miércoles, 20 de marzo de 2013

La novela de Chávez


La muerte, en olor de multitud, del presidente venezolano Hugo Chávez, es uno de esos fenómenos políticos contemporáneos que dejan  una cantidad importante de interrogantes sobre el significado de ciertas figuras latinoamericanas que logran cosechar tanto fieles seguidores, hasta se diría fanáticos prosélitos, como furibundos detractores. No en vano se le ha comparado con caudillos históricos como Perón y Torrijos, emblemáticos líderes de masas que también están envueltos por la aureola de la controversia y la polémica.
     Durante los cerca de catorce años en que fue no solo el presidente de su país, sino la figura indiscutida del panorama político latinoamericano, Hugo Chávez siempre estuvo en el centro de las discusiones ideológicas entre quienes veían con simpatía sus posturas confrontacionales  y sus desplantes a personajes ligados a los intereses de los Estados Unidos, y aquellos que denostaban con acritud su flamígero verbo y su retórica antiimperialista como formas que encubrían, y a veces revelaban, sus ínfulas de dictador.
     Sin duda que se puede discutir hasta el infinito sobre la real naturaleza política del fallecido presidente llanero, si fue o no un dictador, si encarnó fidedignamente el ideal bolivariano, como él tantas veces lo proclamó, o si las políticas que implementó en Venezuela le dieron verdaderamente en el gusto de la necesidad a ese pueblo que siempre buscó servir con toda la riqueza que disfrutó y disfruta esa nación,  tocada por la fortuna de sus ingentes recursos petroleros.
     Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con su actuación al frente del país de Rómulo Gallegos y de Simón Bolívar, incluso se pueden cuestionar algunas de sus decisiones con respecto a la libertad de prensa o las libertades en general que tomó y ejecutó desde su despacho en el Palacio de Miraflores, o las medidas económicas implementadas a contrapelo de las políticas neoliberales en boga y sus discutibles consecuencias, pero siempre quedará enhiesto el perfil del político, de los pocos en el continente, que le plantó cara del modo más desafiante a los poderes establecidos.
     Haberles dicho en su cara, a los representantes del sistema, las verdades que tantos lo piensan pero no lo dicen, o que lo dicen pero no trascienden de los modestos reductos de su entorno, es un atrevimiento que muchos no le perdonan ni le perdonarán nunca. Quizá en algún momento pudo caer en la fácil provocación o en la franca diatriba, pero ese era su estilo pues, mal que nos pese; cada quien lo hizo a su manera, verbigracia Fidel Castro o Salvador Allende, mas la esencia era la misma, ese fondo indignado que le espetaba a la gran potencia sus abusos y sus tropelías, que le señalaba sus flaquezas y sus miserias.
     El comandante vencido por el cáncer no era un intelectual, aun cuando en sus discursos brillaran algunos destellos de elocuencia oratoria; tampoco era un ideólogo, a pesar de sus intentos por demostrar que sus acciones se inscribían dentro de lo que él denominaba el socialismo del siglo XXI, doctrina que jamás perfiló ni menos definió teóricamente; menos aún se le podría equiparar con su admirado héroe e ícono mayor de América Latina: Simón Bolívar.  
     El caso de Hugo Chávez pasará a la historia como uno de los emblemáticos ejemplos de un autócrata que, agarrado del populismo, quiso torcerle el cuello a una inveterada costumbre de favorecer a los que siempre han tenido, practicado por sucesivos gobiernos a lo largo de la historia republicana. Y el chavismo, su legado político partidario que ha arraigado en los sectores de mayor pobreza de Venezuela, podrá tener la vigencia que su líder pronosticó en tanto subsista ese compromiso de los herederos que quedan, a pesar de todo. No es difícil advertir la dramática situación por la que atravesará el movimiento en los tiempos que siguen, mas la ligazón tan estrecha que ha establecido con ese pueblo reivindicado, será el puntal clave de su permanencia en la escena política venezolana.

Lima, 18 de marzo de 2013.

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