domingo, 28 de diciembre de 2025

El amor es un pájaro rebelde

 

El amor es un pájaro rebelde

I

La puesta en escena de la ópera Carmen de Georges Bizet en la plaza de toros de Acho, el pasado jueves 30 de octubre, ha supuesto toda una novedad en la vida cultural limeña. Es la primera vez que se presenta en un escenario como ese, lo que ha conllevado una serie de cambios en el montaje que han sido posibles por las características del espacio. Conmemorando los 150 años de su estreno en 1875, hemos tenido el privilegio de presenciar una de las obras icónicas de la ópera, una de las más representadas y tal vez la más hermosa. Calificada de obra maestra nada menos que por Chaikovski, ha encandilado también a Brahms, quien llegó a decir que llegaría hasta el fin del mundo para abrazar por ella a Bizet. Alguna vez, el filósofo Nietzsche llegó a decir que era su ópera favorita.

Dividida en cuatro actos, la obra narra la historia de Carmen, una gitana liberal y desinhibida que con su pasión volcánica desencadena una tragedia de la que ella misma es la víctima propiciatoria. Una historia de amor, celos, pasión y traición que tiene como coprotagonistas al soldado don José, a la perseverante Micaela y al torero Escamillo, quienes tejen una red de relaciones cruzadas en la Sevilla de comienzos del XVIII. Los sucesos se desarrollan en una tabacalera, cuyas trabajadoras sirven de comparsa para la evolución de los hechos, que se inician con la alegre gitana tratando de seducir a don José. Éste sobrelleva una relación con Micaela, hasta que la irrupción de Carmen pone en entredicho aquella amistad. Mas el carácter inconforme y veleidoso de la gitana, entusiasmada por la aparición en escena de Escamillo, vuelve a romper el frágil equilibrio de este curioso triángulo que parece cuadrado hasta que estalla en añicos con la muerte de esta a manos de su propio amante.

En los roles protagónicos estuvieron la mezzosoprano brasileña Luciana Bueno como Carmen y el tenor italiano Fabio Armiliato como don José. La Orquesta Ciudad de Lima estuvo dirigida por Gian Paolo Martelli. Más de 160 artistas en escena completaron el elenco de la obra. Para llegar al escenario tuvimos que sortear una fuerte congestión de vehículos que atestaron las inmediaciones del coso limeño. Además, ya dentro del recinto taurino, la ubicación numerada de los asientos adolecía de algunos inconvenientes, como el hecho de que una pareja de espectadores fuera asignada prácticamente a las espaldas de quienes ocupábamos las bancas correspondientes, con la incomodidad de tener los pies de ambos como nuestro respaldar. Y luego de iniciada la función, el tránsito continuo de asistentes por la escalinata contigua no permitía seguir la ópera como debía ser.

El tema del amor es central en la obra, definido en un fragmento por la voz protagónica como reza el artículo presente –“el amor es un pájaro rebelde”-, una metáfora reveladora y audaz. Siendo de por sí un tópico indefinible, inabarcable, inasible al concepto humano, sólo la poesía puede alcanzarnos alguna reverberación de su naturaleza, gracias a su carácter alado y múltiple. Basada en la novela homónima del escritor francés Prosper Mérimée, Georges Bizet nos ha entregado una obra majestuosa, ya no sólo por la historia, sino por la música, una de las más bellas creaciones del arte universal. Por su cercanía con España, el compositor recrea en muchos pasajes del drama lírico los sonidos andaluces que dotan a la historia de una cálida atmósfera propia del aire del Mediterráneo. Cómo no caer embelesado ante los compases de las arias de “La habanera” y “La canción del toreador”, cumbres melódicas de la música universal.

II

La novela Carmen de Prosper Mérimée se publicó en 1845, una narración corta de cuatro capítulos que da origen a la ópera de Bizet. El argumento difiere levemente del libreto que escribieron los franceses Ludovic Halévy y Henri Meilhac para la creación del músico parisino. En la obra literaria se cuenta la historia de un arqueólogo que realiza investigaciones sobre una ciudad perdida de la época prerromana llamada Munda. Entre las ciudades de Montilla, Córdoba y Sevilla, en la región de Andalucía, despliega sus búsquedas, cuando conoce de casualidad a un tal José Navarro una noche que debe dormir a la intemperie acompañado de su guía. Pero no será hasta más adelante que se enterará de que a quien ha conocida es a un feroz bandido que huye de la justicia y cuyo nombre verdadero es José Lizarrabengoa, natural de Elizondo, en el valle de Baztán, en el país vasco. Cuando este tipo es aprehendido por las autoridades, el arqueólogo lo visita en la cárcel, y aquél le cuenta su vida de aventuras.

Entretanto, estando en Córdoba, había trabado amistad con una hermosa gitana de nombre Carmen, la misma que ha sido parte de las venturas y desventuras del hombre que ha caído en desgracia. Escucha el relato de José, quien con bastante detalle le cuenta la forma como conoció a la gitana, la relación que lograron tener en todo ese tiempo, sus encuentros y desencuentros, la manera tan libre como ella asumía el amor que José le había declarado. Las separaciones permanentes, producto de los viajes que ella realizaba por diversos pueblos de la región, los celos que despertaban en él al saber los encuentros con otros hombres de su vida, especialmente con un picador de nombre Lucas, con quien Carmen se entrevista durante una corrida de toros, desencadenan la terrible reacción del soldado convertido en contrabandista y salteador.

Durante toda la novela se desliza, como telón de fondo, una aproximación a la cultura romaní, sus costumbres, su tipología, su lengua y sus prácticas conocidas en el mundo entero. Algo de la superstición y de las creencias que han alimentado los gitanos a lo largo de su nomadismo secular, están presentes en las descripciones y opiniones del arqueólogo, puntos de vista que tal vez muchos compartían por aquella época y que tal vez ahora mismo sean parte de ese imaginario colectivo con respecto a un pueblo que ha logrado sobreponerse a los avatares de su vida perdularia. El libro se lee de un tirón y atrapa fácilmente al lector.

 

Lima, 23 de diciembre de 2025.    

Jugar al teatro

 

Sebastián Salazar Bondy fue una figura axial en el panorama de la cultura peruana de mediados del siglo XX. Su intensa labor se desplegó en campos tan diversos como la creación literaria, la promoción de la cultura y el periodismo, por sintetizar de alguna manera los uno y mil oficios que ejerció en favor del desarrollo del arte y la literatura. Su talento como escritor se manifestó especialmente en la poesía y el teatro, disciplinas que practicó a lo largo de su corta vida, así como en el periodismo, la crítica literaria y todo aquello que estuviera asociado a esa vida singular del espíritu que constituye el alma de los pueblos.

De toda esa maraña de una florescencia heterogénea, destaca un librito que se publicó en 1958, un conjunto de breves piezas teatrales titulado Seis juguetes, que he leído con gran placer, como si asistiera a una sala imaginaria de teatro para gozar con ese espectáculo siempre fascinante de la puesta en escena de un pedazo de la vida del ser humano. El volumen se compone de seis creaciones para ser representadas en las tablas, pero que también se pueden leer como guiones especiales para que cada lector pueda, como decía hace un momento, escenificarlas en su imaginación en una privilegiada función personal.

El primer juguete es una farsa en un acto titulada “Los novios”. En ella, dos personajes, un hombre y una mujer, dialogan sobre su relación en una sobria habitación común. Ella tiene un libro en la cama y lee; él, alternativamente camina por la habitación y se sienta ante una mesa. Su conversación es una mezcla de incertidumbre y absurdo, de misterio y amenaza.

“El de la valija” es un juguete en un acto. Dos personas conversan en una estación de trenes donde hay abandonada una maleta. El hombre trata de dormir en una banca y el guarda le conmina a que se retire pues ello está prohibido. Inquiere por la maleta, que el hombre no reconoce como suya. Cuando el guarda se apresta a llevársela para tenerla a buen recaudo hasta que su dueño la reclame, le hombre le convence para abrirla, pues, aduce, podría contener un cadáver, el cuerpo de un niño o una bomba. Ambos se dedican a escudriñar su contenido luego de abrirla con un alicate. Encuentran cigarrillos, lápices, cuadernos, un fustán, una novela, entre otros objetos. Especulan que el dueño podría tratarse de un profesor de ética. Finalmente, llega el propietario de la maleta y se desarma todo el tinglado de suposiciones que creaban mientras la registraban los dos primeros. Antes de concluir, el hombre inicial es obligado a retirarse y el guarda se dirige a su oficina y vuelve con dos maletas y, libre ya de todo testigo, se apresta a abrirlas.

“En el cielo no hay petróleo” es un juguete en un acto con un argumento hilarante. La familia Azcárate descubre un buen día un extraño líquido oscuro a los pies del abuelo que descansa en su mecedora en el jardín. Luego de descartar que se trate de una emisión orgánica del viejo señor, el nieto sugiere que puede tratarse de petróleo -el oro negro- y que la familia podría hacerse de la riqueza anhelada previa denuncia del hallazgo. Entre tanto, han llegado a la provincia tres gringos representantes de la empresa extranjera que hará los estudios de exploración petrolífera en la zona. Éstos confirman la hipótesis de Lucho, ante las miradas ávidas de avaricia de Zoila y Pepa, su madre y hermana.

En medio de la casi algarabía que empezaba a crecer entre los miembros de la familia, vislumbrando su futuro inmediato como nuevos ricos, se presenta en la casa un muchacho que comunica que viene de parte de la gasolinera de la esquina. Lo que sucedía era que había una filtración ocasionada por la rotura de un tanque del grifo. Al oír esto, se desvanecen como humo las esperanzas de la familia, mientras despotrican del trío de extranjeros que vinieron a verificar la condición del líquido en el jardín. Cuando todos habían creído que les caía el petróleo del cielo, Manuel, el padre, les recuerda que “en el cielo no hay petróleo”.

“Un cierto tic tac” es otro juguete en un acto. Una mujer irrumpe en la oficina del doctor Plácido Bonifaz pidiendo ayuda por un ruido que siente y que no puede con él. El profesional hablaba por teléfono y hace una pausa, le pide a su interlocutor que lo vuelva a llamar en diez minutos. Traba un diálogo con la mujer que ha ingresado, quien le explica cómo se inició el problema que padece, un tic-tac que le sube y le baja, que crece y decrece. El doctor le pide que reconstruya el momento exacto en que empezó a sentir el sonidito ese. La chica le cuenta que todo comenzó cuando veía una película con su novio. El pillo del doctor aprovecha la ocasión para hacer de novio en la reconstrucción. La escena es jocosa por los diálogos simulados y la situación cada más comprometedora en que se ve la muchacha por la cercanía de don Plácido, sin duda complacido por el suceso. De pronto suena el teléfono y el doctor interrumpe, ni sin molestia, la agradable escena. Cuando la mujer escucha que el doctor habla de “jueces”, “juzgados”, “expedientes” y “defensores”, cae en la cuenta de su error. Le pide explicaciones, pero ya no siente el tic-tac, circunstancia que Plácido Bonifaz utiliza para hablar de su técnica infalible, tratamiento que sugiere proseguir para acabar con el mal.

“El espejo no hace milagros” es un monólogo donde una mujer, enfrentada a un espejo en el tocador de su habitación, reflexiona sobre su condición, tanto física como psicológica, y va pasando las diferentes estancias de su toma de conciencia sobre lo que esconde y revela de uno mismo un simple adminículo doméstico. Gradualmente, la mujer exige al espejo que le diga lo que ella espera, pero este no hace sino repetir, como es lógico, lo que ella dice, o lo que ella se dice. Se sabe fea y aguarda que el espejo le haga un milagro, sin embargo, como eso no pasa, llena de furia arroja al final al pobre objeto en mitad de la habitación.

“La soltera y el ladrón” es la última pieza de este pequeño conglomerado de juguetes teatrales divertidos, inteligentes y suscitadores. En ella, una señorita se dispone a irse a la cama, se acicala previamente ante el espejo de su tocador y selecciona un libro. Al rato, siente un ruido y busca la trampa para ratones. Pero el ruido vuelve, se pone de pie y descubre debajo de su cama, vaya sorpresa, a un hombre escondido que lentamente sale y, con los modos más corteses, le declara su amor. La soltera le ofrece entonces un cofre lleno de joyas que el ladrón no acepta en principio, coquetea con el intruso y se deja cortejar llena de arrobo, cierra los ojos ante la promesa de un beso, pero al final este termina llevándose el tesoro en su arpillera y sale sigilosamente de la habitación. Cuando ella abre los ojos, el ladrón ha desaparecido. Pide auxilio y se cierra la noche sobre ella.

Magnífica forma de gozar de un teatro de piezas cortas y agradables. Me imagino que llevadas a los escenarios el gozo debe duplicarse, tanto por el acierto del guionista como por las actuaciones de los protagonistas que encarnen estos roles disparatados, absurdos, razonables, graciosos y convincentes, como la vida misma.

 

Lima, 7 de diciembre de 2025.

La historia y la ficción

 Desde que regresé del Cuzco, en marzo de este año, lo primero que quise hacer fue releer al Inca Garcilaso, empezando por su obra mayor, los Comentarios Reales, y luego todo aquello que haya salido de su magnífica pluma. Recorriendo la casa que, según se sabe, ocupó al nacer, ahora restaurada y convertida en un museo, me imaginaba cómo mirarían al inca escritor en España, a ese mestizo perulero, muy distinto a ellos los peninsulares, a ese hijo de un capitán español y una ñusta cuzqueña, capaz, sin embargo, de encumbrarse a la cima de la gloria literaria merced a su pluma galana y castiza. Qué pensarían de él, que había llegado para reivindicar el nombre de su padre y reclamar lo que merecía, pero que le fue negado, escollo que lo impulsaría a las letras y al genio creador.

Sumergido en la lectura de los tres tomos de los Comentarios Reales, en un tiempo prolongado exprofeso, para disfrutar de a pocos los exquisitos logros de su escritura placentera, cierro la última página y me entra una infinita nostalgia de abandonar ese espacio mítico, histórico, mental, espiritual y personal de un hombre que vivió entre dos mundos y que nos dejó el testimonio insuperable de su peripecia, que es a la vez el de un país, de una nación, de una cultura.

Me resultó de mucha gracia el saborear aquella prosa renacentista del español del siglo XVII, que muy a su gusto emplea el Inca. Pero también me quedo muy regocijado al concluir el recorrido de su relato, lo que en realidad ha redoblado mi admiración y cariño por su figura. Sin duda que ha sido una experiencia única, excepcional tal vez entre las que tienen millones de seres que habitan esta inmensa ciudad, anclados en afanes más previsibles, ajenos y lejanos a las vicisitudes de un peruano que hace casi cinco siglos definía con su personalidad y su talante toda una identidad americana.

Hay mucho que expurgar del libro, una vasta cantidad de información sobre una civilización que nació, creció, floreció y se cortó abruptamente por uno de esos contingentes históricos que dictamina el secreto azar. Aparte de encantador, es una inmersión en ese pasado que, posiblemente, Garcilaso idealiza, aunque haya pasajes que no admiten dudas de su veracidad, como aquellos que se refieren a cosas muy concretas, como los vestidos que usaban y los productos de los cuales se alimentaban, además del nombre que tenían en el idioma del incario, que era el runa simi y que luego pasó a denominarse quechua. Esta última secuencia es muy curiosa, pues el Inca aclara algunas voces mal usadas por los españoles, ufano del dominio que poseía de su lengua materna, terreno en el que demuestra su gran versación.

Para muestra, elijo algunas perlas significativas. En el capítulo VIII del libro octavo, Garcilaso menciona su ascendencia. Hablando del Inca Túpac Yupanqui, afirma que tuvo seis hijos varones de sangre real (amén de los más de doscientos que en total concibió). El mayor fue Huayna Cápac, que sería el sucesor, y el cuarto fue Huallpa Túpac Inca Yupanqui, abuelo materno del cronista, padre de su madre Chimpu Ocllo, también llamada Isabel Suárez. Y en el capítulo IX del mismo libro, nos entrega una información muy interesante hablando del maíz, producto típico de nuestra tierra. Asevera que de éste se hacía el pan, que tenía tres clases: el zancu, que se usaba en los sacrificios; la huminta, para sus fiestas y regalos; y la tanta, el pan común. De la zara, como llamaban al maíz, también hacían la camcha, el maíz tostado. El autor advierte que debía usarse con m, pues con n (cancha) significa barrio de vecindad o cercado. Con el uso, esta diferencia se ha perdido, pues en la actualidad se usa el mismo vocablo para ambos significados.

Por otra parte, cuando narra la muerte de un Inca, Garcilaso emplea una fórmula parecida para todos, que sin embargo no deja de poseer cierta gracia y belleza. Por ejemplo, en el caso del Rey Inca Yupanqui, capítulo XXVI del libro séptimo, afirma: “… sintiéndose cercano a la muerte, llamó al príncipe heredero y a los demás sus hijos, y en lugar de testamento les encomendó la guarda de su idolatría, sus leyes y costumbres, la justicia y rectitud con los vasallos y el beneficio dellos; díjoles quedasen en paz, que su padre el Sol le llamaba para que fuese a descansar con él”. Simpática forma de referir el momento final del emperador.

En su propio caso, se comenta que murió diciendo ¡mama!, tal como pronunciaba en el Cuzco, la grave palabra que evoca a doña Palla Isabel, la doncella Chimpu Ocllo que fuera la enamorada ñusta del capitán Sebastián Garcilaso y Vargas. Pronto se cumplirán quinientos años de su nacimiento, un tiempo que ha visto grandes transformaciones en estos territorios americanos, motivo para seguir pensando e ideando una realidad acorde con sus habitantes herederos de dos mundos, representantes de un mestizaje que se ha extendido como una forma de ser americano, tal como el Inca Garcilaso lo fue al reconstruir la historia que vivió con las herramientas de la ficción, una manera de afirmar el presente y proyectarse a un futuro que nos toca construir cada día.

Hay una segunda parte de estos Comentarios Reales, publicada con el nombre de Historia General del Perú, que describe y recrea los episodios de la conquista, las guerras civiles entre peninsulares y la participación anónima y multitudinaria de hombres y mujeres de estas tierras, episodios que marcaron los inicios de una nueva realidad en esta geografía, hechos que, sin embargo, se siguen repitiendo después de varios siglos, a través de esas luchas fratricidas de nuestros pueblos, desesperados por encontrar su destino. Ojalá pudiéramos recoger el legado del ilustre mestizo como un llamado a transitar con inteligencia y sabiduría el digno camino que nos merecemos como seres humanos.

 

Lima, 2 de octubre de 2025.    

domingo, 26 de octubre de 2025

Estampas jaujinas

 

Publicado en 1980, el libro Estampas de Jauja, del profesor jaujino Pedro S. Monge Córdova, está estructurado en cuatro partes. La primera está dedicada a los barrios y pueblos de Jauja; la segunda, a las plantas y a las flores; la tercera, a las aves y la cuarta, a los hombres y las cosas. Son en total quince ensayos descriptivos, al decir de Edgardo Rivera Martínez, autor del prólogo.

El primero de ellos aborda el tema de los barrios de Jauja que, según el autor, son creaciones de los Carnavales, así como éstos se han hecho para los barrios. Cuando Pedro S. Monge escribió esta crónica, los barrios de Jauja eran once. En la actualidad son alrededor de veinte. Defiende, por cierto, el desborde popular que ocasiona el que estas celebraciones se prolonguen mucho más allá de los tres días establecidos por el calendario oficial de la iglesia católica. Esto podría tener razón de ser cuando Jauja contaba con sus cinco barrios primigenios (La Samaritana, La Libertad, Huarancayo, Huacllas y Yauyos), pero no ahora que éstos se han multiplicado.

Se detiene, especialmente, en el barrio de La Samaritana, entrañable para mí, puesto que fue en el que nací y viví, querencia que compartimos con el profesor Monge. Probablemente es la cuna de Jauja, porque era la puerta principal de entrada y salida de la ciudad. La primera cuadra del actual jirón Gálvez era conocida como “la calle de La Samaritana”, que hervía de actividad comercial en aquellos tiempos.

Destaca luego la magnificencia de San Juan-Pata, el mirador natural del valle, atalaya privilegiada que permite apreciar el paisaje completo del valle del Mantaro. En cuanto a su toponimia es interesante lo que afirma con respecto al término “pata”, elevación de terreno, andén o poyo, que está presente en muchos nombres de lugares de la provincia. Sus derivados de “patita” y “patería” poseen el mismo sentido; sin embargo, todos sabemos lo que esas palabras designan en la actualidad, razón por la que es imposible que recobren su significado original.

Sobre el barrio Yacurán, reivindica su origen quechua, distanciándose de quienes, llevados por extraños motivos, lo han rebautizado como Buenos Aires, ajeno totalmente a nuestra idiosincrasia y tradición. Sería interesante averiguar cuándo, quién y cómo decidió cambiar su nombre original por este otro de aires platenses, surgido en otras circunstancias y bajo otro contexto histórico. Echa de menos, a propósito del lugar, a las recuas de llamitas que venían desde Chocón, Tragadero y demás pueblos de las alturas andinas. Los viejos caminos han sido suplantados por carreteras que ven discurrir raudos y ruidosos los autos y vehículos que trajo la modernidad.

En otro ensayo, describe el esplendor natural de Condorsinja, uno de los barrios del distrito de Huertas, caracterizado por sus árboles, los caprichos de las rocas, sus hornos de tejas y la singular belleza del entorno, dominado por un inmenso cóndor que hunde su pico en la tierra, figura que se puede observar en la conformación de la montaña. Nos invita a recorrerlo a pie, que es la forma perfecta de apreciar la suntuosidad del paisaje.

La segunda parte la dedica a las plantas y las flores. El primero en recibir el homenaje es la guinda, esa “fruta del pobre”, como la llama el autor, delicioso fruto que es la delicia de los niños, de los arrapiezos y mataperros, pero también de los chiguacos, esas avecillas típicas de la región que se sacian de su alimento preferido para cantar mejor y para anunciar las lluvias también, misión que cumplen con rigurosa puntualidad.

Luego está esa planta humilde y omnipresente en el valle como es el chagual, testigo de muchas historias y soporte de las aventuras y las penurias de los habitantes de la ciudad y sus alrededores. Recuerda el autor las diversas facetas en que el chagual hace de juguete, alambrado de púas, álbum de hojas verdes y de registro al paso de las vicisitudes y anécdotas de los caminantes de nuestra tierra.

En el caso de los llamados “gigantones”, unas cactáceas también presentes en la geografía jaujina, el autor lamenta su lenta desaparición, siendo una planta icónica de la provincia. Otra planta vistosa es el “dogo”, “dragón” o “conejito”, por el parecido con ciertas características o actitudes de estos animales, aparte de sus intensos y variados colores, ambos muy ligados a los recuerdos de infancia del narrador.

La tercera parte pertenece a las aves y los pajarillos, diferenciando a cada uno de ellos por su canto, sus colores y su tamaño. Nombre como los de la pichiusa, el chiguaco, el huarahuay, de neta estirpe indígena, desfilan por sus páginas. Establece una distinción con aquellos de procedencia hispana que, como el gorrión y el zorzal, algunos han pretendido atribuir a nuestros compañeros alados, que alegran el paisaje y los días con sus trinos musicales. Se dedica específicamente al huarahuay, notando sus características relevantes y relacionándolo con el mítico coraquenque, ave emblemática de los incas.

La cuarta y última parte re refiere a los hombres y las cosas. Empieza por las mataperradas escolares, es decir las bromas, chanzas o jugarretas que se infligen los estudiantes en las épocas de clases, dentro del aula, durante los recreos o fuera del colegio, en las famosas “salidas” que contemplaban cada bronca urdida y prometida al interior del mismo y efectivizada en un campo o pampa cercana. Continúa con una evocación y loa de la carpeta escolar, compañero inseparable de todo estudiante y testigo de sus cuitas y travesuras.

Un capítulo singular de esta última parte constituye el consagrado a la tuberculosis en Jauja, aquella leyenda mezclada de realidad sobre las virtudes curativas del clima jaujino para el temible bacilo de Koch, que por entonces no tenía cura. La llegada de personas de diversos lugares del Perú y del mundo a la ciudad andina, premunidos de la fe y esperanza en una sanación para el mal que los aquejaba, dotó a Jauja de una peculiaridad insólita. No la llamada “ciudad de los tísicos”, según la fantasía de Abraham Valdelomar, sino el espacio de curiosa convivencia entre sanos y “enfermos”. La pequeña urbe provinciana llamada a convertirse, por obra de la casualidad o de un misterioso designio histórico, en el sanatorio natural de los hombres y las mujeres inficionados de aquel extraño mal sin remisión.

Por último, cierra el libro con un canto de fervoroso reconocimiento a la humilde cancha serrana, el maíz tostado que es alimento invalorable del campesino y del estudiante, del poblador en general, el pan cotidiano que alivia el hambre y mitiga el cansancio en las largas jornadas y actividades diversas de hombres y mujeres, adultos y niños. Describe la forma en que se prepara, las variedades del maíz que sirven para el propósito y los momentos en que cada quien se dispone a consumir y consumar aquella dulce comunión con el alimento primordial del hombre del ande.

Muy interesante el libro del profesor Pedro S. Monge, escrito con gran soltura y dominio de los medios narrativos. El lenguaje es ágil, ameno, periodístico en el mejor sentido, puesto que se trata de artículos que el autor fue sembrando a lo largo de los años en diversas revistas de la provincia y de la región, además de algunos que eran inéditos. Nos transporta a un pasado que no pasa, pues muchas de las evocaciones, los elementos que son motivo de ellas, aún permanecen en nuestra memoria, y si han desaparecido o cambiado, la nostalgia y la gratitud las han grabado con fuego en nosotros que permanecerán por siempre como un acervo inmarcesible de nuestra condición de jaujinos.

 

Lima, 20 de febrero de 2025.

Vargas Llosa y yo

 

La muerte de Mario Vargas Llosa el pasado domingo 13 de abril ha conmocionado al mundo literario e intelectual no sólo de América Latina sino también de todo el ámbito de la cultura occidental, pues se trataba de uno de los últimos grandes escritores de nuestra época que tenía una presencia en la vida pública y cultural de este extraño siglo XXI. Su muerte viene a sumarse a la de tantos escritores del Perú y del ámbito hispano que igualmente se fueron o vinieron a este mundo en un mes de abril, razón por la que desde hace varios años se ha pasado a denominar a este mes del año como el Mes de las Letras. Junto al Inca Garcilaso de la Vega, César Vallejo, José Carlos Mariátegui, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Miguel de Cervantes y tantos otros más, Mario Vargas Llosa como que hubiera decidido seguirles la senda despidiéndose de nosotros en tan espléndida compañía.

Se trata, sin duda, de un escritor que ha tenido, como todos, sus luces y sombras, y que ha estado en el caldero de la discusión política y cultural de por lo menos las últimas seis décadas. Su legado es enorme, con una obra de cerca de medio centenar de libros, centenares de artículos periodísticos y decenas de entrevistas en los diversos medios de comunicación del mundo. La primera vez que yo oí hablar de él fue cuando estaba en el colegio. Era el año 1978 y cursaba el segundo año de secundaria. Tengo el recuerdo muy nítido del momento exacto: era la hora del recreo, un grupo de alumnos estábamos en el balcón del segundo piso del recordado “San José” de Jauja, yo miraba el horizonte de esa tarde soleada, pues el turno que correspondía a ese grado de estudios era el vespertino. De pronto, la maestra de literatura que había salido del aula conversaba con los alumnos y soltó el nombre: Vargas Llosa. A mí me sonó totalmente desconocido, pero agregó que era un joven escritor que iba adquiriendo reconocimiento por sus obras.

Definitivamente ese nombre ya no salió más del radio de mis curiosidades, y lo empecé a seguir en donde pudiera. No sé si Los cachorros y Los jefes ya los tenía en la pequeña biblioteca familiar o lo adquirí muy pronto en una edición conjunta de la editorial Peisa. Fue el punto de partida, pues luego me embarqué en los siguientes años en una lectura constante de toda su obra, o casi toda, apenas faltándome un par de títulos que pienso saldar en los siguientes meses. Leí sus veinte novelas, sus catorce ensayos, ocho obras de teatro (me faltan leer dos), y de su obra periodística publicada en dos series consecutivas estoy pendiente de leer la última entrega sobre el Perú. Estando de acuerdo en que su trilogía novelística perfecta la conforman La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, me gustaría agregar otras que también me deslumbraron, como La guerra del fin del mundo, El paraíso en la otra esquina y La fiesta del chivo. Con todas las demás he pasado agradables momentos de entretenimiento y diversión, ficciones hechas más para confirmar su vigencia que para decirnos que se había superado a sí mismo.

Pero al igual que su obra de ficción, su obra ensayística es de la misma manera deslumbrante, sobre todo títulos como Historia de un deicidio, un enjundioso estudio de la obra de Gabriel García Márquez; La orgía perpetua, un canto de celebración de Gustave Flaubert, el escritor más admirado del peruano; La utopía arcaica, una polémica aproximación a la obra de nuestro entrañable José María Arguedas; La civilización del espectáculo, una visión panorámica de la cultura de nuestra época; y La llamada de la tribu, un balance intelectual con los autores que más lo han influido en su segunda etapa creativa. Asimismo, están los espléndidos ensayos dedicados a Víctor Hugo, La tentación de lo imposible; a Juan Carlos Onetti, El viaje a la ficción, y Medio siglo con Borges, sobre sus encuentros con el maestro argentino.

Pero hay una faceta del escribidor que es más discutible por sus vaivenes o sus rupturas, un camino que tal vez personalmente él lo haya vivido con una propia coherencia intelectual, sin embargo, no se puede soslayar esa evolución política desde posiciones progresistas en los años 50 y 60, que son sus años universitarios y los primeros de sus escarceos literarios, hasta posturas neoliberales que lo acercaban a personajes bastante cuestionables en los últimos cincuenta años. Cuando rompe con la izquierda latinoamericana a comienzos de los 70 a raíz del caso Padilla en Cuba, y con su simultáneo alejamiento y crítica de la revolución cubana, quizá el acontecimiento axial de la lucha revolucionaria en nuestro subcontinente, su evolución será cada vez más acentuada hacia sectores que siempre han estado ligados a la clase dirigente y opresora de un mundo tan cambiante, pero que a la vez no admitía dudas de lo que significaba cada quien según la posición que tomara frente a ello.

Fue una gran decepción, por ejemplo, que aquí en el Perú terminara llamando a votar por la candidata que era la heredera política del dictador al que tanto combatió desde el momento en que su gobierno viró hacia la autocracia y el autoritarismo. O que en el mundo europeo cantara loores a la señora Margaret Thatcher, la más conspicua representante de la clase conservadora y de una derecha sorda y ciega a los reclamos y expectativas de la clase obrera de su país y abanderada de las políticas económicas que implementara en su momento nada menos que Augusto Pinochet en los durísimos años de una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX. Una cosa puede ser el desencanto con un movimiento que terminó naufragando por múltiples factores históricos y otro que ese hecho lo empuje a uno a denostar de los sectores políticos que siempre estuvieron de lado de las mayorías empobrecidas de América Latina. Fue precisamente el motivo de sus desencuentros con escritores e intelectuales que fueron más coherentes con su papel como García Márquez y Julio Cortázar.

Desde que tengo noción de la realidad de nuestros países, casi nunca coincidí con los puntos de vista que adoptaba Vargas Llosa ante los diversos acontecimientos del Perú y del mundo. Por ejemplo, cuando presidió la famosa comisión investigadora de los luctuosos sucesos de Uchuraccay en 1983, donde ocho periodistas y un guía fueron asesinados salvajemente en esa comunidad iquichana, las conclusiones a las que llegó no parecían estar de acuerdo con los hechos, sino con una visión preconcebida de los pueblos andinos y su manera de actuar en el centro de una sociedad que ha tendido a alejarlos y a situarlos en los márgenes de la vida nacional.

Y cuando fue candidato presidencial en el año 1990, encabezando el Frente Democrático Nacional (Fredemo), no voté por él, por supuesto, por su alianza ya evidente con los sectores conservadores que representaban los partidos políticos Acción Popular (AP) y el Partido Popular Cristiano (PPC). El giro se fue acentuando en los años finales de ese siglo y se definió de manera clara en el presente siglo, tomando posturas totalmente ajenas a las exigencias más urgentes y clamorosas de una ciudadanía, de un pueblo, que jamás pudo comulgar con las ideas liberales o neoliberales que defendían aquellas agrupaciones políticas. Y en el ámbito latinoamericano, sus llamados a votar por candidatos de la derecha o extrema derecha como José Antonio Kast en Chile y Javier Milei en Argentina, terminaron por alinearlo con esos bandos opuestos al sentir más íntimo de nuestros pueblos.

En paralelo, sin embargo, seguí disfrutando de sus libros, unos más que otros, pues desde ese primerizo contacto con su nombre y obra allá por mis años escolares, Mario Vargas Llosa fue una presencia constante, para bien y para mal, de mi propia actividad intelectual y literaria. Jamás podré desconocer los momentos, las horas, de infinito placer, que me procuraron la lectura de sus novelas y sus ensayos, siempre preñados de revelaciones sorprendentes y de una prosa soberbia y espléndida, una de las plumas más sobresalientes de la lengua española.

 


Lima, 2 de mayo de 2025.

La mirada de Pérez Galdós

 

El último libro de ensayos que Mario Vargas Llosa dedica a un autor contemporáneo es La mirada quieta (Alfaguara, 2022), consagrada a un estudio completo de la obra del escritor español Benito Pérez Galdós. Con motivo del centenario de la muerte del creador canario, conmemorada en el año 2020, se produjo un ardoroso debate entre los intelectuales, escritores y periodistas españoles. Como cabeza de un bando estaba Antonio Muñoz Molina, conspicuo defensor del legado del novelista; y en el otro, nada menos que Javier Cercas, quien no ocultaba su disgusto con la prosa del autor de Fortunata y Jacinta. La discusión se centraba sobre si Pérez Galdós había sido un gran escritor o no.

Terció en la polémica el autor peruano-español, con un artículo que publicó en el diario El País de España, y luego con este libro lanzado dos años después donde demuestra con profusión de argumentos y ejemplos el porqué se alineó desde el primer momento con el primero de los bandos, lamentando que un autor que le parecía notable como Cercas pensara de manera contraria. Sin embargo, luego de leer el presente volumen, encuentro no pocos reparos del arequipeño para encumbrar a Pérez Galdós como un novelista a la altura de los grandes demiurgos del siglo XIX europeo, como Balzac, Zola, Dumas, Dickens, Tolstoi y Dostoievski, pero sobre todo de Flaubert, el más admirado por Vargas Llosa.

El primer error o defecto que advierte el Premio Nobel al comentar las novelas del español es que éste no distinguía el papel del narrador en una ficción, enseñanza clave transmitida por Flaubert a todo aquel que quisiera escribir ficciones. La confusión entre la voz del autor, la de los personajes-narradores y la del narrador omnisciente es una constante en la obra del autor canario. Creo que es el más importante reproche del libro. Y así como analiza sus novelas, también lo hace con su teatro y con los Episodios Nacionales, singular construcción de Pérez Galdós a caballo entre la historia y la novela.

También le reprocha que se burle de las corridas de toros, una tradición antiquísima de España. Sin embargo, me parece que lo hace desde su punto de vista de taurófilo convicto, pues para mí ni la tradición ni la supuesta elegancia, ni la alegría, el color y animación de estos espectáculos justifican la cruel muerte de un animal, el sacrificio absurdo de un ser vivo ante la mirada y algarabía de todos. Otro defecto en la prosa galdosiana es su pasión por las “grandes palabras”, una retórica insulsa y grandilocuente que llega hasta la caricatura.

Señala a Doña Perfecta (1876) como su primera gran novela, y a la siguiente, Gloria (1877), como una de las peores. De Marianela (1878) reconoce que es una de las más populares, que es una buena novela a pesar de ciertos deslices hacia el “buenismo” en la caracterización de los personajes. Luego vienen las novelas experimentales: La incógnita (1889) y Realidad (1890), con la misma historia, pero contadas de manera distinta, la primera, en forma de cartas; y la segunda, como un texto teatral. Vargas Llosa las califica como “uno de los mejores éxitos… de su tarea creativa”. Veamos qué dice de las demás novelas.

Torquemada en la hoguera (1889) es “una pequeña obra maestra”, una “joya literaria”. Torquemada en la cruz (1894) es la segunda novela dedicada a este personaje inspirado en el terrible inquisidor Tomás de Torquemada, pero en calidad “queda por debajo de la primera, sobre todo por la innecesaria intromisión moral del autor-narrador”. La tercera, Torquemada en el purgatorio (1894), peca de “excesos retóricos” y es inferior a las anteriores, una de sus más “desmadejadas historias”. La última, Torquemada y San Pedro (1895), es tan mala como las previas, excepto la primera, que es una obra maestra, como ya dijo.

Otra buena novela es La desheredada (1881). De El amigo manso (1882) dice que es una buena novela, a pesar de algunos reparos que le hace, como el ser el personaje algo inverosímil, estar recargada de adjetivos y de “grandes palabras”. Entre 1883 y 1884, Galdós escribe tres novelas de valor desigual: la primera es El doctor Centeno (1883), que más que novela es una crónica o guía de Madrid; luego está Tormento (1884), que es la mejor de las tres, otra historia romántica, típica de la época; y La de Bringas (1884), una secuela de la anterior, pero menor.

Lo prohibido (1885) también es una novela menor, pero bien construida, donde Galdós encuentra la clave del narrador-personaje. De Fortunata y Jacinta (1887) afirma, coincidiendo con el público y la crítica, que es su mejor novela y una de las mejores de la literatura española del siglo XIX, el gran siglo de la novela europea. En cambio, Miau (1888) es una “novelita menor”, mal estructurada y peor narrada, llena de los ripios en que recae a veces Pérez Galdós. La siguiente novela, Ángel Guerra (1891) es notable sólo por la precisa y suntuosa descripción de Toledo, la ciudad que fue la primera capital de España. Hay una cosa que llama la atención de Vargas Llosa, y es que Pérez Galdós no corregía sus novelas, o mejor dicho no tenía segundas o terceras versiones, de ahí el desigual resultado.

Tristana (1892), por el contrario, es una de sus mejores novelas, está muy bien escrita y la historia se sostiene. Nazarín (1895) no recibe ningún juicio crítico del ensayista, aunque debemos colegir que es positivo, por la manera con que la reseña. Tampoco Halma (1895) es juzgada explícitamente, aunque por los argumentos que utiliza se puede deducir que recibe una crítica adversa. Misericordia (1897) es otra buena novela, comprometida socialmente, audaz y lograda, según el juicio del analista. Mientras que El abuelo (1897) es una novela poco lograda, que no funciona debido, sobre todo, a su estructura teatral y a sus excesos retóricos.

Casandra (1905), es otra novela fallida, por la profusión de personajes inverosímiles y por las escenas sobreactuadas, pues también aquí vuelve a usar la estructura teatral. Igualmente, El caballero encantado (1909) es una historia sin pies ni cabeza, al parecer escrita a vuelapluma, por un Pérez Galdós ya casi ciego y a quien le iba mejor en el teatro.

Y precisamente en la segunda parte del libro se ocupa de la producción dramática del autor, empezando por Realidad (1892), que es el primer estreno teatral de Pérez Galdós, con gran éxito adaptando una de sus novelas fallidas. Luego viene La loca de la casa (1893), una obra, dice Vargas Llosa, con más fallas que aciertos, debido a su fatigosa extensión y a la abundancia increíble de personajes. Por el contrario, Gerona (1893), adaptación teatral de una novela del autor, está muy bien hecha, aunque no tuviera mucho éxito ante el público. Luego, La de San Quintín (1894), es una obrita menor, que pasó sin pena ni gloria y donde son visibles, otra vez, las “grandes palabras”.

Así también Los condenados (1894) es una obra que no tiene salvación, por lo enredada y grandilocuente. Enseguida, Voluntad (1895), está muy bien concebida y se deja ver con agrado. Doña Perfecta (1896) es un arreglo teatral de la novela homónima, siendo esta última mucho más crítica con la realidad social de España. De La fiera (1896) dice que no vale gran cosa y que es una “obrita menor”. Pero con Electra (1901) Pérez Galdós acertó, tuvo gran reconocimiento y mereció el éxito que logró. Sin embargo, Alma y vida (1902), es una de las peores obras que escribió Pérez Galdós, falta de autenticidad y enrevesada.

Otra obra comprometida socialmente es Mariucha (1903), aunque un poco larga y necesitada de algunos ajustes. Mejor suerte corrió El abuelo (1905), pues tuvo más aceptación de público y de crítica. Mientras que Bárbara (1905) es una tragicomedia que comienza bien y termina mal, con deficiencias en la escritura, algo larga y enredada. No tuvo éxito de público. Amor y ciencia (1905) es la siguiente comedia, que tiene demás el cuarto acto, pues constituye otra historia. Pedro Nimio (1908) es la primera incursión en el humor del autor español, con resultados muy aceptables. Casandra (1910), al revés, es un intento fracasado más de fundir el teatro y la novela. En este caso particular, el texto teatral funciona mejor que la novela. Zaragoza (1908), drama lírico que trata del heroico levantamiento del pueblo aragonés contra la invasión napoleónica, recibe un juicio positivo.

Continúa Celia en los infiernos (1913), una comedia en cuatro actos, entretenida y amena con una heroína de personaje central, que es Celia, quien pretende solucionar con una fórmula irreal los problemas sociales de España. Otra es Alceste (1914), una tragicomedia en tres actos, muy bien lograda, a pesar de la distancia que tal vez el espectador siente frente al mundo mítico de los dioses griegos. Sigue Sor Simona (1915), un drama en tres actos, con un personaje inquietante entre el cielo y la tierra. Enseguida La razón de la sinrazón (1915), una fábula teatral que nunca fue montada, motivo por el que el comentarista no la reseña. Y El tacaño Salomón (1916), una comedia amena y divertida, expone una idea constante en Galdós: que la caridad cristiana es capaz de superar la pobreza de España.

Santa Juana de Castilla (1918), tragicomedia en tres actos sobre esta figura histórica de la realeza europea, madre de Carlos V. Fue tildada de “loca” por la casi totalidad de la historiografía, pero tratada con gran indulgencia por Galdós. Antón Caballero (1921), obra póstuma que el autor no logró terminar, es una comedia en tres actos refundida por Serafín y Joaquín Álvarez Quintero.

Finaliza con los Episodios Nacionales, conjunto de novelas basadas en la historia de España, cuarenta y seis relatos de desigual calidad literaria, como casi es la comprobación que hacemos al terminar de evaluar toda la producción de Benito Pérez Galdós gracias a la pluma de Mario Vargas Llosa, quien, a pesar de ello, da su voto a favor para considerar al autor español como un gran escritor. Una obra abundante e irregular, como casi es la de todos los creadores en todos los terrenos del arte.

 


Lima, 7 de febrero de 2025.

Viaje al centro del mundo

 

En la cosmovisión de los habitantes del antiguo Perú, cuando los incas dominaban los cuatro lados del mundo, la capital de aquel imperio constituía el centro, razón por la que se refirieron a él como “el ombligo del mundo”, que es al parecer lo que significa la palabra “qosqo”, que en la lengua general o runa simi tiene precisamente ese significado. El término se expresa en castellano como “Cuzco”, según el Inca Garcilaso de la Vega, notable exponente de la cultura mestiza, y según también la explicación que ha dado el profesor Rodolfo Cerrón Palomino, gran estudioso y experto en lenguas andinas del Perú. Sin embargo, ahora se ha impuesto la denominación “Cusco”, lo que ha generado todo un debate en los medios académicos como en los no académicos, discusión que no será materia de este artículo. Particularmente yo me quedo con el uso que le diera el autor de los Comentario Reales.

La nave ha despegado pasados unos minutos de las seis de la mañana, cruzando pronto los prodigiosos Andes sobre una plataforma constante de nubes de las formas más variadas, con algunos velos de niebla en algunos tramos del vuelo. Transcurridos cuarenta minutos los tripulantes nos anuncian que estamos próximos al aterrizaje. A una hora exacta de viaje, el avión sobrevuela la mítica ciudad, desfilando por las ventanillas una ristra de casitas sobre el fondo verde de las montañas, enseguida pisa suelo cuzqueño y nos aprestamos para el descenso. Ya estamos caminando por los pasadizos del aeropuerto Alejandro Velasco Astete. Una vez resueltos los trámites aeroportuarios, enrumbamos al departamento que será nuestra morada por los siguientes nueve días.

La primera mañana de nuestra llegada está nublada, con las calles aún mojadas, signo de que llovió la noche anterior, como nos lo confirma el taxista que, muy amable, nos conduce al apartamento. Luego de dejar los equipajes y de instalarnos en la que será nuestra efímera residencia, salimos a comprar el pan, el café y la leche para el desayuno. El resto del día lo tenemos para un recorrido por el centro histórico. Lo primero que noto de la ciudad es su relieve irregular, que hace que las calles y avenidas se eleven o bajen según el terreno. Calles que a veces son empedradas, en declive y angostas. Tampoco el trazo es regular, pues a partir de la Plaza Mayor, que está más bien en un rincón del espacio urbano, las calles toman rumbos caprichosos, formando como un dédalo curioso de vericuetos que se internan a su antojo por diversos lados. La razón es que, al ser fundada por los españoles, lo hicieron sobre los restos de lo que fue una llaqta inca, con un diseño urbanístico y un estilo arquitectónico totalmente diferentes del que traían los conquistadores. Eso explica también la cantidad de construcciones hispanas sobre las piedras enigmáticas de la antigua ciudad, la asombrosa mixtura de muros donde conviven dos materiales distintos: la piedra y el adobe o el ladrillo, lo que da esa fisonomía única al Cuzco.

El segundo día correspondió una visita al templo del Qoricancha, la famosa edificación del inca Pachacútec, una fastuosa construcción con los muros dorados sobre la que los españoles levantaron la iglesia de Santo Domingo. Alberga el recinto estancias diversas que exhiben objetos religiosos, pinturas de la escuela cuzqueña, artesanía general y las estructuras de lo que fue alguna vez el imponente palacio del gobernante inca. Luego de un merecido almuerzo en el mercado de San Pedro, casi al frente de la iglesia del mismo nombre, el siguiente destino del día fue el afamado barrio de San Blas, otro laberinto de callecitas empinadas atiborradas de tienditas de comercio de todo tipo, que parten de una plazoleta y reptan hacia las alturas. Las escaleras trepan la colina hasta dar con un mirador desde se contempla el Cuzco en toda su extensión, a esa hora ya iluminada por una miríada de lucecitas que refulgen y titilan en el fondo obscuro de la noche.

La tercera jornada constituyó toda una maratónica serie de visitas que comenzó en Sacsayhuamán, pasó por Qenqo, continuó por Pukapukara y terminó en Tambomachay. Las ciclópeas moles que conformaban una fortaleza domina en el primero de ellos. En el segundo, galerías pétreas forman caprichosos pasadizos que se internan en medio de túneles y fosos misteriosos. El tercero funcionó como un centro administrativo de la zona y el cuarto es un increíble sistema de acueductos y canales que poseen un sagrado significado de culto al agua.

El cuarto día estaba reservado para el encuentro con la joya mayor: el Santuario Histórico de Machu Picchu, la soberbia llaqta inca enclavada en una montaña. Pero antes, una vuelta por otra impresionante edificación prehispánica: Ollantaytambo, un lugar de descanso para el soberano que aún conserva sus imponentes terrazas y, como siempre en el Cuzco, las enormes rocas de granito y caliza que los incas acarrearon desde las canteras situadas pasando el río Urubamba o Willka Mayu, como lo conocían los moradores de aquellos tiempos. En cuanto a Machu Picchu, sin duda que es la más formidable muestra del genio y el talento de los arquitectos y constructores de aquella época dorada en que el imperio nacido de estas legendarias tierras lograba su apogeo como civilización. El ferrocarril discurre en paralelo al río Urubamba, que en una hora nos deja en el distrito, donde un bus nos espera para llevarnos a conocer la maravilla a través de una carretera que serpentea la montaña. El grupo es un conjunto de escalinatas, terrazas, recintos, plazoletas, galerías y patios dotados de un profundo simbolismo cosmogónico, engastados en medio de gigantescos apus que los antiguos peruanos catalogaban como deidades tutelares. De regreso, recalamos en Machu Picchu Pueblo, un antiguo poblado de casitas apretujadas en la estrecha quebrada, donde esperamos el tren que nos llevaría otra vez a Ollantaytambo y de allí de vuelta al Cuzco.

La visita a la casa del Inca Garcilaso de la Vega fue una experiencia incontrastable del quinto día. En el local ahora funciona el Museo Regional del Cuzco, con diversas salas que exhiben pintura, artesanía y objetos religiosos. Saber que allí pasó sus años de infancia y primera juventud el hijo del capitán español y de la ñusta inca, me llenó de una emoción incomparable. Más tarde estuvimos en el barrio de San Cristóbal, desde donde baja una callecita muy colorida y vistosa bautizada de los Siete borreguitos, por una leyenda que proviene de la colonia. Además de un muy nutrido comercio, sus muros exhiben macetas pintorescas y faroles que le dan ese atractivo especial.

En el sexto día correspondió realizar el recorrido por el valle sagrado de los incas. La primera parada fue Chinchero, distrito de la provincia vecina de Urubamba, un simpático pueblito de artesanos que posee igualmente importantes restos de construcciones incaicas e inclusive preincaicas. Luego siguió Moray, un bello grupo de terrazas circulares asociado a investigaciones agrícolas. Enseguida recalamos en las salineras de Maras, un sistema natural de renombre donde se cristalizan bloques de sal por acción del sol. Su origen lo envuelve la leyenda de los hermanos Ayar, pues según se dice Ayar Cachi al ser encerrado en una cueva cercana, lloró amargamente su suerte, y que sus lágrimas formaron el río que discurre por las faldas de la quebrada formando los pozos que luego, al secarse, quedaban como bloques de sal. Concluyó la jornada con una visita a Písac, una serie de terrazas escalonadas que causan impresión por su perfección en el dominio de la técnica para aprovechar las colinas como terrenos cultivables.

Al día siguiente, séptimo de nuestra estadía, visitamos tres museos: el del Qoricancha, el de Arte Nativo y el de Arte Contemporáneo. Una excelente ocasión para apreciar el talento, la creatividad y el ímpetu de los artistas peruanos de distintas épocas, demostración de una continuidad en el tiempo de un afán indestructible del ser humano por seguir plasmando la belleza a pesar de las vicisitudes más adversas de la existencia. Allí estaban desde los quipus y cerámica inca, pasando por las fotografías del célebre Martín Chambi, hasta las pinturas de los actuales artistas cuzqueños y los exquisitos mates burilados de un maestro arequipeño.

En el último día de una magnífica semana conociendo el Cuzco, los caminos nos llevaron a Andahuaylillas y a Piquillacta. El primero es un distrito de la provincia de Canchis, donde se halla una de las joyas de la arquitectura barroca andina: la iglesia de San Pedro Apóstol de Andahuaylillas, fundada en el siglo XVI por los jesuitas y conocida como la Capilla Sixtina de América, por la riqueza de sus expresiones artísticas que exornan el interior, una fastuosa exhibición de arte religioso revestido en pan de oro. Y el segundo es un parque arqueológico que conserva los restos de un asentamiento preinca, probablemente huari. Su vasta extensión está formada por muros de piedra, pasadizos, escaleras y galerías que dan cuenta de una llaqta más antigua que la conformación del imperio del Tahuantinsuyo.

Por las calles del Cuzco desfila un gentío heterogéneo, gente de la más variada procedencia, donde se escuchan diversas lenguas cuando uno pasea por la ciudad. Se diría que es una urbe cosmopolita, donde he visto a cada paso más ciudadanos extranjeros que en cualquier otra ciudad del Perú, incluida la capital Lima.

Ha llegado el momento del retorno, con un sentimiento donde se mezclan el regocijo y la nostalgia, por los intensos instantes vividos en tantos lugares mágicos e históricos, y por la despedida inminente de una ciudad que posee un magnetismo singular para cautivar el espíritu de cualquier viajero.

Una anécdota final. Esperando en el aeropuerto la hora del embarque, veo acercarse a una madre con su hija pequeña, la niña se desprende de la mano que la conduce y se encamina hacia mí, me tiende la mano y yo vacilo, no sé si viene a pedirme o entregarme algo, al fin le tiendo la mía y nos fundimos en un apretón de manos. La madre se acerca y me explica que la niña se ha acercado a saludarme porque le ha dicho que yo me parezco a Albert Einstein. Sonrío brevemente, y cuando ambas se alejan, prorrumpimos en sonoras carcajadas mi hijo y yo en los pasadizos concurridos del terminal aéreo.

 


Cuzco, 1 de marzo de 2025.