martes, 10 de febrero de 2026

La dama de blanco

 

Antes de conocerla ya me la imaginaba, soñaba con el día en que la tuviera frente a mí y poder contemplarla con gran interés y arrobo. Y por fin ese anhelo largamente acariciado se ha cumplido, o empieza a cumplirse, desde el sábado 17 en que llegamos a la ciudad. Muy temprano esperamos el vuelo en el aeropuerto internacional Jorge Chávez, prácticamente en la madrugada de ese día. Minutos antes de las 7 de la mañana despegó el avión y, luego de un viaje regular sin contratiempos, la nave descendía en el aeropuerto Alfredo Rodríguez Ballón a las 8 en punto. Luego del aterrizaje, mientras los pasajeros bajaban, percibí que había llovido, pues la pista tenía tramos aún mojados. El Misti asomaba imponente a un costado, velado apenas por jirones de niebla.

Ya estamos en Arequipa, llamada la Ciudad Blanca, por sus casitas construidas por la piedra sillar, producto de la erupción de los volcanes que la rodean. O tal vez por la presencia de una población blanca en los inicios de la conquista, que definió de alguna manera su idiosincrasia étnica. Mientras el taxi nos lleva al alojamiento, se puede divisar algunas partes de la ciudad, que yo observo ansioso, como cada vez que tengo la oportunidad de conocer un nuevo lugar. Una vez instalados en el pequeño apartamento, tomamos un breve descanso para reparar las fuerzas, perdidas especialmente durante las horas de espera de esa madrugada.

A media mañana, salimos a recorrer lo primero que suelo hacer en cada ciudad: su plaza mayor, el corazón delator de cualquier urbe. Caminamos apenas un par de cuadras y de pronto ante nosotros se yergue majestuoso el conjunto arquitectónico de la catedral, de estilo neorrenacentista y considerada una de las más bellas del Perú. La plaza es amplia y simétrica, cercada por los portales que flanquean al edificio principal. Es acogedora y muy concurrida, se ve a decenas de turistas tomando vistas desde diferentes ángulos. Otros se hacen retratar con la catedral de fondo. Recorremos los otros lados donde hay apostados diversos comercios: restaurantes, agencias de turismo, tiendas de artesanías, cafés y, en las esquinas, quioscos de periódicos. Unas cuadras más allá, recalamos en el mercado San Camilo, despensa de todo tipo de productos alimenticios, una variedad de potajes típicos de la región y una ebullición característica de esta clase de recintos. Allí probamos algunos piqueos de la cocina arequipeña.

Al día siguiente, domingo 18, se imponía una visita al imprescindible Monasterio de Santa Catalina, a pocos metros de la plaza mayor, y a muchos menos de donde estamos establecidos. Nos dicen que su recorrido se realiza en un promedio de dos horas, pues lo hicimos como en tres horas, por la acuciosidad al observar cada recinto y tratar de valorar su importancia histórica. Es una verdadera ciudad dentro de la ciudad, con sus callecitas, patios, celdas y recintos donde transcurrían sus vidas centenares de mujeres, muchas de ellas tal vez inducidas por auténtica vocación, o quizá recluidas contra su voluntad. Lo que se puede ver son restos de la vida cotidiana de las novicias, testimonios materiales de su paso por este mundo, una forma de vida propia de la época, dominada por la religión y donde proliferaban conventos, iglesias y monasterios de las distintas congregaciones religiosas que llegaron con los españoles. Uno puede perderse en sus laberínticas galerías, pero felizmente hay señalizaciones que van orientando a los visitantes. Por la tarde emprendimos rumbo a otro de los lugares emblemáticos de la ciudad: el afamado mirador de Yanahuara, una atalaya privilegiada en la margen derecha del río Chili, en una cuesta del distrito del mismo nombre, desde donde se contempla el cono coronado de hielo del Misti, así como sus compañeros el Chachani y el Pichu Picchu. Por ser época de lluvias y nieblas, esa tarde el renombrado volcán se ocultaba tras una espesa nubosidad, dejándose ver apenas de rato en rato. El punto es como un balcón con arcos vistosos muy difundidos por los turistas que se fotografían con la ciudad y el volcán como fondo. Pero en los alrededores de la placita también hay otros atractivos, como el callejón del cabildo, una callecita estrecha por donde se puede pasear contemplando reproducciones de cuadros de los grandes pintores.

Al día siguiente, lunes 19, ya teníamos contratado un tour al cañón del Colca, uno de los atractivos más visitados de la región. Situado en la provincia de Caylloma, es uno de los más profundos del mundo, con más de 4 mil metros aproximadamente. En el camino hicimos varias paradas para tomar fotografías del paisaje, ir al baño o contemplar a los habitantes natos de esas alturas: las vicuñas, llamas y alpacas. Estamos en la Reserva Natural Salinas y Aguada Blanca. En un trayecto de la ruta llovía intensamente, con granizo que se acumulaba de forma muy compacta en la pista, haciendo que el carro vaya lentamente para evitar cualquier despiste. Pero ese día llegaríamos primero a Chivay, la capital de la provincia, a 3,700 metros sobre el nivel del mar, una típica ciudad de provincia, con sus calles estrechas y su simpática placita. Nos quedaríamos allí esa noche, pues al siguiente día, martes 20, emprenderíamos la ruta al cañón, con la promesa de avistar los cóndores y poder divisar, si las condiciones climatológicas lo permitían, la cesura geológica natural de ese valle de 70 kilómetros, por donde discurre precisamente el río Colca, un hilo de agua desde la altura impresionante del mirador en la cumbre. Una densa neblina cubría las alturas del Colca, rota a ratos por el viento, pero que se mantuvo impertérrita todo el tiempo que estuvimos allí. Sin embargo, poco antes de llegar, habíamos podido apreciar el vuelo de dos cóndores, en una montaña a cierta distancia del camino. El carro hizo un alto y bajamos para dirigirnos lo más cerca posible al roquedal donde descansaba uno de ellos. Todos esperaban que tomara vuelo, mientras a los pocos minutos otro cóndor empezó a planear soberbio por entre las rocas. De pronto, el primero emprendió el vuelo y pasó rasando por nuestras cabezas y se perdió tras otro cerro. Tal vez la pequeña multitud que lo miraba desde abajo lo puso nervioso y decidió retirarse a un espacio más solitario.

El regreso a Arequipa fue por la tarde, después del almuerzo. El carro ya no hizo paradas, de frente enrumbó hacia su destino. Después de tres horas hacíamos el ingreso a la Blanca Ciudad, en medio de un intenso tráfico que se hacía lento por la cantidad de vehículos que pugnaban por abrirse paso. A las cinco de la tarde ya estábamos en la ciudad, cansados por el viaje y dispuestos a descansar para la jornada siguiente que nos esperaba.

El miércoles 21 decidí que podíamos visitar la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, donde al día siguiente haría la presentación de mi libro, por enésima vez. A menos de 200 metros de nuestro alojamiento, en la calle San Francisco, se sitúa el recinto que alberga los cerca de 40 mil volúmenes que el escritor arequipeño donó a su tierra natal, libros que se exhiben en sendos anaqueles en varias salas de las instalaciones de la casona. La entrada es libre, y el recorrido nos presenta ambientes con textos conmemorativos a la figura del insigne escribidor, otros ambientes de consulta y lectura y el auditorio, dispuesto justamente para presentaciones de libros, charlas, conferencias y otras actividades culturales. Yo tenía la idea de que esa había sido la casa donde nació Vargas Llosa, pero una de las empleadas me explicó que ese era el local de la Biblioteca Regional de Arequipa, y que donde había venido a este mundo el autor era ahora la Casa Museo, ubicaba a unas seis o siete cuadras de la plaza mayor, en la otra parte de la ciudad. Cuando llegamos a ella, pasado el mediodía, nos informaron que la siguiente visita guiada sería a las dos de la tarde, por lo que decidí que regresaríamos otro día, pues esa tarde tendríamos otro tour hacia la ruta del sillar, aventura que emprendimos con gran interés por conocer las canteras que servían para abastecer de la piedra característica de la ciudad, material con el que están construidos muchas casonas, edificaciones de estilo colonial, como las iglesias y monasterios, que le dan esa imagen singular y blanquecina a la urbe del sur. Cuando llegamos a las canteras, llovía copiosamente, pero aun así pudimos apreciar los enormes bloques blancuzcos. Algunos obreros, trepados en sus alturas, laboraban para extraer el elemento esencial de la arquitectura arequipeña. En el recorrido se podía apreciar también diversas figuras, de animales, iglesias y personas, esculpidas con la piedra volcánica, donde los visitantes se sacaban fotografías. Empapados por la lluvia, retornamos al carro, para emprender enseguida la visita a la quebrada Culebrillas, un pequeño cañón que conserva sus contrafuertes por donde alguna vez discurrió un vertiginoso río. Hacemos el recorrido a pie, contemplando las caprichosas formas que han adoptado las rocas y algunos petroglifos hechos por los antiguos pobladores, así como apachetas, formas tradiciones de su religiosidad popular. El retorno a Arequipa lo hacemos en medio de un clima lluvioso y plúmbeo. Para completar el día visitamos el Museo de la Universidad Nacional de San Agustín (UNSA), que exhibía pinturas de artistas locales y al final, en un patio interior, una inmensa escultura hecha de ichu, que representaba al pintor peruano Fernando de Szyszlo, obra del artista arequipeño Daniel Gallegos.

El jueves 22 partimos por la mañana a un lugar recomendado, que generalmente no aparece en las guías turísticas: el mirador de Carmen Alto, a veinte minutos del centro histórico. Allí nos encontramos con un observatorio abandonado ya hace muchos años. Sin embargo, desde esa altura se tiene otro punto de vista panorámico de la ciudad, siempre con el Misti escondido a un lado. El día está nublado, y cuando bajamos a la plaza principal sentimos unas gotas que amenazaban desencadenar una lluvia propia de la estación. Nos refugiamos en un restaurante donde aprovechamos para almorzar y dirigirnos luego a la esperada casa museo de Mario Vargas Llosa. En un promedio de dos horas realizamos el estupendo recorrido por los ambientes que constituyeron los espacios que vieron nacer y crecer al novelista. En otro artículo me dedico ampliamente a comentar los pormenores del mismo. Ese mismo día por la tarde noche tuve la suerte de presentar mi libro El viajero inmóvil en la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa, acompañado por dos magníficos comentaristas: la poeta Elena de Yta y el profesor Marco Vilca. Rematamos la jornada en un café cercano para seguir hablando de libros, de literatura y de otros temas afines.

El viernes 23 estuvo dedicado a recorrer librerías, todas ubicadas en el centro histórico, por cierto, uno de los más hermosos que he conocido. A pocas cuadras de distancia unas de otras, las librerías de Arequipa están muy bien surtidas, con colecciones estupendas de los grandes autores, publicaciones de editoriales independientes y un surtido menú de autores locales y regionales, inhallables en las librerías limeñas. Visitamos cinco o seis de ellas, pescando algunos textos interesantes y, sobre todo, con el deleite de saber que la Ciudad Blanca no le va en zaga a la capital en la oferta de material de lectura, situación explicable al ser la segunda ciudad del Perú, cuna de notables artistas e intelectuales, así como de políticos que ocuparon puestos importantes en nuestra historia nacional. Después de un almuerzo al paso -luego hablaré, también en otro artículo, de la cocina arequipeña; lo único que puedo adelantar es que me quedé encantado con el queso helado-, continuamos el último recorrido por el mercado de San Camilo y alrededores, apreciando las espléndidas edificaciones de lo que está considerado Patrimonio Histórico por la Unesco. La calle Mercaderes es una versión characata de lo que es el Jr. De la Unión en Lima, una vía peatonal empedrada por donde transitan personas de distinta procedencia a todas horas del día. Así como en el Cuzco, aquí también se ven muchos turistas extranjeros circulando por sus calles, lo que le da un aspecto cosmopolita.

El último día de nuestra estadía en la Blanca Ciudad lo dedicamos a conocer su afamada campiña, que no es otra cosa que la parte rural, el campo que rodea a la bella ciudad, con sus plantaciones y chacras de diversos productos. El verdor que trasmite la naturaleza, su belleza inmanente, subyugan al espectador. El distrito de Characato, a pocos minutos del centro histórico, nos ofrece a mediodía su encanto bucólico, invitándonos a caminar por sus calles cortas que desembocan en extensas zonas verdes que se recortan contra un horizonte que deleita contemplar. Fue la triste despedida de una ciudad que siempre esperé conocer, y que no sólo ha confirmado mis previsiones, sino que los ha enriquecido con la imbatible certeza de la realidad.

Ha sido pues un gran placer conocerla, y me llevo en la memoria las gratificantes imágenes e instantes supremos de una estadía maravillosa.

 





Arequipa, 24 de enero de 2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario