domingo, 13 de febrero de 2022

Nietzsche y el cristianismo

 Un libro fundamental en la bibliografía nietzscheana es sin duda alguna El anticristo, una requisitoria violenta contra el cristianismo, último texto que el filósofo dejó para su publicación cuando le sobrevino la crisis de su derrumbe espiritual en 1889. Franz Overbeck, amigo de Nietzsche, encuentra los papeles cuando acude a Turín donde el filósofo ha sufrido el repentino ataque de las fuerzas demoníacas de la sinrazón.

En el prólogo ya anuncia que este libro pertenece a los menos, típica muestra de la aristocrática postura de este discípulo de Dioniso. Los hiperbóreos y la modernidad son mencionados en el parágrafo primero, así como la fórmula de su felicidad. En el siguiente establece la moral aristocrática distinguiendo lo bueno de lo malo. Según su concepción, lo bueno es «todo lo que eleva el sentimiento de poder»; lo malo, «todo lo que procede de la debilidad». En el siguiente califica al cristiano como «animal doméstico», «animal de rebaño», «el animal enfermo hombre». La falsa idea del progreso, un pensamiento que recorre toda su obra, despunta también por estas páginas. Es contundente cuando remata su afirmación situando al cristianismo como enemigo de «los valores supremos de la espiritualidad».

El concepto de décadence es igualmente importante en toda la obra de Nietzsche; a partir de ello condena la compasión como un instinto que debilita la vida, en una crítica frontal a Schopenhauer, quien la convirtió en virtud. La filosofía alemana está corrompida, según el filósofo, por la sangre de los teólogos. El sacerdote es presentado como «negador, calumniador, envenenador profesional de la vida». Critica a Kant, quien hizo de la realidad una «apariencia», y valora a los escépticos, «el tipo decente en la historia de la filosofía».

Nietzsche le quita al hombre el privilegio de ser considerado la corona de la creación, así como señala el carácter totalmente imaginario del cristianismo, sin ningún contacto con la realidad. Ya en otra parte había afirmado que el hombre es simplemente un puente entre el mono y el superhombre, es decir algo que tiene que ser superado. Critica el concepto cristiano de Dios, «el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses», a diferencia del budismo, que presenta como religión realista, que lucha no contra el pecado, sino contra el sufrimiento, donde el concepto «Dios» ha sido suprimido.

Ante todo, Nietzsche ve al cristianismo como una consecuencia judía, gracias a Pablo, ese demonio del disangelio. La desnaturalización del judaísmo a través de la inversión de la relación entre Yahvéh e Israel, de una relación natural a una impuesta por la noción del pecado. Sobre esto último insistirá varias veces, pues es capital en el cristianismo, mientras que para Nietzsche es un invento judío que el cristianismo ha prolongado para seguir ensombreciendo y envenenando la vida.

En otra parte satiriza el libro de David Strauss sobre Jesús, donde se describe al personaje como héroe y genio, características que Nietzsche no ve de ninguna manera, calificando por lo contrario al fundador del cristianismo con un término ahora tenido por insultante y despectivo, pero que pertenece originalmente al ámbito médico: idiota, «una sublime prolongación del hedonismo sobre una base completamente mórbida», «mezcla de sublimidad, enfermedad e infantilismo».

Los conceptos de «Dios único», «hijo único» son productos del resentimiento. El disangelista Pablo, que falseó la historia de Jesús con la mentira de la resurrección, se convertirá en protagónica en la evolución posterior de una religión que es esencialmente predicadora de la muerte, pues promete un más allá lleno de bienaventuranzas en nombre de un más acá trocado en valle de lágrimas, al cual el prosélito debe resignarse con la perspectiva engañosa y falsa de una esperanza que en realidad es simplemente una promesa paralizante. Un pasaje clave de los evangelios que Nietzsche cita como prueba de su crítica al cristianismo como religión del resentimiento es Pablo, I Corintios, 1, 20 y ss.

El Dios paulino se aburre, y para entretenerse crea al hombre, luego a los animales y, como el hombre también se aburre, crea a la mujer, por quien le es revelado a aquél el conocimiento, la ciencia, a través del árbol prohibido, pues Dios es contrario a la ciencia, para ello confunde las lenguas de los hombres (Babel); esto lo entienden muy bien los filósofos y los médicos. El mayor peligro del sacerdote es la ciencia, para ello inventa el «pecado», «esa forma par excellence de autodeshonra del hombre», cuyo propósito es «hacer imposible la ciencia, la cultura, toda elevación y aristocracia del hombre». El cristianismo prospera con la enfermedad, es enemigo de la salud.

En su elogio del escepticismo coloca a Zaratustra como la contraposición del creyente, aquel que pone en tela de juicio las convicciones, que según Nietzsche eran enemigas de la verdad más que las mentiras. Enseguida, muestra su aprecio por el Código de Manú, por Epicuro y por Lucrecio. Cree que el Imperio Romano fue destruido, corroído por el gusano cristiano. Resalta de igual manera su admiración por el Renacimiento y su posibilidad de una victoria sobre el cristianismo. Concluye este apartado mencionando lo que él llama «las grandes fatalidades para la cultura»: la Reforma, la filosofía alemana, las guerras de liberación, la fundación del Reich a finales del siglo XIX.

Finaliza con una «Ley contra el cristianismo», siete artículos del mayor anatema pagano lanzado por hombre alguno contra una religión. Tal vez una de las grandes imposturas de un pensador contemporáneo frente a una religión dominante en todo el ámbito de la cultura occidental, la rebelión de un hombre excéntrico que buscaba otros horizontes y otros cielos para el destino del ser humano.

 

Lima, 18 de enero de 2022.



 

No hay comentarios:

Publicar un comentario