domingo, 9 de octubre de 2011

Un Nobel sueco

Aun cuando siempre sean discutibles las decisiones que cada año toma la Academia Sueca al otorgar los Premios Nobel, especialmente el de literatura, no se puede dejar de reconocer las acertadas veces en que su criterio ha dado en el clavo. En el caso del Premio Nobel de este año, entregado al poeta sueco Thomas Tranströmer, parece que ha sucedido esto último. Más allá de que el galardonado pertenezca precisamente al país que es la sede oficial de la Fundación Nobel, lo cual muchas veces ha avivado las suspicacias, tanto su trayectoria literaria como la calidad de su obra lo hacen legítimo merecedor al reconocimiento internacional que dicho premio significa.


Es muy poco lo que se conoce de la obra de Tranströmer en Latinoamérica -es la primera vez, por ejemplo, que oigo hablar de este poeta-, e incluso en Europa, donde al parecer disfruta de un justo prestigio entre el selecto público que lo sigue. Y a pesar de haber sido traducido a medio centenar de lenguas en el mundo, su poesía ha estado encerrada en un círculo elitista de profesores y académicos, además de poetas y escritores, que no ha tenido una difusión como quizás se merecía.


Estoy usando los condicionales porque no conozco la obra del poeta sueco, de quien recién he empezado a leer la poca poesía que se encuentra disponible por el internet. De la docena de libros publicados a lo largo de medio siglo, apenas un puñado de ellos leídos a vuelo de pájaro, no pueden dar una visión cabal de la totalidad de su obra. Lo que sí he apreciado de inmediato, tal vez por ser un tipo de poesía que valoro sobremanera, han sido los haikus, que este poeta de occidente también cultiva, al igual que otros tantos de este lado del mundo.


En el largo recorrido de sus ochenta años de existencia, numerosas han sido las vicisitudes del laureado vate, pero una de ellas ha sido la que ha alimentado con una tenacidad y una energía invencibles: su amor sin límites por la poesía, ese secreto y misterioso gozo por la palabra, ese combate sutil y amoroso con el lenguaje. Dicen que comenzó a escribir poesía a los trece años, y que a los diecisiete ya tenía su primer volumen, que publicaría algunos años después.


Entre los candidatos de este año al preciado galardón, figuraban igualmente notables exponentes de las letras contemporáneas, como el poeta, compositor y cantante estadounidense Bob Dylan, o el escritor japonés Haruki Murakami. Se afirmaba también en los pasillos secretos de los apostadores, que el poeta peruano Carlos Germán Belli habría figurado entre los posibles voceados al ansiado laurel. No hay duda de que Belli es actualmente el poeta peruano vivo más importante, y que su obra reúne de sobra los requisitos mínimos para alcanzar dicho reconocimiento mundial. Desde que lo supe, Belli se convirtió en mi candidato favorito, en la figura que mejor encarnaba la estatura del decir poético aunada a la calidad y maravilla del ser humano.


Sea como sea, lo cierto es que después de muchos años en que los consagrados eran mayoritariamente narradores o novelistas, este año es el turno de la poesía, probablemente el género que más cabalmente expresa tanto la profundidad como la belleza de una lengua. Y ello ya es motivo suficiente para sentirnos satisfechos cuando el nombre de un poeta es catapultado al primer plano de la admiración universal.


Qué mejor pretexto que una noticia así para acceder al ámbito más íntimo de un auténtico creador, al sereno hogar del alma de un ser en que se cuecen lentamente las palabras para luego brotar en chorros de espléndida sublimidad. Es lo que sucederá a partir de ahora con Thomas Tranströmer, el aeda nórdico que a los sesenta años sufrió un derrame cerebral que lo dejó hemipléjico, pero que en ningún momento se convirtió en un impedimento para su vocación poética.


Sabremos que además de psicólogo y profesor, labores que ejerció durante años, existe un reducto especial en su inquieto espíritu que lo impulsó a dedicarse a esta extrañísima e ingrata labor de juntar palabras, para decir lo que todos y cada uno de los hombres siente, piensa y quisiera decir. En una palabra, una forma de acercarnos a nosotros mismos, para sondear nuestros abismos y superficies de la mano de un ser investido por los dioses con un don inefable y místico.



Lima, 9 de octubre de 2011.

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