantásticos de su abuela Tranquilina Iguarán Cotes, que luego le servirían para fraguar esos inverosímiles episodios de sus obras de ficción.
     El periodismo y los amigos, esas dos fontanas inagotables que irían modelando su vocación más profunda, a partir de esa actividad alimenticia que serviría además para foguear sus dotes narrativas, a través de sus magníficos reportajes y sus originales crónicas, así como el incentivo constante de un grupo de jóvenes letraheridos, inquietos por los libros y la literatura tanto como por las cuestiones sociales, en una época de gran efervescencia política en el continente.
     Sus estudios como becado en el Liceo Nacional de Zipaquirá, una ciudad a 50 kilómetros de Bogotá, donde tendría la oportunidad de alternar con los “cachacos”, como llaman los colombianos a los bogotanos y en general a todos quienes habitan en la zona andina de ese país. Posteriormente su ingreso a la Universidad Central de Bogotá para estudiar Derecho, carrera que abandona en el tercer curso por una razón más bien anecdótica.
     El mundo de la violencia, que permearía la vida política colombiana por más de medio siglo, es vivida también por el escritor de una manera cruda y brutal cuando el “bogotazo” del 9 de abril de 1948 se sella con el asesinato del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán. Ya su nacimiento había estado marcado por otro hecho aciago de la historia de Colombia, la masacre de las bananeras de la United Fruit Company en 1928, uno de sus “demonios históricos”, al decir de Mario Vargas Llosa.
     La lectura de El viejo y el mar cuando viajaba por la guajira convertido en vendedor de libros a plazos. La relectura de Mrs. Dalloway que le da el sentido y la conciencia del tiempo histórico y legendario. El contacto con el neorrealismo italiano, el periodismo norteamericano y autores como Albert Camus, Ernest Hemingway y Truman Capote: influencias decisivas y modelos de inspiración.
     Su estancia en París, llena de penurias y vicisitudes, pero de gran aprendizaje. Su viaje por los países socialistas, la Unión Soviética, Alemania Oriental, Hungría y Checoslovaquia; producto del cual escribe un extenso reportaje en 10 entregas titulado “90 días en la Cortina de Hierro”. En Francia entra en contacto con la intelectualidad latinoamericana que bullía en todo su apogeo, así como conoce a notables figuras de la intelligentzia europea.
     Su incursión en el cine en 1961, que le haría demorar cuatro años la empresa mayor de su vida: la escritura de Cien años de soledad. Obra que incubó diecisiete años y la escribió en dieciocho meses, recluido como un anacoreta en un edificio de alquiler en una zona residencial de México D.F. Allí permanecería “El habitante de la Cueva de la Mafia” –así lo llama su biógrafo por su lugar de refugio-, sumido en la aventura delirante de contar la desaforada vida de los Buendía y el destino apocalíptico de Macondo.
     Todo esto está recogido con paciente y meticulosa diligencia por el biógrafo. También está por supuesto su matrimonio con Mercedes Barcha, su novia de siempre; el nacimiento de sus primeras obras y el de sus hijos Rodrigo y Gonzalo; la aparición providencial de Carmen Balcells, “la Mamá Grande de la novela latinoamericana” según el preciso juicio de Vargas Llosa, y por último la aventura homérica para la publicación de su legendaria novela en 1967.
     Un libro memorable que nos acerca al espacio interior más recóndito de un auténtico creador, el deicida mayor de las letras hispanas.

Lima, 21 de abril de 2012.

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