sábado, 12 de marzo de 2016

La poesía de Edgardo Rivera Martínez

     Se ha publicado Del amor y la alegría y otros poemas (Hipocampo Editores, Lima, 2015), libro que reúne la producción poética del insigne escritor jaujino Edgardo Rivera Martínez. El libro recoge dos textos anteriores, “Casa de Jauja” y “Elementos”, vistos a la luz en forma autónoma en 1980 y 2009, respectivamente, más uno inédito, que da título al volumen, de los años recientes de la producción del creador.
     Precisamente, el libro se ha estructurado teniendo en cuenta ese orden. Un intenso lirismo, teñido de hondas nostalgias, recorre la primera parte –“Casa de Jauja”– donde Rivera Martínez, narrador consumado –en  cuyos cuentos y novelas se puede sentir, sin embargo, esa soterrada vena poética que aletea entre las escenas de sus historias, insuflando de una atmósfera de misteriosa poesía su prosa bien cincelada –se  revela como un fino versificador y delicado demiurgo de imágenes y figuras literarias.
     La casa abandonada de Jauja es el personaje central de esta primera parte: “No te habitan hoy / la luz y la alegría”, dice el poeta, mientras clama “exhausto y salmodiando / nombres y nombres, / como Job en el desierto…”. El recuerdo de los seres que transitaron por sus entrañas, acentúa la desolación y el abandono. La casa se erige en una especie de paraíso perdido, donde el poeta va “… deambulando, / caviloso, / como Adán entre las sombras…”; ya no sabe si es real, o tal vez se ha impregnado de la materia evanescente de los ausentes, de los muertos. Cree ver a los seres que alguna vez lo habitaron, refundido en la soledad de sus aposentos donde el señor es el silencio.
     La extrañeza de la segunda parte, titulada “Elementos”, nace de su consagración a mundos y rincones interestelares, donde también se cifran las claves de la condición humana. Cuerpos celestes, estrellas, meteoros, metales, sierpes, están dotados de ese anhelo tan caro a los hombres: la idea de la eternidad, ese espejo donde quisiéramos mirarnos para vencer a la muerte, pero que no son sino metáforas de los sueños trascendentes de simples mortales que somos. Símbolos de lo inerte y de lo permanente, de aquello que es sin remilgos. Seres míticos que presiden nuestra ronda efímera alrededor de ese abismo ineludible que es la muerte.
     Por último, en la tercera parte, dedicado a Betty, su compañera, el poeta se abre al canto alborozado y agradecido del amor y la alegría que trae aparejado; no sus penurias y tribulaciones, solo la diáfana celebración de la dicha, a través incluso del baile: “Bailábamos / al compás de nuestros sueños”; y la gratitud constante al ser amado, así como a la naturaleza, por donde el hombre viaje junto con el agua, el pájaro y la luz. Es la consciencia de pertenecer al todo, relacionando los mundos divididos por acción de la mezquindad humana, en una superior unidad de vida, donde se haga posible ofrendar una sullahuayta al mar y subir una caracola al nevado Lasontay, en un abrazo simbólico de aquello que representan las dos vertientes culturales que han forjado nuestras múltiples identidades. Este es igualmente el tema de fondo de la obra narrativa de Edgardo, ahora vertido en versos hilvanados como esa azucena de colores del penúltimo poema del libro. Magnífica entrega del maestro; un gozo perpetuo para el espíritu.


Lima, 1 de febrero de 2016. 

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