sábado, 1 de septiembre de 2012

Las memorias de Andrés A. Cáceres


     Un libro apasionante constituye Memorias de la Guerra con Chile (Editorial Milla Batres, 1980), escritas por el comandante Julio Guerrero, fiel secretario de Andrés Avelino Cáceres, en base al memorioso testimonio del Brujo de los Andes. Revisada por el mismo héroe de La Breña, se editó por primera vez en 1924, con un tiraje reducido; posteriormente se han impreso nuevas ediciones, pero ésta es la definitiva. 
     Se trata indudablemente de un valioso documento para quienes desean adentrarse en los pormenores de una de las guerras más vergonzosas de la historia militar. Se inicia cuando las primeras campañas del conflicto bélico tienen como escenario la costa sur del Perú, jornadas que estarían coronadas por el valeroso sacrificio de quien está considerado, con justísima razón, el héroe máximo de la patria: Don Miguel Grau Seminario.
     Toda esa infame historia de esta guerra fratricida, impulsada por las más torvas ambiciones de los sectores económicos financieros del país del sur, espoleados a su vez por lejanos e invisibles intereses de los imperios dominantes, tiene en los recuerdos de Cáceres la nota objetiva y precisa que va desgranando cada episodio donde participó, o del cual supo como oficial durante esos aciagos años de 1879 y siguientes.
     La parte más interesante es aquella que describe el momento en que Cáceres, derrotadas ya las huestes peruanas en las batallas de San Juan y Miraflores, huye providencialmente de la persecución chilena y, luego de un reparador descanso de breves semanas, decide la formación y reclutamiento de un ejército guerrillero en la sierra central, adonde llega buscando apoyo para emprender la resistencia, una de las jornadas más dignas y honorables de que se tenga memoria en los anales de las armas del mundo.
     Cáceres organizó la resistencia en Jauja, teniendo como base a 16 soldados que se encontraban recuperándose en el hospital de la ciudad, mientras Letelier, el jefe invasor, pedía onerosos cupos a los pobladores y amenazaba con  incendiar Huancayo. El héroe decide entonces instalar su cuartel general en Tarma, desde donde comanda las principales acciones para hacer frente a las tropas enemigas.
     Las columnas de guerrilleros voluntarios se irían incorporando de Jauja, Huancayo, Tarma, Ayacucho, Huarochirí y otros poblados aledaños. Con todos ellos establece a continuación su cuartel general en Matucana, que luego traslada a Chosica, al haberse retirado las tropas chilenas luego de haber incendiado el pueblo.
     Por tres veces los chilenos intentan acabar con la vida de Cáceres, quien se salva gracias a la diligencia y pericia del maquinista alemán Harry Wall. Mientras tanto Francisco García Calderón formaba gobierno en La Magdalena, proponiéndole al héroe un puesto prominente que él rechaza. Piérola tiene que renunciar porque las fuerzas del norte y las del sur le quitan su apoyo.
     Cáceres y una Junta de Guerra reunida en Jauja, reconocen al gobierno provisorio de García Calderón, quien sin embargo ya se encontraba hace meses en Chile, cautivo. Después de mandar fusilar a los traidores y de burlar el cerco de Lynch y Gana, Cáceres se retira a Tarma.
     Después de arrostrar la rebelión del coronel Arnaldo Panizo, traidor de la causa patriota por mezquinos asuntos de rivalidad política, Cáceres decide la reorganización del ejército guerrillero en Ayacucho; a continuación emprende la marcha a Junín, donde las tropas chilenas venían cometiendo todo tipo de tropelías y bochornosos actos de pillaje. Establece entonces su cuartel general en Izcuchaca, desde donde comanda las acciones que conducirían a jornadas gloriosas, circunstancias en que se produce uno de los hechos que lavaron momentáneamente el honor nacional, cuando el desarrapado ejército del ayacuchano derrota a los chilenos en las memorables batallas de Pucará y Marcavalle.
     Las tropas chilenas son derrotadas además en Concepción, huyendo por Jauja, Tarma y La Oroya. Lynch envía tres divisiones para batir al ejército guerrillero: la de León García, la de Del Canto y la de Urriola. Avanzan hasta Tarmatambo, situada a una legua al sur de Tarma. En junta de guerra reunida en esta ciudad  los peruanos deciden la retirada al norte, era exactamente el 20 de mayo de 1883.
     Luego de una tortuosa travesía, sufriendo todas las inclemencias del trayecto, el 1 de junio llegaron a Huánuco. Así, en las peores condiciones, el ejército de Cáceres continúa la retirada hacia el Callejón de Huaylas, remontando la Cordillera Blanca. El Brujo de los Andes logra burlar la persecución de Arriagada y Gorostiaga, los jefes chilenos, mediante un ardid.
     Las tropas peruanas llegan a Tingo, en el flanco oriental de la Cordillera. Luego prosiguen su marcha hacia Huamachuco. Allí, por falta de municiones y algún otro factor imprevisto, es aniquilado el ejército de Cáceres. Éste logra escapar del campo de batalla y se encamina a Tarma. La travesía  por Huaraz, Caja tambo, Óndores y el lago de Junín, en medio de destacamentos enemigos, es verdaderamente admirable. Los chilenos le pisan los talones, y Cáceres llega a Jauja, donde es alojado por el cura Dianderas.
     Mientras Cáceres descansa en Jauja, Urriola va en su búsqueda; entonces el héroe debe retirarse a Huancayo, y luego a Ayacucho. Estando en la ciudad de las 33 iglesias se entera de la firma vergonzosa del Tratado de Ancón por Iglesias y de la actitud de Montero, llena de dignidad en medio del oprobio.
     Era el fin, el acabamiento de una decorosa campaña librada en las condiciones más difíciles y complejas. Cuando muchos huían, otros se ocultaban convenientemente, o se aliaban sencillamente al invasor, Andrés Alfredo Cáceres –nombre verdadero del imbatible oficial- se yergue como una columna de dignidad y decencia en medio de un charco de cobardías, defecciones y traiciones. Cáceres y un puñado anónimo de valerosos peruanos supieron resistir la ignominia para salvar el honor de todo un país.
     Un libro imprescindible para todo auténtico peruano, que se lee con interés, pasión y rabia, como todo gran libro debe provocar.

Lima, 1 de septiembre de 2012.

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