Antes de
conocerla ya me la imaginaba, soñaba con el día en que la tuviera frente a mí y
poder contemplarla con gran interés y arrobo. Y por fin ese anhelo largamente
acariciado se ha cumplido, o empieza a cumplirse, desde el sábado 17 en que
llegamos a la ciudad. Muy temprano esperamos el vuelo en el aeropuerto
internacional Jorge Chávez, prácticamente en la madrugada de ese día. Minutos
antes de las 7 de la mañana despegó el avión y, luego de un viaje regular sin
contratiempos, la nave descendía en el aeropuerto Alfredo Rodríguez Ballón a
las 8 en punto. Luego del aterrizaje, mientras los pasajeros bajaban, percibí
que había llovido, pues la pista tenía tramos aún mojados. El Misti asomaba
imponente a un costado, velado apenas por jirones de niebla.
Ya estamos en
Arequipa, llamada la Ciudad Blanca, por sus casitas construidas por la piedra
sillar, producto de la erupción de los volcanes que la rodean. O tal vez por la
presencia de una población blanca en los inicios de la conquista, que definió
de alguna manera su idiosincrasia étnica. Mientras el taxi nos lleva al
alojamiento, se puede divisar algunas partes de la ciudad, que yo observo
ansioso, como cada vez que tengo la oportunidad de conocer un nuevo lugar. Una
vez instalados en el pequeño apartamento, tomamos un breve descanso para
reparar las fuerzas, perdidas especialmente durante las horas de espera de esa
madrugada.
A media mañana,
salimos a recorrer lo primero que suelo hacer en cada ciudad: su plaza mayor,
el corazón delator de cualquier urbe. Caminamos apenas un par de cuadras y de
pronto ante nosotros se yergue majestuoso el conjunto arquitectónico de la
catedral, de estilo neorrenacentista y considerada una de las más bellas del
Perú. La plaza es amplia y simétrica, cercada por los portales que flanquean al
edificio principal. Es acogedora y muy concurrida, se ve a decenas de turistas
tomando vistas desde diferentes ángulos. Otros se hacen retratar con la
catedral de fondo. Recorremos los otros lados donde hay apostados diversos
comercios: restaurantes, agencias de turismo, tiendas de artesanías, cafés y,
en las esquinas, quioscos de periódicos. Unas cuadras más allá, recalamos en el
mercado San Camilo, despensa de todo tipo de productos alimenticios, una
variedad de potajes típicos de la región y una ebullición característica de
esta clase de recintos. Allí probamos algunos piqueos de la cocina arequipeña.
Al día siguiente,
domingo 18, se imponía una visita al imprescindible Monasterio de Santa
Catalina, a pocos metros de la plaza mayor, y a muchos menos de donde estamos
establecidos. Nos dicen que su recorrido se realiza en un promedio de dos horas,
pues lo hicimos como en tres horas, por la acuciosidad al observar cada recinto
y tratar de valorar su importancia histórica. Es una verdadera ciudad dentro de
la ciudad, con sus callecitas, patios, celdas y recintos donde transcurrían sus
vidas centenares de mujeres, muchas de ellas tal vez inducidas por auténtica
vocación, o quizá recluidas contra su voluntad. Lo que se puede ver son restos
de la vida cotidiana de las novicias, testimonios materiales de su paso por
este mundo, una forma de vida propia de la época, dominada por la religión y
donde proliferaban conventos, iglesias y monasterios de las distintas
congregaciones religiosas que llegaron con los españoles. Uno puede perderse en
sus laberínticas galerías, pero felizmente hay señalizaciones que van orientando
a los visitantes. Por la tarde emprendimos rumbo a otro de los lugares
emblemáticos de la ciudad: el afamado mirador de Yanahuara, una atalaya privilegiada
en la margen derecha del río Chili, en una cuesta del distrito del mismo nombre,
desde donde se contempla el cono coronado de hielo del Misti, así como sus
compañeros el Chachani y el Pichu Picchu. Por ser época de lluvias y nieblas, esa
tarde el renombrado volcán se ocultaba tras una espesa nubosidad, dejándose ver
apenas de rato en rato. El punto es como un balcón con arcos vistosos muy
difundidos por los turistas que se fotografían con la ciudad y el volcán como
fondo. Pero en los alrededores de la placita también hay otros atractivos, como
el callejón del cabildo, una callecita estrecha por donde se puede pasear
contemplando reproducciones de cuadros de los grandes pintores.
Al día siguiente,
lunes 19, ya teníamos contratado un tour al cañón del Colca, uno de los
atractivos más visitados de la región. Situado en la provincia de Caylloma, es
uno de los más profundos del mundo, con más de 4 mil metros aproximadamente. En
el camino hicimos varias paradas para tomar fotografías del paisaje, ir al baño
o contemplar a los habitantes natos de esas alturas: las vicuñas, llamas y
alpacas. Estamos en la Reserva Natural Salinas y Aguada Blanca. En un trayecto
de la ruta llovía intensamente, con granizo que se acumulaba de forma muy
compacta en la pista, haciendo que el carro vaya lentamente para evitar
cualquier despiste. Pero ese día llegaríamos primero a Chivay, la capital de la
provincia, a 3,700 metros sobre el nivel del mar, una típica ciudad de
provincia, con sus calles estrechas y su simpática placita. Nos quedaríamos
allí esa noche, pues al siguiente día, martes 20, emprenderíamos la ruta al
cañón, con la promesa de avistar los cóndores y poder divisar, si las
condiciones climatológicas lo permitían, la cesura geológica natural de ese
valle de 70 kilómetros, por donde discurre precisamente el río Colca, un hilo
de agua desde la altura impresionante del mirador en la cumbre. Una densa
neblina cubría las alturas del Colca, rota a ratos por el viento, pero que se
mantuvo impertérrita todo el tiempo que estuvimos allí. Sin embargo, poco antes
de llegar, habíamos podido apreciar el vuelo de dos cóndores, en una montaña a
cierta distancia del camino. El carro hizo un alto y bajamos para dirigirnos lo
más cerca posible al roquedal donde descansaba uno de ellos. Todos esperaban
que tomara vuelo, mientras a los pocos minutos otro cóndor empezó a planear
soberbio por entre las rocas. De pronto, el primero emprendió el vuelo y pasó
rasando por nuestras cabezas y se perdió tras otro cerro. Tal vez la pequeña
multitud que lo miraba desde abajo lo puso nervioso y decidió retirarse a un
espacio más solitario.
El regreso a
Arequipa fue por la tarde, después del almuerzo. El carro ya no hizo paradas,
de frente enrumbó hacia su destino. Después de tres horas hacíamos el ingreso a
la Blanca Ciudad, en medio de un intenso tráfico que se hacía lento por la
cantidad de vehículos que pugnaban por abrirse paso. A las cinco de la tarde ya
estábamos en la ciudad, cansados por el viaje y dispuestos a descansar para la
jornada siguiente que nos esperaba.
El miércoles 21
decidí que podíamos visitar la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, donde al
día siguiente haría la presentación de mi libro, por enésima vez. A menos de
200 metros de nuestro alojamiento, en la calle San Francisco, se sitúa el
recinto que alberga los cerca de 40 mil volúmenes que el escritor arequipeño
donó a su tierra natal, libros que se exhiben en sendos anaqueles en varias
salas de las instalaciones de la casona. La entrada es libre, y el recorrido
nos presenta ambientes con textos conmemorativos a la figura del insigne
escribidor, otros ambientes de consulta y lectura y el auditorio, dispuesto
justamente para presentaciones de libros, charlas, conferencias y otras
actividades culturales. Yo tenía la idea de que esa había sido la casa donde
nació Vargas Llosa, pero una de las empleadas me explicó que ese era el local
de la Biblioteca Regional de Arequipa, y que donde había venido a este mundo el
autor era ahora la Casa Museo, ubicaba a unas seis o siete cuadras de la plaza
mayor, en la otra parte de la ciudad. Cuando llegamos a ella, pasado el
mediodía, nos informaron que la siguiente visita guiada sería a las dos de la
tarde, por lo que decidí que regresaríamos otro día, pues esa tarde tendríamos
otro tour hacia la ruta del sillar, aventura que emprendimos con gran
interés por conocer las canteras que servían para abastecer de la piedra
característica de la ciudad, material con el que están construidos muchas
casonas, edificaciones de estilo colonial, como las iglesias y monasterios, que
le dan esa imagen singular y blanquecina a la urbe del sur. Cuando llegamos a
las canteras, llovía copiosamente, pero aun así pudimos apreciar los enormes
bloques blancuzcos. Algunos obreros, trepados en sus alturas, laboraban para
extraer el elemento esencial de la arquitectura arequipeña. En el recorrido se
podía apreciar también diversas figuras, de animales, iglesias y personas,
esculpidas con la piedra volcánica, donde los visitantes se sacaban
fotografías. Empapados por la lluvia, retornamos al carro, para emprender
enseguida la visita a la quebrada Culebrillas, un pequeño cañón que conserva
sus contrafuertes por donde alguna vez discurrió un vertiginoso río. Hacemos el
recorrido a pie, contemplando las caprichosas formas que han adoptado las rocas
y algunos petroglifos hechos por los antiguos pobladores, así como apachetas,
formas tradiciones de su religiosidad popular. El retorno a Arequipa lo hacemos
en medio de un clima lluvioso y plúmbeo. Para completar el día visitamos el
Museo de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), que exhibía pinturas de
artistas locales y al final, en un patio interior, una inmensa escultura hecha
de ichu, que representaba al pintor peruano Fernando de Szyszlo, obra
del artista arequipeño Daniel Gallegos.
El jueves 22
partimos por la mañana a un lugar recomendado, que generalmente no aparece en
las guías turísticas: el mirador de Carmen Alto, a veinte minutos del centro
histórico. Allí nos encontramos con un observatorio abandonado ya hace muchos
años. Sin embargo, desde esa altura se tiene otro punto de vista panorámico de
la ciudad, siempre con el Misti escondido a un lado. El día está nublado, y
cuando bajamos a la plaza principal sentimos unas gotas que amenazaban
desencadenar una lluvia propia de la estación. Nos refugiamos en un restaurante
donde aprovechamos para almorzar y dirigirnos luego a la esperada casa museo de
Mario Vargas Llosa. En un promedio de dos horas realizamos el estupendo
recorrido por los ambientes que constituyeron los espacios que vieron nacer y
crecer al novelista. En otro artículo me dedico ampliamente a comentar los
pormenores del mismo. Ese mismo día por la tarde noche tuve la suerte de
presentar mi libro El viajero inmóvil en la Biblioteca Regional Mario
Vargas Llosa, acompañado por dos magníficos comentaristas: la poeta Elena de
Yta y el profesor Marco Vilca. Rematamos la jornada en un café cercano para
seguir hablando de libros, de literatura y de otros temas afines.
El viernes 23
estuvo dedicado a recorrer librerías, todas ubicadas en el centro histórico,
por cierto, uno de los más hermosos que he conocido. A pocas cuadras de
distancia unas de otras, las librerías de Arequipa están muy bien surtidas, con
colecciones estupendas de los grandes autores, publicaciones de editoriales
independientes y un surtido menú de autores locales y regionales, inhallables
en las librerías limeñas. Visitamos cinco o seis de ellas, pescando algunos
textos interesantes y, sobre todo, con el deleite de saber que la Ciudad Blanca
no le va en zaga a la capital en la oferta de material de lectura, situación
explicable al ser la segunda ciudad del Perú, cuna de notables artistas e
intelectuales, así como de políticos que ocuparon puestos importantes en
nuestra historia nacional. Después de un almuerzo al paso -luego hablaré,
también en otro artículo, de la cocina arequipeña; lo único que puedo adelantar
es que me quedé encantado con el queso helado-, continuamos el último recorrido
por el mercado de San Camilo y alrededores, apreciando las espléndidas
edificaciones de lo que está considerado Patrimonio Histórico por la Unesco. La
calle Mercaderes es una versión characata de lo que es el Jr. De la Unión en
Lima, una vía peatonal empedrada por donde transitan personas de distinta
procedencia a todas horas del día. Así como en el Cuzco, aquí también se ven
muchos turistas extranjeros circulando por sus calles, lo que le da un aspecto
cosmopolita.
El último día de
nuestra estadía en la Blanca Ciudad lo dedicamos a conocer su afamada campiña,
que no es otra cosa que la parte rural, el campo que rodea a la bella ciudad,
con sus plantaciones y chacras de diversos productos. El verdor que trasmite la
naturaleza, su belleza inmanente, subyugan al espectador. El distrito de
Characato, a pocos minutos del centro histórico, nos ofrece a mediodía su
encanto bucólico, invitándonos a caminar por sus calles cortas que desembocan
en extensas zonas verdes que se recortan contra un horizonte que deleita
contemplar. Fue la triste despedida de una ciudad que siempre esperé conocer, y
que no sólo ha confirmado mis previsiones, sino que los ha enriquecido con la
imbatible certeza de la realidad.
Ha sido pues un
gran placer conocerla, y me llevo en la memoria las gratificantes imágenes e
instantes supremos de una estadía maravillosa.
Arequipa, 24 de enero de 2026.