sábado, 2 de julio de 2011

Los siete pelos del diablo

La obra de quien es considerado, con justicia, el padre del teatro peruano, se ha consolidado con el tiempo como una de las más importantes expresiones de la dramaturgia nacional. Pero de todas ellas, aquella que destaca por su simplicidad y gracejo, por su peculiar manera de asumir el habla de la época, salpicada de un ácido humor popular, es, sin duda, Ña Catita, estrenada en 1845 en el teatro Variedades de Lima, cuando la obra contaba con tres actos, y reestrenada una década después en la versión completa. Es ésta la que le ha dado a Manuel Ascensio Segura el sitial que ocupa en la historia de nuestra literatura.


Adscrita académicamente al costumbrismo, corriente que sirve de nexo entre la literatura independentista y el romanticismo, Ña Catita es una comedia emblemática dentro de la evolución de las tablas nacionales. Ambientada en la Lima de mediados del siglo XIX, en el seno de un hogar de clase media, con el ingrediente mordaz de una presencia femenina de inconfundible raigambre neoclásica, la obra presenta un conflicto muy común entre las familias de entonces, cuando las cosas del matrimonio la dirigían los padres, quienes se erigían en los amos y señores del porvenir, la dicha o la desdicha, de su hijas. Sobre todo de ellas, pues el machismo estaba en su máximo apogeo, y las condiciones para pensar en un movimiento que pretendiera la reivindicación de los derechos de la mujer aún estaban muy lejos.


La trama es más o menos previsible: Jesús y Rufina conforman una pareja prototípica, con sus clásicos problemas conyugales y sus desavenencias, que los años de convivencia han agravado; ambos tienen una hija casadera, Juliana, para quien su madre ya ha encontrado el candidato perfecto para futuro marido, don Alejo, un hombre maduro que aparenta una caballerosa reputación y una posición económica de solvencia garantizada. Situación esta última que es la razón fundamental para la elección que hace la madre, decisión con la que discrepa abiertamente el padre.


Pero he aquí que entra en escena el personaje que da movilidad e interés a la historia: Ña Catita, una viejecilla chismosa e intrigante, amiga de Rufina y enredadora con mil historias, avezada en las dudosas artes de la maledicencia y el comentario atrevido. De su boca emanan los cuentos y habladurías más picantes del barrio, las aventuras y desventuras que en las lides del amor matizan las grises existencias de unas criaturas condenadas a una vida mediocre y sin horizontes. Es ella la que sirve para atizar los conflictos domésticos o para avivar las distancias personales entre los miembros de una familia, la que apoya una causa determinada en esas luchas intestinas o la que inmediatamente se presta de soporte para la causa contraria.


Manuel es el pretendiente enamorado de Juliana, a quien ésta corresponde contra los dictados y los designios de la madre. Frente a los oropeles de don Alejo, a sus atractivos materiales evidentes, Manuel es un simple jovenzuelo que no le garantiza nada a Rufina para el futuro de su hija, un pelagato cualquiera que puede ser ninguneado en esa carrera febril en pos de la mano de Juliana.


Los hechos se precipitan a bordes inimaginables: la madre trama una mudanza con la complicidad de Ña Catita, para evitar el desenlace que tanto teme; mientras que Juliana ha fraguado el suyo para protagonizar una fuga con Manuel. Además, los altercados entre Rufina y Jesús se hacen tan ásperos que cada quien prácticamente ha decidido una separación de conveniencia. Mas en estas circunstancias llega el elemento disolvente que da un golpe de timón a los acontecimientos. Juan, un amigo de la familia, llega del Cuzco y pasa por la casa para dejar algunos encargos. Su presencia se produce en las escenas más dramáticas de la obra, aclarando con las revelaciones involuntarias que hace un paisaje que se encrespaba y se teñía de color de hormiga.


El dato más decisivo lo suelta en medio de una discusión llena de tormentas: la esposa de Alejo le envía por su intermedio un encargo desde el Cuzco. La sorpresa es general y todos quedan estupefactos. Inmediatamente comprenden el embuste, el engaño mayúsculo que don Alejo pretendía consumar con Juliana y con la familia de la muchacha, especialmente Rufina, la madre, que de sopetón ve desbaratado el plan non santo de ese viejo indecente que con mil argucias y zalamerías ya había convencido a Rufina.


El final es de rosas: desenmascarado el farsante, las aguas vuelven a su nivel y todos se reconcilian entre lágrimas y abrazos de felicidad. Mientras Ña Catita, expulsada en un momento por la furia de don Jesús, rumia su desastrada condición en la soledad de un ostracismo de expiación, pues su figura no inspira la confianza de nadie, excepto de la Rufina embaucada de los inicios, deslizándose por en medio de los sucesos como la diligente emisaria del mal, como los siete pelos del diablo, según la precisa calificación que hace de ella uno de los personajes.


Escrita en verso y en cuatro actos, con un dominio diestro de las leyes de la métrica y la rima, Ña Catita es una obra que bien vale la pena verla representada, pues su sola lectura deja en la imaginación del lector un conjunto de promesas halagüeñas de lo que puede ser el buen teatro.



Lima, 2 de julio de 2011.

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