jueves, 3 de septiembre de 2020

La máscara de la muerte roja

 

    Los luctuosos acontecimientos del último sábado en el distrito de Los Olivos, donde una discoteca –que funcionaba ilegalmente y en pleno estado de emergencia, con restricciones estrictas sobre los derechos de reunión y a pocos minutos de iniciarse el toque de queda–, fue intervenida por la policía ante las quejas de los vecinos, con el lamentable saldo de 13 jóvenes muertos, coloca otra vez sobre la mesa de la discusión pública asuntos tan vitales en nuestra convivencia social como son el concepto de ciudadanía, la responsabilidad individual, el control de la autoridad municipal y los métodos policiales que se usan en este tipo de situaciones.

    Hay evidentemente una serie de factores que confluyen para explicar la ocurrencia de una tragedia que no es nueva en nuestra realidad. Un episodio con este desenlace ya es repetitivo en nuestra historia reciente. Cada cierto tiempo, una masacre de proporciones sobresalta nuestra aparente tranquilidad citadina instalándonos en la indignación y el dolor mezclados, tratando de hallar a los culpables o señalándolos directamente como si con ello pudiéramos aliviar en algo el desconcierto y el estupor que se apodera de todos. Nada de esto va a devolver a la vida a las víctimas, es cierto, pero a lo que aspira toda comunidad civilizada es a que este catálogo de sangre y desconsuelo no se repita más, y no viva con la constante inseguridad de que más temprano que tarde nuevamente se presente un hecho similar.

    ¿Qué empuja a un puñado significativo de jóvenes a infringir deliberadamente las normas sanitarias impuestas por la autoridad para evitar la propagación del virus? ¿Hasta qué punto las autoridades municipales son incapaces para ejercer una fiscalización eficaz sobre estos locales de diversión? ¿Cuál es la estrategia correcta que debe emplear la policía al momento de incursionar en eventos así para cumplir su deber de manera eficiente? En fin, son preguntas que nos hacemos los ciudadanos comunes y corrientes como tratando de desentrañar un fenómeno tan complejo y que presenta diversas aristas y ángulos.

    En un terrorífico cuento de Edgar Allan Poe, cuyo título he tomado prestado para esta nota, se narra un suceso de análogas circunstancias, en que un príncipe de nombre Próspero, hombre rico y poseedor de haciendas y palacios, decide sustraerse a la muerte en una época devastada también por la peste, invitando para ello a miles de nobles como él para refugiarse en una de sus abadías, lejos de la ciudad arrasada por la calamidad de los contagios y la muerte. Manda asegurar su mansión con puertas de hierro y muros infranqueables, y bien aprovisionados empiezan a disfrutar todos de los magníficos aposentos y los deliciosos manjares mientras están seguros de burlar a la parca. Después de algunos meses de confinamiento, el príncipe decide realizar un baile de disfraces para agasajar a sus invitados. Todos se preparan para el día señalado tratando de encontrar el mejor traje de la noche. Comienza la fiesta, suena la música en los siete salones tapizados con diferentes colores y el escenario se va poblando de hombres y mujeres que disfrutan de los sones que ejecuta la orquesta. Cada hora, un reloj siniestro resuena en el séptimo salón haciendo estremecer de pavor a los alegres danzantes que se quedan paralizados mientras el péndulo sigue acompasado su vaivén hasta que lentamente se va difuminando el sonido y poco a poco la reunión retoma su ritmo frenético de algazara y diversión.

    Llegada la medianoche, el reloj hace vibrar su más horrísono son, todos se detienen con el miedo instalado en sus rostros y de pronto los más cercanos a la última sala observan a un desconocido que dirige sus pasos al centro de la fiesta atravesando las diversas salas contiguas; viste un sudario y la máscara que le cubre el rostro es el de una calavera; se trata sin duda de un infiltrado. El príncipe, enterado de la presencia del oscuro visitante, ordena detener la música y aprehender al foráneo. Algunos invitados se abalanzan para coger al extraño, pero al instante retroceden expelidos por una misteriosa fuerza que emana de su figura. Cruza por el primer salón, el anfitrión queda paralizado ante la sola presencia del enmascarado. Nadie se atreve a acercársele. El príncipe, rojo de furia, se encamina hacia el intruso profiriendo recriminaciones e injurias a la cobardía de sus amigos, lo sigue hasta el último salón que ha sido pintado de negro y con una única ventana de barrotes escarlatas hacia el exterior. Al momento de ingresar a dicho aposento desenvaina su puñal, traspone el umbral y en ese instante se oye un alarido que aterroriza a la concurrencia. Todos corren para saber qué ha sucedido, pero al penetrar en el recinto ven al príncipe Próspero inerte en la alfombra, se lanzan sobre el culpable para comprobar con espanto que es pura vestidura, cáscara vacía, mientras todos y cada uno de los asistentes a la fiesta caen muertos al unísono.

    El relato me pareció, desde que lo leí, la perfecta alegoría de lo que ya sucedía en nuestras ciudades durante la cuarentena, con gente reuniéndose clandestinamente y celebrando fiestas y bebiendo a raudales, ajenos totalmente a la terrible realidad que afrontamos y que nos ha llevado a convertirnos en el primer país del mundo –¡oh triste privilegio!– en tasas de contagio y mortalidad. Creían tal vez así burlar el acecho invisible y constante de la muerte, que rondaba amenazante sus casas como lo hizo en la abadía de Próspero en el cuento de Poe, pues ni aun fortificándose en la más inexpugnable fortaleza podían escapar a sus perentorios designios. Y la muerte sorteó fácilmente esos muros y cercos para arrebatar aquellas vidas que se habían atrevido a retarla. No digo que murieron por asistir a aquella fiesta, sino que precipitaron un desenlace que de otro modo igualmente podría haberse presentado.

    ¿Cómo entender entonces la actitud de aquellos jóvenes que se atreven a desafiar una realidad amenazante? ¿Ingenuidad, rebeldía, anarquía, desesperación? Y no se trata solamente de algo que sucede por estas tierras. Causa asombro asimismo comprobar la reacción de miles de manifestantes, mayoritariamente jóvenes, que han marchado por las calles de Berlín, París, Londres, Zürich y Copenhague con carteles y proclamas reclamando libertad –¿libertad para morir?, diría Paul Auster; ¿libertad para matar?, agregaría yo– ante las imposiciones de las autoridades con respecto al distanciamiento social y al uso de mascarillas como las principales medidas para combatir la pandemia. Algo similar sucedía en ciudades de los Estados Unidos. Días atrás la misma escena se pudo observar en Madrid, ante la convocatoria realizada por un cantante, de cuyo nombre felizmente no me acuerdo, que paradójicamente no estuvo presente en el evento.

    Yo creo que existe una especie de anomia, una postura de desacato deliberado ante una autoridad que para ellos ha perdido toda legitimidad, una voluntad de abandono frente a  todo aquello que posea una pizca de decisión política que huela a gobierno, a leyes, a poder, etcétera, que ellos asocian a manipulación, exageración, abuso e imposición. En fin, lo cierto es que hay un arduo trabajo de análisis e interpretación de la psicología de ese segmento poblacional que demuestra, y lo va a seguir haciendo, un comportamiento que escapa a cualquier previsión o deseo gubernamental. También es un asunto de educación, o mejor dicho de su carencia, una pésima formación en ciudadanía que nos compete a todos: padres, maestros, gobierno, sociedad. Perfilar a un ser humano para crear en él a un ciudadano cabal es casi una titánica labor artística, una obra de escultura moral y espiritual que todavía no se ve en el horizonte. He ahí nuestro gran desafío.

 

Lima, 30 de agosto de 2020. 

Lima: Los Olivos | Discoteca | Muertos dentro de discoteca | Asfixia |  Sábad | NOTICIAS CORREO PERÚ

Foto diario Correo de Lima.

  

No hay comentarios:

Publicar un comentario