viernes, 24 de octubre de 2014

Una elección anunciada


Todo está consumado. La población limeña ha elegido al candidato de las mafias y de Comunicore como su alcalde para el próximo periodo de cuatro años. El resultado ya estaba cantado casi desde el inicio de la campaña, y muy poco se pudo hacer para revertir las cifras, por más que una insistente, pero limitada, labor de algunos comentaristas, trataron de hacer reflexionar al electorado sobre las implicancias éticas y morales de dicha opción. Tal parece que otros son los factores que inciden en el voto del elector común y corriente de esta urbe de 9 millones de habitantes.

     No debe asombrarnos una deriva de esta naturaleza, como dice el periodista César Hildebrandt en su columna semanal de la revista que dirige; tampoco debe extrañarnos  una conducta cívica de estas características, pues el historial de la corrupción en nuestro país tiene larga data, como se ha encargado de documentarla el historiador Alfonso Quiroz en su imprescindible Historia de la corrupción en el Perú (IEP, 2013). Es decir, un señor hace un gobierno –local o nacional- con muchas turbideces en el camino, no aclarando los serios cuestionamientos a una operación realizada durante su gestión y, pasado el tiempo, como si nada, vuelve a tentar ese puesto y resulta elegido nuevamente por ese pueblo que fue advertido del error en que incurriría. Hay un monto considerable en juego, existen los hechos jamás esclarecidos, están los nombres y las circunstancias del enredo delictivo, y sin embargo, nada de eso pesa en la decisión del elector, que se sigue moviendo por la famosa consigna de “roba pero hace obra”, en una demostración del más crudo pragmatismo, del más brutal sentido de las oportunidades inmediatas y a cualquier precio. Ni Maquiavelo se habría imaginado algo parecido.  

     Algo de psicopático se desprende de la consigna de marras, mucho de esa escuela de la impudicia y del cinismo contemporáneo que se enseña en los medios de comunicación, en los círculos de poder y en el entorno del exitismo empresarial que pregonan las instancias preclaras del sistema imperante. En un mundo donde se proclama, desde todas las tribunas  y a toda hora, que alcanzar el éxito a toda costa, aun pisoteando los derechos y la honra de los demás, avasallando todos los valores y los principios que una educación elemental ha depositado en nuestros primeros años de vida, es fácil entender una conducta colectiva como ésta.

     Porque el problema de la capital no es el único, sino que permea casi todo el territorio nacional, pues según los datos recientes que tenemos de los resultados parciales, en muchas regiones se habrían elegido  autoridades cuestionadas por asuntos de corrupción, o que enfrentan fundadas denuncias de delitos en el manejo del poder en el momento que lo ejercieron. El caso más emblemático es sin duda el de Waldo Ríos, un político de sinuoso recorrido, que fuera uno de los primeros tránsfugas de nuestra reciente historia parlamentaria, comprado como mercancía por el no menos inefable Vladimiro Montesinos en sus tiempos dorados.

     Pero lo novedoso de esta contienda es el repunte significativo del candidato aprista, quien contra todos los pronósticos se ha situado en un interesante segundo lugar, desplazando al tercero a la alcaldesa que buscaba la reelección. Malos tiempos para la izquierda, que como siempre no supo estar a la altura de las circunstancias y ha perdido protagonismo en el escenario de la política actual. Deben estar muy contentos todos aquellos que hicieron el cargamontón contra Susana Villarán –como aquel periodista de cuyo nombre no quiero acordarme-, acusándola injustamente de ineficaz e inepta, pues ella ha demostrado que hizo más obra que su antecesor en apenas un periodo municipal. Y sobre todo, que lo hizo sin robar, manteniendo la honestidad y la honradez como las banderas más notorias de su gestión.

     Solo nos queda esperar y estar atentos al accionar de los nuevos inquilinos de la Plaza Mayor, pues con los antecedentes que todos conocen, se necesitan no solo dos sino miles de ojos para vigilar el próximo gobierno de la ciudad. La prensa y la ciudadanía toda deben conformar la mejor alianza de fiscalización y control para que no surjan en el futuro nuevos escándalos de corrupción que ensucien otra vez los hilos con que se conducen los impuestos de todos los vecinos.

Lima, 6 de octubre de 2014.

       

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