Con gran placer he visto una película impensada, o no buscada, cuyo título es Perfect Days (2023), del cineasta alemán Wim Wenders. El original japonés es Komorebi, “luz del sol filtrándose a través de los árboles”, que yo recupero para este breve comentario. Perfect Day es una canción de Lou Reed, cuyas letras aluden precisamente a lo que es la esencia de la película: un canto celebratorio a la vida sencilla y cotidiana. La rutina de Hirayama (Kōji Yakusho), un silencioso y diligente obrero, que labora limpiando los baños públicos de Tokio, se inscribe en ese ideal del budismo zen, centrado en la simplicidad de la vida, en la meditación de la experiencia personal para alcanzar la iluminación. Hirayama, en su modesta cotidianidad, parece encontrar cada día esa luz interior que trae paz y tranquilidad al espíritu.
Se levanta muy temprano, en ese instante límite en que la
luz del amanecer va disipando las sombras de la noche. Luego de asearse, alista
sus herramientas respectivas y sale en su furgoneta rumbo a los puntos
señalados para el trabajo de ese día, no sin antes llevarse de la caja
expendedora de bebidas y alimentos de la calle una lata de café para iniciar su
jornada, mientras conduce por las calles todavía desoladas de la gran ciudad,
escuchando sus casetes con la música de artistas y bandas estadounidenses,
ingleses y japoneses de los años 60 y 70, como The Animals, The
Velvet Underground, Patti Smith, The Rolling Stones, Van Morrison o
el propio Lou Reed. La impresionante House of the Rising Sun acompaña al
protagonista en la primera mañana del film, sin duda uno de los grandes temas
del siglo pasado, un auténtico clásico del género.
Hirayama, el hombre taciturno y amante de una existencia sin
sobresaltos, matiza sus días con la lectura de obras que adquiere en una
librería de ofertas de su barrio. Cada noche se lo ve, por ejemplo, leyendo Las
palmeras salvajes de William Faulkner, o algún volumen de cuentos de
Patricia Highsmith, antes de caer rendido y dormirse en una colchoneta que al
día siguiente recoge y acomoda en un rincón, momentos previos a dirigirse a su
trabajo. Es aficionado también a la fotografía, como que posee una cámara
analógica, esas de antes, cuyo rollo teníamos que revelar al final de su uso.
Le gusta captar la luz que se filtra por entre las ramas de los árboles cada
vez que se sienta en la banca de un parque a comer su merienda. Eso me recuerda
a los versos del poeta Martín Adán, que afirmaba que el sol tiene inquietudes
de pájaro entre los árboles.
Cultiva plantas en pequeños maceteros en su modesto departamento,
las cuida amorosamente regándolas todos los días. Frecuenta los restaurantes
humildes de los mercados públicos, donde se alimenta de manera sobria y frugal.
Los fines de semana lleva en bicicleta su ropa a la lavandería, a la par que se
pasea por lugares próximos de su barrio contemplando la ciudad, el río y los
atardeceres. Acude a ducharse a lugares públicos, donde es observado por dos
señores mayores que también son habituales en ellos. Dormir, despertarse,
trabajar, bañarse, comer, descansar, leer, son actividades habituales de todo
mortal, que Hirayama convierte en rituales de una existencia apacible y
armónica.
Hasta que algo cambia cuando una noche, al llegar a su casa,
una figura nueva irrumpe en su ritmo vital, una muchachita vestida de colegial
que se acerca y le llama tío. Hirayama la reconoce, es su sobrina Niko (Arisa
Nakano), hija de su hermana, con quien aparentemente se ha peleado y ha ido
donde su tío a buscar refugio. Él la entiende y acepta ayudarla. Niko lo
acompañará en sus arduas jornadas limpiando los servicios higiénicos de la
ciudad, mientras observa y es testigo de una existencia común y convencional
como la de tantos seres que pululan por las grandes urbes del mundo.
Otra característica de Hirayama, que ya quedó apuntado
antes, es su preferencia por el mundo analógico, muestra de ello son sus
casetes, sus libros y su cámara fotográfica. Cuando un día Niko le pregunta si
la música de sus casetes se puede encontrar en Spotify, él le responde dónde
queda esa tienda, ante la tierna sonrisa de la chica. Este hombre parco, que
vive solo y disfruta de la vida de un modo natural, sin mayores exigencias, se
relaciona con la naturaleza directa y sensorialmente, ajeno al mundo virtual en
que han decidido vivir millones de personas que han sido capturadas por la
apabullante tecnología.
De pronto, después de unos días de vivir en compañía de otro
ser humano, al llegar una noche para el descanso merecido, una mujer los
aguarda al lado de un moderno auto negro. La reconoce al instante, es su
hermana, que ha venido a buscar a su hija. La muchacha la mira con una mezcla
de asombro y temor. Los hermanos se acercan y se abrazan, rompiendo tal vez
meses o años de un sugerido distanciamiento. De inmediato la madre ordena a
Niko que saque sus cosas pues se la llevará. Ella obedece y cuando llega el
momento de la despedida, Hirayama hace un esfuerzo para no quebrarse, pero
cuando el auto se aleja por la calle, nuestro personaje rompe en un sentido y
silencioso sollozo que demuda su rostro y su alma.
Perfect Days es un hermoso largometraje, una oda a la
vida diaria, tal como lo eran también las cintas de Yasujiro Ozu, el portentoso
cineasta japonés de la primera mitad del siglo XX, de gran influencia en la
filmografía de Wim Wenders. El rodaje minimalista, la suave lentitud de las escenas,
la fotografía, la banda sonora, contribuyen a darle esa pátina de una obra
notable y excepcional de la cinematografía contemporánea.
Lima, 12 de enero de
2025.