viernes, 14 de agosto de 2015

Macbeth o la obsesión por el poder


Entre los dramas de Shakespeare, quien ha sondeado casi todas las profundidades del alma humana, es Macbeth aquel que mejor describe y retrata, en su más cruda naturaleza, esa propensión del ser humano para hacerse con la capacidad de disponer de un modo omnímodo con los destinos y las vidas de todos a quienes considera que están por debajo de su pretendido derecho a ejercer ese ansiado poder.

     Ambientado en el reino de Escocia, nos va presentando el proceso de gradual demencia que acarrea el apetito desmesurado por poseer los hilos de la vida y de la muerte, que padece un general del rey Duncan, desencadenando una serie de crímenes al más alto nivel. En las primeras escenas las brujas convocan a Macbeth y Banquo para anunciarles sus profecías. Le anuncian al primero que será señor de Cawdor, mientras que dos nobles escoceses, Roos y Angus, llegan para confirmarles el vaticinio.

     Macbeth precipita los acontecimientos cuando en el segundo acto ordena el asesinato de Duncan. Aún con las manos manchadas de sangre, trata de ser consolado por Lady Macbeth, pero Macduff ya ha descubierto el crimen. Los hijos del rey, Malcolm y Donalbain, deciden partir, uno para Inglaterra y el otro para Irlanda. Entretanto, al mejor estilo de los homicidios en serie, se produce la muerte de Banquo, logrando salvarse su hijo Fleance, quien huye.

     Durante el banquete que celebra Macbeth con sus invitados, el espectro de Banquo aparece para interpelarlo desde el otro mundo. Macbeth delira. Lady Macbeth explica a los presentes el mal que padece su marido. Pero más que un problema de orden psiquiátrico, lo que perturba la conciencia del criminal es la culpa que sobrelleva como un fardo pesado, a la manera que siglos después llevaría otro personaje de la literatura, brotado de la imaginación de un torturado creador como Dostoievski.

     Lady Macduff dice: “Pero ahora recuerdo que estoy en este mundo terreno donde hacer el mal es loable a menudo, y hacer el bien quizá se considera como locura peligrosa”. Curiosa declaración sobre cómo se trastocan todos los valores en medio de la vorágine de la consecución del poder, y tenebrosa constatación de un lado siniestro de la condición humana. Será el prolegómeno de su propia muerte, así como la de su hijo, a manos de los esbirros enviados por Macbeth.

     Desde el exilio, Malcolm y Macduff preparan la venganza, que llegará como un vendaval para arrasar con una situación inicua que ansiaba perpetuar el rey usurpador. Con la ayuda del conde Seyward y las fuerzas a su mando, consiguen derrotar las ambiciones de la tiranía. Es en estas circunstancias que encuentra la muerte Lady Macbeth, hecho que motiva la reflexión más citada de la obra: “La vida es una sombra tan solo, que transcurre; un pobre actor que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario para jamás volver a ser oído. Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa”. En otras versiones, traducen como que la vida es una historia contada por un idiota, con mucho ruido y furia, y que no tiene sentido. Es la famosa frase que serviría para que el gran escritor estadounidense William Faulkner titule una de sus más renombradas novelas.

     Cuando en la última escena del acto final entra Macduff con la cabeza de Macbeth, respiramos tranquilos al saber que todo ha terminado, se ha restablecido en el trono a Malcolm y las cosas vuelven a la normalidad. Es el punto final de un drama que nos conmueve por la fuerza de los hechos, que nos interroga sobre los límites de la ambición humana, y que también nos reconforta porque sabemos que después de todo, la justicia se impone por sobre la barbarie humana, aunque para ello hayamos tenido que pasar por el sacrificio de vidas inocentes.

 

Lima, 27 de junio de 2015.     

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