El 18 de enero de este año apareció
muerto, en el baño de su departamento en un exclusivo barrio de Buenos Aires,
el cuerpo del fiscal Alberto Nisman, quien estaba a cargo de las
investigaciones del horroroso atentado terrorista contra el local de la
Asociación Mutualista Israelita Argentina (AMIA), perpetrado el 18 de julio de
1994 y que costó la vida de 85 personas, además de decenas de heridos y
múltiples daños materiales de gran consideración.
Había regresado intempestivamente de
España, donde se encontraba de vacaciones con su hija y su ex esposa, para
presentar una denuncia formal ante la justicia de su país contra la presidenta
Cristina Fernández de Kirchner y el ministro de Relaciones Exteriores Héctor
Timerman, entre otros, por el supuesto delito de encubrimiento de los autores,
la mayoría de ellos de nacionalidad iraní, que habrían cometido el reprobable
crimen. Lo curioso es que lo hizo en plena temporada de feria judicial, que es
como en aquel país llaman al receso de fin de año. Al día siguiente, es decir
el lunes 19, debía presentarse ante el Congreso de los diputados para sustentar
los puntos esenciales de su alegato.
Es misteriosa la circunstancia de la
muerte de Nisman, que algunos atribuyen a un caso típico de suicidio, pues se
encontró el arma que habría usado a pocos centímetros del cuerpo, así como el
orificio de entrada de bala en la sien disparada desde una distancia de menos
de un centímetro, según los resultados de los peritos forenses; y, lo más
importante, la ausencia de otras huellas en el escenario del crimen. El arma,
una vieja pistola de poca envergadura, le fue facilitada días antes, y a
instancias del propio Nisman, por Diego Lagomarsino, un técnico informático que
laboraba a órdenes del fiscal.
Según la acusación de 2006, Nisman
señalaba como autor intelectual a Irán y al grupo extremista libanés Hezbolá
como el ejecutor material. Al respecto, el poeta y periodista argentino Juan
Gelman, siempre agudo y lúcido, señalaba -en un artículo publicado en el diario
Página 12, el 20 de julio de 1994, a
escasos días del atentado-, lo siguiente: “No creo en la teoría de la
conspiración extranjera. En las entrañas del país, también inextricablemente
unido a él, pasea el monstruoso animal de la supresión del otro.” No debemos
olvidar que Gelman tenía origen judío y que lo decía alguien que padeció, tal
vez como ninguno, la vesania del régimen militar de 1976.
Pero en fin, las investigaciones siguieron
otro camino y a pesar de las evidencias en contrario, el fiscal Nisman
perseveró en su intento de involucrar a la mandataria argentina y a su ministro
más importante. Basado en el Memorándum de Entendimiento que suscribieron los
gobiernos de Argentina e Irán en el año 2013, abonó su tesis de que lo que
buscaba la Casa Rosada era cubrir con el manto de la impunidad el hecho
execrable, con el propósito de obtener beneficios económicos de índole
comercial en relación con el país árabe.
Apenas si es necesario señalar que los
supuestos beneficios jamás se presentaron, pues nunca hubo evidencia de que los
hipotéticos acuerdos entre Buenos Aires y Teherán se hayan convertido en
palpable realidad. Esa es la razón por la que el juez Daniel Rafecas haya
desestimado las imputaciones del fiscal asesinado y las que ha proseguido luego
Gerardo Pollicita, su substituto en el cargo, quien por cierto tampoco ha
querido presentarse ante el Congreso para sustentar los cargos que debió
presentar en su momento el fiscal Nisman. Para el juez de la causa no hay
ningún indicio probatorio de las acusaciones de éste. Tampoco se ha podido
probar que Timerman se haya reunido con Noble, el Secretario General de la
Interpol, para presionar que se den de baja las notificaciones rojas para
detener a los implicados. El mismo Noble ha desmentido el hecho.
Pero más allá de la polémica y la
incertidumbre que reina en el ámbito estrictamente judicial, la muerte de
Nisman tiene claras implicancias políticas, tanto por la labor que desempeñaba
desde que el desaparecido presidente Néstor Kirchner lo nombró para el cargo,
como por haber involucrado en el caso a nada menos que la primera mandataria de
la nación en un momento particularmente álgido, estando a la vista las próximas
elecciones generales de este año y ante el embate de sectores de la oposición
que podrían aprovecharse de esta situación para debilitar aún más al gobierno
que ingresa a la recta final de su periodo.
Han aparecido en estos días una grabación
de la cámara de seguridad del aeropuerto, siguiendo los pasos de Nisman a su
regreso a Buenos Aires; una supuesta novia del fiscal, de apenas 25 años y que
hasta ahora nadie conocía, excepto la empleada que laboraba para aquél; así
como los resultados del equipo forense que la exesposa de Nisman contrató para
el caso, que concluirían, según sus propias declaraciones, en que se trató de
un homicidio. Son elementos, sin duda, que la justicia tendrá que aquilatar en
las próximas semanas.
Si fue un suicidio, un suicidio asistido o
un asesinato, sólo podremos saberlo si la justicia hace su papel como es
debido; no obstante, si tenemos en cuenta que después de dos décadas del
atentado de la AMIA no hay un solo acusado ni menos condenado, poco aliciente
quedará para el optimismo en un caso como éste que ha remecido a la sociedad
argentina, y que lo único que pide –como si fuera poco– es justicia y acabar
para siempre con la impunidad.
Lima,
2 de marzo de 2015.
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